El escritor Henning Mankell falleció el 5 de octubre de 2015.

Rompecabezas de la vida de Henning Mankell

Después de vender más de 40 millones de libros y de errar entre su natal Suecia y las costas de África, el creador del afamado investigador Kurt Wallander falleció de un cáncer pulmonar a los 66 años. Un homenaje al escritor responsable de reinventar la novela negra contemporánea de Europa.

2015/10/23

Por Winston Manrique Sabogal* Madrid

A la edad de un año le inocularon la semilla de la soledad, cuando su madre abandonó el hogar.

A la edad de 6 años conoció la manera en que los demás deciden el destino de cada uno, cuando su padre, que era juez, condenó a un leñador por homicidio.

A la edad de 9 años supo lo que era la identidad, cuando pensó: “Yo soy yo y ningún otro. Yo soy yo”.

A la edad de 9 años vio la sombra de la muerte, cuando otro hombre padecía la misma enfermedad que a él lo mataría.

A la edad de 10 años descubrió las conexiones del miedo y del valor, cuando su padre le pidió auxilio.

A la edad de 66 años, Henning Mankell vislumbró el fin de sus días. El 10 de enero de 2014 los médicos le informaron de un cáncer de pulmón difícil de combatir. Tenían razón, murió el 5 de octubre de 2015.

Pero entre aquel 1948 de su nacimiento y el desenlace de su vida, Henning Mankell recorrería el mundo, solo y acompañado; avistaría peligros e incluso se habría visto devorado por una manada de hipopótamos; sabría de los amores y del amor, se casó tres veces, la última con Eva Bergman, hija del maestro del cine Ingmar Bergman, y tuvo un hijo, Jon. Pero, sobre todo, se habla de Mankell porque renovó la novela policiaca europea contemporánea. Una especie de Jules Maigret del presente.

Kurt Wallander es el nombre al que ha quedado asociado el suyo. Wallander es el inspector de policía que el escritor sueco creó en 1991 en su primera novela: Asesinos sin rostro. Y después en otras once. Sin que Wallander fuera su alter ego, el escritor sí compartía con él tres aspectos esenciales: la edad, el gusto por la ópera y la música clásica, y la pasión y dedicación por el trabajo.

En ese personaje se funden realidad y ficción y pensamiento. Es el resultado de buena parte de lo vivido por su creador. Si bien es verdad que Wallander es un hombre solo y Mankell no, el escritor llevaba en su interior un gran vacío, el niño Mankell que no superó el abandono de su madre cuando era muy pequeño y aprendió a los 6 años cómo era la vida cuando su padre que era juez juzgó a un hombre por homicidio.

Esos dos hechos, sumados a aquella revelación de lo que era el ser y su identidad, a los 9 años, son los tres pilares sobre los que se levantó la persona, el ciudadano y el escritor Henning Mankell.

Hay unanimidad entre la crítica, los medios especializados y los lectores que han comprado 40 millones de sus libros en considerarlo un maestro de la novela negra europea contemporánea. Esto es, una historia y trama que contar, un delito, un crimen que resolver; solo que esa historia y esta trama están conectadas con el presente más palpitante, con lo cual la narración se convierte en un espejo de la actualidad. Real. Reconocible. Una sobre la que todos tienen una opinión. Y, en el caso de Mankell, eran cuestiones sociales y polémicas, de denuncia de su país, de Europa y del mundo; a la vez que reclamaba solidaridad y compromiso por parte de la sociedad. El escritor sueco buscaba desenmascarar a su país y a Europa, a la vez que pedía abrir los ojos hacia África. Para eso creó a Kurt Wallander. Esa era su estrategia: contar un cuento para zarandear a la gente con la verdad.

