Nacho Vegas en el Foro Sol, México, en marzo de este año.

Una voz para la crisis

Rock, indie y folk en la voz de uno de los cantautores más representativos de la escena musical española. Sin tapujos y acompañado de su banda, La Trama Asturiana, vino a Rock al Parque 2015. Nacho Vegas, el exintegrante de Manta Ray, es uno de los más conspicuos e inspirados cantantes de la actualidad.

2015/08/14

Por Laura Panqueva O.* Madrid

El cantautor experimenta. El cantante expone. El hombre narra. El artista se revela. El músico critica, se arrepiente, indaga, cuestiona, crea, recorre, revela, impulsa, reivindica; exige, cataliza, rueda, frena, descansa, o se cansa.

Los primeros días de agosto, el mes del verano, de las vacaciones por excelencia en el sur de Europa, el músico español Nacho Vegas desaparece de la escena mediática, mientras se repone, o no, de sus más recientes presentaciones, que todavía, después de 20 años de carrera, expelan caos. Pero que ahora, con la misma voz dubitativa, también reivindican y protestan.

Ignacio González Vegas (Gijón, Asturias, 1974), el mismo que se apoda “Nacho” y desusa el apellido de su padre, es uno de los mayores personajes de la música independiente española del siglo xxi, tan comparable con artistas como Adrià Puntí.

“Su obra –asegura el periodista español y seguidor constante del cantante, Rafael Quilez– se abre en matices con el tiempo, y del músico folk influido por Bob Dylan ha pasado a ser un juglar heredero de Neil Young o un cantautor politizado con ganas de levantar a las masas”. Quilez, luego, agrega: “No en vano mi hijo, en homenaje al gijonés, se llama Nacho”.

En blanco y negro

Calificado en ocasiones como un autor “prolífico e inquieto”, “controvertido y poco pudoroso”, Nacho Vegas encuentra arraigo en el rock independiente desde la adolescencia, ese mismo que en los noventa encarna, consciente o inconsciente, una revolución contra el rock comercial, entre otros géneros masivos de los ochenta, y que comienza a expandirse con grupos estadounidenses como Sonic Youth o The Pixies.

Bob Dylan, Leonard Cohen y Johnny Cash son algunas de las influencias obligadas de Vegas. También –cuando le preguntan– cita a Vainica Doble, uno de los dúos españoles más destacados de la historia de la música de su país, conformado por Carmen Santonja y Gloria Van Aerssen.

Aunque nunca se formó como músico, siempre estuvo atado a las letras cantadas y, como dice él, a la música popular, tan natural como las palabras. Rápidamente, sin embargo, se enmarcó dentro del noise pop y el folk, que encontró acogida en el norte de España.
Como integrante de la banda Eliminator Jr., exploró su faceta de guitarrista, grabó su primer álbum titulado Chándal (Elefant, 1994), hizo su primera gira por España y, en 1996, anunció su despedida con el single Goma (Elefant).

Con Manta Ray, grupo ícono del indie español y del movimiento musical Xixón Sound, Vegas experimentó una evolución. Álbumes como Pequeñas puertas que se abren y pequeñas puertas que se cierran (Astro, 1998) y Score (Astro/Sinedín, 1999), que navegan en el post-rock, lograron atravesar fronteras, hasta 1999, cuando anunciaron su separación.

Solitario contingente

Carlos Prieto, autor del libro Cajas de Música difíciles de parar o el desencanto de Nacho Vegas (Lengua de Trapo, 2012), asegura que el músico fue recibido con recelo cuando debutó como cantautor. “Las letras descarnadas y existenciales estaban mal vistas entonces. Uno no debía ventilar sus conflictos en público. La modernidad era otra cosa. Pero lo mejor estaba por venir”.

Vegas ha admitido varias veces que sus letras se manifiestan a través de sentimientos encontrados, experiencias y recuerdos que evocan, entre otras cosas, el golpe que recibió la generación española que creció en los noventa, por culpa de la cultura de la Transición. Durante esa época, admite el intérprete de “El ángel Simón”, vivió el conflicto laboral presente en Asturias, que pronto se transformó en una defensa al trabajo.

Prieto suma este proceso social, conocido como “la Asturias posreconversión”, a otras realidades que marcaron al cantautor, entre ellas, “la desmovilizada España democrática y la tormentosa relación con su padre, así como las turbulencias personales, sentimentales y políticas”, que lo aquejaron durante varios años. Vegas, recalca la reseña del libro de Prieto, “se estampó a cara descubierta contra un muro de problemas: rupturas, heroína, popularidad, malditismo… un ejercicio kamikaze del que salió fortalecido en lo artístico y confundido en lo personal”.

