Kany, Kaiser y Ata en la calle del barrio Las Cruces en la que crecieron.

Más allá de las cruces

El grupo pionero del hip hop colombiano celebra treinta años de carrera artística y veinte del lanzamiento de su primer disco. Hace dos décadas comenzó un movimiento contracultural poderosísimo que, a pesar de no ser recogido por los medios, es quizá una de las formas culturales musicales más importantes de Colombia: ¿quiénes son estos hip-hoppers?

2014/06/20

Por Lina Vargas* Bogotá

Yo quiero dejar una cosa clara –dice el rapero bogotano conocido como Mako desde la cabina del programa de hip hop Urbe Nativa de la emisora de la Universidad Nacional–: lo que marcó a la juventud de los noventa y a mí como profesional fue el lanzamiento de El ataque del metano de La Etnnia en el bar Kalimán. Yo tenía dieciséis años y entré con la cédula de un primo. Nunca antes había ido a un concierto de hip hop: Ata, Kany, Kaiser, Gordo, Perro Demente, Fonxz y Zebra, todos en la tarima, con un sonido brutal. Ahí empezó el hip hop en Colombia”.

*

Es una tarde soleada en el barrio Las Cruces del centro de Bogotá. Un grupo de niños con uniforme de colegio patea un balón en una calle poco transitada en la que hay al menos una docena de perros. Dos ancianos están sentados en taburetes de madera contra la pared de una casa blanca que ofrece una habitación en arriendo. Al frente queda la plaza de mercado de Las Cruces, la primera en Colombia, y unas calles más abajo, el parque central del barrio, con los vestigios de la primera estación de gasolina del país y la casa de Jorge Eliécer Gaitán. Junto a las gradas de la cancha de baloncesto aparecen Ata, Kany y Kaiser, los integrantes de La Etnnia, que es para muchos el primer grupo de hip hop nacional. Kany es el que más habla, Ata permanece de pie y de vez en cuando hace algún chiste y Kaiser está atento a la conversación, aunque no interviene mucho.

Los tres –hermanos, además– llevan chaquetas negras con un intrincado logo de La Etnnia bordado en la espalda y tenis impecables, casi brillantes. Vienen de Ciudad Montes, donde viven ahora, pero la casa en la que crecieron queda en Las Cruces. “La calle está inmortalizada –dice Ata–. La misma pintura, como si no hubiera pasado el tiempo”. Es un callejón angosto, al que difícilmente podría entrar un carro pequeño, que no mide más de unos metros de largo. El número es el 5-27, una casa de una planta, con ladrillos color marrón y dos ventanas. Una vecina se asoma a saludarlos, así como antes, en la cancha de baloncesto, varias personas se habían acercado para hacerse una selfie con ellos. Hace treinta años, a mediados de los ochenta, Ata, Kany y Kaiser vivían allí con su familia. Como su papá era costeño solían escuchar música tropical colombiana. “Este era un barrio de migrantes –dice Kany–. Había mucha gente de otros pueblos y se dio una fusión de culturas del Chocó, la costa y el llano. Otros viajaron al exterior y trajeron la salsa”.

A ese barrio salsero y ya entonces tan violento como ahora, también llegaron los discos de hip hop, el movimiento que había surgido en Nueva York una década atrás. Los hermanos dejaron de entrar a los teatros de Las Cruces y Santa Bárbara, donde solo pasaban cine mexicano, y empezaron a ir al Embajador, en la calle veinticuatro, a ver las películas Break Dance, Beat Street y Electric Boogaloo, en las que descubrieron las cuatro formas de expresión artística del hip hop: el rap, el breakdance, el grafiti y la música. “Beat Street, la historia de unos hermanos en el Bronx de Nueva York, me cambió la vida –dice Kany–. Primero por la música y luego por el espacio donde se desarrolla: Brooklyn y el Bronx, que son también barrios pobres”.

Quizá como ninguna otra manifestación contracultural, el hip hop ha logrado adaptarse a distintas sociedades. Desde su comienzo en Estados Unidos se ha extendido por casi todo el planeta: de Irán a Brasil. “Fundamentalmente, proviene de comunidades con altos niveles de conflicto y grandes carencias. Al nacer arraigado a esas situaciones, se facilitó su adopción en países con realidades semejantes, origen que le otorga su fuerza y hace que la reflexión sociopolítica le sea natural”, se lee en el libro Soñando se resiste, publicado por la Fundación Grupo Liebre Lunar y la Alcaldía de Bogotá.