Todo ese entramado de denuncia individual y colectiva y de reclamo de compromiso social, Mankell lo ponía en una buena atmósfera literaria. Esa era su arma para seducir al lector. Todo aquello poblado de personajes reconocibles, o con los que la gente se identifica. Wallander es un ejemplo: un hombre solitario, abandonado por su mujer, un tanto frío en el trato, hosco y gruñón, desordenado, minucioso y con intuición y olfato para su trabajo en el que suele descubrir que en algún hecho biográfico de esos sospechosos está la respuesta del crimen... De otra parte, el inspector es un hombre honesto, una persona con principios en medio de las sombras del sistema; y con una gran humanidad, al punto de que despierta la ternura del lector por su cierta indefensión ante la vida o por su incapacidad o temor ante las emociones de esa misma vida. Una persona que tiene en la ópera su trozo de paraíso.

Por eso, y más asuntos literarios, será recordado Henning Mankell.



Un mundo creativo que proviene de su vida más personal. Nada viene de la nada. Todo tiene raíces, causas, motivos, sin que muchas veces el creador sea consciente de ello. Mankell siempre supo de algunas de esas raíces. Hasta que lo organizó todo en su último libro-testamento: Arenas movedizas. Un rompecabezas de su vida, articulado a través de la literatura, contada en 67 capítulos o piezas como si fueran relatos. Tal vez su mejor libro. Convirtió su vida en su mejor novela.

El último y mejor caso para el inspector Wallander, solo que Mankell se convierte en su propio caso y decide indagar, ir a las semillas de su vida y narrar los hechos para que sea el lector quien resuelva el caso. Para que sea el lector quien le ponga nombre a todo y trate de entender lo que fueron sus 67 años a través de episodios como estos...

Cuando tenía un año, en 1949, su madre se va de casa y deja a sus hijos y su marido.

Su padre era juez, y para olvidar y reinventar su vida se va a trabajar a algunos pueblos de Suecia.

El niño Henning Mankell es criado por su hermana, por el abuelo paterno, que es músico y le inculca la pasión por la música, y por su abuela, que le transmite el amor por la lectura y la escritura.

Cuando tiene 5 o 6 años acompaña a su padre al juzgado de Stenstavik y ve cómo condena a un leñador pobre por el asesinato de un comerciante que era poco apreciado. “Pero un homicidio es un homicidio”. Su padre le aplica la pena más leve.

Entre los 7 y 8 años le revelan que Dios no es el creador de todo. El marido de una de sus tías le habla del universo, “entonces la teoría del Big Bang no estaba aceptada del todo”, pero la conoce. Un misterio que nunca termina de entender.

Con 9 años conoce la muerte en otra persona y la enfermedad que lo llevaría a su propia muerte. Lo llevan al hospital con un dolor en el apéndice y allí ve a un hombre con cáncer.

En el invierno de 1957, aún con 9 años, una mañana oscura camino del colegio se detiene frente a la Casa del Pueblo, ve cómo cambian los carteles del cine, y de repente en su cabeza se organizan unas palabras que le revelan lo que él llama “el gran secreto”: la identidad: “Yo soy yo y ningún otro. Yo soy yo”.

En el invierno de 1958 aflora el miedo. El miedo a la oscuridad, aquel que le obligará por siempre a encender una lámpara o una luz en alguna parte con tal de no estar nunca completamente a oscuras. Aquella vez vivían en Norrland y una madrugada, de un sábado de ese invierno, la voz de su padre lo sacó del sueño, abrió los ojos y lo vislumbró en la oscuridad bajo el marco de la puerta. La primera sensación fue de miedo. Por alguna razón creyó que su padre lo iba a abandonar como había hecho su madre, “y para un niño es prácticamente insoportable que lo rechace su madre”. Pero su padre no se iba, lo llamaba porque acababa de sufrir un derrame cerebral y pedía auxilio.

Alrededor de los años sesenta tiene su primer ejemplar de La isla misteriosa, de Julio Verne. Lo que más recordaría era una ilustración del libro donde había una cueva, la cueva donde el capitán Nemo escondía el Nautilus. Mankell siempre buscó cuevas.

Cuando tenía 14 años, Rachel Carson publica Primavera silenciosa, “con el que introdujo un cambio de conciencia necesario sobre la Tierra, a la que tratábamos cada vez más como un vertedero sin fronteras”.

