La bumanguesa Elsa Carvajal, de la banda Elsa y Elmar
  • Felipe Piedrahíta, Gabriela Jimeno y Francisco Valentín, los integrantes de Balancer.
  • Nicolás Losada y Juliana Ronderos, de Salt Cathedral.

Volver, volver, volver

El Festival Estéreo Picnic, que se llevará a cabo del 12 al 14 de marzo, tiene una fuerte cuota colombiana. Sin embargo, tres de las bandas locales no parecen de acá: Balancer, Elsa y Elmar y Salt Cathedral representan una nueva generación, que canta en inglés y que fue educada musicalmente en Estados Unidos.

2015/03/02

Por Astrid Harders* Nueva York

Felipe Piedrahíta toca la guitarra; Gabriela Jimeno, la batería, y Francisco Valentín, los teclados, la consola y canta. Los tres viven en Nueva York. El jueves 29 de enero tuvieron el que podría ser su mejor toque hasta la fecha. Realizado en Brooklyn, en el escenario para conciertos de la disquera Rough Trade, impresionaron a una audiencia que, en parte, los oía por primera vez. A su lista de logros se suman un toque en sxsw y una campaña de Kickstarter, que les permitió grabar y prensar su disco (Tipsoo, 2014). La humildad de los tres artistas, así como su talento sobrecogedor, los hace una banda especial. En 2014 barrieron en el festival Hermoso Ruido, en Bogotá, y ahora con su mezcla de rock espacial y ambientes indie psicodélicos está lista para conquistar Estéreo Picnic.


Foto por: Carlos Llamas. Felipe Piedrahíta, Gabriela Jimeno, y Francisco Valentín los integrantes de Balancer.

Los comienzos de Balancer se remontan a Boston, donde sus tres integrantes se conocieron mientras estudiaban música. Valentín (puertorriqueño de nacimiento) tenía un programa de radio y Jimeno, fan de su programa, terminó trabajando a su lado. Eventualmente empezaron a grabar música y Piedrahíta se unió al proyecto. Hoy, cuando Balancer graba, viaja al otro lado del país, a una granja vieja a las afueras de Seattle. La banda goza de un moderado pero sólido éxito que ellos mismos pensaron se demoraría más tiempo en llegar. 

Jimeno y Valentín dictan clases de música (desde batería hasta teclados, bajo y guitarra) y junto con Piedrahíta son muy disciplinados en todo lo que concierne a la banda. Cuando hablan de finanzas son honestos. Jimeno explica: “Hace mucho tomamos una decisión: no pretender vivir de la banda, por ahora. Hemos hablado tanto de cómo formar la carrera, cómo hacer plata, cómo no hacer plata, qué no hacer, que nos dimos cuenta de que el arte es una cosa que toma mucho tiempo. Es una cuestión de perseverancia y disciplina y no de hacer música por hacer música, ni de ser famosos ni hacer plata. La banda y la música siguen siendo lo más importante y lo que queremos hacer… pero hemos intentado buscar formas de sobrevivir y estar mentalmente sanos y no angustiados”, añade.  

Tiene sentido, pero ¿cómo pagan las cuentas? Jimeno, que ha tocado en bandas desde su adolescencia –fue baterista de la banda Ratón Pérez, en Bogotá– dice que no se mantiene sola. “Me parece bien hablar de esto porque mis papás, ambos, son artistas y me ayudan, con todas las intenciones de que yo haga mejor mi arte. Antes me daba algo de pena decir hjesto, sobre todo en Colombia, porque uno es el niño rico, pero no tiene nada que ver con eso. También me parece importante que la gente que de pronto no ha tenido las oportunidades que yo he tenido se dé cuenta de que soy consciente de la responsabilidad que tengo de hacerlo bien”.


La dedicación y plena concentración en la música se oye en las canciones de Balancer. Sus composiciones oscilan entre momentos de plena luz sonora y melodías reconfortantes. Sin embargo, nada se compara con Balancer en vivo. El diálogo entre los tres músicos es hipnotizante. Piedrahíta describe lo que siente al estar en el escenario: “Uno devuelve lo que el público da: mientras más se conecta el público, más se conecta uno. La música lo cambia a uno, le va mostrando muchas cosas que son muy profundas y eso es lo que uno al final quiere transmitir. Mi interés más honesto es poder llevar a la gente a un lugar inesperado: escuche, conéctese con el momento, olvídese de su vida, del estatus social, de qué banda está oyendo, del nombre de esa banda, de dónde está y conéctese con la música. Si no lo siente, váyase a otro concierto y no hay lío. No todo es para todos”. Los tres narran momentos al final de sus toques en los que desconocidos del público se les han acercado con lágrimas en los ojos para agradecerles por el toque.



El futuro de Balancer es prometedor. Sus metas no tienen tinte de sueños, al revés, parecen logros que alcanzarán próximamente. En palabras de Valentín: “Sería ideal poder hacer una buena gira. En resumen: lograr conectar con más personas. Los artistas son un reflejo de lo que piensa y siente la gente. El fin es conectar con esa celebración de lo que es ser humano”.