Ata, Kany y Kaiser vieron Beat Street hasta el cansancio –unas treinta veces, según Kany– e intentaron copiar las coreografías. “Con el tiempo pensamos: ellos giran para un lado, entonces nosotros giremos para el otro”. Crearon el grupo de baile New Rapers Breakers, usaron tenis con cordones gruesos, fueron a concursos en discotecas y participaron en retos. “Allá bailábamos”, dice Kaiser mientras señala el lugar de la plaza de Las Cruces donde quedaba un ring de boxeo. Luego, los tres enumeran las discotecas en las que se presentaron durante la década del ochenta: Estudio 51, en la séptima con 51; Tropidisco, en la 68 con 68; Kronos Disco Party, en la 34 con once, Rumba Latina, Atlántida y La mamá de Tarzán.

En 1990 los integrantes de New Rapers Breakers se separaron para dedicarse a sus proyectos musicales. De allí salieron La Etnnia y Gotas de Rap. Los hermanos montaron un estudio de grabación en la casa del 5-27 con cabina de sonido, tornamesas, caja de ritmos y sintetizador e hicieron la maqueta de un disco. En ese momento tenían adelantada una colección de vinilos que no han dejado de nutrir desde hace veinticinco años. “Escuchábamos a Afrika Bambaataa y James Brown y encargábamos acetatos a Estados Unidos que por un lado traían la letra y por el otro las pistas. Así empezamos a cantar”. Cuando la maqueta estuvo lista, invitaron a otros músicos y llevaron el trabajo final a un estudio en la calle 100. Lo llamaron El ataque del metano. Hicieron afiches y los pegaron por toda Bogotá: “rayamos hasta la Embajada gringa”, dice Kany, y repartieron el casete y luego el cd en emisoras y tiendas de discos.

Era 1994 y el rap colombiano nacía.

El ataque del metano es el hip hop del siglo xx en su estado más puro”, dice el periodista y coordinador de Radiónica, Álvaro González. “La Etnnia se convirtió en una leyenda y un punto de referencia para la escena –dice Giovanni Castillo, director del programa Urbe Nativa de UN Radio–. Zebra tenía un estilo único y canciones como “Noicanicula” suenan todavía en las fiestas”. “La Etnnia siempre va a ser una referencia. El ataque del metano logró que el hip hop fuera visto como algo serio. Ellos profesionalizaron el hip hop”, dice Iván Díaz, editor de la revista virtual Guerrilla Flow.

La revista Rolling Stone ubicó “Manicomio 5-27”, que cierra el disco, en el puesto once entre las cincuenta canciones más importantes del rock colombiano. Escribieron: “La Etnnia debutó en 1994 con El ataque del metano, editado inicialmente en formato casete, donde se incluyó ‘Manicomio 5-27’, una dura declaración de principios que, nombrada con la nomenclatura de una de las calles donde ‘parchaban’, prefiguró lo que vino después: lírica arrebatada, mensaje de paz y pensamiento crítico”. Ricardo Durán, subdirector de edición de Rolling Stone Colombia, dice: “La Etnnia es el sonido de la calle, la música de un montón de colombianos a los que les es negada cualquier oportunidad. El lado duro de un país experto en hacerse el loco”.

La situación del país en los años noventa es conocida. A la lista de problemas de violencia, abandono estatal, desigualdad y corrupción se sumó el coletazo final de los grandes capos del narcotráfico. La Etnnia decidió tomar la foto de la carátula de El ataque del metano en el basurero Doña Juana, a las afueras de Bogotá. El disco dura treinta y siete minutos, tiene diez canciones y es, en efecto, un manifiesto tan crudo y real como las historias que cuenta. “Rugió la sirena / Contra la pared / Hijueputas no se muevan que cayeron en la recta / Cállate cabrón / Más tarde nos subieron. Identificación. La huella nos exigieron / Me hablaba el perro con tono hosco / Mariconcito yo a ti te conozco”, se escucha en “Pasaporte Sello Morgue”. Las canciones, que hablan de acoso policial, asesinatos y droga han sido comparadas con los golpes precisos de una pelea de boxeo.

