Sympathy for Mr. Vengeance (2002) del director surcoreano Park Chan-wook.

El paralelo 38

Más allá de los macabros juegos de poder del niño-dictador, las dos Coreas apenas si logran intuirse la una a la otra. ¿Lograrán las artes acercarlas?

2013/05/20

Por Andrés Felipe Solano* Seul

En el país de los Kim no existe la literatura, la música o el cine más allá de la propaganda. El arte está para glorificar al partido y punto. Aun así, Corea del Norte y la dinastía comunista que rige la nación desde que la península fuera partida en dos de un hachazo a mediados del siglo XX, ha sido tierra fértil para los creadores extranjeros. Basta tirar una pequeña semilla en aquel campo y crecerá rápidamente una planta, la mayoría de las veces monstruosa, es cierto. La última creación relacionada con el que es de lejos el país más extraño del mundo, se titula The Orphan Master’s Son. La novela de Adam Johnson ganó hace apenas unas semanas el Premio Pulitzer, cuando todavía reverberaban las palabras del nieto de la dinastía, Kim Jonh-un: “Convertiremos a Seúl y a Washington en un mar de fuego”.

Para escribir el libro, Johnson se anotó en uno de los viajes para extranjeros que quieren visitar Corea del Norte ofrecidos por unas contadas agencias en Estados Unidos y China. Seis días en Pyonyang y un puñado de entrevistas a desertores, le bastaron para componer una novela de más de cuatrocientas páginas con un norcoreano como protagonista. Es más, se animó a incluir a la cabeza de la segunda generación, el difunto Kim Jong-Il, como personaje. El libro se sumó a una larga lista de trabajos que se asoman a Corea del Norte a partir de retazos de conversaciones, rumores, visitas guiadas, primeras impresiones. Una técnica parecida ha sido usada en libros de no ficción, como Dentro de segredo, del portugués José Luis Peixoto, y Las dos Coreas, de Bruno Galindo, así como en decenas de documentales en los que salen el mismo hotel, el mismo restaurante desolado, los mismos monumentos descomunales. Cada paso es controlado por un oficial del partido, que lleva al visitante a tres o cuatro lugares.

Por supuesto que quienes más han escrito sobre Corea del Norte han sido sus vecinos. Aunque comparten una frontera de 243 kilómetros y una historia común que se remonta al año 2333 a.C., los surcoreanos tampoco saben a ciencia cierta lo que pasa en el país de los Kim. Pero si esta falta de claridad es desconcertante para los investigadores, que incluso llegan a lanzar teorías sobre si el cambio del peinado de la presentadora del noticiero oficial norcoreano representa una señal de apertura, ha ocurrido todo lo contrario con los escritores, directores de cine y artistas surcoreanos, sobre todo durante los últimos diez años, gracias al arribo de dos presidentes menos conservadores. La ambigüedad de Corea del Norte ha sido el mejor clima posible para sus creaciones, eso sí, siempre con pinzas, pues nadie quiere ser asociado con los rojos, un estigma que en el Sur causa serios problemas.

Miradas indiscretas


A sus setenta años Hwang Sok Young goza del favor de las ventas y la crítica. Sus libros están traducidos al inglés, alemán, francés y japonés. En español se puede leer la novela El huésped, que trata sobre una masacre de norcoreanos durante la guerra, obra elogiada por el premio nobel Kenzaburo Oe. Según la Ley de Seguridad Nacional, ningún ciudadano puede viajar a Corea del Norte. Tampoco se le permite contacto telefónico o por escrito. Transgredir esta ley da cárcel sin lugar a discusiones. Hwang, que se atrevió a cruzar la frontera en 1989 vía Tokio-Beijing para entrevistarse con algunos representantes de una asociación de escritores norcoreanos, fue sentenciado a siete años de cárcel. Vivió en un exilio voluntario hasta que regresó a su país y pagó cinco años de prisión. Aparte de El huésped, otra de sus novelas que toca el tema de Corea del Norte es Baridegi, un clásico contemporáneo que explora la vida de una desertora que logra salir del país durante las hambrunas de los años noventa y escapa a Londres, donde se casa con un musulmán que pierde la vida en la guerra de Irak.

La literatura de Hwang, como buen representante de su generación, está cruzada por la política. Algunos escritores jóvenes siguen orbitando en torno a asuntos relacionados con el pueblo de los Kim pero de otra manera. Está el caso de Kim Young-ha, punta de lanza de la nueva narrativa surcoreana. Su segunda novela, traducida al inglés como Your Republic is Calling Me, es un intenso thriller psicológico que explora la ansiedad de un espía norcoreano que una mañana, después de diez años de no tener contacto con sus superiores, recibe la orden de regresar a Pyongyang.

