La plaza de mercado de Las Cruces.

Mi top de joyas inusuales de Bogotá

Nicolás Morales rescata diez lugares, desde un hito histórico hasta un conjunto, imperdibles de la ciudad.

2017/02/24

Por Nicolás Morales

La ciudad esconde perlas. Eso lo sabemos todos, así detestemos a Bogotá. Por eso en los últimos años recorro la ciudad inventariando lo que me gusta, cierto que no es mucho. Aquí van los diez sitios poco conocidos de la capital que suelen conmoverme. Perdonarán los lectores este súbito ataque “patrimonial”.

Un teatro: Teatro Cádiz. Con su fachada en piedra y sus ventanales inmensos, me gusta esa cosa de pensar que eso era lo “moderno”. Está en el Centro Urbano Antonio Nariño, y siempre lo visito cuando Corferias se hace insoportable. El techo con amebas, el hall amplio ajedrezado y su implantación en medio de una zona verde (como si saliera de la nada) lo hace un sitio poderoso. Carrera 37 no. 24-30.

Un museo: Casa Gómez Campuzano. Casona gigante, algo españolizada, sorprende el espacio de su sala de doble altura y una chimenea imponente. Es un oasis en ese norte donde solo hay comercio y edificios anodinos y pretenciosos. Además es una biblioteca (que, claro, no son frecuentes en las zonas adineradas). Visitar esta mansión es recordar lo que debió ser ese barrio antes de la tragedia anunciada de su desafortunada transformación. Calle 80 no. 8-66.

Una plaza de mercado: Las Cruces. Fui cuando era adolescente y quedé aturdido por su extraño estilo. Es como un art nouveau llevado al trópico. Increíbles los pavos reales que coronan las entradas en clara referencia a la abundancia de los productos del nuevo mundo. Encargada a unos ingleses en la década de los veinte, es perfecto para ver algo más que la predecible Candelaria. Calle 1F no. 4-60.

Una hacienda: Molinos. En el extremo sur de la ciudad es una de las sobrevivientes de las grandes haciendas absorbidas por la ciudad. Fue el barrio de un gran amigo y alguna vez que regresamos pude contemplar por azar esta maravilla de nuevo. Las columnas y los corredores, más sus gabinetes esquineros, son fieles a lo que fue. Hay algo tierno en ver esta edificación delicada en pleno barrio de casitas de ladrillo típico del sur. Si nos descuidamos, se caerá muy pronto, como todo lo que vale en esta ciudad. Carrera 5F con calle 48C y 48D Sur.

Un edificio: Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. En donde antes había un cementerio, ahora hay un monolito escultórico tal vez poco funcional para oficinas y eventos. Sin embargo, el recorrido ofrecido al visitante en su espacio de casi un parque lo empuja a uno a sentir otra cosa. Complementan el edificio los antiguos columbarios: contemplar los dibujos de Beatriz González de gente cargando muertos es conmovedor. Carrera 19B no. 24-86.

Un hito histórico: El chorro de Padilla. No hay guía de la ciudad de comienzos del siglo XX que no nombre este sitio, pero me sorprende lo poco que se conoce hoy, como si lo hubieran borrado de la memoria. Es un chorro de agua viva que brota de la piedra en un recodo escondido, entre Monserrate y Guadalupe. En mi infancia se lavaban taxis que rodaban por la Circunvalar. Un puente hermoso a su lado lo complementa. No es mucho, pero es sublime. Carrera 2 Este no. 21-48.

Una escultura: Las patillas de la cordialidad. La primera vez que fui no lo podía creer. Unas patillas gigantes en acero adornan un parque poco carismático, si me lo permiten. Ahí la obra de Ana Mercedes Hoyos tiene una fuerza casi heroica. Parecen buques encallados y oxidados por el tiempo, pero son patillas en el parque El Tunal. ¿No es extraordinario? Calle 48B Sur no. 22A-07.

Un edificio de apartamentos: La Merced. En pleno corazón de La Merced, y de esas casas inglesas, cierto, bellas, se levantó un minúsculo edificio de cuatro pisos, lindo, geométrico y sobrio. Sorprende porque parece contemporáneo, pero tiene más de cinco décadas. Lo construyó Enrique Triana y nunca he podido entrar. Su fachada es, para mí, hipnótica. Es una isla. Oro puro. Calle 35 no. 5A-43.

Un conjunto: Modelo Norte. Lo primero es decir que yo no hubiera llegado si alguien no me hubiera llevado. Este es uno de esos barrios que aparecieron en el siglo pasado para crear eso que llamaban “vivienda de empleados”, es decir casas baratas para una nueva clase media. Pero aunque son casas en serie, su estética está lejos de ser aburrida. Es un barrio sencillamente bonito, aunque tiene problemas de conservación. Posee una perspectiva extraordinaria culminada en una buena iglesia. Calle 68 no. 54-58.

Un lugar de culto: Capilla del Colegio Los Nogales. Esta edificación de Daniel Bonilla es mi construcción favorita del sector. Se ubica en ese lugar de tránsito cuando se nos acaban el puente y las fresas con crema. Cosa curiosa, su ingreso es por el costado y es una gran pared la que se abre. Es un cajón limpio, sobrio, que recuerda las formas puras de las iglesias modernistas que deslumbraron a los arquitectos del XX. Si pudiera, iría todos los días para rezar por todos esos arquitectos mediocres que invaden la otra ciudad. Calle 202 no. 56-50.

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