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Chistes muy serios

Stephen Colbert, Clint Eastwood y Tina Fey como Sarah Palin.

La sátira política de Estados Unidos

En vísperas de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, Arcadia pasa revista al poder de los programas satíricos de televisión en Estados Unidos para influir en el voto. ¿Trivialización de la información o una nueva manera de hacer periodismo de opinión?

Por: Daniel Pacheco* Washington.

Publicado el: 2012-10-30

"Mi abuelo no atravesó los cuatro mil kilómetros del océano Atlántico para llegar a Estados Unidos y ver cómo a este país se lo toman los inmigrantes”, afirmó frente al Congreso de Estados Unidos, con vehemencia casi creíble, Stephen Colbert, uno de los personajes cómicos más célebres de la televisión en Estados Unidos, y dos veces elegido por la revista Time como una de las cien personas más influyentes de los Estados Unidos.

Stephen Colbert es dos personas con el mismo nombre. El real es un actor y comediante de cuarenta y ocho años, casado, y padre de dos hijos. El ficticio es el presentador conservador del show de televisión Colbert Report; un republicano megalómano, amante de las armas, desconfiado de la gente de otros colores, defensor de los valores familiares, la pena de muerte y del lugar dominante de Estados Unidos sobre el mundo. Su show toma el formato de noticias de la cadena Fox, donde un presentador, siempre un hombre, por ejemplo Bill O’Reilly, comenta los sucesos diarios con un claro sesgo machista-republicano-blanco-anglosajón. Colbert hace lo mismo, de una manera comiquísima; sin salirse nunca del personaje, satiriza desde un punto de vista conservador la política estadounidense. Es el Godofredo Cinico Caspa de la televisión norteamericana, pero sin el estilo de hiperbólica caricatura que definía al personaje creado por Jaime Garzón. Se parece, de manera alarmantemente incómoda, a un político de verdad.

Hablando de Suramérica, Colbert se dirige en primer plano a la cámara, sentado tras una mesa de cristal con un fondo azul de estrellas, y explica: “No me considero un experto en asuntos sudamericanos, suelo concentrarme en la América que importa”.

Stephen Colbert es el mejor ejemplo de una tendencia en la comedia satírica que en los últimos años ha ganado cada vez más influencia en la televisión y la política estadounidenses. El fenómeno recibe cada vez más atención de académicos, anunciantes, y, por supuesto, de los mismos políticos que sufren estoicamente sus burlas. Además de que las risas suman votos –que ya es mucho– estos sátiros están yendo más allá del entretenimiento, y moldean a gran escala la manera en la que toda una generación se informa y entiende la vida pública de su país.

Entre la magia y la pornografía

Volvamos al Congreso, en esa memorable tarde de septiembre del 2010. ¿Cómo llegó hasta el recinto sagrado de la democracia norteamericana allí un personaje de ficción? El debate que se daba ese día en en el Congreso era sobre los trabajadores inmigrantes, en su mayoria ilegales.

Poco antes, Colbert había dedicado uno de sus programas al problema. Había viajado hasta Iowa y, hombro a hombro, se mofó de los mexicanos que en jornadas de más de diez horas recogían fríjoles. En diez años y medio cincuenta de ellos habían caído muertos por el calor. Con el recurso de la sátira, había logrado una efectiva denuncia de la doble moral que utilizaba la fuerza de trabajo ilegal para bajar costos, y luego arengaba a favor de la expulsión de los inmigrantes en tiempos de crisis.

Gracias a su denuncia fue invitado por un grupo demócrata al Congreso. Y decidió dar su testimonio “disfrazado” de su archirepublicano personaje. “Ante la dependencia que las fincas de Estados Unidos han desarrollado de los trabajadores migrantes –dijo Colbert ante el panel,– la respuesta más obvia es que todos dejemos de comer frutas y vegetales”. Nunca había habido tantas cámaras cubriendo un testimonio en el Congreso. Su discurso fue noticia en todos los medios norteamericanos, y la furia de muchos congresistas, en su mayoría republicanos, ante lo que consideraron una burla intolerable del ejercicio político y del Congreso mismo no se hizo esperar.

Colbert encarna una nueva clase de comedia en la larga y prolífica historia de la comedia estadounidense. Va más allá que los comediantes televisivos como Jay Leno, con sus comentarios sardónicos y punzantes o del humor autoinmolador de Jonny Carson en los años setenta. Su estilo de comedia activista pisó los pasillos del poder del que todos ellos hablaban desde sus estudios. Y Colbert entró jalando una audiencia de más de un millón de televidentes diarios y la atención de la prensa nacional.

Es difícil darle una definición exacta a su comedia. Hay parodia, imitación, hipérboles, noticias reales, juegos de palabras y verdades contadas de manera fina y con un lenguaje juguetón. Tal vez lo más fácil es definirlo con las palabras que usó el magistrado de la Corte Suprema, Potter Steward, para definir la pornografía: “La reconozco cuando la veo”.

