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Palabras para el sonido

Parece ser que existe un fenómeno silencioso en la edición de libros sobre música en Colombia: de las estupendas colecciones editadas por la Universidad Javeriana a los trabajos de editoriales independientes como La Iguana Ciega, en Barranquilla, en esta feria hay otro recorrido posible: leer sobre nuestra música.

2015/04/17

Por Luis Daniel Vega* Bogotá

Durante más de 50 años, el paradigma folklorista de los trabajos canónicos de Emirto de Lima, Guillermo Abadía Morales y Daniel Zamudio atravesó la orientación de la investigación musical en Colombia. Luego de que a finales de la década de los ochenta y gran parte de los noventa Egberto Bermúdez, Ana María Ochoa y Carlos Miñana desvirtuaran los vicios de la musicología clásica en Colombia, el panorama ha cambiado sustancialmente: se escriben más libros, los enfoques –que convergen entre los estudios culturales, las ciencias sociales y el periodismo– diversifican el diálogo y, sobre todo, hay una reflexión crucial en lo que tiene que ver con la memoria. Aunque está en ciernes, la investigación de las prácticas sonoras locales ha vivido un auge significativo en el último lustro.


Culturas musicales en Colombia

El brazo más exitoso en ventas de la Editorial Pontificia Universidad Javeriana es la colección Culturas Musicales en Colombia (CMC), fundada en 2010 por los académicos Juan Sebastián Ochoa, Carolina Santamaría y Manuel Sevilla. Alejada de esencialismos nacionalistas, parte de una refrescante mezcla entre musicología, historia, antropología y sociología. Más allá del frío lenguaje académico (que asusta a los desprevenidos), la colección CMC ha conseguido un punto medio entre el rigor científico y las licencias subjetivas de corte literario, periodístico y ensayístico en los cuatro libros que ha publicado hasta la fecha: Músicas y prácticas sonoras en el Pacífico afrocolombiano (2010), Mujeres en la música en Colombia. El género de los géneros (2012) –texto único dentro del campo de la “musicología de género” en Colombia–, El libro de las gaitas largas. Tradición de los Montes de María (2013) y Travesías por la tierra del olvido: modernidad y colombianidad en la música de Carlos Vives y La Provincia (2014). En estos títulos podemos encontrar, por ejemplo, artículos como “De currulaos modernos y otras ollas podridas”, en el que el investigador Óscar Hernández aterriza la ligereza con la que en los últimos años se ha asumido el boom de las músicas del Pacífico colombiano. También nos topamos con ensayos experimentales como el de Alba Fernanda Triana, otros reveladores como el que escribe Ana María Romano acerca de la obra de Jaqueline Nova, entrevistas a Etelvina Maldonado, Claudia Gómez y Alba Lucía Potes, un riguroso estudio etnomusicológico de la música de gaitas –con libro de partituras incluido– y quizás la lectura crítica más profunda de la obra musical de Carlos Vives.


Suena Medellín, suena Cali, suena Bogotá

Resulta curioso que tres de los epicentros urbanos en los que se han condensado las prácticas sonoras colombianas en los últimos años carezcan de historia. Entre 2013 y 2015, este descuido parece ir mermando a pasos lentos: la Fundación Delirio publicó El delirio de Cali Vol. 2 (2013), un documento testimonial que plasma la identidad salsera caleña. En Medellín, varios libros editados en 2014 ayudaron a sacar de la oscuridad una parte invisible de la cartografía musical medellinense: David Viola, el legendario integrante de I.R.A, publicó Aguante I.R.A. 30 años de punk, el periodista Diego Londoño hizo lo suyo con Medellín en canciones y Los Yetis: una bomba atómica a go go, la primera biografía oficial del famoso grupo. Entre tanto, el también periodista Santiago Arango hizo lo suyo con 15 años de canciones contadas y la investigadora Carolina Santamaría publico Vitrolas, rocolas y radioteatros: hábitos de escucha de la música popular en Medellín, 1930-1950, un libro que esclarece cómo el bambuco, el tango y el bolero ayudaron a construir las nociones de “paisa” y “colombiano”.

