Lulú, de Alban Berg, una de las operas que ha proyectado Cine Colombia este año. /Foto: Cortesía Cine Colombia

Es música, solo música

En los últimos años, la música clásica ha conseguido nuevos públicos para convertirse en una verdadera alternativa. Conciertos de orquestas internacionales y nacionales, y músicos formados para ser intérpretes clásicos, que hablan de un momento en que los medios y el público deberían apoyarlos con más decisión.

2016/03/23

Por Eduardo Arias*

Desde hace algunos años, la música clásica acapara más y más la atención de los bogotanos. En estas semanas se anuncia la presentación de la Orquesta Filarmónica de Viena, en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. El Teatro Colón anuncia cinco presentaciones entre el 7 y el 16 de abril de la ópera de Macbeth, de Giuseppe Verdi.

Este despliegue de grandes artistas de talla mundial y ambiciosas producciones colombianas tiene un ingrediente adicional: son cada vez más los jóvenes que se acercan a este género musical (si se le puede llamar así a un término tan arbitrario), ya sea como público o como intérpretes.

Por un lado, ha aumentado la oferta de espectáculos de alta calidad, en particular gracias a la programación del Julio Mario Santo Domingo, que podría considerarse la punta del iceberg, pues en los medios de comunicación suele ser lo único visible de la actividad musical clásica en la ciudad.

Por otro lado, hay demanda de espectáculos musicales como el de Misi; cada vez más se presentan obras de teatro con música de orquesta en vivo; se han consolidado proyectos como el del Teatro Cafam de Bellas Artes; el mismo auge del cine ha demandado que se compongan bandas sonoras interpretadas por músicos con formación clásica.

Este rico panorama coincide con los 50 años de existencia de la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, donde se han presentado grandes exponentes de talla mundial de la música de cámara. Otra buena noticia fue la reciente reapertura del Teatro Colón, con una variada programación que atrae a los nuevos públicos.

Como lo manifiesta la periodista cultural Carolina Conti, “antes soñábamos con asistir al concierto de un gran artista en Bogotá, pero venía cuando ya estaba en su decadencia. Hoy tenemos otra perspectiva con la visita de intérpretes de primera línea en los mejores momentos de su carrera. Además, gracias a los medios y a la globalización, estos artistas se nos presentan como grandes estrellas, lo que despierta mucho interés en el público general”.

Mauricio Peña, de la sección de música de la Biblioteca Luis Ángel Arango, señala que hay un auge de la música clásica en muchos frentes. “Quienes trabajamos en esto sabemos que el ambiente cultural no es el mismo. Hay auge de todo”. Y pone como ejemplo dos óperas que en principio pueden considerarse difíciles. “Que la producción de Salomé, de Richard Strauss, haya estado repleta en tres funciones seguidas demuestra que el público quiere estas experiencias. Hace poco, Lulú, de Alban Berg, se presentó en las salas de Cine Colombia con muy buena asistencia”. Señala que la sana competencia obliga a los gestores culturales a relacionarse mejor con sus públicos y colegas.

Pero el fenómeno va mucho más allá de la presencia en la ciudad de grandes figuras mundiales de la música clásica y de producciones cada vez más ambiciosas de los músicos colombianos.

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial se presentaron en Bogotá los principales representantes de la música europea, que buscaban en Suramérica alternativas ante el panorama de una Europa devastada. También en los años setenta y ochenta hubo iniciativas como el Salón XX del Banco de la República, los conciertos del auditorio de Skandia o la programación del teatro Arte de la Música.

Sin embargo, hasta hace relativamente poco, a estos conciertos asistía un público muy específico, al que se le consideraba erudito, especializado y, por ende, elitista. Hoy las cosas han tomado un rumbo muy distinto.

La explicación de esta tendencia no resulta fácil de establecer. Las fronteras entre lo “culto” o lo “clásico” y lo “popular” se han ido borrando de manera paulatina en el mundo entero. Los formatos sinfónicos se han acercado a manifestaciones musicales populares, y Colombia no ha sido la excepción. Se han abierto fronteras entre la llamada música clásica y la popular, porque los mismos jóvenes han acercado sus mundos. Como lo señala Sandra Meluk, que trabajó hasta hace muy pocas semanas como directora de Programación en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo y hoy es la directora general de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, “eso hace que el interés por un instrumento como el violín no se limite a un compositor clásico sino a otros tipos de música. Esas fronteras que se han diluido en todo el mundo motivan a muchos jóvenes a acercarse a la música clásica”.

