Fotos: Carlos Julio Martínez
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El paraíso perdido de Fernando Vallejo

Vallejo, al perorar de Einstein, Silva, Barba Jacob, Cuervo, Newton, no ha hecho cosa distinta a hablar de sí. Al referir la suerte de sus hermanos: la muerte de Darío, las campañas de Aníbal a favor de los animales, la alcaldía de Carlos, ha sido él quien se ha quitado la máscara.

2015/10/23

Por Ángel Castaño Guzmán

ALFAGUARA | 176 PÁGINAS | $39.000

Escrita con la personalísima cadencia de Fernando Vallejo –mezcla a partes iguales de la cantaleta de las madres paisas y de un amplio conocimiento del castellano–, ¡Llegaron!, duodécima novela del antioqueño, se detiene en uno de los escenarios cardinales de la narrativa y de la vida del autor: la finca Santa Anita. Quien haya siquiera leído un libro de Vallejo sabe la importancia que en su discurso literario juegan las figuras de la abuela Raquel Pizano, del abuelo Leonidas Rendón y de la mentada propiedad campestre, situada a solo ocho kilómetros de Medellín, a mitad de camino entre Envigado y Sabaneta. En ella, en sus terrenos poblados de mangos, la tropa de hijos del doctor Aníbal Vallejo hace de las suyas: corretea, escucha embelesada las historias del tío Ovidio, se trepa a los árboles, se cuela en las casas vecinas para dejar allí los estragos de sus travesuras. Los niños Vallejo Rendón son felices. Fernando, el primogénito, acaricia la dicha como no lo hará luego. La certeza de la pérdida del paraíso y la congoja por el final de los días azules son los ejes del volumen. En sintonía con el resto de su obra, la nostalgia y la rabia impregnan cada una de las palabras al punto de convertir al relato en un delicioso pastel envenenado.

No vale la pena detenerse en las salidas en falso de Vallejo, en sus desafueros políticos o en sus tajantes juicios estéticos. Baste encontrar en las 170 cuartillas de ¡Llegaron! un tono individual –a lo mejor furiosamente individual–. Y entre líneas, el rostro de un hombre. Pues, y esta es una verdad evidente y por lo tanto a ratos superflua, al retratar a los demás el escritor traza de soslayo su propia imagen. Vallejo, al perorar de Einstein, Silva, Barba Jacob, Cuervo, Newton, no ha hecho cosa distinta a hablar de sí. Al referir la suerte de sus hermanos: la muerte de Darío, las campañas de Aníbal a favor de los animales, la alcaldía de Carlos, ha sido él quien se ha quitado la máscara. En ¡Llegaron! a bordo de un avión de regreso a Colombia le cuenta a un psiquiatra, con sus acostumbradas digresiones para lanzarle dardos a Raimundo y todo el mundo, los fines de semana en Santa Anita y las mil anécdotas vividas entre sus linderos. No hay tal psiquiatra, por supuesto. Vallejo conversa consigo mismo. Toma por confidente y silencioso cómplice al lector. Vuelve a temas y acontecimientos ya tratados, pero cambia un poco el enfoque, disminuye o aumenta la luz vertida sobre ellos.

Preso de la saudade, Fernando Vallejo lleva escribiendo casi treinta años el memorial de agravios de la Colombia de antaño, la de su niñez y juventud. Las novelas, biografías y diatribas publicadas son capítulos de esa hiperbólica empresa. Logra páginas llenas de eufonía y derrapa en otras por el exceso de epítetos. Si la fama y la gloria de García Márquez en buena medida se debió a la saga de la estirpe Buendía, Vallejo obtuvo su prestigio gracias al recuento minucioso de las cotidianas hazañas y desgracias de su numerosa parentela.

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