Juan Peña, el Lebrijano ( 1941-2016 ).

La voz que mojaba el agua

La última gran leyenda viva del cante jondo, el cantaor Juan Peña, falleció el pasado 13 de julio. Sus encuentros con García Márquez determinaron el rumbo de la última etapa de su carrera.

2016/07/28

Por Jaime Andrés Monsalve B.* Bogotá

Ni la rimbombancia de un “maestro” ni la confianza de un “Gabo”: a secas, para Juan Peña Fernández, Gabriel García Márquez era “don Gabriel” o “Profesor”. Entre el respeto y la timidez, aquel fue el trato que le prodigó en sus varios encuentros, algunos de los cuales terminaron con un nobel soltando pregunta tras pregunta sobre el duende, los palos y todas las demás particularidades de lo jondo; y un cantaor resolviendo entusiasta con ejemplos a capella, acompañándose a la usanza: con los nudillos contra la mesa.

Como ocurrió con prácticamente todos sus interlocutores, García Márquez terminó marcando también la vida de Juan Peña, el Lebrijano. El hijo de Juana La Perrata –tal vez la voz flamenca femenina por antonomasia en la primera mitad del siglo xx junto a Pastora Pavón, la Niña de los Peines–, recordaba cómo vio a García Márquez la primera de muchas veces en 1986, en la casa sevillana del ex jefe de Gobierno, Felipe González. “En aquella época don Gabriel iba a Sevilla dos veces al año. Una, en primavera, coincidiendo con la Feria de Sevilla. Estaba de moda otro colombiano, César Rincón, casi siempre toreaba, y a él le gustaba mucho. Total, que siempre terminábamos dándole una fiestecita y, claro, con cante”, aseguró Lebrijano al diario El País en 2008.

Para ese momento, Juan Peña ya era un monumento a la jondura. Contaba con una veintena de discos y se había mostrado como un cantaor ambicioso y heterodoxo, tan diestro para hacerse acompañar de la guitarra como de toda una orquesta sinfónica o de músicos africanos. De joven cambió la guitarra por el cante, dejándole el instrumento a su hermano Pedro y demostrando el arte vocal de la familia de los Perrate de Utrera (tal vez la saga flamenca más numerosa) al lado de la cantaora Paquera de Jerez y de la compañía del bailaor Antonio Gades; para luego sumar palmarés como el del concurso de Mairena del Alcor en 1964, el premio Gloria de la Cátedra de Flamencología de 1970 y el Taranto de Oro de Almería, seis años después.

De él ya había dicho el flamencólogo Manuel Ríos Ruiz: “Es posible que el Lebrijano sea el cantaor más dotado de su generación”. Mientras que el poeta José Manuel Caballero Bonald señalaba: “Cuando canta es como si se estuviera acordando de lo que ha vivido”. El escritor Antonio Gala también lo premió con una frase inolvidable: “Cuando Lebrijano canta, hasta Dios se sorprende”.

Los halagos pasaron a ser parte de un largo memorial, sin duda encabezado por la nota que recibió en una servilleta, en uno de esos condumios. La esposa del presidente del gobierno andaluz de aquel entonces se la entregó, diciéndole que se la había enviado alguien de su mesa.

Decía: “Cuando Lebrijano canta se moja el agua. Gabriel. 94, Sevilla”.

*

En la década del setenta, Juan Peña parecía ser un hippie más, y no un cantaor flamenco. El gitanito de pelo rubio y ojos azules había emigrado a Madrid, meca de la industria musical y de los tablaos mejor pagos por cuenta del turismo. Se había asentado en el popular barrio de La Concepción, donde una tarde lo fue a buscar el equipo de la determinante serie documental Rito y geografía del cante. Ante sus cámaras, el juvenil Lebrijano ya mostraba claridad en su ideario: “Se está cayendo en todo cuanto señores de atrás ya han hecho, que es el cante de Tomás el Nitri y el cante de Silverio. Pero eso ya está antológicamente hecho, y hay que dejarlo al lao y darle una personalidad nueva a cada cosa. Estaríamos todos pintando como Velázquez y no hubiera salido un Picasso”, le dijo al entrevistador José María Velázquez-Gaztelu.

Era 1972 en ese entonces. Faltaba un año para que Paco de Lucía diera el salto internacional con su álbum Fuente y caudal, que incluía la archipopular rumba Entre dos aguas; y aún el mundo flamenco estaba a siete años del disco que partió en dos su historia, La leyenda del tiempo, aquel sacrilegio del joven cantaor gaditano José Monge Cruz, llamado a partir de entonces Camarón después de haber ostentado por años el apodo de Camarón de la Isla.

Lebrijano aprendió los secretos del cante con su madre y tíos, los Perrate, y se hizo profesional gracias a su cercanía con la legendaria Niña de los Peines, con quien vivió como lazarillo y aprendiz durante unos cuatro años (“para mí lo era todo”, decía, con el cariño de un hijo); y también gracias al no menos determinante Antonio Mairena, a quien solía llevar de poblado en poblado en su vehículo. El joven cantaor llegó a decir que se había vuelto artista flamenco “porque tenía coche”. Puesto a definir su vocación años después, diría: “Canto por necesidad espiritual y por necesidad económica”.