Afuera las etiquetas

Distintos factores han incidido en que se haya dado un auge de la música clásica en Bogotá. Los programas de estímulos y creación musical, acompañados de los eventos “al Parque”, han impulsado el desarrollo musical de la ciudad, y de allí la música clásica ha sacado su tajada. El arquitecto, músico y gestor cultural Juan Luis Restrepo pone como ejemplo el rock. “En nuestra época (se refiere a los años ochenta) era necesario meterse tres años en bares para medio hacerse conocer. Hoy, un grupo sin experiencia se monta a la tarima de Rock al Parque y lo oyen 30.000 espectadores”.

Otra explicación es el Plan Nacional de Música. Como lo señala Restrepo, “uno de los departamentos que más lo aplicaron fue Cundinamarca, donde existen 110 bandas y 113 coros en 116 municipios, además de la Banda Sinfónica Departamental”. Muchos de estos jóvenes instrumentistas vienen a Bogotá a continuar sus estudios. Al haber una mayor demanda de estudiantes, se generan más puestos como profesores para los músicos profesionales.

Al respecto, Sandra Meluk también señala la importancia del proyecto Batuta y de la Red de Orquestas de Bogotá, que han acercado a la música a jóvenes de distintos sectores sociales y culturales. Tales programas, con un alto componente social, han permitido que la música clásica haya dejado de ser un privilegio exclusivo de unos pocos.

El otro gran factor que explica el auge de la música clásica y de otros géneros musicales exigentes como el jazz y la misma música colombiana ha sido la aparición de nuevas escuelas de música en centros de educación superior.

Para Carolina Conti, las nuevas escuelas han liberado a la música de etiquetas, y la creencia de que solo en la música académica se puede ser profesional se ha ido desvaneciendo. “Pero al mismo tiempo le han dado una nueva dimensión a esa música académica, como parte de una expresión sonora mucho más universal. Eso ha hecho que el interés crezca y ha ayudado a crear un nuevo público”. Llama la atención que varias escuelas aparecieron en universidades especializadas en un tema específico (y alejado) de la música, como la Medicina, la Ingeniería o la Administración de Empresas. Otras universidades con un amplio espectro de facultades también abrieron sus programas musicales.

El solo hecho de que varias universidades privadas le hayan dado estatus a la formación musical también hizo que se cambiara la percepción; dejó de tratarse de una profesión incierta. Restrepo siente que ha habido un cambio en ese sentido. “Desde el rapero de Las Cruces premiado por el Distrito hasta los músicos de Filarmónica Joven que se codean con un director de talla mundial como Rinaldo Alessandrini le han dado a la música el nivel de una profesión seria y respetable, como Medicina o Derecho”.

El programa de Música de la Javeriana le dio gran importancia a la música clásica, pero también al jazz, al rock, a la música experimental y a la colombiana, y ayudó a borrar fronteras y abrir el espectro de posibilidades.

De acuerdo con el director de orquesta Ricardo Jaramillo, sin el aporte de las escuelas de formación superior y las políticas públicas que han promovido la música no se explica que en Bogotá se haya pasado de una tradición de instrumentistas de viento (debido a las bandas de música) a un aumento en la calidad y cantidad de instrumentistas de cuerda, lo cual hace posible la creación de orquestas. “De la misma manera, Batuta ha ayudado a la consolidación de las carreras de jóvenes que hoy en sus 40 años son miembros de orquestas profesionales. Seguramente, el interés de los jóvenes hacia la música siempre ha existido, pero si no hay espacios de proyección, ese interés no se materializa”, señala.

La Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango también ha cumplido una muy destacada labor, pues en 1985 creó la Serie de los Jóvenes Intérpretes, que se ha mantenido hasta el presente y les ha permitido a jóvenes talentos colombianos presentarse ante un exigente público, lo cual ha ayudado a mejorar su nivel.

Como señala Restrepo, “es posible encontrar violinistas jóvenes que puedan tocar bien Tchaikovsky o pensar en hacer un cuarteto de cuerdas con un repertorio complejo. Hace 20 años era muy difícil, y quienes querían tener un buen desempeño profesional se iban del país y por lo general no volvían. Hoy, el nivel es más alto, pero todavía muy desigual y la escena, precaria”.

