Murió el músico Bebo Valdés (Quivacán, Cuba, 9 de octubre 1918 - Estocolmo, Suecia, 22 de marzo de 2013)

Bebo Valdés

Memoria de Bebo Valdés (Quivicán, Cuba, 9 de octubre de 1918 – Estocolmo, Suecia, 22 de marzo de 2013), una de las más grandes figuras de la música cubana.

2013/04/12

Por Javier Colina *Contrabajista español

Cuando los Beatles se hicieron famosos, Bebo Valdés ya tenía cincuenta años. Él ya lo sabía casi todo. Y siempre le enseñaba a uno cosas muy antiguas, cosas de su abuelo. “Esto es de hace ciento cincuenta años”, solía decir. Sabía de memoria las músicas de todos los compositores cubanos clásicos de finales del siglo XIX: Ignacio Cervantes, Manuel Saumel o los hermanos Edelmann. Había sido educado en la disciplina de su abuelo, en otras circunstancias.

Como ser humano, era de unas hechuras que ya no se ven. Un gentleman. Un hombre con valores de otro tiempo: la solidaridad, el compañerismo. Para Bebo, lo primero era lo primero: el saber que todo y todos están bien.

Y claro que era un seductor. Con todo el mundo. Le era imposible, de tan alto y sonriente, pasar desapercibido. Imposible que alguien olvidara haberlo conocido. Saludaba por aquí y por allá y sonreía sin cesar. Y todos caían rendidos ante su encanto.

Fue una de las figuras más grandes de la música cubana y el creador de la batanga; sin duda, uno de los músicos más importantes del Caribe del siglo XX y un pianista genial que supo llevar a la fría Europa el alma del latin jazz hecho en Cuba.

Era un narrador incansable. Y sus anécdotas tenían una cualidad desenfadada y magnética a la vez, que lo transportaba a uno a otros mundos: en los ensayos solía contarnos sobre la exagerada intransigencia de Nat King Cole con los músicos: a quien llegara un minuto tarde lo despedía. O hablaba con una gracia única sobre sus años tocando el piano en bares de La Habana, por allá en los años cincuenta. Salían a tocar a una sala casi vacía, y tras dos horas sobre el escenario, el dueño, para no pagar a los músicos, solo les decía : “Ustedes han visto cómo quedó esto, ustedes mismos son testigos”. O nos contaba cómo incluso echó a un jovencísimo Chucho, su propio hijo, de su orquesta, por indisciplinado. Bebo formó parte de muchas orquestas antes de salir de Cuba, y fundó la suya propia: Sabor de Cuba, con la que trabajó en el Tropicana acompañando las voces de Rita Montaner o de Benny Moré o de Pío Leyva. Se fue de Cuba no por Fidel, sino porque Fidel suspendió la Constitución. Bebo nunca hablaba de personas sino de regímenes. Decía que hasta que no se respetara la Constitución, él no volvía. Y nunca volvió.

Tras una estancia en México, en donde tuvo problemas con los sindicatos mayormente procubanos, llegó a España por allá en el 61 o 62, y trabajó en discográficas como Hispavox arreglando para cantantes como Lucho Gattica; luego conoció a la que sería su segunda esposa, la sueca Rose Marie Pehrson. Se casaron el mismo año y se fueron a vivir a Estocolmo. Muchas veces dijo que aquello había sido lo más importante que había hecho en la vida, que si uno conoce a una mujer y está dispuesto a cambiar su vida por ella, debe escoger entre el amor y el arte. Él escogió. Y estuvieron juntos durante más de cuarenta años, hasta que ella murió el año pasado.

Pero todos esos años tocando por toda Suecia, en una cadena de hoteles de un amigo, no lo cambiaron. Él era de una raza que no hay quien la tuerza. Tampoco lo cambió la fama tardía, ni el éxito de la película de Trueba Calle 54, ni los premios Grammy al Mejor Álbum de Latin Jazz, ni los multitudinarios conciertos que daba con el Cigala tras grabar Lágrimas negras. Porque lo que Bebo tenía de particular era que en él la persona y el personaje eran exactamente el mismo. Él no tenía esa dualidad de tantos. Bebo era el que era. Un grande. |

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.