Foto: Jorge Mario Múnera

Una pasión sincera

El escritor colombiano, columnista de opinión y polemista desde los años sesenta, falleció en Bogotá el pasado 17 de mayo.

2015/06/19

Por Guido Tamayo* Bogotá

Tal vez sería su próximo libro –el que nos quedamos esperando, el que no alcanzó a escribir porque la muerte saboteó su escritura– su mejor libro. Y lo sería no porque no hubiera escrito ya algunos imprescindibles dentro de ese cajón caprichoso y vago que llamamos literatura colombiana, sino porque esa novela estaría dedicada a relatar los goces y desvelos de una vida intensa dedicada a la literatura.

Pero no es solo una suposición caprichosa asegurar que allí, en ese libro, iba a estar lo mejor de su narrativa. El lector atento ya habrá encontrado, a lo largo y ancho de sus más de 16 libros de ficción, trozos de vida narrada que dan cuenta de su aventura vital y tal vez esas porciones de sí mismo, sumadas, son lo mejor de su literatura, el mejor de sus libros.

Bahía Solano- Buenaventura

Óscar Collazos nació en un hogar humilde en Bahía Solano (Chocó). La pobreza de su origen provino del abandono y el saqueo, temas que serán muy visibles en su literatura. Desde su primeros libros, entre cuentos y novelas: El verano también moja las espaldas (1966), Son de máquina (1967), Crónica de tiempo muerto (1975) y Los días de la paciencia (1977), incluso Jóvenes pobres amantes (1983), habla de la formación sentimental de un grupo de jóvenes que viven inmersos en las tensiones del descubrimiento del sexo y la música, pero también de la miseria y la violencia. Su retrato de Buenaventura parece detenido en el tiempo –una crónica del tiempo muerto, como titula uno de sus libros–, en donde el puerto (esa metáfora del Pacífico colombiano) fue y es el escenario gozoso de una sensibilidad alimentada (como tanto le gustaba a William Faulkner y a Gabo) entre el burdel y la biblioteca, y a la vez por la experiencia imborrable de la discriminación y el desprecio.

París - La Habana

Con esa memoria compartida entre la excitación sensorial del trópico y la expresión cruda de la sordidez de la pobreza, arriba el joven Collazos a la Europa de finales de la década prodigiosa de los sesenta y a ese coletazo maravilloso que fue el mayo del 68 en París. No cabe duda de que sobre estos cimientos creció su admiración inicial por el Sartre del compromiso del escritor y, más tarde, su cercanía ideológica con Albert Camus. Un año después, al ser nombrado Director del Centro de Investigaciones de Casa de las Américas en la Habana, sostuvo ese famoso debate sobre las relaciones entre la literatura y la revolución con Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar, y a él le tocó bailar -como lo reconoció años más tarde- con la más fea: la dogmática. El tiempo invertiría -con uno de esos giros burlescos que a veces ofrece la historia- las posiciones y Cortázar regresaría al asunto del compromiso, mientras Collazos arribaría por fortuna a la certeza de la flexibilidad creativa.

Pero aquí es muy importante poner de relieve la movilidad del pensamiento de Collazos, su capacidad de reinterpretar y juzgar las viejas ideas de la izquierda más ortodoxa y panfletaria a la vista de los cambios políticos más significativos sucedidos en el mundo y en América latina en los últimos años. A lo largo de su ejercicio como periodista, en sus libros y sus columnas, Óscar dejó muy en claro que renegaba de esa izquierda esclerótica y autista, así como denunciaba y debatía con el mismo rigor a la derecha indolente de nuestro país. Allí su legado como intelectual político.

Barcelona

Pero a la experiencia de la aventura libertaria de mayo del 68 y a su participación del entusiasmo inicial que significó la revolución cubana, debemos sumar sus años en Barcelona y su vivencia de la recién estrenada democracia española. Esos primeros años esplendorosos cuando se pidieron todas las libertades, cuando se desfogaron tantas pasiones después del inmenso silencio franquista hasta su presente disolución, esta resaca de la fiesta, en la que parece recobrar sentido el slogan “Contra Franco estábamos mejor”.

La Barcelona que Collazos gozó ya no era la del Boom, apenas quedaba algo de su estela, ciertos recuerdos y anécdotas de Gabo y Vargas Llosa, de Pepe Donoso, el excluido. Más bien se sentía en el ambiente un cierto cansancio de lo latinoamericano, del realismo mágico, de los exilios, de las selvas, de ese americanismo barroco que ya no interesaba a la industria editorial. Era hora de poner en pausa lo latinoamericano y dirigir los focos sobre la nueva realidad ibérica.

Durante esos años Collazos escribiría varias novelas, entre otras: Memoria compartida (1978); Todo o nada (1979, sobre la Bogotá de finales de los años sesenta); De putas y virtuosas (1983, el universo del burdel); Tal como el fuego fatuo (1986) y Fugas (1988, homenaje a la picaresca). Su relación con Barcelona trascendió lo meramente literario: allí se casó y se separó; allí tuvo a su hija; allí dejó muy buenos amigos; pero ante todo, allí se conserva una entrañable memoria de su presencia.

Bogotá-Cartagena

Su regreso a Bogotá fue la constatación de la abulia que le producía el inmovilismo español frente a la presión de la memoria, y su inquietud por la vida cotidiana en Colombia. Los libros que escribe a continuación reflejarán su inquietud por nuestras guerras y el protagonismo inefable de la muerte como eje principal: Morir con papá (1997), el sicariato y la descomposición familiar; La modelo asesinada (2000), incursión en la novela policiaca y en el mundo prosaico de la vanidad y la farándula; Batallas en el Monte de Venus (2004), prosigue su interés por el mundo de la belleza y sus monstruos; Rencor (2006), sobre el horror de la prostitución juvenil en la engolada Cartagena; Señor Sombra (2009), otro policiaco sobre la espantosa empresa paramilitar; y Tierra quemada (2013), alegoría aún incomprendida sobre el desplazamiento como manifestación de la podredumbre contemporánea.

Colofón

Lo siento por aquellos que no fueron sus amigos: no tuvieron la ocasión de celebrar su humor, su alegría, su generosidad, su actitud crítica, su cariño; se lo perdieron. Sin embargo, ahora sí tenemos todos la oportunidad de mantener viva su obra, de leerla y releerla y así poder constatar que Óscar Collazos era ante todo, un hombre que se debía a la literatura con una convicción innegociable y amorosa, un ejemplo de pasión sincera, auténtica, que tanto hará falta en este mundo de “secretos mejor guardados” y de rumores sobre lo bueno y lo malo.

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