La primera grabación de Lebrijano data de 1969, con las guitarras del veterano Niño Ricardo y un juvenil Paco de Lucía. Con el tiempo vendrían sus escuderos mayores al toque, su hermano Pedro Peña y Paco Cepero. Todo lo que tuvo por decir en el cante más tradicional lo dijo hasta 1976, año de aparición del álbum Persecución, obra conceptual para coro flamenco, recitante, voz jonda y guitarras, con textos del flamencólogo y poeta Félix Grande; trabajo pleno de elementos de las tradiciones de la India y de África del Norte, que pondría de nuevo al servicio del flamenco en sus grabaciones con la Orquesta Andalusi de Tánger y con el violinista marroquí Faiçal Kourrich. Hasta ese momento, los elementos moriscos y arábigos del género permanecían velados. Lebrijano fue el primero en darles una relevancia plena gracias a esas colaboraciones.

Persecución es una obra rompedora en muchos sentidos más: no solo es la plataforma de estreno de dos estilos flamencos creados por Lebrijano mismo, la caravana y las galeras; sino que hay quienes lo consideran la primera parte de una trilogía literaria compuesta además por ¡Tierra!, obra de 1989 nacida por las conmemoraciones del quinto centenario del descubrimiento de América con poemas de Caballero Bonald; y por aquella pieza que finalmente se decidió a editar en 2008 para retribuir honores a García Márquez. No podría haber ningún nombre mejor para ese trabajo que la dedicatoria en la servilleta: Cuando Lebrijano canta se moja el agua.

*

La primera reacción de Juan Peña al recibir la nota del nobel en aquel condumio fue de asombro. “Yo al principio me quedé asustado. No lo asimilé, pero sabía que algo mu’gordo me había escrito”, le contó el cantaor a los realizadores de la serie Puro y Jondo, de TVE, a finales de la década del noventa. “Profesor, yo es que no sé qué decirle”, recuerda haber balbuceado luego ante García Márquez, que respondió con una palmadita en la mejilla y un “pues no digas nada”.

Pasaron 13 años para que Lebrijano se decidiera a hacer un álbum flamenco dedicado a la obra del escritor. Para ello delegó la creación de letras alrededor de los relatos macondianos a su amigo, el poeta onubense Casto Márquez Ronchel, quien se decantó por los relatos de Doce cuentos peregrinos, con otras dos creaciones puntuales sobre La cándida Eréndira y El coronel no tiene quién le escriba. El resultado fue expuesto por Lebrijano mismo, en vivo, el 26 de noviembre de 2007 en el stand de Colombia como país invitado de honor en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, ante un público donde se encontraba el mismo Gabo.

Cuando Lebrijano canta se moja el agua vio la luz finalmente en 2008. El álbum número 35 de los 36 editados por el cantaor resultó ser, de nuevo, una proverbial muestra de su interés en las vertientes contemporáneas de lo jondo. A cargo de la producción estuvieron sus sobrinos, el guitarrista Pedro María Peña y el pianista David Peña, Dorantes. A la rispidez propia del cante se suma un coro flamenco y una instrumentación nutrida, que dan paso en segmentos importantes al virtuosismo de los jóvenes Peña, en clave de bulerías, soleares y otros estilos libres. Esta producción del sello español Rosevil tuvo distribución en Colombia gracias al único disquero con la suficiente amplitud de miras para ello: don Humberto Moreno, de MTM.

El disco fue grabado justo en la mitad de dos importantes crisis médicas del Lebrijano. “Metí la voz antes de que diera la cara porque yo pensaba que era mi último disco”, aseguró a Ángeles Castellano, del diario El País. “Incluso estuve pensando dejar de cantar, porque no tenía yo la voz para cantar. Hice el disco como último recuerdo”. En abril de ese año fueron dos las intervenciones quirúrgicas por cuenta de una apendicitis, y luego en septiembre, una vez lanzado el disco, en un arranque de inspiración en plena actuación en el Festival de Cante de Las Minas en La Unión, Murcia, se le desprendió la sutura de la operación y se hizo necesario ponerle cien puntos más. Aquella noche cantó hasta el final, como todo un profesional, en medio del dolor. A finales de noviembre, ya restablecido, le fue entregado el Premio Demófilo, otro importante galardón flamenco. El jurado manifestó que el disco fue “el acontecimiento más destacado entre 2007 y 2008”.

La salud de Lebrijano desde aquellos episodios fue frágil. Su última grabación, de 2014, es un registro en vivo al lado de Redouane Kourrich, hermano de Faiçal, en el que demostró cómo hasta el final de sus días, el mestizaje con Oriente siguió siendo el principio de su ideario. El mismo día de su muerte se había echado unos cantes con Pedro, su hermano, en la guitarra. Seguramente será él quien deba fungir como albacea de su último deseo, que hizo manifiesto en la serie Puro y jondo y que, por supuesto, se remite de nuevo a la dedicatoria que Gabriel García Márquez le hizo en una servilleta: “Yo he pedido a mi familia que cuando desaparezca, en mi epitelio (sic) pongan eso”. Aquella elaborada metáfora que habla sobre el agua, quedará así escrita en letra indeleble.

*Periodista

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