Nicolas Morales.

Estudiar para editar libros

"El libro no solo fue contenido, mirado por historiadores, sino también oficio, objeto y artesanía. Las miradas sobre lo editorial y sus estéticas estaban, pero no eran sistematizadas."

2016/07/28

Por Nicolás Morales

Pertenezco a una generación de editores empíricos. Cuando llegué al oficio, mis armas eran lecturas, imágenes de libros, colores, tipografías, buenas y malas ideas, pero poca teoría sobre lo que significaba –en todo el sentido de la palabra– editar. Como yo, arrancaron casi todos los editores de esa generación. Los que permanecieron construyeron un marco referencial de la edición profesional a punta de experiencias y duras batallas con proyectos, textos, escritura y objetos físicos. Crearon o mantuvieron fondos muy bonitos. Eso sí, no había muchas escuelas de edición. La legitimidad epistémica de la edición era pobre; y los editores sin estudios universitarios eran menospreciados académicamente.

Recuerdo con mucho cariño mis primeras grandes clases con editores in situ. Martha Segura (magnífica editora del Museo Nacional) o el editor independiente Juan Andrés Valderrama me mostraron nortes insospechados. Asistir a la construcción del poderoso fondo de Alfaguara Colombia, regentado por Pilar Reyes, fue muy emocionante. Conocer por oídas la experiencia de monstruos como Alberto Ramírez Santos o Conrado Zuluaga también resultó interesante. Conversar con César Hurtado de La Carreta fue mi escuela de edición. Así como la lectura de los pocos teóricos del momento que hablaban del asunto: Jesús Anaya Rosique, Hubert Nyssen, Joaquín Rodríguez.

Pasó el tiempo y todo mutó dramáticamente. Aparecieron colecciones sobre el libro como las del Fondo de Cultura Económica y dossiers de importantes revistas relativos a la edición. Los editores fueron protagonistas y vedettes (Herralde, Barral, Hidalgo o Borras). La técnica fue valorada. El libro no solo fue contenido, mirado por historiadores, sino también oficio, objeto y artesanía. Las miradas sobre lo editorial y sus estéticas estaban, pero no eran sistematizadas. Un ejemplo: la historia empieza a reconocer la labor de los grandes editores colombianos que antes eran invisibles. Entre cientos de casos, se me ocurren dos evidentes: Santiago Mutis con su labor en Colcultura o Felipe Escobar y Patricia Hoher en el Áncora Editores. Y en alguna parte se dirá que fue un bar de salsa del centro de Bogotá el que publicó la primera novela de Tomás González, autor hoy hurtado por Planeta por varios millones.

La edición se volvió un campo autónomo de conocimiento con teoría, técnica y métodos. La discusión que decía que para hacer libros “no se necesita estudiar” comenzó a cambiar y ahora se conjugan las dos cosas. Antes se creía que era suficiente tener un buen capital cultural y escribir bien. La intuición, el olfato y la pericia complementaban la receta. El mundo del libro sin embargo dio la vuelta en dos décadas. Los referentes cambiaron y si bien se conservó esa capacidad intelectual de conjugar contenidos, la técnica se volvió mucho más precisa, más compleja y, por supuesto, necesaria. El mercadeo editorial digital también sacudió nuestras bases. Los libros electrónicos destruyeron ciertos paradigmas. Los lectores, vía tabletas y teléfonos, se multiplicaron exponencialmente. Además, pasó algo no menos importante: los editores experimentaron la necesidad de formalizarse en un mundo que les exige títulos por mezquinas y nobles razones.

Toda esta discusión la traigo a cuento por la reciente creación de la maestría en Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo, entidad adscrita al Ministerio de Cultura. Es la primera maestría en Colombia de este tipo. Si bien no es la primera experiencia educativa. La Universidad de Antioquia tuvo una especialización, abortada hace algunos años; se mantiene el diplomado de la Tadeo y el Fondo de Cultura Económica, y el énfasis editorial del pregrado de Comunicación de la Javeriana, fundado por Ana María Aragón, Gabriela Habich y Adriana Urrea, sigue formando decenas de editores al año.

Pero lo del Caro y Cuervo es bonito. Porque es pensar el asunto desde Colombia, cansados de que siempre se comulgue en materia de formación superior desde el Parque del Retiro en Madrid. Y porque es el reconocimiento por parte del Estado de que los editores son motores de desarrollo y que sin ellos nada funcionará. O bueno, casi nada.

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