Algunos de los invitados a las versiones anteriores: Fito Páez.
  • Algunos de los invitados a las versiones anteriores: Amos Piñeros, Ultrágeno.
  • Algunos de los invitados a las versiones anteriores: Suicidal Tendences.
  • Algunos de los invitados a las versiones anteriores: Andrea Echeverri, Aterciopelados.
  • Algunos de los invitados a las versiones anteriores: Ely Guerra.
  • Algunos de los invitados a las versiones anteriores: Molotov.

Queremos roooock

Entre el purismo, el poco estímulo para las bandas emergentes y un sinnúmero de críticas por un cartel que este año quiere evocar el comienzo de una escena noventera, del 16 al 18 de agosto comienza la celebración de los 20 años del festival. ¿Se agotó el modelo?

2014/07/24

Por Andrés Gualdrón* Bogotá

Una rápida búsqueda en YouTube basta para constatar el espíritu tan poderoso y el significado tan profundo que tuvo para la juventud bogotana un festival como Rock al Parque en sus primeros años. El documental Imaginarios, realizado por María Victoria Cortés y disponible parcialmente en la red, muestra el esplendor de un evento que recién nacía y que cautivó a una generación.

Vestidos con la moda propia del año 1995, la cámara muestra a una multitud de jóvenes saltando y empujándose al ritmo de la música en la Media Torta de Bogotá, como poseídos por los decibeles de los parlantes. Una serie de entrevistas con los asistentes de la época ratifica este espíritu: las expresiones de aprobación y cariño hacia el evento son genuinas, profundas —y divertidas, cuando uno se deja encantar por la jerga juvenil de aquellos años—. “Este es el bambuco de los sardinos de ahora”, dice un hombre de aproximadamente 30 años, dando a entender cómo la ciudad en aquel entonces se ponía realmente al día con un sector emergente de su población.

 

 

En su primera época Rock al Parque fue un experimento profundamente exitoso. Las músicas alternativas locales —con sus sonidos duros y de garaje— fueron el vehículo expresivo y el alimento de una nueva generación que se identificaba hasta el fondo con esta estética aguerrida. La estridencia era el vehículo hacia una suerte de catarsis colectiva, donde los jóvenes se sintieron escuchados por su ciudad. Pero si esos rostros, esos bailes y esas canciones resultaban tan entusiastas, se debe tal vez a que aún no hacía mella en el espíritu de Rock al Parque el peso de 20 años, cinco administraciones distritales, el paso de las tendencias musicales mundiales y la inevitable masificación de un espacio que terminó por convertirse en el trofeo distrital por excelencia: aquel por el cuál pelean hoy el público, los músicos y los gestores —cada uno defendiendo su propia idea de lo que debería ser el evento.

Dos décadas después, y para celebrar sus 20 años en este 2014, Rock al Parque tiene tras de sí el fantasma de un 2013 menos que alentador. Medios de comunicación como El Tiempo registraron el que fue uno de los valles en asistencia más pronunciados en su historia. Si en 2010 se registró una afluencia durante los tres días de 266.000 personas y en 2011 se llegó al récord de 336.000, a la edición 2013 asistieron únicamente 190.000 personas en total, con un segundo día al que solo llegaron 20.000. Así pues, no fue extraño encontrarse con grupos nacionales que tuvieron que tocar frente a audiencias menores a las doscientas personas, dando la desoladora impresión de que por momentos había escenarios semivacíos.

El cierre de las dos últimas noches, junto a la agrupación norteamericana Living Colour y la banda argentina Illya Kuriaki and The Valderramas, respectivamente, dejó también un sinsabor importante: la plazoleta principal del Simón Bolívar no estaba llena como en otros años. Así pues, muchos dudaron profundamente de la capacidad gestora de un festival que con 19 años de trayectoria invitaba como headliners a grupos con un pasado esplendoroso, pero con un presente discreto.

Esta falta de respaldo al evento en 2013 pareció ser la guinda de un descontento creciente por parte del público. Tal vez atrás había quedado la época en las que la juventud sentía como suyo el evento. ¿Qué falló en la ecuación? ¿Qué dejó de funcionar entre el público y la gente? ¿Cómo combatirá este panorama la organización del 2014?

