Sonidos colombianos en cinco discos

Las “músicas colombianas tradicionales” gozan de buena salud y difusión en estos días a través de cinco producciones independientes que nos dibujan un colorido mapa sonoro que va desde San Basilio de Palenque hasta Timbiquí. ¿De dónde vienen estas músicas? ¿Quién las graba? ¿Quién las interpreta?

2013/03/18

Por Luis Daniel Vega *Bogotá

Si bien es cierto que las “músicas colombianas tradicionales”, en especial las nacidas en los dos litorales, han goza-?do en los últimos años de cierto interés especial por parte del Estado, coleccionistas, bailadores consumados, sellos discográficos extranjeros y un incipiente público citadino, el caso es que todavía permanecen anquilosadas en nichos muy pequeños de consumidores. Resulta paradójico que estos sonidos, inscritos en lo más profundo de la cultura popular colombiana, resulten tan poco populares, y sigan siendo tratados con inexplicable desdén.

Aún si tenemos en cuenta que estas músicas (con sus cruces de modernidad) fueron registradas sistemáticamente desde 1934 hasta bien entrada la década de los ochenta por sellos como Fuentes, Tropical, Felito y Machuca, resulta inexplicable que hoy en día, cuando parecíamos haber superado el complejo que nos impide mirarnos a nosotros mismos, la producción de discos es dramática en la medida que las fuentes son inagotables.

Con todo esto, nacientes sellos como Sonidos Enraizados, Palenque, Llorona, Reef y La Distritofónica se han echado al hombro la difícil tarea de producir grabaciones que llenan algunos vacíos de nuestro mapa musical y deleitan, a su vez, tanto al oyente incauto como al historiador, al musicólogo o al investigador.

Puestos en circulación en el 2012, los cinco discos que presentamos a continuación cuentan historias de campesinos, artesanos, mineros, curanderos, cocineros, pescadores y músicos silvestres que le han hecho frente a la indiferencia y a la indolencia. Desde las tierras de Benkos Biohó, los Montes de María y el Urabá antioqueño en el Caribe hasta las selvas herméticas de Napi y Timbiquí en el Pacífico, el siguiente es un periplo inédito por Colombia y sus sonidos raizales.

Kamajanes de la música palenquera

Antes de 1997, escuchar son palenquero, bullerengue, canto lumbalú y champeta en un circuito fuera de Cartagena era un privilegio que solo se podían dar viajeros temerarios, programadores de emisoras culturales y antropólogos como Lucas Silva, un melómano que cayó rendido ante la concupiscencia de los ritmos afrocolombianos. A finales de los noventa fundó Palenque Records, sello que en el 2012 nos sorprendió con el regreso de la agrupación Son Palenque.

Kamajanes de la música palenquera contiene una historia que se remonta a San Basilio de Palenque, lugar donde en 1951 nació Justo Valdés Cáceres, el hijo del legendario Cecilio Valdés Simancá “Ataole”, y el fundador de esta banda que desde 1980, año de su establecimiento en las playas cartageneras de Marbella, se lanzó al agua con un sonido innovador, mezcla entre música tradicional palenquera (chalupas, bullerengues, chalusongas) y ritmos modernos africanos como el highlife, el soukus, la rumba congolesa y el afrobeat. Son Palenque inauguró el mejor capítulo de la champeta dura y psicodélica de los años ochenta que en la actualidad se renueva con este disco electrizante que es, además, una pieza de colección gracias a su ingenioso empaque diseñado exclusivamente por La Silueta Ediciones.

Fiesta en estado puro

En el 2009 los tres integrantes de Reef Records salieron de viaje con su estudio portátil para registrar sonidos invisibles del Caribe colombiano. Su primera experiencia los llevó a editar en el 2009 Island Groove, compilado dedicado a la música rural de la zona insular de Providencia y Santa Catalina. Ese mismo año se trasladaron al barrio Las Delicias en San Juan de Urabá, grabaron a Emilsen Pacheco (leyenda viva del tambor bullerenguero), se quedaron varios días de parranda junto a Tamborito Alegre y grabaron con ellos el repertorio de Juicio mi tía.

Ubicado en la zona norte del departamento de Antioquia, lugar bendecido por playas y manglares de singular belleza, San Juan es también, junto a Necoclí, Arboletes y San Pedro, un corredor estratégico en el que han confluido los actores más viles del conflicto armado. De todas maneras esto no ha sido impedimento para que, por ejemplo, Tamborito Alegre haya conservado el fervor de la cumbiamba, música fiestera (interpretada con gaita, flauta de millo, clarinete, acordeón, tambor y bajo eléctrico) que surgió como una forma comercial de interpretar ritmos rápidos como el son perillero, el cumbión, el son corrido y la chalupa. Gozadera en su clima primordial, paliativo idóneo donde se mimetiza la tensión social y fotografía nítida de la idiosincrasia tropical, Juicio mi tía es un homenaje a la picardía, la cotidianidad del campo, el desenfreno sexual y el delirio etílico de casetas, verbenas y fiesta patronales donde Tamborito Alegre descuaja hasta al más tímido bailador.