En Bogotá se zanjaron algunas cuentas pendientes, por lo menos con el rock y la salsa: los periodistas Pablito Wilson y Felix Riaño publicaron, respectivamente, Rock colombiano: 100 discos, 50 años (2013) y Memoria del rock colombiano (2014); el Instituto Distrital de las Artes, apoyado por el cuidado y la filigrana de Rey Naranjo Ediciones, celebró el legado vivo de Aterciopelados con el vistoso libro Con el corazón en la mano (2014) y el baterista Javier Aguilera –con su característico estilo desprolijo– escribió Nocturno en mi bemol mayor (2014), sus memorias desvergonzadas en la rutilante noche bogotana. Entre tanto, la Editorial Pontificia Universidad Javeriana publicó Salsa y cultura popular en Bogotá (2013), estudio que se complementó con el enciclopédico tomo ¡Fuera zapato Viejo! (2014), la exquisita historia de la salsa en Bogotá editada en conjunto por el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural y El Malpensante. ¡Por fin, después de mucho tiempo, los libros publicados por el Distrito burlaron los vericuetos burocráticos y no se quedaron en cajas, se venden en las librerías!


Tres biografías

Por alguna extraña razón –que bien podría ser simplemente desinterés particular o estatal– en Colombia son pocos los libros con contenido biográfico que se han escrito acerca de músicos locales. Por eso vienen muy bien tres biografías de músicos colombianos editadas en 2014. En Sofronín Martínez. El ángel de Pasacaballos, el periodista Juan Martín Fierro se interna en la vida bohemia del guitarrista cartagenero Sofronín Martínez, el más grande intérprete de bolero filin que ha tenido el país. Por su parte, la pluma afilada del escritor Umberto Valverde le rinde homenaje a su amigo el desaparecido cantautor quibdoseño Jairo Varela con Que todo el mundo te cante, un libro minucioso que retrata en su esplendor y decadencia la voz del Grupo Niche. Por último, a medio camino entre el fervor melómano y la crónica, el periodista costeño Óscar Montes presentó Diomedes Díaz. Vivir más no pude, una biografía que, pese al insalvable oportunismo mediático que la rodea, logra un perfil del Cacique de la Junta en su dimensión más grata y macabra.


Dos editoriales

Constituida en 1999 por algunos de los miembros de la Fundación Cultural Nueva Música –los mismos que desde 1997 realizan el Festival Barranquijazz– La Iguana Ciega cuenta con 34 títulos que además de poesía, gastronomía, cuento, crónica, fotografía y estudios acerca del jazz en Cuba, se han enfocado en prácticas sonoras locales y biografías de intérpretes legendarios de la región caribe. De lo anterior da cuenta la necesaria reedición de Folklore colombiano (2010) –el clásico del musicólogo curazaleño Emirto de Lima, publicado originalmente en 1942–, Peñaloza en tono mayor (2009) –estudio monográfico dedicado al gran Antonio María Peñaloza–, Pacho Galán: el rey del merecumbé (2006), Aníbal Velásquez: el mago del acordeón (2012), Nelson Pinedo: el almirante del ritmo (2006), El centurión de la noche (2011) –biografía de Joe Arroyo–, Jazz en Colombia: desde los alegres años 20 hasta nuestros días (2007), Sextetos afrocolombianos. Expedición testimonial y fotográfica al interior de los sextetos (2008), La tambora viva. Música de la depresión momposina (2013) y, recientemente, Cienagua: la música del otro Valle (2013), un libro en el que el periodista Guillermo Henrique Torres se atreve a ubicar la génesis del vallenato en Cienagua, región situada entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Ciénaga Grande del Magdalena.

Por otro lado, el investigador Sergio Santana Archbold echó a andar en Medellín Ediciones Santo Bassilón, un modesto empeño editorial que nació de un proyecto ambicioso: en 2012, a 100 años del nacimiento de Lucho Bermúdez, no se había escrito un reporte biográfico contundente acerca del célebre clarinetista carmero. Dispuesto a llenar el vacío, Santana convidó a siete melómanos para escribir Lucho Bermúdez: cumbias, porros y viajes (2012), un libro que sobresale por la juiciosa discografía. A este le siguió Benny Moré sin fronteras (2013) y Mi salsa tiene sandunga y otros ingredientes (2013), un trabajo que, con buen humor y rigor académico, logra sacar la salsa del eje geográfico Cuba. Puerto Rico y Nueva York, para aunarla, por ejemplo, con la cumbia. Pese a la escasa distribución a nivel nacional y a los tirajes limitados, Archbold tiene en remojo tres títulos que próximamente verán la luz: dos dedicados al fenómeno de la salsa en Medellín y Colombia, y otro que contiene la biografía de José Barros.

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