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Nacimiento, muerte, resurreción

Las agrupaciones que en los años ochenta se reunían en bares capitalinos como Metro y Nix dieron los primeros acordes del postpunk colombiano, pero su influencia empezó a sentirse casi tres décadas después. Durante mucho tiempo este sonido estuvo en las sombras.

2018/01/23

Por Juan Sebastián Barriga Ossa* Bogotá

Es viernes por la noche en Bogotá, y en el segundo piso de una casa, en la esquina de la Caracas con calle 40, decenas de personas bailan al ritmo del new wave, el dark wave, el rock gótico y demás géneros que engloba el postpunk. Estos amantes de la noche y los sonidos siniestros se mueven de forma errática entre las luces que rebotan contra el techo, pintado como un tablero de ajedrez. Entre el público hay de todo: gente vestida con mallas y cuero, travestis, seres andróginos, punkeros, metaleros, vampiros de atuendos góticos. Es una noche normal en Asilo, uno de los puntos más emblemáticos del postpunk colombiano.

Treinta años atrás, durante el mundial de México 86, Luis Alberto Uriza, Pedro Roda y Ricardo Jaramillo comenzaron a armar una banda influenciada por el new wave y la movida madrileña. A ellos se les unirían Carlos Mojica y Eduardo Arias, y en el 87 se formó Hora Local. Este grupo de melodías suaves y letras irónicas, que hablaba del holocausto nuclear y de mujeres que se suicidan en aviones, y que criticaba el elitismo bogotano, empezó a moverse en la escena alternativa de Chapinero.

Al mismo tiempo, Fernando Muñoz, Gonzalo Sagarmínaga, Simone Balmer y Gabriel Madero crearon Los Necro Nerds. Ellos también tocaban un new wave de contenido crítico e irónico, contra el arribismo capitalino. Sin proponérselo, estos grupos, que se reunían en bares como Metro y Nix, dieron los primeros acordes postpunkeros colombianos; pero su influencia se sintió casi tres décadas después, porque durante mucho tiempo este sonido estuvo en las sombras.

La historia del postpunk colombiano está fragmentada y es un rompecabezas lleno de piezas ausentes. Este género es como un fénix que no ha logrado asentarse del todo en la música underground del país. Como dice Henry Muñoz, “Pasajero”, socio de Asilo, “el postpunk es un huérfano, un paria de la música en Colombia”. Aun así, ahora mismo se está viviendo una especie de boom, de renacimiento.

Esta música, imposible de catalogar, nació en 1978, año en el que Sex Pistols dio su desastroso concierto final en San Francisco. Después de eso, muchos se atrevieron a decir que el punk había muerto, que se volvió una caricatura de sí mismo, que su éxito comercial lo vació de significado. Pero no murió, solo mutó. Por un lado, sus seguidores más radicales regresaron a sus raíces subterráneas, le subieron a la velocidad y se volvieron más políticos y cerrados, lo cual dio origen a géneros como el hardcore y el anarcopunk. Por otro lado, apareció una generación que estaba cansada de la rigidez y la simpleza del punk y empezó a experimentar con sonidos nuevos.

Las escuelas de arte de Inglaterra fueron el punto de encuentro de estos jóvenes que crearon algo nuevo sobre el cadáver de lo viejo. Las vanguardias del siglo XX, el cine, el teatro, el romanticismo y el existencialismo inspiraron a bandas como Public Image Ltd. (de John Lydon, vocalista de Sex Pistols), The Fall, Siouxie and the Banshees, Joy Division y Bauhaus. Estos grupos mantenían la esencia rebelde y el espíritu DIY del punk, pero eran más estilizados y no se limitaban a un solo sonido.

Así, el nuevo género se caracterizó por sus bajos marcados y pesados, que le daban un aura oscura e hipnótica. Las guitarras dejaron atrás la distorsión extrema y empezaron a jugar con efectos como el eco, y se incorporó el sintetizador. Pronto aparecieron varios subgéneros distintos que van desde el rock pop del new wave, pasando por la oscuridad del rock gótico, hasta la agresividad del industrial o la introspección de synth pop.