Carolina Conti coincide en que el nivel es desigual, incluso dentro de las mismas agrupaciones. “Me ha pasado que voy al concierto de una orquesta local y resulta maravilloso, pero el siguiente es un desastre. Eso es consecuencia también de inestabilidad, por ejemplo, en los directores de orquesta, que cambian mucho. Hay que entender que si bien estamos en un proceso prometedor, nuestras orquestas no pueden funcionar solas y necesitan una guía a largo plazo”.

El respetable

Pero no solo de intérpretes vive la música. De igual importancia ha sido la manera como ha variado la audiencia, en calidad y cantidad, en particular, el público joven. “En Europa se ven más cabezas canosas que en el Teatro Mayor”, dice Restrepo, y señala que, en efecto, hay bastantes más espectadores que hace 20 o 30 años. Sandra Meluk coincide: “Esa es una de las grandes sorpresas para los artistas internacionales que vienen a Bogotá”. Otro indicador de la llegada de un nuevo público son aquellos que aplauden donde no toca. “Es bueno educar los usos y costumbres de la escucha de la música clásica, pero lo primero y más importante es que se enamoren de la música. Poco a poco se adquieren las rutinas”, agrega.

En este largo proceso de crear público, la Orquesta Filarmónica de Bogotá ha hecho una gran tarea: realizó ciclos de grandes compositores, que en los ochenta y noventa acercaron a nuevos públicos al auditorio León de Greiff, y ha sacado a la orquesta de sus sedes para llevarla a diferentes rincones de la ciudad, no solo a través de los festivales al parque o presentaciones en la Plaza de Bolívar, sino, ya como institución, mediante orquestas cívicas, formación de grupos juveniles y centros orquestales y su proyección con el programa de uso el tiempo libre con la Secretaría de Educación. “La orquesta ha ido formando un público que debe crecer y que mientras mejor formado esté, va a ser más exigente con la programación”, dice.

Además, las transmisiones por televisión de alta calidad que desde hace muchos años adelanta la orquesta también han jugado un papel definitivo.

Sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer. Un factor por desarrollarse es la crítica musical. Como señala Restrepo, “la escena ayuda a los músicos a evolucionar, y aquí todavía no tenemos una buena crítica. Recibimos muy bien todo lo que llega, pero no hay un público que ayude a formar a los artistas”. En su opinión, no hay tantas posibilidades de distinguir entre un aficionado competente y un trabajo profesional. “Son diferencias sutiles que para mí son clarísimas, de pronto para el público no”. Señala que la música debe salir de la precariedad del “oigamos lo que hay”, y agrega que una buena crítica ayudaría a darles fuerza a los intérpretes, como ocurrió en los años cincuenta y sesenta en las artes plásticas, cuando a partir de las críticas de Marta Traba surgieron Botero, Obregón, Ramírez Villamizar y compañía.

El papel de los medios de comunicación también debe analizarse. De acuerdo con Carolina Conti, “las instituciones musicales han entendido la importancia de hacer una buena labor de divulgación, pero resulta paradójico precisamente que la radio, en un momento tan rico, tan vivo para la música clásica, se haya estancado”. En efecto, hace 20 años el dial de Bogotá contaba con cinco emisoras que parcial o completamente se dedicaban a la música clásica. Hoy, muchas han desaparecido. “Si bien es cierto que internet abre nuevas posibilidades, las emisoras tradicionales que han quedado no han evolucionado al mismo ritmo del público de hoy, excepto por algunos espacios aislados. Emitir música clásica no es hacer radio clásica. Es necesario una curaduría, un criterio de programación y de formación de públicos que hoy no se encuentra en el dial”.

Restrepo también lamenta que la música contemporánea haya perdido fuerza. “Los compositores siguen muy activos, componen mucho en su círculo, pero la ciudad ya no lo ve. Hay una creación muy vital pero ha perdido protagonismo. Ese es un espacio que se debe recuperar”.

A manera de conclusión, Sandra Meluk señala que Bogotá debe sentirse muy bien con el crecimiento de la oferta. “Hay una gran variedad de géneros y precios. A veces hay momentos de sobreoferta de actividades, pero eso redunda en beneficio del público, que tiene más de dónde escoger para ir”. Es un reto para las instituciones llegarles a nueve millones de habitantes. La tarea, dice ella, consiste en conquistar los nuevos públicos para que todos los teatros tengan la sala llena.

*Periodista

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