Ya han pasado más de 15 años desde que el gijonés emprendió su proyecto personal, y sus apuestas se hacen casi incontables. Ha grabado seis álbumes, que interpreta en su mayoría junto a la banda La Trama Asturiana, compuesta por Abrahan Boda (teclados y acordeón), Luis Rodríguez (bajo), Manu Molina (batería), Joseba Irazoki y Edu Baos (guitarras).

En 2006, su música tuvo un importante despliegue internacional, gracias al lp El tiempo de las cerezas (emi), que grabó, como los anteriores, en los estudios de Paco Loco, junto al exvocalista de Héroes del Silencio, Enrique Bunbury.

Vegas ha lanzado alrededor de cinco ep y varios sencillos, de los cuales se conocen con mayor intensidad, Cómo hacer crac (2011) y Actores poco memorables (2014), producidos por Marxophone, una cooperativa de músicos de la que el cantautor es socio, que tiene el soporte de la productora I’m An Artist.

El cantante asturiano cuenta, también, con varios álbumes en directo y algunos trabajos en colaboración con otras bandas y artistas, entre las que destacan Nosoträsh, Christina Rosenvinge y Xel Pereda. Vegas interpreta, a su vez, memorables canciones como “Like a Rolling Stone”, de Bob Dylan, y “Échame a mí la culpa”, de José Ángel Espinoza, además de un homenaje musical que le dedicó al director de cine británico Mike Leigh, en 2013.

La ciudad triste

Decadente. Pesimista. Controvertido. Político. Universal. Personal. Vegas, seguidor inseparable de escritores como el norteamericano Bret Easton Ellis, decidió dedicar el video de su sencillo “Ciudad Vampira” esa capital convulsa que sobrepasa fronteras y países.

Esta canción hace parte de su último álbum Resituación (2014), que según el cantante español “propone nuevas vías de movilización de la población ante la actual situación de crisis y que es consecuencia de que la capacidad de resignación se resquebraja con el tiempo”.

En la letra expresa “un sentimiento de alguien que quiere mucho a Gijón, pero que ve que la ciudad está deprimida”. Vegas, sin embargo, no se queda solamente con la idea de su urbe, sino que invita a conocer otros centros neurálgicos de Latinoamérica que ahora mismo testifican situaciones críticas, acorraladas por la impunidad y la represión.

México, en este caso, protagoniza el relato del mencionado videoclip, el cual comienza con la voz de la cantante vasca Mursego de fondo y una frase lacerante: “Que nos devuelvan la ciudad”. La letra se repite en la voz de Vegas como una tonada ronca contra la matanza de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, desaparecidos el 26 de septiembre de 2014.

Frente a este tipo de pronunciamientos, el periodista Rafael Quilez asegura que “a partir de su quinto álbum, La zona sucia, en el que pespuntea preocupaciones sociales en canciones como ‘Perplejidad’ o ‘La gran broma social’, su discurso se vuelve mucho más reivindicativo y consciente de la situación española, y su militancia política de izquierdas se hace totalmente transparente”.

La sociedad se resquebraja. El blanco-negro, bordeado por el rojo, retratan la indignación. Hay gente durmiendo en la calle. “España tiene hambre”, “Queremos de vuelta a los 43 estudiantes”, “Fue el Estado”, “Yo me creía muerto, pero hoy sé que estoy vivo y concibo otro lugar”. Las frases retumban en el video como señal de protesta, como prueba de violación.

Quilez recalca la relación tan intensa del cantautor, siempre favorito en los Premios de la Música Independiente, con los debacles políticos. “Creo que su figura es necesaria en tiempos como los actuales, de crisis, recortes y de negaciones democráticas, valoro por encima de todo su apuesta por no acomodarse o escudarse en que los músicos no hacen política, como la mayoría que, respetablemente también, esconden la cabeza debajo del ala y no se manifiestan ni se comprometen”.

A sus 40 años, el asturiano de letras confesionales y aspecto misterioso, que tomó el riesgo de convertirse en cantautor en una época donde era poco común, ya no le canta al amor. Por el contrario, ha encontrado diferentes personajes con los cuales narra otras perspectivas que evocan además de sus recuerdos, la crisis actual.

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