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Manual para sobrevivir a la ideología de género

"Decidí elaborar un corto manual que ayude a una directora de una gran biblioteca a sobrellevar una crisis": una columna de Nicolás Morales.

2017/11/22

Por Nicolás Morales

La crisis ya pasó. Pero no por eso hay que echar en saco roto las enseñanzas de la peor insurrección de los últimos años en el sector cultural. Con ayuda de múltiples intelectuales, escritoras y escritores que se pronunciaron en las redes, decidí elaborar un corto manual que ayude a una directora de una gran biblioteca a sobrellevar una crisis originada por lo que otrora el doctor Ordóñez calificó como la peor peste de nuestros tiempos: la ideología de género.

Serás moderna e incluirás mujeres en tus eventos. No importa que creas que la cultura en Colombia no requiere de políticas de inclusión porque está dirigida por mujeres. Es mejor definir prácticas que se consideren modernas; casi todas las bibliotecas occidentales (y hasta algunas del Lejano Oriente) lo hacen. Lo llaman ser inclusivo. Puedes, para evitar problemas, establecer una cuota mínima para cada delegación: dos o tres escritoras, si quieres. Con eso, colmarás siempre las expectativas sin importar que sean siempre las mismas escritoras que viatican en todas las ferias regionales nacionales y de los países vecinos: lo importante es que sean chicas, ¿vale?

Tus comunicados ante una crisis de Estado no los harán practicantes. Si decenas de escritores y escritoras están protestando, redacta rápidamente un comunicado que apague el incendio; pero no dejes de revisarlo. No sea que el tono parezca de reinado de belleza y los errores sean tan garrafales que confunda el género de los artistas incluidos o anexe artistas muertas. Y si, finalmente, la presencia de la cosa no pintaba tan misógina y fue un malentendido, contrata un buen productor con mente moderna.

Aceptarás un par errores. Ante la debacle de tu política de género, acepta errores tontos, de procedimiento o –si así prefieres llamarlos– fruto del azar. Que un funcionario acepte algo de crítica no es un pecado; al contrario, es propio de los más altos dignatarios de eso que se llama “la cultura”. Lo sé, no es fácil admitir que uno falla en este gobierno infalible; pero eso nos hace grandes (sobre todo si se acerca el final del mandato: las cartas ya están echadas y los balances de estos años no tardarán en llegar).

No harás eventos en cónclaves. Eres el gobierno: no puedes organizar reuniones privadas y cerradas en bibliotecas de París –ni de ninguna otra parte–, y menos dejar de publicarlas en el sitio oficial; parecería una política de épocas frentenacionalistas. Todo debe ser muy público o, por lo menos, simular que lo es. Conviene siempre regalar boletas entre estudiantes, hijas e hijos de embajadores o amistades residentes en la ciudad. Y poner un dibujo en alguna página del buen gobierno. Por último: para que vean que eres amplia, insiste en que incluiste en la gala un escritor que recibió un premio castrochavista de literatura.

Atenderás con discreción a los líderes de la revuelta. No esperes a que las declaraciones sentimentales de autores de relativa importancia invadan las redes de forma viral. No permitas que las intelectuales hagan de este asunto su gran eslogan de despedida que destruya el balance de tantos años. Por favor: no permitas que unas feministas recuperen el debate con tontos manifiestos. Y, por nada del mundo, aceptes que los más prometedores escritores renuncien a sus viajes ya programados. Mejórales el hotel, hazles un up grade pero, por favor, no los dejes “patiar” la lonchera.

No confundirás feminidad con feminismo. No creas que por tú ser mujer y directora, las mujeres estarán naturalmente bien representadas. Verás: las intelectuales feministas demostraron en los ochenta que no basta con que seas una mujer que alcanza altos cargos públicos; debes además implementar políticas de género. De lo contrario, te da la misma mandar a un asesor bien macho de una seccional al exclusivo evento parisino.

Buscarás a tus medios aliados y contraatacarás. Olvida ese editorial severo del periódico capitalino, a los columnistas amargados o de los papeles de la revista cultural insurrecta. Busca a tus aliados naturales y, en alguna entrevista a algún jefe tuyo, haz que los convenza de que fuiste una simple intermediaria y que los culpables son otros; en el caso que nos ocupa, los editores franceses. Al final, con tu tono pasa el mensaje que las escritoras son malagradecidas y que toda(o)s deberían ser más respetuosos con las acciones institucionales internacionales. Si nada funciona, contrata a Santiago Gamboa de asesor o busca una entrevista urgente con María Isabel Rueda. Y si ya nada de todo esto te da resultado, hazle el 8 de marzo un homenaje a la gran Emma Reyes, pero no la invites, pues los costos de traerla, vía espiritismo, te pueden poner en graves aprietos con la ley de contratación pública.

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