Brillante, pretencioso, pagado de sí mismo era Gore Vidal, que acaba de morir pasados los ochenta años. Inteligentísimo. Inaguantable. Infatigable: escribió treinta o cuarenta libros (novelas, ensayos, obras de teatro, guiones de cine, libretos de televisión) en una prosa sutil y de implacable precisión que debe de ser prácticamente intraducible a cualquier lengua que no sea el “inglés transatlántico” en que está escrita (aunque lo ha sido a muchas). Como son intraducibles su persona y su, digamos, función pública, a otro país que no sean los Estados Unidos, que él llamó “el último Imperio”.
Para encontrarle a Gore Vidal un paralelo habría que ir a buscarlo entre los intelectuales de los Imperios anteriores; o, más exactamente, de las naciones libres que acabaron convirtiéndose en Imperios, como les ocurrió a los propios Estados Unidos. En la Roma republicana: un Cicerón, tal vez, si Cicerón hubiera tenido sentido del humor. O, mejor, en la Atenas de la dictablanda de Pericles, que duró (es un decir) un siglo. Allá Gore Vidal hubiera sido un Sócrates: el tábano de la ciudad, que con su zumbido burlón y sus picotazos éticos la mantenía viva y despierta. Y, con todo y la severidad censora de Sócrates, también un epicúreo que sabe gozar de los placeres de la vida (y hasta un sibarita), y un cínico que ve la realidad de frente. Gore Vidal tenía la curiosa virtud de seducir a sus lectores a la vez que sacaba de sus casillas a sus contradictores. Su colega Norman Mailer, con quien mantuvo multitud de polémicas verbales y escritas, llegó una vez a tumbarlo de un puñetazo durante un debate en la televisión. Y Vidal, limpiándose la sangre de la boca, le dijo:
—Una vez más te fallaron las palabras, Norman.
El cual no pudo responder ni siquiera con otro puñetazo.
Vidal no tenía pelos en la lengua: decía todo lo que pensaba, con elegancia a veces algo impostada (y eso lo debilita como novelista, aunque lo fortalece como ensayista), y sin el menor cuidado por la llamada corrección política. Una de sus primeras novelas, The City and the Pillar, le costó el verse para siempre ninguneado por la influyente sección de crítica de libros del New York Times porque hablaba sin rodeos de homosexualismo en los pacatos años cuarenta de los pacatos Estados Unidos (el mismo era homosexual, aunque tuvo algunas aventuras heterosexuales con actrices de Hollywood, en donde trabajó como guionista por muchos años). Y también contaba lo que pensaba con absoluta irreverencia por lo más políticamente respetable de su país: Washington, Jefferson, Lincoln, Roosevelt, Kennedy (los Kennedys), en su larga serie de novelas históricas sobre los Estados Unidos; y por lo más literalmente sagrado: todas las religiones antiguas —el budismo, el zoroastrismo, los mitos griegos, el confucianismo, el jainismo— en su ambiciosa novela Creation, y sobre las más modernas —el cristianismo— en su magnífica novela Julian, sobre el emperador romano Juliano el Apóstata, o en su delirante novela de ciencia ficción religiosa, de la cual no sé quién dijo:
—Si Cristo es el hijo de Dios, Gore irá al infierno.
Pero, aunque fascinantes, y deliciosas por su tono, las muchas novelas de Gore Vidal son, en mi opinión, inferiores a sus muchos libros de ensayos. Ensayos cortos —como los de Montaigne— recopilados de revistas, a veces ensayos de ocasión, sobre temas históricos, literarios, políticos, sociales o de chisme social de la aristocracia republicana de Washington y Nueva York, a la cual pertenecía por nacimiento. Sobre todos los temas: y hasta sobre los más frívolos la escritura de Vidal —irónica, sarcástica, sardónica, a la vez erudita y ligera, superficial y profunda, que recuerda, paradójicamente, al boxeo de Muhammad Alí descrito por su rival Mailer y anunciado por el propio Clay-Alí como el de un cruce de abeja y mariposa— es una escritura que hace pensar.
Va a hacer falta Gore Vidal en las letras norteamericanas. Y, desde la opinión informada y critica, en la política norteamericana. Van a hacer falta sus diatribas contra la ambición y la codicia imperiales de los Estados Unidos, su reprobación de las guerras, imperiales también, emprendidas por ellos: la de Corea, la de Vietnam, la de Irak, la de Afganistán. De la insensata guerra contra las drogas, que Vidal fue uno de los primeros en denunciar hace cuarenta años. De la hipocresía (también imperial: no hay que olvidar que también Roma conquistó el mundo “en defensa propia”). Va a hacer falta la liviandad cargada de sentido de su prosa cargada de desdén.
Queda Noam Chomsky, sí, claro. Pero Chomsky es un hombre de abrumadora seriedad, que se inclina al tono de predicación en el desierto, lleno de notas de pie de página hasta en sus más superficiales comentarios. Y tiene el tono y el verbo académico de un profesor universitario: no es un escritor. Gore Vidal lo era. Y para poder ejercer una influencia social y política desde las letras no basta con tener la razón clara y los ojos abiertos. Es necesario además decir bien dicho lo que se piensa y lo que se ve. ¿Decirlo? Quiero decir: escribirlo. Gore Vidal lo sabía hacer. Pero es de temer que también él vaya a hundirse en la interesada desmemoria del pantano que bautizó como the United States of Amnesia.
* Escritor bogotano, autor de la novela Sin remedio y columnista de Semana y Arcadia.
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