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No traducir, ¿una política de Estado?

"Me sorprenden las pobres cifras de estímulos a la traducción por parte del Estado en Colombia. En el Ministerio de Cultura se mantiene desde hace algún tiempo un único estímulo para traducir una obra por año, con el increíble resultado de que en 2016 se declaró desierta su convocatoria".

2017/01/24

Por Nicolás Morales

Es ya un verdadero lugar común hablar de los réditos de la traducción de las literaturas nacionales a otros idiomas. Las ventajas de ser visibles, por decir algo. La traducción es un increíble catalizador del patrimonio literario, aumenta la riqueza bibliográfica, saca de la provincia a las literaturas locales e impulsa de manera insospechada el mercado en un sector complejo, de difícil circulación y poco rentable. En resumen, traducir es siempre ganar un poco. Todo eso se sabe hace mucho y sin embargo me sorprenden las pobres cifras de estímulos a la traducción por parte del Estado en Colombia. En el Ministerio de Cultura se mantiene desde hace algún tiempo un único estímulo para traducir una obra por año, con el increíble resultado de que en 2016 se declaró desierta su convocatoria. Eran solo diez millones de pesos y no se otorgaron. ¡Muy poco! Y comparado, por ejemplo, con el Programa Sur de apoyo a las traducciones en Argentina, resulta ínfimo: para 2017 están previstas 150 traducciones de obras gauchas financiadas por el Gobierno. Sumadas a decenas que se han hecho en la última década. Como resultado, uno siente el peso de la narrativa argentina en el campo literario internacional. Y según los gremios argentinos del libro, las ventas se han duplicado en casi un quinquenio, lo que ha beneficiado a editoriales y autores. Aventuremos algunas hipótesis de este notable desinterés por la traducción de la ficción en Colombia.

Se piensa que la narrativa colombiana no merece ser traducida. Listo, puede ser que los poderes públicos piensen eso. Algo así como un grupo de expertos que determina que la narrativa colombiana no tiene suficiente valor o calidad para ser leída en otros idiomas. Pasa en algunas literaturas muy locales, completamente “marginales” y cuya traducción no aporta nuevos públicos. Resultado, se mantienen ocultas. Es una hipótesis muy improbable para el caso colombiano.

Los buenos libros siempre encontrarán fondos de traducción. ¿Para qué implementar una política de Estado de traducción si Juan Gabriel Vásquez o Héctor Abad, con sus grandes obras, siempre pueden encontrar fondos de traducción? De ahí que el modo de proceder sea siempre dejarle el asunto al mercado para que él mismo regule los fondos y los réditos. Eso es lo que ha pasado en Colombia. No es que no se traduzca literatura en Colombia. Una obra como Los ejércitos, de Evelio Rosero, tarde o temprano encontrará editores que se le midan al proyecto de traducción en distintos idiomas. Claro, se trata de un proceso lento, desordenado y que exige mucha acción de agentes y autores. Pero existen decenas de libros que por no ser tan populares nunca serán traducidos, ni siquiera al inglés. Es en ellos en los que pienso.

No hay política editorial de Estado. Quiero traer a colación el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez del Ministerio de Cultura. Digamos que, mal contados, el Ministerio se gasta unos 500 millones de pesos en el asunto de premiar cada año un cuentista latinoamericano, con resultados aún no muy palpables y cuya obra ganadora pocos colombianos leerán. Con ese dinero se podrían traducir unas veinte obras colombianas cada año al inglés, francés, alemán o eslovaco con el fin de ganar decenas de lectores internacionales. En nuestro contexto de país pobre, vale la pena preguntarse cuál de los dos programas le convendría más al país: ¿el glamour de una noche con un premio o una política continua de promoción literaria? No tengo ni idea qué hizo el último ganador con los 100.000 dólares del premio. ¿Amplió su casa?, o ¿pagó su hipoteca? Bueno, estimados lectores, dado que el dinero es de nuestros impuestos me parece lógica una reflexión de políticas públicas. Y al respecto no es secundario pensar que deberíamos mejorar la presencia de la cultura literaria colombiana en el mundo. Muchos autores no tienen sus libros traducidos. Y es sabido que nuestra literatura actual suscita mucho menos interés que la gaucha o la mexicana. Sospecho que en el fondo estamos pagando una visión pobre que desde el Estado se tiene de la literatura nacional. Pero esta es una hipótesis que deseo discutir, sin las pasiones que se generan últimamente cuando se hacen preguntas a los poderes públicos. Es una discusión técnica sin duda, pero trasluce una sencilla orientación que sería bueno aclarar: si la no traducción es una política de Estado.

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