Andrés Orozco Estrada es director de la OFJC desde enero de 2014.

La música del azar

Cuatrocientos jóvenes entre los 16 y 24 años, de 11 departamentos del país, han participado en un proyecto que, a la par de la Red de Orquestas de Batuta, está produciendo una silenciosa revolución. Muchachos de todos los estratos conforman un grupo que demuestra que la cultura siempre produce desarrollo.

2014/06/20

Por Ricardo Castro* Bogotá

Ángela Rodríguez recuerda que cuando iba al colegio en Cali pasaba tardes y noches oyendo la emisora del grupo Carvajal, donde transmitían música sinfónica, y que paraba de canalear en el televisor cuando veía conciertos de cámara. Era una afición que no compartía con nadie en su casa del barrio Guayaquil, pero que le nació desde que oyó la novena sinfonía de Anton Dvoák. La educación musical que había tenido era elemental y se debía más a la iglesia a la que iba con sus padres, él zapatero y ella costurera. Cuando estaba por terminar el bachillerato, y estudiar economía era cada vez más probable, quiso ver de cerca cómo se producían los sonidos que tanto le gustaban. Entonces fue a ver un ensayo de la Filarmónica de Cali y concentró su atención, sobre todo, en el fagot, que la atrajo por el sonido y “porque era poco común”. Se acercó al maestro que lo tocaba y le pidió probar el instrumento. Corría 2009 cuando, a los 17 años, empezó a aprender a tocar. “En mi casa nadie ni siquiera conocía ese instrumento”, cuenta Ángela. Sus padres se mostraron reticentes a su idea de cambiar el camino seguro de la economía, por la “aventura” de la música.

Se decidió por la música y entró a la Universidad del Valle. Las dudas de su familia proyectaban aún una sombra sobre su decisión (¿Usted qué va a hacer con eso? ¿De qué va a vivir?), cuando un amigo le prestó una cámara y la ayudó a grabar la audición con la que la admitieron a la Filarmónica Joven, en 2011. Meses después, Ángela llegaba nerviosa y sin conocer a nadie a Santa Marta para participar en la residencia artística de la orquesta. Era la primera vez que viajaba en avión. Lo hacía entre los nervios y la emoción por tocar en una orquesta grande. Después vendría la experiencia de tocar en Brasil o Estados Unidos, en compañía de cien jóvenes músicos que hacen parte de la Filarmónica Joven de Colombia, un proyecto que nació en 2010 de la mano de la Fundación Nacional Batuta y de la Fundación Bolívar, y que busca hacer que la música sea posible como proyecto de vida y que sirva como herramienta para cambios sociales. En América Latina se han producido revoluciones musicales de gran impacto. Pareciera que existe una capacidad en nuestros niños y jóvenes para entrar en contacto con el mundo etéreo de los sonidos. El ejemplo más diciente es el de El Sistema, una gran red de orquestas y coros infantiles y juveniles creada por José Antonio Abreu a mediados de los años setenta y que ha producido figuras de talla internacional como Gustavo Dudamel, por solo nombrar uno de ellos. Para el caso colombiano, mucho han cambiado las cosas desde cuando, en 1991, se creó la Fundación Batuta con el objetivo de desarrollar un sistema de orquestas juveniles inspirado en El Sistema. Según cuenta la directora ejecutiva de la orquesta, Helena Barreto, mientras que hace treinta años la población de músicos sinfónicos era escasa y tenía que formarse en el exterior, ahora hay una profusión de orquestas infantiles y juveniles. “La idea –recuerda el director de la Fundación Bolívar Davivienda, Fernando Cortez– era montar una orquesta para visibilizar los esfuerzos de esas iniciativas que, lideradas por Batuta, trabajaban a nivel nacional, pues estimábamos que había cerca de doscientos cincuenta mil músicos entrando al universo de la música sinfónica. Queríamos mostrar todo ese trabajo”.