Esta música llegó a Colombia a finales de los años ochenta, después de que a mediados de esa década el punk y el metal se instauraran en Medellín. Desde esa ciudad, este sonido se esparció por el país, y muchos jóvenes criados entre la violencia y la falta de futuro encontraron en esta música un refugio y una forma de expresión, que a la vez era muy cerrada y no admitía melodías suaves. Pero gracias a DJ’s como Alberto Acosta, Jairo Álvarez y Vicky Trujillo, y a los viajeros que traían acetatos, empezaron a colarse temas de The Clash, The Police, Devo y The Cure. Pronto una nueva camada se interesó por estos sonidos, muy distintos a la rígida distorsión hegemónica del metal y el punk.

A principios de los noventa, Necro Nerds y Hora Local lanzaron, con el efímero sello Discos Roxy, sus únicos álbumes, Jupiterino y Orden público (respectivamente), y para 1991 ambas bandas ya no existían. Al mismo tiempo, en algún lugar de Medellín Fabio Garrido escuchó Stigmata Martyr de Bauhaus. Ese oscuro sonido transformó su vida a tal punto de que Garrido decidió hacer una copia criolla del grupo inglés, que bautizó Frankie Ha Muerto.

La búsqueda artística de esta banda pionera del rock gótico colombiano iba más allá de la música. Inspirado en la poesía y el teatro, Garrido empezó a hacer conciertos con elementos teatrales. Frankie Ha Muerto fue el primer grupo que se maquilló y usó trajes sobre el escenario, algo nunca antes visto en el underground. Eso fastidió a mucha gente que insultaba a la banda y los tildaba de “casposos, locas y maricas”. En 1995, el grupo sacó su primer disco homónimo, después, comenzó a inspirar su puesta en escena y su música en la deteriorada realidad nacional y en el arte tradicional indígena.

Frankie Ha Muerto abrió una puerta para una nueva generación de músicos empíricos de Medellín que buscaba un sonido nuevo. “Estábamos inconformes con ese estilo tan chatarra del punk medallo porque nosotros no éramos eso. No éramos marginales, no éramos de esa generación. Teníamos otra visión y estábamos aburridos de esa música tan simple”, cuenta Mario López, integrante del extinto grupo CO2 y actual líder de Los Malkavian.

Esa nueva camada comenzó a juntarse en bares como New York, New Order y Las Tablas, de donde salieron las primeras bandas que empezaron a componer de forma intuitiva sin preocuparse por enmarcarse en un género. El músico y artista Orus Xhon afirma que en los noventa la mayoría de las bandas de Medellín eran de postpunk, y entre las más destacadas estaban Esfinge, Enciso After The Rain, Neus, CO2, El Globo y Estados Alterados, que desde inicios de los noventa experimentó con los sonidos electrónicos, el rock y el pop. Con temas como Muévete marcó la historia de la música moderna colombiana.

Mientras tanto, Bogotá vivía un boom económico. La capital se abría al mundo, y nuevas expresiones culturales se tomaron la ciudad. El gestor cultural Rodrigo Duarte explica que en esa época el término “música alternativa” se usó para denominar cualquier cosa que no fuera punk y metal. Eso llevó a una explosión de bandas inspiradas en el rock en español, el grunge y los sonidos autóctonos del país, de la que salieron Aterciopelados, La Derecha y 1280 Almas. Grupos de postpunk, por el contrario, había muy pocos. Duarte recuerda algunos como Más y Mala Muerte, que jugaban con el noise, pero no había una escena propiamente dicha. En cambio, bares donde sonaba esa música fueron bastantes en la Bogotá de ese entonces: TVG, Vértigo, Membrana, Transilvania, Florhisteria, Bolíbar o Rotten Rats, fueron algunos de ellos.

