Lina Trujillo y su tía Patricia Hoher. Crédito: Sergio Trujillo.

Patricia Hoher: “Nos faltó rumbear”

La editora y fundadora de El Áncora Editores falleció el pasado 26 de junio en Bogotá.

2017/07/27

Por Carmen Barvo* Bogotá

El clóset de una persona revela lo que esa persona es. La disposición de la ropa, los ganchos, las tallas, los materiales, las marcas, la edad de esa ropa y, por supuesto, su organización en el interior.

En estos días y por voluntad de ella, tuve que desmontar en compañía de su única sobrina, Lina Trujillo, el clóset de Patricia Hoher, dolorosa labor que me confirmó todo lo que había sabido de ella durante 40 años de amistad y de compañerismo profesional. Orden, pulcritud, rigurosidad, buen gusto, discreción; una tendencia clásica en los colores y en los cortes, con una o dos estridencias.

Así construyó Patricia con Felipe Escobar la editorial El Áncora a principios de los ochenta. Patricia venía de trabajar en las publicaciones de Colcultura con Juan Gustavo Cobo y había sido también gerente de La Alegría de Leer, una hermosa librería curva que quedaba en el también hermoso edificio Germán Ribón (hoy Hotel Ibis). De allí pasaría a la extinta Carlos Valencia Editores, donde aprendió el oficio y se enamoró definitivamente de esta profesión.

La vena naturalista y viajera fue precoz en Patricia, probablemente por influencia de su padre, Henry Hoher, suizo-alemán que escaló el Matterhorn en los Alpes suizos y recorrió y esquió en montañas europeas y en algunas colombianas mientras trabajaba en Nestlé. Después de su retiro estuvo varios años en el colegio Helvetia, donde estudiaron las tres hermanas Hoher Hernández y donde colaboraba en labores administrativas y en mantener los jardines y cuidar de un pequeño zoológico en el que había patos, conejos, ovejas y llamas.

El Áncora puede convertirse en la metáfora de nuestra historia editorial de los últimos 50 años. En la década de los ochenta y de los noventa, quizás porque no había tanta oferta nacional y, sobre todo, internacional, los tirajes de los libros eran superiores, los costos editoriales (antes de la impresión) eran más altos, lo digital no asomaba todavía; estaba también el factor (aún vigente) de a mayor tiraje mejor precio de costo unitario, y Colombia además tenía un muy buen parque industrial de impresión. La Ley del Libro, tan beneficiosa para la industria, mostraba sus bondades. La Ley Vallejo estimulaba las exportaciones de libros también y se pagaban CERTS, algunos abusos hicieron que esto muriera.

El catálogo de El Áncora es un precioso tejido de años, como describe Borges las bibliotecas, un precioso tejido de nuestra historia, geografía, política, crítica, filosofía, economía, periodismo, de la literatura en prosa y poesía y de la traducción.

El Áncora produjo alrededor de 700 títulos, algunos best sellers, (hablamos de 25.000 ejemplares mínimo) como los de Klim sobre la candidatura de Alfonso López Michelsen, Memorias de un amnésico y La segunda esperanza; de Alfredo Molano, Selva adentro y 20 títulos más; de Alberto Donadío, Banqueros en el banquillo, sobre el caso de Jaime Michelsen; de Carlos Lleras Restrepo, De ciertas Damas; de Ernesto Samper Pizano, Aquí estoy y aquí me quedo, sobre el proceso 8.000; de Enrique Santos Calderón en conversaciones con Alfonso López Michelsen, Palabras pendientes; de Daniel Samper Pizano con varios títulos vendedores como Aspectos psicológicos del calzoncillo, De tripas corazón, Del adulterio considerado como una de las bellas artes, Lecciones de histeria colombiana; de Wade Davis, El río. Un caso insólito de libro exitoso y vendedor fue la Antología de la poesía francesa, de Andrés Holguín, que María Mercedes Carranza en su columna de Semana calificó “como un gran acierto”.

Pero como no solamente de pan vive el hombre, tampoco solo de best sellers vive una buena editorial. El Fondo de fondo, quiero decir aquí aquellos libros que se venden y circulan todo el tiempo a un ritmo constante durante 15 o 20 años, es su verdadero patrimonio y se convierte en esto porque tanto el tema como el autor son relevantes para un país, porque esos títulos son su riqueza bibliográfica y son los que contribuyen a su identidad y a su nacionalidad. Me pregunto cuántos participantes en el Foro Mundial de Productores de Café que acaba de pasar en Medellín leyeron aun cuando fuera uno de estos cuatro títulos fundamentales sobre el café publicados por El Áncora: El café en la sociedad colombiana, de Luis Eduardo Nieto Arteta; Café en Colombia (1850-1970), de Marco Palacios; Café en Colombia, un análisis independiente, de Jorge Enrique Robledo; Café y conflicto, de Charles Bergquist.

Autores que se convirtieron en nuestros clásicos: Tomás Carrasquilla, Álvaro Cepeda, Álvaro Mutis, Darío Jaramillo, Hernando Téllez, Luis Fayad, Helena Araújo, Antonio Caballero, María Mercedes Carranza, Juan Gustavo Cobo, León de Greiff, Luis Carlos López, José Asunción Silva, Giovanni Quessep, Juan Manuel Roca. Hacen parte también de su catálogo varios títulos sobre Cartagena de autoría de Rodolfo Segovia. Algunos de estos títulos (¿cuatro?) se encuentran ya digitalizados por la Biblioteca Nacional, y me pregunto si no valdría la pena que por lo menos un 80% de ese catálogo estuviera allí... Pero no sé si esta sea una prioridad en el último año de un gobierno.

Mención especial merecen las traducciones: Amy Foster y otros relatos del mar, de Joseph Conrad; La lección del maestro, de Henry James, estos dos traducidos por Hernando Valencia Goelkel; John Cheever fue traducido por Magdalena Holguín; Oscar Wilde, por Mario Reyes; Rimbaud, por Nicolás Suescún; Baudelaire, por Andrés Holguín; Verlaine, por Andrés Hoyos; Goethe, por Otto de Greiff; Shakespeare, versión de Jorge Plata; Hölderlin, por Rafael Gutiérrez Girardot.

Desplegó El Áncora para esta época dorada magníficos stands abiertos en la Feria Internacional del Libro de Bogotá y negoció distribuciones faraónicas en un país que apenas se comunicaba por carretera. Fue la época de la ampliación de las librerías Nacional y Panamericana, la primera con 14 sedes y la segunda con 9, en ese momento. Emergieron las grandes superficies como vendedoras de libros y El Áncora estuvo allí. Recientemente se embarcó en digitalizar parte del fondo pero las ventas nunca se dieron. Todo este recuento para resaltar la tenacidad de Patricia, su olfato editorial, su voluntad inquebrantable y sus triunfos no registrados por una prensa proclive a los lanzamientos fastuosos de libros fastuosos y a la vanidad de vanidades.

Cierro esta pequeña historia explicando el título de este artículo. Los últimos dos meses estuve fuera del país y hablé con Patricia dos o tres veces por semana. Repasamos nuestras vidas personales y profesionales, mientras el cáncer hacía de las suyas. En una de esas últimas conversaciones me dijo: “Carmen, nos faltó rumbear”.

*Editora.

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