El hip hop –se lee en Soñando se resiste– es una cultura relacionada con el cuerpo, el territorio y las emociones. Y aunque en países como Estados Unidos es una industria que mueve millones de dólares anuales, allí como acá surgió de la necesidad de unos cuantos de gritar: estamos aquí. “La cultura y el arte anteriormente eran algo exclusivo de las élites, solamente a los artistas clásicos de las academias los llamaban pintores. Solamente a los que aprendían a bailar en una academia los llamaban bailarines. Solamente a los gimnastas de gimnasio los llamaban gimnastas y solamente a los poetas los llamaban poetas. Entonces el hip hop lo que hizo fue democratizar el arte”, dijo para Soñando se resiste el gestor cultural y director de la Fundación Familia Ayara, Don Popo.

En una sociedad donde la política tradicional no representa los intereses de los ciudadanos, el hip hop se convirtió en la única forma de expresión e identidad. “La lírica es contestataria y muchas de las letras y rimas son un acto de protesta y rebeldía frente a la sociedad. Frente a una cultura del olvido e indiferencia, el rap cumple una función política, al facilitar la expresión de grandes núcleos poblacionales tradicionalmente expropiados de la palabra”, se lee en Soñando se resiste. Esto, desde luego, no quiere decir que el hip hop sea una herramienta para hacer política. Kany lo explica así: “Siempre nos causó curiosidad que Las Cruces estuviera tan cerca de la Casa de Nariño y hubiera tan poca presencia del Estado. En medio de ese abandono surgió la voz de protesta, la voz de la calle”.

El ataque del metano fue solo el comienzo de La Etnnia, que tiene ese nombre, justamente, para evocar a los NN. Algunos de los músicos que participaron, como Fonxz, hicieron sus propios proyectos musicales. Perro Demente es un referente del hip hop en Medellín y Zebra cayó en las drogas y es ahora un habitante de la calle. En estos veinte años Ata, Kany y Kaiser han lanzado otros siete trabajos: Malicia indígena (1997), Criminología (1999), Stress, dolor y adrenalina (2001), Real (2004), Por siempre (2007), La voz de la calle (2011) y Universal (2014). “Ellos hicieron un disco tan clásico y representativo de la vieja escuela del hip hop, solo con cantantes y dj, que en los siguientes tuvieron la necesidad de una exploración más grande”, dice Álvaro González, para quien La Etnnia es uno de mayores proyectos integrales que ha tenido la música en Colombia.

Además de los discos, La Etnnia creó el sello discográfico 5-27, con el que ha lanzado trabajos de Tres Coronas, Full Nelson y Kontent; tienen una línea de ropa para hombres, mujeres y niños; han hecho programas de radio; seis de sus videos rotaron en mtv; fueron reconocidos como Mensajeros de la Verdad por la onu y como pioneros del hip hop en Colombia por el New York Times. “Un disco de La Etnnia es un documento histórico –dice González–. Hay un contexto político y social y una exploración sonora con un fuerte componente de sinceridad. La Etnnia es grande porque no se ha traicionado”. Al contrario, ha mantenido un equilibrio entre el éxito comercial, el desarrollo musical y el carácter alternativo.

Bogotá está llena de hip hop por donde quiera que uno mire. Noventa mil personas van cada año a hip hop al Parque. La carrera treinta es una galería de grafiti. En Ciudad Bolívar, grupos como Crack Family son leyendas vivas. Los reclusos de las cárceles Modelo y Picota sintonizan cada sábado el programa Urbe Nativa. Los fines de semana la avenida Primero de Mayo reúne a los mejores mc de la ciudad. El rap hace parte de la programación habitual de Radiónica y por fin La Etnnia ha sido invitada al próximo Rock al Parque, a pesar de las críticas de puristas ridículos, como una de las figuras del rock colombiano. Hace treinta años en las emisoras solo se escuchaba pop y merengue y la gente miraba con burla y miedo a esos raperos que usaban pantalones anchos. Así que no es exagerado decir que sin La Etnnia nada de esto hubiera sido posible.

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