En el mar la vida
es más sabrosa

El nombre Elsa y Elmar suena a banda, pero el cerebro y corazón musical en este caso es la bumanguesa Elsa Carvajal. La definición fácil de su música es hablar de semejanzas con cantautoras como Natalia LaFourcade, Julieta Venegas o Carla Morrison. Su identidad está en su voz nítida, frágil y contundente a la vez, rodeada de arreglos meticulosos y melodías irresistibles. Por otra parte, Elsa, con cierto sentido del humor, no tuvo miedo de hacer un cover de Mío, el hit noventero de Paulina Rubio. Esta artista ya se presentó en Estéreo Picnic el año pasado como integrante de la banda de Mateo Lewis. En 2015 debutará con material nuevo, del disco que sacará en abril, y la idea es aprovechar el festival como ventana para los que no la conocen.

La carrera musical de Elsa ha sido en español y desde la universidad (es exalumna de Berklee College of Music) ha vivido en Estados Unidos. Después de sus años como estudiante en Boston se mudó a Nueva York. Tras años en la Gran Manzana, optó por un cambio de costa y encontró hogar en San Francisco. “Cuando uno se va [de Colombia] es difícil volver. La típica decisión de los músicos es irse a Miami si quieren pop latino, a L.A. o a Nueva York si quieren algo más alternativo. Yo canto en español y pensé, “California es importante, petyuro Los Ángeles no me gusta, no es una ciudad en la que me sentiría artísticamente nutrida, por más de que haya muchas bandas”, explica.

Tener letras en español ha funcionado a su favor, especialmente con estudiantes de universidad. Cuenta que tocaba en pequeños bares y que al público le encantaba así no entendiera lo que cantaba. “No les importaba el idioma, ¡yo llevaba discos y me los compraban todos!”.

A la hora de hablar de los distintos públicos que ha tenido, Elsa tiene clara una distinción: el público estadounidense lleva la delantera en cuanto a mentalidad. “Al público colombiano todavía le falta entender que uno no va a mostrar la pinta solamente a un concierto, ni a hablar todo el tiempo. El colombiano tiende a juzgar más: yo tengo un video que se llama Inmadura, que es jodiendo, y a mucha gente en Colombia le parece un insulto, “¡qué oso!”. En cambio acá [en Estados Unidos] si a la gente no le gustó es porque no le gustó, pero no porque tiene un juicio de lo que este artista hizo o no quiso hacer. Igual en los festivales, la gente acá acepta lo que tengan que traer los organizadores, porque entienden que un festival es una ventana para artistas nuevos al lado de artistas grandes. Es un proceso evolutivo. Ahora con las plataformas de streaming, la música es una parte aún más importante de la vida del colombiano, va entendiendo de qué se trata: uno va a escuchar música”.


La catedral de sal


Juliana Ronderos y Nicolás Losada se ganaron una beca en el Berklee College of Music, en Boston, y luego se mudaron a Bed-Stuy, en Brooklyn, el barrio que muchos ven como el próximo Williamsburg. Desde allí cultivan sus melodías y composiciones en un estudio casero. Este dúo ha logrado una pequeña gira por Japón y otra más extensa por Estados Unidos, inclusive lkjhuna presentación en sxsw. El disco que Salt Cathedral planeaba sacar en marzo de este año aún no está listo y, sin embargo, tiene mucho talento para mostrar: una amalgama de acordes ambientales, teclados y atinados arpegios de guitarra. En su música hay ecos de Lorde, pequeñas excursiones de beats que invitan a mecer la cabeza, y armónicas letras, acompañadas de la prístina voz de Ronderos.

La música de Salt Cathedral no hace parte de la reciente ola de talentos colombianos que fusionan ritmos autóctonos con otras corrientes. Este dúo busca forjar su propia identidad partiendo del mundo anglosajón. Nicolás explica: “No tenemos ningún rastro de música colombiana en lo que hacemos. Siento que en Colombia hay una discriminación muy grande con los colombianos que están tratando de hacer cosas diferentes, música que no tenga que ver con el folclor, y lo critican y juzgan. La gente no entiende que nosotros somos de la generación de mtv. Yo crecí más con Destiny’s Child que con Totó La Momposina. Encontré el amor por la música a través de mtv. La gente no entiende que yo escuchaba Nirvana y Guns  N’Roses, cosas anglo”.

Juliana y Nicolás no vivían muy lejos el uno del otro en Bogotá, pero se conocieron en otro país. La letra de su canción “Holy Soul” empieza diciendo: “I am a holy soul in a foreign land” (“Soy un alma sagrada en un país foráneo”) y, sin duda, ese país foráneo es lo que más los permea. “Se trata de entrar a un medio, en este caso el pop, y empujar las barreras con mucha inteligencia. ¿Cómo hace uno para llevar el pop a un nivel de arte, dentro de su contexto popular?”, se pregunta retóricamente Juliana. Nicolás completa ese pensamiento y dice: “La meta es proponer algo innovador y creativo. Estamos viendo la música de una manera más artística y estamos mirando cómo hacer algo que no se haya escuchado antes, un producto nuevo”.

 



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