El mentiroso profesional

Su reputación de mentiroso se hizo mundialmente conocida cuando se descubrió que había inventado unas ochenta entrevistas. Aunque algunos pensaron que su carrera de impostor estaba acabada, el italiano se adjudica haber captado y enviado la foto falsa de Chávez entubado que publicó El País y anuncia su próximo golpe al sistema.

2013/03/18

Por María Gabriela Méndez* Caracas

Hay solo una cosa de la que Tommasso Debenedetti, el “campeón de la mentira”, se arrepiente: de haber fallado al reflejar los pensamientos de las identidades que suplantaba. “Lo lamento, pero es natural. Se da por descontado que ocurra. Nadie aprecia que alguien finja ser otro; es algo que hace enfurecer y hasta asusta”, dice el profesor de literatura desde Roma.

Lo que empezó como un juego al vender su primera entrevista imaginaria a Gore Vidal, en el año 2000, terminó convirtiéndose, dice, en una especie de cruzada personal: desnudar las debilidades de los medios. O, también, una manera de justificar su incontinencia mitómana: “Dando falsas entrevistas a los periódicos me di cuenta de que ninguno, sobre todo en Italia, verifica las noticias y las fuentes. Entonces empecé a crear falsos para mostrar la fragilidad del sistema y de los medios”.

Por estos días su teléfono ha vuelto a sonar. El 24 de enero dijo haber enviado a varias agencias de noticias la foto falsa de un Chávez entubado. Al parecer, la foto se reenvió desde Cuba a Madrid, en una transacción en la que él no ganó un centavo. Debenedetti vio la imagen en la primera plana de El País, y dice que fue el primer sorprendido. Pero su cometido se había logrado una vez más. Aquel error del diario español dejó en evidencia lo que tanto pregona Debenedetti.

Y es él precisamente, el fabulador, quien se atreve a dar lecciones de ética periodística: “Pienso que la total ausencia de verificación, que ha llevado a un error tan grave, es el fruto de grandes defectos del periodismo de hoy: la prisa por llegar primero a la noticia, y en muchos casos los prejuicios políticos e ideológicos. En este caso, El País tiene un particular odio a Chávez, y por dar una noticia negativa ha publicado la foto sin darse cuenta de que bastaba un mínimo de atención para entender que ese no era Chávez. Yo he ‘creado’ esa foto para entender hasta qué punto llegaba la fragilidad de los medios”.

Antes de adjudicarse la foto falsa, Debenedetti ya era famoso por crear falsas cuentas en Twitter de escritores o políticos y echar a andar rumores; por abrir páginas de Facebook en nombre de personalidades como Umberto Eco o Mario Vargas Llosa, y levantar polémicas con declaraciones improbables. Pero sin duda lo que le hizo ganarse el epíteto de “campeón de la mentira” fue haber engañado durante diez años a editores de periódicos italianos que publicaban como verdaderas sus entrevistas falsas con premios Nobel, respetados escritores o dirigentes políticos, hasta abarcar una larga lista de ochenta trabajos inventados.

Sin embargo, Debenedetti no fue siempre un impostor. Al inicio intentó ser un “periodista cultural serio”, y logró entrevistas con algunos escritores locales. Pero como free lance cada vez tenía menos chance de ser publicado: los periódicos daban prioridad a sus redactores. Decepcionado por las negativas, él se decidió por los falsos.

Vinieron entonces los diez años más divertidos de su vida, según ha dicho. Todavía, cuenta, sus alumnos de una escuela media se divierten con sus ocurrencias. Mientras que a su padre, Antonio Debenedetti, un reputado escritor y columnista del diario Il Corriere della Sera, no le divierten estos “juegos literarios”. “Con mi padre tengo una relación de gran afecto, pero él no ama mis falsos. Es muy polémico sobre mi trabajo”. Tommasso, sin embargo, se identifica más con su abuelo –el crítico literario Giacomo Debenedetti, quien murió dos años antes de que él naciera, en 1967: “Él, como crítico literario, habló específicamente del desdoblamiento de la identidad en los personajes de la novela del siglo XX. Es obvio que lo siento cercano. Quizás él habría entendido mi trabajo”.

***

A ningún editor le pareció sospechoso que Debenedetti tuviera acceso a Herta Müller el día después de recibir el Nobel en el 2009. Tampoco despertó suspicacia que un periodista sin respaldo de un medio importante tuviera acceso a Günter Grass, J.M. Le Clézio, Paul Auster, Philip Roth, John Le Carré, José Saramago, Arthur Miller, Amos Oz, Derek Walcott, Paulo Coelho o Abraham Yehoshua a quien “entrevistó” nueve veces, entre el 2003 y el 2010. En todos los casos el falso periodista se documentó y leyó los libros. Pero además de investigación y grandes dosis de imaginación, el autor demostró olfato: diez días antes de que fuera elegido Papa, el fabulador forjó un diálogo con Joseph Ratzinger.

La mayoría de las entrevistas tienen un foco político o religioso y son contadas las preguntas sobre literatura. La razón, dice, es también culpa de la línea editorial en los periódicos y no una intención velada de su parte de crear matrices de opinión: “Los ponía a hablar de política o religión porque los periódicos me lo pedían. Desgraciadamente en Italia, si un escritor habla de libros o de cultura, no tendrá espacio. En cambio si dice su opinión sobre Obama o sobre la crisis económica, será noticia. Es horrible, pero es así”.

El riesgo de poner juicios polémicos en la boca de otros es que muy probablemente ellos no respaldarán esas opiniones. Paco Ignacio Taibo II reaccionó cuando el diario Avvenire publicó una carta falsa donde el escritor se manifestaba emocionado por la visita de Benedicto XVI a México. “Deploro que no hayan verificado la presunta carta mía antes de publicarla”. Sin querer polemizar con su “otro yo” (Debenedetti), aclaró que es ateo y de izquierda.

