Camilo Hoyos reseña 'El hombre de la cámara mágica' de Pedro Badrán'

La Cartagena de los setenta, retratos con una Polaroid borrosa

La más reciente novela de Pedro Badrán toma como personaje principal a un fotógrafo delirante, Tony Lafont, quien cree reconocer en un hotel de la ciudad de Cartagena la imagen misma del universo. Camilo Hoyos hace una reseña del libro 'El hombre de la cámara mágica'.

2016/01/27

Por Camilo Hoyos

La última novela de Pedro Badrán toma como personaje principal a un fotógrafo delirante, Tony Lafont, quien cree reconocer en un hotel de la ciudad de Cartagena la imagen misma del universo. Es una obsesión que no contempla explicación alguna, sino que ocurre más bien a manera de suposición, que hace de su propósito no solamente algo extraviado sino también hermético. Con el propósito descabellado de retratar cada uno de los objetos y habitantes del hotel con su cámara Polaroid, Lafont se propone así fotografiar el universo mismo: un universo que se mueve con la misma aparente lentitud de un reloj de arena. Con las fotografías que muchos de los visitantes del hotel cargan a manera de reliquia o de santo y seña, entramos no solamente en los distintos cuartos que componen el hotel (es decir, el universo), sino también en los distintos compartimentos que son las vidas de sus personajes. Por un lado contemplamos las fotografías de Lafont, y por el otro escuchamos en la voz de distintos narradores ese aspecto mítico y misterioso del propio fotógrafo, que al final de sus días decide viajar a Nueva York, dejando tras de sí no solamente su propósito fallido de fotografiar la realidad compartimentada, sino también la propia leyenda que se crea a partir de su descabellado propósito. Todo esto en una Cartagena desaparecida.

Si la novela trata sobre un inventario fotografiado, es decir sobre un álbum fotográfico, es más que posible que el lector observe que de esta intención fotográfica también surge el resultado novelesco. Es verdad que la fotografía pretende, desde su generalidad, retratar y capturar el tiempo, pero resulta que a lo largo de las páginas de la novela no logramos ver lo que Lafont contempla a través de su lente; también, ocurre que el lector, posiblemente, no logre tampoco contemplar al Lafont que los demás personajes admiran y mitifican. Durante más de una página, el problema resulta siendo el de la mirada: el lector no atiende a la perspectiva que se le propone, quedándose fuera del hotel, fuera del recuerdo nostálgico que esta Cartagena de los setenta busca, fuera de la tensión narrativa. El resultado es ese: un álbum fotográfico, una enumeración de anécdotas y de escenarios, un listado de memorias y de visitaciones sobre el pasado. Un elemento que no permite una cohesión novelesca propiamente dicha, y sobre todo no permite observar cómo lo hacen sus personajes.

Es verdad que el propósito de Badrán, como lo ha mencionado en algunas entrevistas, es el de regresar a la Cartagena de la década de los setenta, cuando aún no era el escenario predilecto no solamente del turismo internacional, sino de las masas turísticas colombianas. De allí la importancia de la fotografía Polaroid como soporte del recuerdo que Lafont busca: un aire ahora hipster, un filtro para retratar un universo perdido. A partir del aire decididamente hippie y bohemio de sus personajes, Badrán se propone reflejar la ciudad borrada: así como el fotógrafo encuentra en los objetos del hotel la naturaleza del universo, Badrán encuentra en los personajes del hotel la realidad de la extinta ciudad de Cartagena. Pero ocurre, también, que algunos de estos personajes tienen trasfondos borrosos, y en otros casos no logran dar el zarpazo que permite capturar la tensión narrativa necesaria para la creación de la atmósfera melancólica que la novela busca capturar. Así, pues, en algunas páginas de la novela el lector y la historia parecen estar mirando fotografías diferentes.

El hotel, luego de la muerte de su dueño, es lentamente desguazado y vendido por partes, sin siquiera terminar completamente derruido. Esta es la imagen que la novela parece estar dictando de lo que es la Cartagena actual. Y lo hace en una serie de retratos que no alcanzan a construir lo que fue entonces la ciudad ahora añorada.

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