La idea inicial consistió en reunir en una orquesta sinfónica a los mejores músicos del país que prepararan el repertorio que luego se interpretara en las giras en intensas residencias artísticas. Para un concierto realizado en Miami el año pasado, por ejemplo, noventa y cinco músicos se reunieron en Paipa durante doce días en los que se dedicaron a ensayar el repertorio en jornadas que empezaban a las nueve de la mañana y terminaban entrada la noche. Alejandro Paz, violinista de veintiún años, dice que estas residencias son “como retiros espirituales musicales”. “Ensayamos todo el día, todos los días, para pulir la técnica y la armonía del conjunto”. Otros lo comparan con centros de alto rendimiento para atletas. Por eso hay fisioterapeutas que los acompañan: después de quince horas de práctica diaria más de uno termina acalambrado. Las residencias se llevan a cabo entre tres y cinco veces al año en compañía de expertos internacionales en cada instrumento. Ese cuerpo docente suele ser parte del jurado que una vez al año escoge a los integrantes de la orquesta.

La exigencia es muy alta. Pero eso es parte del éxito que se traduce en el nivel musical que seduce y motiva a los jóvenes a practicar para poder ser parte del proyecto. Paz recuerda el impacto que sintió cuando fue a ver a la orquesta en el Guillermo León Valencia de Popayán, durante la gira de 2012. “Ha sido uno de los conciertos más llenos que recuerdo. Pero no solamente era eso, sino lo que transmitían: una ola de energía a través de la música”. Matthew Hazelwood, el director artístico hasta su inesperada muerte en 2012, decía que los jóvenes estaban “hambrientos por tocar bien” y que eso se notaba en cada concierto. Algo en lo que concuerda Andrés Orozco Estrada, quien asumió la dirección musical a comienzos de este año. Aceptó la invitación porque había visto de primera mano la calidad del proyecto cuando los dirigió en la gira por Brasil. “Me encontré con un proyecto serio y de altísimo nivel –dice Orozco desde Viena, donde vive hace dieciséis años–. Si no hubiera sido así, no habría aceptado la invitación a dirigirla. El resultado que la orquesta ofreció en esa gira que hice –que era un programa muy exigente, de altísimo nivel técnico y musical– fue realmente alto”.

La vinculación de Orozco –actual director titular de la Houston Symphony Orchestra– como director artístico es significativa por el peso de su nombre como respaldo a su nivel musical. Él se emociona cuando habla del proyecto. “En un país que vive con tantas dificultades no debemos olvidar que las expresiones artísticas que pueden hacer la vida diaria más agradable y llevadera son fundamentales”. Asegura además que el nivel de entrega que exige la orquesta hace que adquieran un sentido profundo de la responsabilidad. “Contribuimos –dice– a la formación de personas que entienden que para conseguir buenos resultados se requiere un trabajo disciplinado y de un gran esfuerzo que acompañe al talento. Al hacer música a este nivel y en un proceso con estas características, damos oportunidades a los músicos de crecer y contribuir al país”.

Y si para el director resulta estimulante contribuir a esa formación, para los músicos su dirección es una oportunidad única. Para Daniela, flautista paisa de veintidós años que llegó a la orquesta en 2012, Orozco fortaleció la confianza de cada uno como músico y “transmite una energía que hace que la música se sienta como un sueño”. Mientras que para el percusionista Guillermo Ospina “lleva a la orquesta a resultados extraordinarios”. Además, Orozco encarna el objetivo de la OFJC de hacer posibles proyectos de vida en el arte.

“La música puede cambiar vidas –asegura Cortez–, lo hemos visto, hoy hay músicos estudiando en Estados Unidos, en Londres, en Madrid… Cuando regresen estos muchachos serán la prueba de que la música puede ser una opción de vida importante en este país”. En eso coinciden la mayoría de quienes han pasado por la orquesta, en las ganas de salir, pero para aprender y volver a compartir lo aprendido.

Presentaciones de la Filamónica Joven de Colombia

Bogotá – Petrushka.
julio 14
8:00 PM - 9:30 PM

Pereira – Petrushka
julio 16
7:30 PM - 9:00 PM

Cali – Petrushka
julio 17
7:00 PM - 9:00 PM

Popayán – Petrushka
julio 19
7:00 PM - 9:00 PM

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