El sueño del impostor terminó luego de diez años, en el 2010, justamente gracias a una de esas opiniones políticas inventadas. Cuando la periodista Paola Zanuttini le preguntó a Philip Roth sobre sus declaraciones acerca de la decepción que encarnaba Barak Obama: “¡Nunca he dicho una cosa semejante! Obama es fantástico”, estalló y pidió a su agente investigar quién era el tal Debenedetti.

“Cuando Roth ha ‘descubierto’ mis entrevistas falsas he probado una extraña felicidad”, comenta. “Sabía que un período largo concluía y no podría volver a firmar un artículo. El juego había sido traído a la luz y en lo sucesivo podría ser libre, aunque entonces no supiera en qué dirección andarían mis juegos”.

"¿Qué habría pasado si Roth no desenmascara a Debenedetti? ¿Diez años de engaño no eran suficientes para probar el talón de Aquiles de los medios? Él asegura que tarde o temprano habría revelado todo: “Quería entender hasta dónde llegaba la ausencia de controles en los periódicos. Habría hecho entrevistas todavía más increíbles y ellos me habrían creído”.

Para Debenedetti los editores no están libres de culpa: “Estoy seguro de que los jefes de redacción y directores sabían que se trataba de falsos. Uno de ellos hace poco me lo ha dicho: ‘Lo sospechábamos pero no queríamos indagar, porque no convenía’. Está claro: un colaborador ofrece por veinte euros o gratis una primicia cada semana con un gran nombre de la cultura mundial que habla de temas actuales, el periódico hace un buen papel sin gastar nada, y después, si se descubre, el único acusado o castigado es el autor. Todos los jefes que publicaron mis entrevistas falsas siguen en sus puestos, y nadie los ha criticado”.

Sin embargo, Debenedetti jamás ha enfrentado ninguna acción legal. Y tampoco teme que algo así pase: si algo ocurriera, él se defenderá argumentando que son “juegos mediáticos con los que no ha ganado nada”. Solo fama.

A diferencia de sus colegas Janet Cooke, Stephen Glass, Jayson Blair o Nahuel Maciel –quienes saltaron a la fama gracias a la habilidad para inventar fuentes, testimonios y hechos– Debenedetti no se arrepiente de practicar lo que ha llamado el “fanta-periodismo” o “fake-journalism”, un oxímoron. “No creo que me deba arrepentir de un juego”, argumenta.

Y en este juego no encaja, según él, el mote que se inventó: “campeón de la mentira”. “Esa definición ha sido usada mal, sobre todo en Italia donde el término ‘mentira’ se ha traducido no solo como ‘bugia’, sino como ‘truffa’, ‘inganno’. Y con esto no puedo estar de acuerdo. Por eso aquella definición me gusta menos, y no me reconozco”.

Aunque Roth sentenciara el fin de su carrera, Debenedetti no ha parado: ha usado las redes sociales para probar una vez más la debilidad de los medios: ha “matado” a Fidel Castro y hasta a uno de sus escritores favoritos, Gabriel García Márquez. E incluso teoriza sobre el uso de Internet: “En Internet cualquiera puede asumir la identidad que quiera(…). Es el lugar en el que la falsificación de la identidad se realiza de un modo total. Como si se cumpliera ese ser otro del que hablaba la literatura del siglo XX. Pienso por ejemplo en las obras de Pirandello, donde se ve la relación entre uno mismo y la máscara, el ser uno, ninguno o miles. Internet hace posible aquello que antes era solo una teoría literaria”.

Como en la obra de Pirandello El placer de la honestidad, valdría la pena preguntarse ¿quién debe quitarse la máscara?

Umberto Eco, otra de sus víctimas, escribió en una columna sobre Debenedetti, sin nombrarlo para no hacerle más publicidad: “Los medios tradicionales se han convertido en un territorio anárquico donde se puede decir de todo sin poder ser desmentido. Por fortuna Internet permite conocer y desmentir cosas que antes no eran posibles”.

Su próximo golpe al sistema explotará en pocos meses cuando Tommasso Debenedetti corone con éxito su última fábula: habrá engañado a una “gran editorial” haciéndose pasar por un “famoso escritor” y verá su primera novela publicada y traducida a varios idiomas. “No puedo decirle más, si no, arruinaría todo”, se excusa. Pero, ¿cómo es posible que una editorial haya creído con fe ciega que se trataba de un autor famoso? La respuesta es también de fábula: “Este escritor vive en un lugar apartado y no tiene contacto directo con agentes ni editores. Algunos, dado lo reservado del personaje, han pensado incluso que estaba muerto”. Habituado a ser noticia, promete hablar de nuevo cuando revele la estafa.

¿Qué gana Debenedetti con esta nueva patraña? “Quiero demostrar que también los grandes editores son frágiles y están expuestos a los mismos riesgos de los medios. Si un autor es célebre y vende mucho, al editor no le importa si el texto es bueno o malo. Lo publica inmediatamente sin control alguno”.

Debenedetti asegura que un responsable de esa editorial se refirió a la novela impostora como “extraordinaria”. “Puedo garantizarle que no es así, y el estilo es solo una imitación”, reconoce.

Con el fabulador ideando nuevas formas de engaño, valdría la pena tener presente el “mandamiento del buen periodista” del Chicago Tribune: “Si tu madre te dice que te ama, verifícalo”. Mientras, un editor italiano intenta convencerlo de reunir todas las entrevistas en un libro: una suerte de antología de la estafa. Debenedetti sueña: “Quisiera añadir algo nuevo e impredecible”. ¿Aceptará publicarlo? “Lo estoy pensando”.

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