La prensa gringa cubrió la audiencia de Colbert en el Congreso con un morbo desbocado. Luego de ver el salón legislativo atiborrado de periodistas, críticos de ambos partidos despotricaron contra el espectáculo mediático. Leon Weiseltier, editor de The New Republic, una revista de centro izquierda de Washington, lo llamó una “degradación de la política”. “Fue agotadora e insultante de los espíritus de la Cámara”, escribió Weiseltier, una de las voces liberales más cultas del país.

Sin embargo, el viejo Weiseltier no se percató tal vez de que Colbert se ha convertido en una especie de espíritu adolescente moderno, un fantasma satírico creado en la televisión. En la antigüedad los sátiros fueron considerados figuras mágicas y peligrosas. Las nubes de Aristófanes, el escritor satírico griego más famoso, fue culpada de propiciar el juicio contra Sócrates, y Platón después propuso penalizar la sátira, entre otras formas de “encantamientos mágicos”. Hoy Colbert, o John Stewart, o el exitoso periódico satírico The Onion, o Saturday Night Live, o la comedia South Park son voces que, más allá del chiste, tienen una monumental influencia en la formación de la opinión pública y enganchan a millones de jóvenes entre los dieciocho y treinta años en la actualidad política.

Cinismo ilustrado

Durante el cubrimiento de la Convención Republicana, los shows de Stephen Colbert y John Stewart tuvieron más audiencia en la demografía de los dieciocho a los treinta y cuatro años que Fox News, el canal de noticias más visto de la televisión por cable y la principal voz republicana de la televisión. Entre las once y las doce de la noche, en el cubrimiento del discurso de Mitt Romney, y el balbuceante monólogo de Clint Eastwood, Comedy Central, el canal por cable de Colbert y Stewart atrajo cuatrocientos cincuenta mil televidentes jóvenes, según la medición de Entertainment Weekly. Entre el mismo segmento demográfico, Fox News tuvo 329 mil.

Esta tendencia, que desde años ha llamado la atención de los politólogos, abre un debate cuyas preguntas son difíciles de responder: ¿los programas de televisión satíricos, única fuente de información política de muchos jóvenes, los hace ciudadanos bien informados?, ¿o está engendrando Colbert una generación de cínicos desinformados?

“Luego de más de una década de discusión, las opiniones se inclinan a que esta tendencia de consumo de medios ha creado ciudadanos igual o mejor informados que los que ven noticias tradicionales”, le dice a Arcadia Barry Levitt, doctor en Ciencia Política, quien desde la Universidad Internacional de la Florida hace estudios comparativos sobre los modos y tipos de humor político en el hemisferio occidental.

Varios estudios confirman que, como dice Levitt en lenguaje de científico político, “la nueva sátira política estadounidense contribuye a la ‘eficacia interna’ de los ciudadanos”. Es decir, contribuye a la confianza de una persona en sus habilidades de entender e influir en los eventos políticos. Según una encuesta nacional de Annenberg, un centro de investigación no partidista, los televidentes de Comedy Central logaron calificaciones más altas sobre conocimiento de eventos relacionados con las elecciones que consumidores de periódicos, programas de televisión de la noche (como el de Jay Leno), y televidentes de noticieros.

Sophia Mclennen, una profesora de Literatura Comparada de la Universidad de Pensilvania, profundiza en la hipótesis de que la sátira de Colbert tiene efectos palpables en la educación política de su público. “Mi argumento es que la sátira de Colbert –escribe Mclennen en su libro Los Estados Unidos de Colbert– ha sido la fuente primaria de crítica social en Estados Unidos desde que salió su programa. Cuando me refiero a la sátira de Colbert como “pedagogía pública” estoy describiendo una fuerza educativa que tiene lugar en una gran escala pública”.

El mejor ejemplo de esta pedagogía arrancó en el 2010, cuando la Corte Suprema de Justicia, a través de la sentencia conocida como Citizens United, le dio vía libre a las corporaciones y sindicatos para formar grupos de acción política (los famosos Súper PAC), con la capacidad de comprar y emitir publicidad electoral sin ningún tope de gastos.

Pero también le abrió la puerta a la sátira de Colbert. Durante uno de sus shows fundó en el 2011 su súper PAC llamado “Haciendo un mejor mañana, mañana”. En los meses siguientes recaudó más de un millón de dólares “de dinero imposible de rastrear que puedo usar como me dé la gana”. Luego, durante las primarias republicanas, su PAC pagó una publicidad que salió al aire en el estado de Iowa en la que acusaba a Romney de ser un “asesino en serie”. La noticia le dio la vuelta al país.

El argumento de Colbert en su spot publicitario era que “si las corporaciones son como la gente (en alusión a Citizens United) y Mitt Romney despedaza compañías (refiriéndose al antiguo oficio del candidato republicano en Bain Capital, que consistía en comprar compañías quebradas y despedazarlas en sus sectores más productivos para luego revenderlas), entonces Mitt Romney es un asesino en serie”.

“No estoy del todo seguro de que la sátira política que hace Colbert no genere cinismo –apuntilla Barray Levitt–, pero si lo hace es un cinismo bastante saludable”.

* Columnista de El Espectador y corresponsal en Washington de Caracol Radio y TV.