Rita Indiana comenzó su carrera como escritora a los 21 años.

Islas diabólicas y ruidosas

Música y letras se entretejen en la obra de Rita Indiana, escritora y música, y una de las figuras de la narrativa en español del Caribe. Sus novelas ocurren en ciudades saturadas de tecnología y demagogia. Lo fantástico en ellas no es bucólico, ni mágico, lo fantástico es una herramienta para definir el alcance del poder político y la corrupción.

2015/04/17

Por Dominique Lemoine Ulloa* Bogotá

La fama del músico popular se queda con todo. No puedes ir al supermercado sin que te pidan una foto. Yo no puedo vivir así, me gusta usar el transporte público, que nadie me reconozca”. Eso dice Rita Indiana, la paradójicamente famosa escritora dominicana que también es ídolo musical, periodista, activista, símbolo de la homosexualidad en la cultura latinoamericana y una de las voces literarias más importantes del Caribe actual.

La fama que ahora le molesta le llegó con fuerza de huracán en 2011, cuando irrumpió en la escena musical con una feroz reinvención del merengue con canciones como “El juidero”, “Da Pa Lo Do” o “Jardinera”. El ritmo endemoniado de sus canciones, que tienen mucho de merengue clásico pero también mucho de música electrónica y hip hop, y las letras en las que ataca sin temor la actualidad de su país y habla de sexualidad sin eufemismos ni tapujos la convirtieron un éxito viral en internet. De la mano de Indiana, el merengue, ese “ritmo por excelencia del patriarcado dominicano”, se volvió el dominio de una mujer,  y no de cualquier mujer sino de una abiertamente homosexual, desafiante, fuerte y crítica. Esta mezcla dinamita la llevó a la cúspide: se presentó en escenarios de Nueva York e incluso fue escogida por el diario El País, de España, como uno de los personajes latinos más influyentes de ese año.

A primera vista,  Rita Indiana es eso: puro merengue. Es andrógina, alta y delgada (sin parecer débil), como si estuviera hecha de fibras duras, de soga, como si estuviera hecha para bailar. Pero, y esto es lo que quienes la conocimos por su música estamos empezando a entender, es ante todo una mujer de letras. “Primero fui escritora. Cuando comencé a bregar con la música ya tenía dos novelas publicadas. Mi proyecto como cantante fue una especie de ficción performativa. Una novela vivida”, confiesa. En efecto, Indiana empezó su carrera en el mundo de la escritura en 1998 con la publicación de Rumiantes, su primer libro de cuentos, cuando apenas tenía 21 años. “El proceso de componer y producir se parece mucho a la escritura. Esta parte me encanta y por eso sigo produciendo música para películas –explica–. La tarima es lo que no me gusta y lo que diferencia ambas plataformas. El libro se consume en privado, en silencio. La música bailable se toca para un público, hay que trabajar con el cuerpo, sudar”, concluye.

Tras  casi una década de sudor, Indiana volvió a sus raíces literarias en 2013 con Nombres y animales, una novela en la que, durante un verano, una narradora adolescente trabaja en una clínica veterinaria donde entra en contacto con las historias de clientes y pacientes que crean un retrato crítico de la sociedad dominicana. Desde ese entonces se ha dedicado de lleno a contar historias. Entre sus obras más elogiadas están Papi (de 2005, que narra los ires y venires de un narcotraficante desde los ojos de su hija, quien lo ve solo cuando regresa a la isla a hacer alarde de sus dólares), y su primera novela, escrita mucho antes de su llegada a la escena musical, La estrategia de Chochueca (2000), una obra en la que Santo Domingo se vuelve protagonista mientras Silvia y sus amigos recorren incesantemente sus calles para devolverle unos parlantes robados a la policía. Como pasa con pocos escritores, rastrear las influencias de Indiana requiere explorar tanto su biblioteca como su colección de discos. “Tengo una fascinación especial por la música y la literatura del sur de Estados Unidos –explica–. El blues, el jazz, las canciones de trabajo. Richard Wright, Faulkner, Mark Twain, Carson McCullers. Este arte es producto, como el mío, de la cultura de plantación, de la trata negrera, y me resulta fácil identificarme”.