Chirimía del río Napi

Perdida en los bosques húmedos tropicales del Pacífico colombiano, San Agustín es una vereda del municipio de Guapi en el departamento del Cauca. Para llegar allí es necesario viajar a Buenaventura, abordar un barco hasta Guapi y luego emprender otro largo trecho que tendrá un colofón soberbio: la visión fantasmagórica de un pequeño caserío encerrado en la niebla donde será posible encontrar a la Chirimía del río Napi. Convencer a la chirimía de grabarla en su atmósfera impenetrable no estuvo tan difícil, lo complicado fue sortear el orden público alterado de Guapi y conjurar la fiereza del río Napi que por poco se traga a los dos miembros de Sonidos Enraizados quienes el 26 de agosto de 2009, con sus estudios nómadas, llevaron a cabo una sesión histórica en la que Esteban Perlaza, Serafín Hinestroza, José Nicolás Rentería, Carlos Vásquez, Fajardo Hinestroza, Rito Erasmo Cuero y Pedro Caicedo registraron El pajarillo, conmovedora sesión que da cuenta de uno de los formatos instrumentales afrocolombianos más desconocidos: las bandas de flauta o bandas de yegua. Aunque en 1997 ya los habían grabado en Almaguer (Cauca), El pajarillo es un documento pionero pues es el primero en hacer público un patrimonio ignorado olímpicamente. Acompañados por la agrupación vocal Cantares del Napi, esta chirimía (en la que sobresale el sonido penetrante de tres flautas traversas construidas con tubos de PVC) nos presenta una serie de pasillos, bambucos y jugas que, además de su carácter festivo y lúdico, contienen una fuerza ritual que, detenida en un tiempo inmemorial, nos transporta a un lugar misterioso donde la piel se eriza y el corazón se arruga.

Así tocan los indios

El origen de Los Gaiteros de San Jacinto es incierto y se confunde en los avatares de la memoria. Cuenta la leyenda que Miguel Antonio Fernández fue su fundador, pero ni siquiera su sobrino Juan “Chuchita” Fernández, último heredero del antiguo arte de la juglaría, tiene datos concretos del año en que se reunieron por primera vez sus miembros originales. En 1968 grabaron su primer disco para CBS y desde entonces se han mantenido incólumes, refundidos en una genealogía que resulta tan enredada como su azaroso nacimiento en San Jacinto, Bolívar, población incrustada en los Montes de María, una vasta extensión de tierra verde coronada por el Cerro de Maco.

Luego de Un fuego de sangre pura, Los Gaiteros de San Jacinto han vuelto al ruedo, esta vez con Así tocan los indios, prensado para Llorona Records. Sostenidos por Juan “Chuchita” y Toño García, dos viejos robles que sobrepasan los ochenta años, la tercera generación de la agrupación tiene madera para mantener en pie una música rural en la que el viento, el trinar de los pájaros y los bramidos del ganado se cuelan a través de la gaita, un sencillo instrumento de origen indígena construido con el centro del cactus, la pluma de un pato y una rara mezcla de carbón y cera de abejas.

Valor agregado de este nuevo disco: a las letras impredecibles que evocan paisajes bucólicos en ritmo de puya, porro y merengue, y a los estremecedores cantos de zafra entonados por la voz lastimera de Fernández, se le suma la presencia del acordeonero Carmelo Torres quien, guardián de los secretos de Andrés Landero y Adolfo Pacheco, nos regala dos proverbiales cumbias sabaneras.

La voz de la marimba

A nueve horas de Popayán, capital del departamento del Cauca, se encuentra Timbiquí, municipio de no más de seis mil habitantes, enclave de la diáspora africana en Colombia, tierra cocotera, maderera y minera; cuna, también, de intérpretes de marimba de chonta, cantadoras y, por si fuera poco, uno de los principales proveedores de viche, elíxir fermentado de la caña y esencia dionisiaca de la “música de marimba”, la expresión musical más llamativa de la inmensa región selvática del llamado Pacífico Sur colombiano. En este lugar, que bien podría ser un paraíso si no fuera por la amenaza constante de la minería ilegal y el narcotráfico, nació hace cincuenta años doña Inés Granja, compositora de “Sube la marea” y “Mi canalete”, canciones que grabó junto a Santa Bárbara de Timbiquí, Socavón y Canalón.

Para aquellos que no han tenido la oportunidad de visitar Timbiquí o, por ejemplo, el Festival Petronio Álvarez donde se distribuyen artesanalmente las copias de estas grabaciones, Inés Granja es un misterio. Precisamente allí, en el Petronio, fue donde el percusionista bogotano Juan David Castaño conoció a la cantante y le propuso trabajar en conjunto. Varios años después, Granja viajó hasta Bogotá y con el mismo amor de sus “tapaos” (una deliciosa preparación a base de pescado), cocinó La voz de la marimba, refrescante cruce entre sonidos atávicos y la instintiva sensibilidad citadina de Castaño quien una vez más asume el riesgo de desacralizar estas músicas, revelar su pasado y, por qué no, entrever su futuro.

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