Murió el escritor Chinua Achebe (Ogdi, Nigeria, 16 de noviembre de 1930 - Boston, 22 de marzo de 2013)

Chinua Achebe

Fallece Chinua Achebe (Ogidi, Nigeria, 16 de noviembre de 1930 – Boston, 22 de marzo de 2013), padre de la literatura africana moderna.

2013/04/12

Por Gabriela Bustelo *Escritora española

Fallecido esta primavera a los ochenta y dos años en Boston, Chinua Achebe es reconocido unánimemente como el padre de la literatura africana moderna. Su célebre novela Todo se desmorona, traducida a cincuenta idiomas y con doce millones de ejemplares vendidos, es hoy lectura obligatoria en buena parte de los colegios de habla inglesa. Tras largos años de docencia en la Universidad de Bard, en el 2009 se incorporó a la elitista Brown (veterana de la Ivy League), donde es bien conocida su feroz invectiva contra Joseph Conrad.

Sabido es que Nelson Mandela pasó tres décadas en la cárcel por su lucha contra el Apartheid, pero pocos saben que el gran líder surafricano hallaba consuelo leyendo a Achebe, “en cuya compañía los muros de la prisión se desvanecían”. Frecuentemente comparado con García Márquez por la repercusión internacional de su literatura, el africano Chinua Achebe alcanzó la fama a los veintiocho años con su primera obra, cuyo manuscrito pasó vicisitudes –eran los tiempos de los originales mecanografiados sin copia– y soportó rechazos antes de tomar la ansiada forma de libro. Pero Todo se desmorona, publicado en 1958 por Heinemann, no solo cambió la vida de su autor, sino que transformó la literatura mundial.

Bautizado en 1930 con el nombre de Chínù· álu. mò· gù· (“Dios lucha por mí”) en un pueblo de la Nigeria meridional, Achebe se hizo notar pronto por su inteligencia y su buena letra, tal vez porque siempre fue consciente del poder de la palabra. Entre las tradiciones más arraigadas de los igbo –la etnia de Achebe– estaba la de contar historias en voz alta, cosa que de niño pedía con insistencia a su madre y a su hermana mayor. Parece indudable que esta temprana conciencia literaria determinó su vocación. A lo largo de su vida el escritor aludiría, tanto en sus novelas como en sus conferencias universitarias, a la importancia del relato en la historia de la humanidad: “Es el narrador quien nos convierte en lo que somos, pues establece lo que han de recordar los supervivientes. De no ser así, esa supervivencia no tendría sentido”. En Hormigueros de la sabana, escrita en los ochenta, alaba la literatura como instrumento de provocación: “Los contadores de historias son una amenaza. Intimidan a los campeones de la autoridad y a los usurpadores de la libertad”.

Achebe sabía bien lo que era el ansia de libertad, pues escribió Todo se desmorona pocos años antes de que Nigeria lograra la independencia tras un siglo de dominio británico. Okonkwo, el protagonista de la novela, se suicida tras matar a un hombre blanco, porque prefiere la muerte antes que el sometimiento al poder colonial. El suicidio como consecución radical del libre albedrío es un clásico de la literatura universal: Áyax, Antígona, Otelo, Lady Macbeth, Werther, Heathcliff, Emma Bovary… Pero para situar a su personaje entre estos héroes literarios capaces de morir por un concepto personal del honor, Achebe sabía que debía escribir en el inglés colonial.

Medio siglo antes Joseph Conrad también alcanzó la celebridad mundial en un idioma ajeno –hablaba con fluidez polaco y ruso, pero nunca habló bien inglés–, consciente de que el camino anglosajón era el más corto para dejar un poso en la cultura occidental. En el caso de Achebe, su talento literario le permitía adaptar el nivel idiomático al relato. Todo se desmorona está escrita en un inglés roto e infantilizado, pues el joven protagonista africano lo odia por considerarlo una imposición colonial. Sin embargo, Achebe usó su inglés más florido en un ensayo titulado “Una imagen de África. El racismo de Conrad en El corazón de las tinieblas (1975), donde no solo acusa al autor polaco de ser un “minucioso racista”, sino que despieza con ironía una de las novelas más sobrevaloradas de la historia. Para abrir boca cita al célebre crítico británico F.R. Leavis, quien tachaba a El corazón de las tinieblas de obra menor, quejándose de su “insistencia adjetival”. Pero Achebe remata la faena, asegurando que el aclamado escenario africano de Conrad consiste en la reiteración machacona y ritual de dos frases antitéticas: “la quietud de una fuerza implacable que se cierne con una intención inescrutable” y “un vapor que avanza penosa y lentamente ante un negro e incomprensible frenesí”. La hipnótica trampa se lleva a cabo, según Achebe, con un despliegue de sinónimos, de manera que lo “inescrutable” se torna “inenarrable”, por ejemplo, o, agotadas todas las posibilidades, incluso se recurre a “misterioso”, el adjetivo más burdo del diccionario. Pero la pregunta clave que se hace Achebe no ha sido, a día de hoy, respondida: “¿Nadie ha sido capaz de ver la perversa y ridícula arrogancia que permite reducir África a un accesorio teatral donde poder situar el trastorno mental de un minúsculo individuo europeo?”. Tras leer el ensayo solo cabe quitarse el sombrero, o la peineta, ante la elegante lucidez de Chinua Achebe al denunciar algo que algunas personas –inmarcesible nuestra admiración por Conrad– también llevamos décadas diciendo: El corazón de las tinieblas es un bluf.

Estos días la Universidad de Brown recibe condolencias diarias (desde Toni Morrison hasta Junot Díaz, pasando por el mismísimo Mandela) ante la pérdida de uno de sus más respetados maestros. En los corredores de la centenaria institución faltará a partir de ahora la alegre pincelada roja del casquete nigeriano que solía llevar el profesor Achebe. Descanse en paz y que su chi, su dios personal, lo proteja.

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