A inicios del nuevo milenio, las bandas de los noventa empezaron a desaparecer y no hubo recambio generacional. Esta música de nicho, escuchada por algunos raros, no pudo contra la hegemonía del punk y el metal. Además, ni en las emisoras ni en los bares tenían cabida esas bandas, y la gente simplemente se interesó en los nuevos géneros de moda, como el techno. Aun así, seguían apareciendo algunas bandas, como Psycho Therapy, y ciertos colectivos empezaron a hacer fiestas en casas o en bares. Un ejemplo es Medieval Dark Wave, creado en Medellín por Andrés Jiménez, quien desde 1999 organiza eventos alrededor de la música gótica, industrial, EBM y dark wave.

En 2005, en el barrio de La Macarena de Bogotá, apareció un pequeño bar llamado Socorro en donde sonaba postpunk, lo que le dio un poco de vida al género. Al poco tiempo, en la Séptima con 57 abrió el bar gótico Abnocto, y de a poco empezó a reconfigurarse una pequeña escena que amaba los sonidos oscuros.

En esos años, la ciudad que mantuvo vivo al postpunk fue Cali. Alrededor de bares como El Desván y en una casa en el barrio Granados, de Álvaro Llanos –quien prestaba el espacio para ensayos y conciertos–, se concentró una escena a la cual Henry Muñoz llama “Cali Youth”, porque tenía mucha influencia de Sonic Youth. En ese circuito, muy influenciado por el Gótico Tropical, hubo proyectos como Dada Noise (después renombrado como Los Ovejos), Los psycodelics punks y Alteración Biónica. Pero la banda más representativa fue Los Últimos Romántikos. Su lema era música con “tumbao, clase y elegancia”, y sus melodías estilo new wave, que hablaban de la dura vida de las calles de Cali, se convirtieron en himnos.

Entre 2005 y 2013, gracias a Internet, una nueva generación conoció esta música. Estos individuos aislados se conectaron en los foros de Yahoo y se dieron cuenta de que no estaban solos. Pronto nacieron grupos como 11 Desaparecidos, Violetas Ausentes, Sinestësicos y Mugre, y colectivos como Bat Beat, creado por tres amigos que empezaron a hacer fiestas y conciertos. Luego, en una recopilación llamada Let’s Go Bats reunieron los sonidos postpunk de todos los rincones de Colombia.

En 2011, Asilo abrió sus puertas en Bogotá. Abnocto y Socorro habían cerrado y este nuevo lugar atrajo a la creciente escena. En un principio era un lugar muy underground, pero poco a poco empezó a atraer gente de todo tipo. Ahora, junto a Libido en Medellín, es uno de los órganos vitales del postpunk colombiano.

Entre el 30 de noviembre y el 3 de diciembre del 2017, en Asilo se organizó Ansia, el primer festival de postpunk en Colombia. Este presentó siete bandas nacionales y tres extranjeras, y además unió a varios de los colectivos que trabajan por esta música. Juan Rubio, de 11 Desparecidos, opina que una de las razones de la fluctuante vida del postpunk es la falta de unión entre sus artífices y seguidores.

Hoy en día, le escena ha empezado a revitalizarse gracias a bandas como Tumbas, Jester La Juste, Sombras, 1000 cadáveres, Ferdinand Cärclash, Nina de Kiev, entre otras, y se han creado nuevos colectivos como Morfina Records, Tumba Villa y Tropicalipsis Infecciosa, que están trabajando por mantener activa esa música. Por ahora este fénix parece estar recuperando su fuego. Después de tres décadas en las sombras, este oscuro sonido parece empezar a escribir su profano nombre en la historia de la música colombiana.

Lamentamos la muerte del baterista Daniel Camilo Rodríguez Hernández, de la banda 11 Desaparecidos, que sucedió al cierre de esta edición.

*Periodista freelance.

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