Foto: Guillermo Torres

La música reconcilia con la vida

Quizá no sea cierto que quien empuña un instrumento jamás empuñará un arma. Sin embargo, mecanismos y programas como Música para la reconciliación, de la Fundación Nacional Batuta, que este año celebra su vigésimo quinto aniversario, demuestran que el trabajo en pro de una cultura de paz ha sido un empeño silencioso de cientos de mujeres y hombres que se han metido al país real para crear fórmulas creativas a la exclusión, a la violencia y al desplazamiento.

2016/03/23

Por Juan Carlos Garay* Bogotá

Saliendo de Bogotá por la calle 80, justo antes del puente de guadua, hay un sector de extrema pobreza que se conoce como Lisboa. Al lado de un basurero se han asentado múltiples casas fabricadas con materiales de desecho. Es un fenómeno común al tercer mundo: la separación de basuras genera una economía informal, y la gente de menos recursos llega a convertir esas zonas en sus vecindarios. Un niño que crece allí se despierta a diario con una montaña de desechos frente a sus ojos, por no hablar de los riesgos en el aire que respira. Pero para los habitantes de Lisboa, al menos, hay un factor que le agrega un significado nuevo a su realidad. En ese mismo barrio existe una escuela de música.

Ese es apenas uno de los 132 centros (distribuidos en 84 municipios de los 32 departamentos) que existen en el país con el fin de desarrollar el programa Música para la reconciliación. Los beneficiarios pertenecen a familias desplazadas. El programa, en manos de la Fundación Nacional Batuta, se viene implementando desde 2001 en zonas con altos índices de violencia, o adonde han llegado en busca de refugio las víctimas de esa violencia. En Riohacha, por ejemplo, el profesor de música Jhony Deluque Pushaina hace el siguiente análisis: “En la escuela que tengo a mi cargo, casi el 100 % de los alumnos son de familias desplazadas. El centro queda en una invasión y es una comunidad de desplazados. Incluso tengo un niño que viene de Antioquia, que sufrió doble desplazamiento”.

Aun después de huir de las zonas de conflicto, las víctimas quedan con una profunda huella psicológica. Una investigación de la Universidad Nacional habla de tres consecuencias funestas: permanente desconfianza hacia los otros, pérdida del valor de la propia vida y desesperanza respecto al futuro. Adriana Cardona, Coordinadora nacional de gestión social de la Fundación Nacional Batuta, habla además de un silencio que surge como mecanismo de defensa: “Una de las cosas que se fragmentan cuando hay desplazamiento es la confianza. Se rompen los vínculos con la tierra, con los amigos, con las mismas familias. Y otra cosa que surge con la guerra es el silencio: ya nadie quiere hablar, nadie sabe este sujeto a qué bando pertenece, entonces aparece el miedo a interactuar con otros”.

Para contrarrestar el silencio está la música. La Fundación Nacional Batuta, desde su origen en 1991, se inspiró en el Sistema de Orquestas de Venezuela. No obstante, el desarrollo de los programas de formación musical con carácter social de Batuta ha tomado un rumbo particular, dada la realidad social, política y económica de Colombia. En el programa Música para la reconciliación, el ensamble de instrumentos corresponde al de un método popular inventado por el compositor Carl Orff: xilófonos, metalófonos, flautas dulces y percusiones menores. El programa de iniciación musical de Batuta toma como base el grupo de instrumentos del set Orff (placas, sistros, xilófonos, flautas dulces, pequeña percusión y percusiones típicas colombianas).

Los niños se van rotando los instrumentos. Y en cuanto al repertorio, no solo es popular sino que abarca todas las regiones del país. Una mirada a las partituras de trabajo publicadas por Batuta muestra cómo, clase tras clase, van representándose todas las zonas. El bambuco Allá en la montaña, de Efraín Orozco, evoca la región andina. La cumbia El gallo tuerto nos remite al río Magdalena, que tanto inspiró a su compositor, José Barros. La fantástica es el homenaje a Cartagena que escribió Carlos Vives, y de paso una incursión en el ritmo de champeta que sin duda encuentra buena recepción entre estos niños. Y Carro de fuego, de la Orquesta Guayacán, logra pasear a los niños por Cali y asomarlos a la costa pacífica.

La experiencia de trabajar con instrumentos de placas les brinda a los estudiantes un primer acercamiento práctico a los aspectos de ritmo y melodía. Y, si se quiere, los prepara para abordar instrumentos sinfónicos como el violín o el chelo. Siempre cabe la posibilidad de que, al terminar el programa Música para la reconciliación, que dura tres años, aquellos niños que han disfrutado la experiencia quieran pasar a alguna de las orquestas de Batuta. Pero en este punto aparece una parte importante de la filosofía de este programa: más que formar músicos profesionales, se trata de formar mejores seres humanos.