A punto de cumplir 17 años deja el instituto, toma la decisión de ser escritor e irse a París. Era una tarde de sábado y su grupo fue castigado con dos horas de latín. Cuando salió de allí tomó la decisión de ser escritor. Se lo comunicó a su padre, se hizo con un pasaporte, vendió una colección de discos, robó un transistor que luego vendió, y con ese dinero compró el pasaje y marchó a ver a su amigo Göran Eriksson, un músico de jazz. Allí consiguió un contrato en negro en una tienda donde arreglaba y limpiaba clarinetes y saxofones. Malvivió un semestre. Al final del verano le surgió una pregunta: “¿Qué tipo de sociedad quiere uno contribuir a formar?”. Una pregunta que lo marca toda su vida.

A los 20 años escribe una obra de teatro que fue llevada a escena: Feria popular. Ya no parará de escribir ni de dirigir.

A los 20 años cruza el Mediterráneo para ir a África. Y allá se queda, prácticamente. Los últimos años de su vida los pasa la mitad en Suecia y la otra mitad en África.

En 1985, de vuelta de unas vacaciones en Portugal, conduce su carro rumbo a Suecia y para a pasar la noche en Salamanca (España). Va a cenar a un restaurante. Atiende un camarero. Unas personas en una mesa le reclaman algo. El hombre, que era aún joven, tiene la bandeja en las manos, de repente la levanta sobre su cabeza y la tira al suelo, se quita el delantal y se va. No mira atrás. Cuando Mankell va de regreso al hotel ve al camarero. Está frente a la vitrina de una agencia de viajes, pensativo, mira las propuestas de destinos. Esa noche Mankell piensa que la vida está llena de rupturas. Es el momento de tomar otra decisión. Tiene 37 años y aún está a tiempo para ser temerario, tomar riesgos. Escribir, definitivamente. “Escribir, me dije, era iluminar con la linterna los rincones en penumbra y, en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder”.

Dos días después Henning Makell reanuda el viaje: de Sveg a Salamanca el camino había sido largo. Empezaba el camino de vuelta, con estaciones desconocidas.

La primera de ellas la conoce la gente y es lo que lo ha llevado a que ocupe un lugar en las letras contemporáneas. En 1991 publica Asesinos sin rostro. Allí está Kurt Wallander, con un poquito de él. Le siguen once novelas, once casos que resolver, once historias en las que el inspector se adentra en el pasado de los personajes, desmadeja parte de sus vidas, hasta dar con los motivos del asesino. En cada novela, Wallander se hace más viejo, su horizonte se va reduciendo.

El 16 de diciembre de 2013, Henning Mankel tiene un pequeño accidente en su carro. Salta el airbag. No pasa nada. El 25 de diciembre se levanta con tortícolis. El dolor persiste. El 8 de enero de 2014 va al médico, le hacen varias pruebas. Dos días después le diagnostican un tumor cancerígeno en el pulmón izquierdo que ha hecho metástasis. Hacía 25 años había dejado el cigarrillo. Su mundo se derrumba. Naufraga. Un día decide contar todo lo que le pasará en este duelo con la muerte. Convierte el pasado en su mejor aliado. Peregrina por sus recuerdos. Por las primeras veces de muchas cosas vividas y pensadas. Eso, cada cosa vivida la relaciona con una idea de compromiso suyo y de la sociedad civil. Su última preocupación fue la de qué planeta está dejando esta generación, un planeta que guarda sus residuos nucleares bajo tierra sin la garantía de que un día, dentro de cien mil años, nadie recuerde dónde los dejaron y alguien los desentierre como una trampa mortal del pasado para el futuro. Todo sería silencio.

Fue su última preocupación. Mientras lo contaba, Henning Mankell también se refugió en la lectura, desempolvó los libros que más le gustaban. Una de las mejores compañías la encontró en Robinson Crusoe.

*Periodista

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