Un nuevo contexto

Si Rock al parque fue el escenario principal para la comunión entre las bandas emergentes nacionales y el público durante sus primeros años, tanto el crecimiento exponencial de su impacto como la nueva cultura de festivales que se gestaba en el mundo acabaron por convertirlo en una plataforma para que el público local se encontrara, gratis, con grupos internacionales. De esta forma, por sus escenarios desfilaron grandes nombres de la música alternativa como los británicos Bloc Party (2008), figuras míticas del rock latinoamericano como los mexicanos Café Tacvba o Julieta Venegas —quienes han participado en el evento durante las distintas etapas de sus propias carreras— y agrupaciones clásicas del Ska como Skatalites. El sector del metal y los sonidos “extremos” del rock fue particularmente tenido en cuenta por el distrito: grandes bandas del rock duro como Biohazard (Estados Unidos), o Apocalyptica (Finlandia) hicieron que se abarrotara el Simón Bolívar en sus respectivos años.

Así, bajo el estándar sentado por festivales como Coachella, en Estados Unidos, o el Vive Latino, en México, el festival logró con los años posicionar una apertura hacia nuevos horizontes musicales tanto latinoamericanos como mundiales. Sin embargo, uno de los primeros focos de ruptura con las expectativas del público puede haberse generado en este punto. Los recursos fluctuantes con los que cuenta Rock al Parque —un festival de entrada gratuita que ha recibido ayudas privadas pero que se mantiene en general dentro del ámbito de lo público— difícilmente le permiten registrar todos los años en sus marquesinas a los grandes nombres de los festivales del mundo. Año a año, los cibernautas critican a quienes consideran “artistas menores”. Muchos, incluso alentados por los vistosos carteles de festivales locales como Estereo Picnic se preguntan todavía si “Radiohead tocará el año que viene”. Por lo pronto, la respuesta casi que con toda certeza será un no.

El estigma del rock

La apertura del festival hacia otros géneros y estéticas emparentadas con el rock ha significado también un punto de quiebre importante con los asistentes, evidenciando las ideas encontradas al respecto que existen entre sectores de la audiencia y organizadores. Si la inclusión de agrupaciones distritales con influencias tropicales como Los Pirañas (2012) y Pescao Vivo (2013) levantaron la ampolla dentro de ese difuso sector de los foristas de internet, la inclusión de la mítica banda de hip-hop La Etnnia en el cartel de este 2014 llevó a un grupo de contradictores a hacer una petición en línea para retirar al grupo —en parte bajo el argumento de que la agrupación ya tiene su propio espacio para tocar: Hip-Hop al Parque—. En la misiva se afirma, así mismo, que La Etnnia está 100% fuera del género y no representa ni la ideología ni el contexto musical del rock. Al respecto, el Káiser, integrante del grupo, afirma: “Somos el único país que no tiene la mente abierta en cuanto a esto: los grandes festivales a nivel mundial albergan una gran cantidad de géneros musicales y alternan raperos reconocidos con artistas de rock, heavy metal y demás géneros”.

La posición de los opositores no puede desestimarse por una simple razón: es este público metalero y rockero de vieja guardia el que llena el festival. En buena medida, el éxito de Rock al Parque en cuanto a estadísticas depende de su asistencia y su aprobación de la curaduría realizada. Si la primera jornada del 2013 —dedicada al metal—fueron 120.000 personas a ver bandas como Cannibal Corpse, las agrupaciones del segundo y tercer día no alcanzaron ni siquiera la mitad de esta cifra. El caso de La Etnnia es, pues, el síntoma de un problema mayor, y la labor de educación de públicos emprendida por el distrito a través de Rock al Parque enfrenta la dura prueba de superar las divisiones establecidas por un sector importante de la audiencia local.

¿Cuál es la identidad?