La necesidad de contar historias que la ha llevado a ser una de las escritoras con más acogida de América Latina y el Caribe hoy en día tiene sus orígenes tiempo atrás. “De pequeña cuando veía una película o unos muñequitos con mi abuela, con la que viví hasta los 7 años, me angustiaba sentir que ella no estaba viendo lo mismo que yo. Como que se le escapaban detalles. Cuando la película terminaba yo le hacía un interrogatorio: ¿viste esto? ¿Viste aquello? Siempre tuve interés en contar mi versión de los hechos”. En la obra de Indiana esos hechos y esas versiones van desde cuestiones de género y sexualidad y política hasta las vicisitudes de la vida diaria. En otras palabras, lo mejor y lo peor de la cultura caribeña: las ricas tradiciones religiosas, musicales y orales traídas por los esclavos de África occidental luchan constantemente en la narrativa de Indiana contra la inercia política de los pueblos latinoamericanos, la corrupción y la proliferación de gobernantes incapaces. Todo esto en un lenguaje disruptivo, en una violenta “reimaginación” del lenguaje literario a punta de spanglish, coloquialismos a menudo ininteligibles para los no iniciados y palabras que cualquier purista calificaría de “mal escritas”.

“Mis historias ocurren en una accidentada ruta entre islas diabólicas y ruidosas, ciudades saturadas de tecnología y demagogia. Lo fantástico en ellas no es bucólico, ni mágico, lo fantástico es una herramienta para definir el alcance del poder político y la corrupción”.

No es entonces casualidad encontrarse en las páginas de Rita Indiana con personajes como el padre de la protagonista de la novela Papi, un macho caribeño arquetípico que busca mejor fortuna fuera de su país para volver con los bolsillos llenos para descrestar a la hija que lo espera siempre en vano. O con un país “en el que los animales no tienen derechos y las gentes son animales”, como en Nombres y animales, donde una muchacha sin nombre se desafía sus propios prejuicios y a los de la isla (que en este caso concuerdan con los de la vida real) frente a los inmigrantes haitianos. O con una crítica al capitalismo tercermundista disfrazada de ciencia ficción (“Los viajes en el tiempo –dice–, me permiten un revisionismo especulativo que disfruto mucho”) como sucede en su novela más reciente, La mucama de Omicunlé. Estos cuestionamientos surgen con tanta fuerza en la ficción de Indiana que desbordan las páginas de sus libros de ficción y, hoy en día, empiezan a brotar en su no-ficción. Desde hace un poco más de un año escribe una columna de actualidad en la sección “El Pulso”, del diario El País, en la que habla desde la educación en República Dominicana (o “el embrutecimiento sistemático de la población”) hasta el papel de Henry Cole, el famoso percusionista puertorriqueño, en los ritmos del Caribe. Como ella misma dice, “mi columna oscila entre el activismo me-da-la-ganario y la crítica cultural”.

En 2010 “salió del clóset”, aunque la expresión quizá no sea la más precisa en su caso: no se esforzó mucho por ocultar su homosexualidad, así que no había mucho clóset de donde salir. En todo caso, la revelación, poco común para una celebridad de su talla en República Dominicana (o cualquier parte de América Latina, para esa gracia), la hizo todavía más popular y algunos hasta empezaron a llamarla la cara de la homosexualidad en el Caribe. Pero sus ambiciones poco tienen que ver con el activismo, o por lo menos el activismo que se hace siendo la cabeza visible de alguna cosa. “Lo que hago y puedo hacer es vivir mi vida como el ser humano normal que soy”, dice.

Todo esto, la experimentación formal que desafía las tradiciones literarias, su creatividad incontenible, el desparpajo con el que habla y escribe, sus estructuras narrativas, su ritmo frenético (como el de su música) y sus puntos de vista minuciosamente críticos, han convertido a Rita Indiana, quiéralo o no, en un referente obligado, una de las figuras claves del panorama literario del gran Caribe.

A Rita Indiana le dicen la Mostra, y es fácil ver por qué.

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