David Bowie posa en el festival de Glastonbury en 2000, con un traje diseñado por Alexander McQueen.

David Bowie, la belleza de la derrota

David Robert Jones (1947–2016) murió el pasado 10 de enero. Nos dejó en el planeta azul a su más exquisita creación: David Bowie.

2016/01/27

Por Jacobo Celnik* Bogotá

En el último capítulo del libro de la vida de David Bowie, el artista decidió dejarnos una lección. Ya le había entregado todo al público a lo largo de 52 años de carrera, ya no había nada que perder. Así que esta vez quiso pasar a la inmortalidad con una obra de arte en todo el sentido de la palabra. Una puesta en escena que reivindicaría varios aspectos de su pasado, entre ellos, la idea romántica de morir en el escenario, algo que rondó en su cabeza desde que era adolescente y corroborado por el fotógrafo Mick Rock hace algunos años en el libro All the Madmen (Constable, 2015). Otro de los aspectos que salieron a la luz tiene que ver con la estética. En 1972, David Bowie le dijo al periodista Michael Watts de la revista Melody Maker que su trabajo era una especie de psicoanálisis y que el acto en sí era su diván. Luego remató: “Todo el tiempo busco mi identidad y siempre llega en la forma de una imagen”. Pasaron 44 años de aquellas declaraciones durante la promoción del álbum The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars para que el músico inglés se inspirara nuevamente en esos conceptos para lanzar un último golpe y de paso dejarnos una gran enseñanza.

El primer acto tuvo lugar el 19 de noviembre de 2015, cuando el artista, a través de su página web, dio a conocer Blackstar, canción que además bautizó al álbum póstumo, lanzado el 8 de enero a nivel mundial (menos en Colombia). La noticia fue muy bien recibida por los medios especializados en música, pues Bowie regresó con nuevas canciones tras el aclamado The Next Day de 2013, el disco que rompió un silencio obligado desde 2004 por cuenta de problemas cardiacos. En ese proceso, el escenario (su diván) y la imagen (su identidad) se convirtieron en parte esencial de su legado, la zona necesaria para codificar el árbol del adn para el momento que trascendería (“Everybody knows me now” [Ahora, todos me conocen]), dice Bowie en Lazarus, uno de los temas determinantes del nuevo álbum.

Casi que unánimemente los medios alabaron esta nueva etapa en la carrera del artista. Destacaron que el sonido del álbum era más cercano al jazz, al electro ambient y alejado del rock (el saxofón lideró la banda). Hubo comentarios respecto de lo “oscuro y extraño” del clip promocional de Blackstar, pero nadie se alarmó. Bowie nos tenía acostumbrados al factor sorpresa y a ser el mayor de los transgresores que han existido en el mundo de la música popular. Pero hubo un detalle y acá la primera de varias lecciones: nos faltó agudeza para comprender el videoclip. Tampoco hicimos un análisis riguroso de la letra de la canción. (“Something happened on the day he died. Spirit rose a metre and stepped aside” [Algo ocurrió el día que murió. El espíritu se elevó un metro y se movió hacia un lado]). Erráticos, algunos medios especializados afirmaron que la canción tenía relación con la enfermedad que sufrió el artista hace once años y que lo alejó del mundo de la música. Otro sector de la prensa se atrevió a especular que el símbolo de la estrella negra era un reflejo de los tiempos convulsionados que vivimos por cuenta del terrorismo.

¡Error! En la letra de la canción había un mensaje cifrado sobre un acontecimiento inminente: su muerte. Bowie puso los detalles en nuestros sentidos pero no los vimos. No fuimos capaces porque estamos inmersos en lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han describe como shitstorms. Así que Bowie dio rienda suelta en esos inmortales 9 minutos y 59 segundos a la clave para entender su realidad y su estado de salud. Basta con ver la primera imagen de clip, que es contundente: un astronauta (Major Tom) yace en una cama. Una mujer se acerca, abre el casco y encuentra una calavera. ¡Qué lección nos ha dado Bowie! La cantidad de elementos asociados al ocultismo, la Kábala y la mitología de la Edad Media es impresionante. Pero ese análisis daría para otro artículo.

Morir de pie

El 10 de enero de 2016 murió David Robert Jones e hizo de su muerte una obra de arte, como lo dijo el productor Tony Visconti a los medios. ¿Qué tipo de performance estábamos viendo? La más grande representación de lo que significa la belleza ante una derrota, de la misma manera que Leonard Cohen lo dijo durante el discurso por el Príncipe de Asturias de las Letras en 2011. El artista inglés sabía perfectamente el impacto global que tendría su paso a un nuevo estado y planificó todo para hacer de un “momento memoria”, como lo dijo Iman, su esposa, en su cuenta de Twitter. Un golpe que nos dejó en estado de shock e hibernación y con la imperante necesidad de volver a los detalles.

Con su inesperada muerte, pues solo su círculo más cercano supo con tiempo la terrible noticia, Bowie nos puso a pensar sobre el significado de su arte, de lo que representó ser artista en los siglos xx y xxi y de paso pretender no ser olvidado ante el exorbitante flujo de información que nos narcotiza diariamente. Su muerte no podía ser un titular más para cnn. Su muerte debía ser un hecho casi mesiánico que marcaría un antes y un después. Un acontecimiento inolvidable e impactante desde todo punto de vista. Y Bowie lo logró. No tardamos en darnos cuenta de que su nuevo álbum fue un regalo de despedida desde una perspectiva semiótica y emocional, pocas veces vista en el mundo del rock. ¿Cómo no nos dimos cuenta de los mensajes encriptados en el concepto del nuevo álbum? Nadie se percató del mensaje directo en el tema Lazarus (“Look Up Here, I’m in Heaven” [Miren arriba, estoy en el cielo]). Bowie sabía que eso sucedería, la ventaja de haber vivido un poco más despacio que el resto de los mortales, de ir un paso más adelante y de ser el rey de la contracultura. Así que el artista cumplió el sueño de morir, metafóricamente, en el escenario.

