Pedrina y Río.

Los piropos agradecidos del año

Nicolás Morales rompe la tradición de publicar los sopores de fin de año y cierra 2016 con agradecimientos en concordancia con la Navidad.

2016/12/09

Por Nicolás Morales

El sopor de 2016 fue 2016. ¿Qué pudo ser peor que este año, del que salimos con la moral por el piso y derrotados por todas partes? Un lector por Facebook me dijo hace un mes que lo que más le desesperaba de mis columnas es que nunca agradecía a nadie; que mi actitud no era de reconocimiento con la cultura. Por eso, este fin de periodo rompo la tradición de los sopores de fin de año y lo cierro (espero) con los agradecimientos en concordancia con la Navidad. Aquí, pues, van las 20 tazas del caldo que el amable lector deberá saborear con toda su sustancia.

A Andrés Bayona. Por armar el mejor Festival Internacional de Cine de Bogotá (BIFF) –este sí, internacional y con curada muestra– y cavar la sepultura del histórico y despelotado tradicional de Bogotá.

A Héctor Abad Faciolince. Por construir una editorial de textos jóvenes por su cuenta y riesgo y publicar libros bonitos y cuidados.

A Pascual Gaviria. Por sostener uno de los mejores impresos mensuales culturales en Colombia, Universo Centro.

A los curadores de Pereira: Guillermo Vanegas, Inti Guerrero y Víctor Albarracín. Porque por fin tuvimos un Salón Nacional de Artistas maduro, con posición política y abierto. ¡Y que hubieran sido capaces de responder las polémicas sin esconderse!

A Giuseppe Caputo. Por hacer la mejor novela del año e ignorar todas las tormentas paralelas de los rabiosos de turno, los envidiosos con sus manuscritos banales y los ingenuos de artículos en prensa extranjera bien publirreportada.

A los directores de las tres ferias del libro regionales, Juan Diego Mejía, Juan Camilo Sierra y Érica Juliana Suárez. Por sostener, impulsar y hacer crecer tres ferias del libro juiciosas y sacarlas de la categoría de eventos pequeños de pueblo. El primero hizo la mejor feria regional del libro en Colombia, en Medellín. El segundo logró desbaratar la reputación de que Cali era una ciudad no lectora, con una feria llena. Y la tercera mantuvo el único espacio interesante cultural de Santander, fuera de anomia folclórica.

A Adriana Martínez. Por organizar la mejor Feria del Libro de América Latina –la 29– en cuanto a contenidos y mecánica se trata.

A Sebastián Estrada. Por romper como editor el canon de los repetidos autores literarios y traer nuevos nombres a su sello y a Colombia. (Él -y otros pocos- harán que algún día dejemos de ver a los mismos palanquiaditos, descoloridos y sin manuscritos, como representantes de las letras colombianas en la Feria de Guadalajara).

Al equipo de la librería Lerner, a Alba Inés Arias y a Rubén Lerner. Por construir un nuevo templo cultural de Bogotá lleno de libros. (No es nada contra los amigos de las librerías independientes, pero a veces es bueno ver todo el universo y sus libros casi completos).

A María Paulina Ortiz. Por renovar Lecturas del periódico El Tiempo y darle coherencia y contenido a algo que era peor que los mordelones zombies de Fox.

A María Claudia López. Por continuar con el proyecto de la Cinemateca y hacerlo de larga duración.

A Jaime Manrique. Por hacer una columna distinta de cine (Esquire), sin la reiteración de la repetidera, con línea y escrituras atrevidas y otros movidos temas.

A los Tragaluz. Por esos libros de Medellín. Por todos sus libros. Por los últimos. Por los primeros.

A Daniel Jiménez. Por esos invitados de este último festival del comic Entreviñetas, tan lucidos, en especial por el señor Olivier Kugler, un héroe contemporáneo de la existencia.

Al Mono Núñez. Por ese libro sobre las bicicletas en Bogotá, tan sobrenatural.

Y a Pedrina y Río por existir. Punto.

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