Fernando González escribió sobre filosofía, psicología y poesía, entre otros temas.

Fernando González: caótico y lúcido

Leer este libro se asemeja a sentir su pensamiento, a sumergirse en su conciencia. Sus frases encierran desde elementos metafísicos y religiosos hasta la historia y la política, pasando por la autobiografía y el humor.

2015/10/23

Por Miguel Reyes

Pasajes de Fernando González. Compendio y Comentarios de Carolina Sanín | Lumen | 336 Páginas | $37.000 

A Fernando González pocos hombres se le asemejan, si bien muchos lo siguieron. Para los nadaístas fue una influencia y los motivó a muchas aventuras. También contó con discípulos libres, como Estanislao Zuleta, quien lo llamaba su otro padre. Su sobrino, el escritor Tomás González, quien vivió cerca de él durante su niñez, destaca “su relación directa con el mundo, sin mediaciones intelectuales. No se dejaba llevar por lo que decían. De niño podía verlo, era un sabio que poseía una mirada propia de la vida”.

Su obra es inabarcable e inclasificable: filosofía, psicología, poesía, autobiografía, historia, espiritualidad. No puede ser reducida. “Sus libros no son novelas, ni ensayos, ni memorias, ni comentarios históricos, ni profecías, ni diarios, ni crónicas, ni transcripciones de apuntes sueltos, y sólo en apariencia son una mezcla de todo lo anterior”, dice Carolina Sanín, quien compiló y comentó fragmentos de la mayor parte de los libros escritos por ‘el brujo de Otraparte’ en Pasajes de Fernando González.

Leer este libro se asemeja a sentir su pensamiento, a sumergirse en su conciencia. Sus frases encierran desde elementos metafísicos y religiosos hasta la historia y la política, pasando por la autobiografía y el humor. “Nací en Bello, población de Antioquia, departamento de Colombia, en 1895; nací con tres dientes y mordí a mi madre, que murió por un cáncer que se le formó allí. Nací con dientes porque mi padre era alcohólico, y eso hace madurar pronto”, relata en su libro Don Mirócletes.

Además de ejercer como juez y diplomático, fue un escritor genuino, virtuoso y rebelde. “La virtud del método está en él mismo, en obligarse uno a vivir de un modo que no sea el heredado, aquel que acostumbraron nuestras células los antepasados. ¿Qué me importan los antepasados? Yo debo autoexpresarme”. González, quien además de vivir en varias ciudades del mundo pasó largas temporadas recluido en su finca Otraparte, hizo lo que quiso en su vida y supo plasmarlo en palabras. Quizá todavía no ha sido leído por las masas porque no ha terminado de ser comprendido. “Creo que no ha sido suficientemente conocido y reconocido, sobre todo porque fue, o trató de ser, un hombre libre”, aseguró la escritora colombiana al responder por qué creía que este autor no tenía el reconocimiento que merecía.

Estos pasajes, seleccionados y comentados por Sanín, le facilitan al lector una obra que puede parecer densa, dispersa y caótica, pero no por eso poco lúcida. En sus monólogos, el ‘filósofo paisa’ cambia de voces, muestra diferentes personalidades: de la utopía pasa a la tragedia, de la creencia en Dios al escepticismo; por momentos claro y revelador, y en otros, oscuro y complejo. “No puede decirse, sin deformarlo fatalmente, qué fue lo que él dijo”, escribe la autora de Los niños en la introducción del libro publicado a los 120 años del nacimiento de González.

Por momentos, los textos conmueven: hay reflexiones sobre espiritualidad, religión, sentimientos y las angustias naturales al ser humano. “Lo único propio que tenemos es nuestra energía; está encerrada dentro de nuestros cuerpos formados de huesos, carne y piel”. En un pasaje de Mi Simón Bolívar, González sintetiza su gran aspiración humana: “Deseo ser el hombre de esta idea: todo está en el instante presente, toda la felicidad, etc. El instante presente es como un manjar que contuviera todos los sabores, los cuales se percibirían en cuanto se les atendiera. Caminamos a empujones, bregando, porque no atendemos al instante, que es Dios, lo real, sino al sueño del futuro, una bomba ilusoria. Por eso somos tan desgraciados”.

Las nueve obras comprendidas en Pasajes de Fernando González están dispuestas en orden cronológico: Pensamientos de un viejo, Viaje a pie, Mi Simón Bolívar, Don Mirócletes, El Hermafrodita dormido, El remordimiento, El maestro de escuela, Libro de los viajes o de las presencias, La tragicomedia del padre Elías y Martina la Velera. Todas, en el fondo, terminan siendo una sola, depuradas pero complementadas en este volumen por las anotaciones de Sanín, quien revive el legado de un pensador auténtico.

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