Uno de los elementos más interesantes del nuevo álbum, que además requieren de una mirada más profunda, es la figura de Lázaro, un personaje bíblico resucitado por Cristo. Así como en 1972 Bowie creó a Ziggy, un alter ego futurista con connotaciones sexuales y andróginas, a quien luego mató porque en un punto de las apariciones públicas no diferenciaba entre Ziggy, Bowie y David Robert Jones, esta vez no hubo redención sino un impactante adiós inmortal de la mano de una metáfora artística. Bowie interpretó el rol de su propia muerte de manera magistral. Nos mostró parte de su dolor físico y la angustia, con los ojos vendados. Ya no había alma camaleónica sino unos botones, materia física que fácilmente pueden desaparecer. Nos mostró también las ganas de seguir en la tierra, de seguir creando (cinco temas quedaron inconclusos en manos de Tony Visconti). La muerte solo rondaba en su cabeza como un hecho necesario a la corta vida de sus personajes. Pero la realidad superó la ficción, así que Bowie se fue a 1976, a los años del “Duque Blanco”. Tomó un traje negro con rayas plateadas, se paró de la cama (levitó y ascendió) y lentamente caminó de espaldas hacia un viejo armario de madera, que fue cerrado desde adentro por él. ¿Por qué decidió que esa fuera la última imagen viva que tendríamos de él? ¿Por qué regresar al planeta de donde vino con un traje que apareció en la contraportada del álbum Station to Station?

Una posible respuesta radica en que ese año Bowie dejó atrás todos los excesos para convertirse en un amante de la vida, de su familia y de la creación. Ese invierno de 1976 marcó el inicio de una etapa sumamente prolífica en su carrera. Se fue a Berlín a crear una trilogía monumental de la mano de Brian Eno. Low, Heroes y Lodger no solo fueron el manifiesto de un hombre que tomó elementos de la música avant garde alemana (Can, Neu!, Kraftwerk, Ashra Temple) para crear las bases para una nueva era en la música pop. Fue dar un paso agigantado para tomar distancia del mainstream. Bowie nunca copió a nadie, se inspiró y tuvo varios referentes a quienes admiró profundamente, como a Little Richard, Peter Gabriel, John Lennon, Syd Barrett, Jimi Hendrix, Alice Cooper y Pete Townshend. De ellos se dejó impresionar por su mirada conceptual del arte, por ir más allá de lo que las leyes del mercado indicaban. Antes de que Bowie usara maquillaje, Barrett, Gabriel y Cooper lo habían hecho. Cada uno a su manera, con sonidos eclécticos y propósitos artísticos muy diversos. Bowie entendió cómo usar a su favor estos elementos sin repetirlos. Darle vida era crear desde el histrionismo y la ficción una perspectiva que marcaría una corriente desde la moda y el arte. Por eso existió el glam rock. Y con el tiempo, Bryan Ferry, Morrissey, The Human League, Lou Reed, Iggy Pop, Depeche Mode, The Cure, Suede, Ultravox, Radiohead y una infinidad de artistas le darían las gracias por ser quien fue. Por inspirar.

Esa capacidad de mutación correspondía a la idea de no ser perseguido. A seguir cabalmente un aforismo atribuido a Oscar Wilde. “Dale a un hombre una máscara y te dirá la verdad”. Así que cuando Bowie sentía que el rebaño estaba detrás de él, imitando y dando sus mismos pasos, él se apartaba con golpes que nadie podía igualar. A mediados del 72, Bowie no escatimó en atacar a la banda The Sweet por robar descaradamente el riff de The Jean Genie para su aclamado éxito Blockbuster. “Ellos representaban todo lo que detesto”, dijo Bowie en 1993 para la revista NME. Así que para evitar estos incidentes, Bowie sacaba máscaras para darles una nueva personalidad. Si quería tomarse en serio la idea de ser una superestrella, ese era el camino. Así que esa movida dadaísta (idolatró a Duchamp) fue lo que sucedió en los años junto a Eno y Robert Fripp. Heroes es uno de esos referentes. El sonido de la guitarra en el tema más icónico de su carrera jamás pudo ser imitado, ni por los músicos que trabajaron en años siguientes junto a él. Era la manera de expandir un arte y volverlo sofisticado, irrepetible. También de crear una era, de la misma manera que lo hizo en septiembre de 1980 cuando lanzó Scary Monsters, para muchos su última gran obra maestra.

Su muerte dejó preguntas, muchas preguntas y pocos puntos finales. En 2002, para el álbum Heathen, en la canción Sunday, Bowie aseguraba que todo había cambiado. ¿A qué se refería? Intuiría que algo determinante estaba a punto de suceder. Bowie era un tipo que entendía muy bien qué significa la intuición. Así que nunca la llevó por la razón y dejó que fluyera. Cuando sufrió el primero de varios infartos durante la gira de 2004, entendió que la muerte lo rondaba en serio y evitó a toda costa ser alimento para los medios, mucho menos invitar al ángel oscuro a una partida de ajedrez como lo imaginó Bergman en el Séptimo sello. Se replegó para reencontrar la mística de finales de los setenta. Eso le permitió regresar por todo lo alto en 2013, con el álbum The Next Day y sentar las bases para decir adiós en el momento indicado, sin hacer de ello un espectáculo. Aplicó, como lo dijeron The Beatles en el tema The End del álbum Abbey Road que “el amor que tomas es igual al amor que das”. Su muerte fue un acto de amor. Buen viaje, Duque Blanco.

*Periodista

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