En un texto de 1996, el músico de jazz Charlie Haden abogaba por una presencia estatal en la educación musical de todos los sectores. “No es una cuestión de apoyo al trabajo musical —argumentaba—. Es, simplemente, que alguien que en el futuro llegue a ser abogado, médico, arquitecto o lo que elija lo será humanamente mejor si ha pasado por la experiencia de las artes”. La voz de Haden se suma a la de varios estudios que se han hecho en Colombia para comprobar la incidencia positiva del paso por una agrupación musical. El acceso a instrumentos, a clases, a conciertos y a viajes logra darles una nueva dimensión a las expectativas de vida de las víctimas del conflicto y termina revirtiendo la violencia.

Una tesis de grado de la Universidad Nacional en 2009 se centró en los valores que crecen dentro de una formación orquestal: “Responsabilidad, disciplina y dedicación van emergiendo en el ejercicio musical y se trasladan al campo personal”, son los puntos que destaca la especialista en temas de paz Andrea del Pilar Rodríguez. Para los niños del programa Música para la reconciliación, la orquesta y la vida se vuelven una sola experiencia. Entonces se hace casi natural que apliquen esos aspectos positivos a su comunidad.

El músico Constantino Herrera, antiguo saxofonista de la orquesta Guayacán, es hoy profesor del Centro musical Batuta Quibdó. Hace diez años descubrió que su vocación estaba en el trabajo por los niños de su región, se retiró de la escena salsera y se dedicó de tiempo completo a la educación. En su charla, se refiere varias veces a la práctica musical como un “juego”, entendido como algo que tiene reglas muy serias, pero que sirve sobre todo a la distensión. “Uno les dice a los niños: ‘Vamos a hacer música para divertirnos, para dejar de pensar en las cosas malas’, y ellos terminan abriendo el corazón. El trabajo en grupo permite la resocialización, conocer nuevas personas, sentirse parte de algo, sentirse importante, y todo con un mismo propósito que es, por ejemplo, llegar a un concierto. Cada niño que entra ya tiene unos conciertos planeados en el semestre. Entonces llegan con esa convicción: tenemos que hacerlo bien, tenemos que apoyarnos entre todos para que la agrupación salga adelante”.

Se dice que Charles Mingus, uno de los compositores de jazz más importantes del siglo XX, llamaba a sus orquestas “talleres”. La palabra elegida es muy significativa porque implica que son válidos el ensayo y el error, la búsqueda constante, la inquietud aplicada a la interpretación de un instrumento. Al parecer, lo importante para Mingus no eran los resultados sino los procesos. Y al interior de esas orquestas existió un ambiente de camaradería que quizá no tuvieron otras de disciplina más férrea. Es inevitable recordar estas ideas cuando uno oye a María Cristina Rivera, directora del departamento de Educación de la FNB, diciendo que “una orquesta es una metáfora positiva de la sociedad humana. Tú participas con un rol individual, pero estás sujeto a un resultado colectivo: si no hay sincronía, no hay música”.

Aquella sincronía trae otros resultados en lo psicológico. La forma y la estructura de la música, mucho más cercana a lo sentimental que a lo racional, van permitiendo que los niños afronten sus propias emociones y sean capaces de manifestarlas. En ese proceso se genera también una capacidad de sobreponerse a las dificultades y de salir fortalecidos de situaciones de conflicto. La experiencia se complementa, por ejemplo, con cineforos, talleres de lectura y demás encuentros que se dan en los mismos centros musicales. En la mayoría de los niños, los cambios positivos comienzan a verse en cuestión de meses. El nombre de Música para la reconciliación adquiere pleno sentido entonces: los niños, a través de la experiencia musical, se van reconciliando con su pasado y con su entorno.

María Claudia Parias dirige la Fundación Nacional Batuta desde hace un par de años, luego de haber pasado por la Orquesta Filarmónica de Bogotá, donde también hay programas juveniles. Es interesante oír sus conclusiones respecto al poder transformador de la música: “Siento que los niños, niñas, adolescentes y jóvenes vinculados a los programas de la Fundación Nacional Batuta generan relaciones de respeto entre ellos mismos, sus entornos inmediatos y sus familias. La música es una herramienta muy potente para lograr transformaciones profundas en los ámbitos personal, social, cultural, así como en los campos de la educación, la estética y la ética. Esto lo demuestran diversos estudios realizados sobre los impactos de la educación musical en contexto de conflicto o de vulnerabilidad”.

Los centros musicales, en ese sentido, se convierten primero en resguardos y luego en espacios de sanación. Todo este entorno toca, aunque sea de manera tangencial, el tema de la musicoterapia. Pero como la musicoterapia no se ubica del todo en un extremo científico o racional, y para algunos sigue siendo esoterismo, tal vez sea mejor aproximarse a los mismos temas en términos de derecho. “El efecto de Batuta es muy localizado en la cuadra, en el barrio, pero cuando tú sumas lo que hemos logrado en cada centro es maravilloso en términos de la penetración de la música a sitios donde los niños nunca se hubieran imaginado que sus derechos culturales podían defenderse”, concluye María Claudia Parias.

*Periodista y crítico musical

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