¿Qué le queda entonces a un festival que ya no es únicamente el espacio para el rock duro local, que debe responder a los cambios del contexto musical del mundo y que anda de pelea con su público más fiel? Chucky García, programador y asesor artístico de Rock al Parque para esta edición conmemorativa, piensa que el evento debe asumir el elemento de lo latino como su nuevo norte: el lugar de Rock al Parque a futuro es ser el pulmón del sonido latinoamericano nuevo. Para el programador, el festival debe ser el espacio para una cantidad de bandas emergentes y de sonidos emergentes latinos que quizá, lastimosamente para los puristas, ya no sean rock. De acuerdo con García, la idea puede aminorar los problemas logísticos y de recursos que siempre plantea la inclusión de artistas internacionales: a nivel de presupuesto también es más lógico: con 100.000 dólares usted puede hacer maravillas.

Para este 2014 y sus 20 años, Rock al Parque presenta una curaduría en la que, de acuerdo con García, se reconoce que la diversidad debe existir, “pero dándoles un espacio segmentado a todos”. Reconociendo que el rock duro sigue siendo el principal atractivo para buena parte del público, afirma que hay que encontrar dentro del festival los lugares para mostrar las propuestas diferentes. No es lo mismo tener a Esteman (uno de los invitados de este año) en la tarima principal frente al público más rockero cuando uno puede retomar un espacio como la Media Torta y hacer un escenario alternativo para 3.000 personas interesadas”. En este nuevo espacio —que bajo este enfoque latinoamericanista incluirá a artistas como Juana Molina, de Argentina, o Gepe, de Chile, se mostrarán los nuevos sonidos del continente sin necesidad de reñir espacialmente con el resto de la programación, pensada para el rockero más tradicional y ubicada en las locaciones del parque Simón Bolívar.

Catalina Ceballos, subgerente de radio de Señal Colombia Sistema de Medios, afirma que es posible que el festival en un futuro recoja de mejor forma la experiencia que ya tiene: “Esto fue una apuesta arriesgada hace 21 años. Hoy en día el distrito, después de muchos festivales al parque producidos, otro tanto de procesos curatoriales y miles de convocatorias, tiene una memoria institucional que se debería aprovechar para hacer un ejercicio de reevaluación”. Entre las debilidades que identifica, se encuentra la forma en que el festival se desaprovecha así mismo como plataforma para los nuevos músicos: “El fomento de artistas emergentes es pobre, considerando que los horarios en que los ponen a tocar no es atractivo y que el esfuerzo promocional es para los grandes y reconocidos”. Álvaro “el Profe” González, coordinador de Radiónica, afirma en el mismo sentido: “La gente debe sentir que el festival le pertenece y que en él tiene un espacio para encontrar las nuevas propuestas sonoras locales e internacionales. Creo que se ha fallado en ese punto de comunicación”. Así pues, se puede objetar que aunque esta edición es conmemorativa, la inclusión de grupos que ya han pasado en múltiples oportunidades por el evento es contraproducente con respecto a su verdadero potencial como espacio para el nuevo talento.

Sin embargo, queda aún la pregunta de qué hacer con las tensiones que sigue generando la identidad musical del evento, y con esa gran zona de confusión que representa la palabra rock como eje musical. El Káiser, integrante de La Etnnia, afirma: “Los festivales al parque son eventos muy importantes para la cultura musical en Bogotá, pero desafortunadamente cada uno viene con su etiqueta: Rap al Parque, Rock al Parque, Salsa al Parque, etcétera”.

Paola Castaño, doctora en sociología de la Universidad de Chicago, afirma al respecto: “La pregunta que debe hacerse es: ¿por qué existen estas ansiedades de demarcación en un género cuyas fronteras son cada vez más porosas? Toda búsqueda de purismo solo se da en contextos en los que los límites de eso que se considera puro ya casi no existen”. En este sentido, el Profe González afirma: “Creo que muchos conceptos y dinámicas han cambiado en los últimos 20 años: desde la propia definición de lo que es rock hasta la función de entretenimiento y educación artística de un festival”. Así pues, solo abriendo su concepción de lo que significa el rock, el público bogotano logrará sacar provecho y ayudar a construir la nueva identidad que reclama su festival: una que quizá comprenda mejor el papel estratégico que puede tener el evento para la música del distrito y del continente y en la que la tan mentada pureza del rock deje de ser la guía.

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