Quizás uno de los experimentos más arriesgados en el campo de la literatura en los años recientes es el que realizó Lee Eung Jun. Aunque por obvias razones no pudo viajar a Corea del Norte, Lee llevó hasta el extremo el camino emprendido por Adam Johnson. El surcoreano entrevistó a trescientos desertores norcoreanos para componer una distopía. Situada en un futuro próximo, la novela cuyo título podría traducirse como La vida privada de la nación, cuenta la historia de una Corea reunificada. Han pasado cinco años desde que Corea del sur fagocitara a Corea del Norte y ahora el nuevo país se mueve entre la tiranía policial, la corrupción y el gobierno de facto del bajo mundo, comandado por los antiguos altos cargos comunistas, convertidos en clanes mafiosos. La sombría historia, en la que nada bueno sale de la reunificación, expresa el temor de muchos jóvenes que no creen que Corea del Sur y Corea del Norte deban ser una sola nación.

Imágenes cruzadas


En el cine, el fantasma de Corea del Norte también ronda. Se pasea tanto en thrillers de acción pura y dura como en las películas de autor. Lee Sang Woo, el que algunos consideran como posible sucesor del reconocido Kim Ki Duk, filmó este año una película de bajo presupuesto en la que un par de jóvenes adolescentes surcoreanos escapan a Corea del Norte después de cometer un asesinato. El único país que vive todavía los efectos de la guerra fría ha sabido digerirlos y transformarlos en entretenimiento. El año pasado se estrenó The Berlin File, una película de Ryu Seung-wan sobre dos agentes de inteligencia enemigos en Alemania. Vale la pena mencionar que Park Chan-wook, el director surcoreano que abrió el camino en Occidente a sus compatriotas con su Trilogía de la venganza, que incluye la película Old Boy, se hizo famoso en su país con una cinta llamada JSA, una película de suspenso sobre un tiroteo en el que mueren dos soldados norcoreanos en plena zona desmilitarizada. Pero es precisamente el hermano del director, el fotógrafo y artista Park Chan Kyong, el que mejor ha buceado entre las aguas turbulentas que dividen a las dos Coreas.?La crítica, curadora y exdirectora de Arts Council Korea, Jee Sook Beck, presenta el trabajo de Park Chan Kyong valiéndose, no gratuitamente, de un término prestado del ámbito del espionaje: “[Park] juega el papel de agente doble en un país dividido y describe a través de códigos simples y certeros cómo la confrontación ideológica ha permeado la vida diaria”. En el centro del trabajo de Park está su interés por la manipulación de archivos, documentos, mapas y piezas periodísticas para causar un efecto en el espectador, a la manera de una agencia de seguridad durante la guerra fría.

Por ejemplo, en su obra SETS (2000), Park escogió algunas fotos de las calles de Seúl tal y como se representaban en el Chosun Movie Studio de Pyongyang (no hay que olvidar que Kim Il Sung fue un gran cinéfilo y promotor de filmes de propaganda, tanto así que él mismo produjo Pulgasari, la versión proletaria de Godzilla, que fue filmada por un director surcoreano al que mandó a secuestrar junto a su esposa solo para tal fin). Seleccionó otras tomas del set que representaba la zona de desmilitarización en el paralelo 38, y finalmente unas más del campo donde se llevan a cabo simulacros de peleas cuerpo a cuerpo en una base militar de Corea del Sur. Las mezcló todas y las proyectó como si fueran una sola imagen.

En Power Passage (2004) un video de dos canales conecta un encuentro de dos naves de Estados Unidos y la Unión Soviética en medio de la feroz carrera espacial en los años setenta, con los túneles cavados por los norcoreanos para infiltrar a Corea del Sur por la misma época. Park se ayuda de citas de películas de ciencia ficción como Countdown (Robert Altman) y Marooned (John Sturges) y relaciona la intensa búsqueda para detectar los túneles bajo tierra y las ansias por sondear la vastedad del universo. Presenta ambos espacios como lugares donde la política y el poder se intersectan con la ficción, los mitos y los efectos especiales.

Existe una fuente escrita, más allá de las exploraciones literarias occidentales y surcoreanas, para saber lo que sucede en Corea del Norte: los relatos de los desertores. Pero, como si todavía les costara deshacerse de la prisión mental en la que vivieron, muy pocos se atreven a dar el salto a la ficción. Parece que le tuvieran terror a la imaginación. La mayoría han escrito testimonios. Algunos de ellos fueron publicados en el número de mayo de la revista online Words Without Borders. Uno de estos relatos abre la puerta para entender ciertas dinámicas que diferencian a Corea del Norte de Corea del Sur más allá de las ideologías.

Kim Yeon escapó en abril del 2012. Para la edición de la revista escribió sobre su infancia y en especial sobre su matrimonio. Esta norcoreana se casó con un atleta y después de empezar a convivir con él se dio cuenta de que era un adicto, algo que parece común en ciertos círculos: “Después de que Corea del Norte empezara a producir drogas bajo la fachada del cultivo de la campánula, con el fin de traer moneda extranjera para mantener la economía, el esfuerzo por vender el producto a otras naciones fracasó y convirtió a muchos norcoreanos en traficantes. El número de adictos entre los trabajadores del partido y sus esposas se disparó. Corea del Norte se metió de cabeza en las drogas, tanto así que algunos líderes del partido y otros con trabajos rutinarios se engancharon para poder hacer su labor. Incluso los oficiales de inteligencia toman drogas para recobrar el ánimo y hacer lo que tienen que hacer”. Algo impensable en Corea del Sur, donde la legislación antidrogas es una de las más fuertes del mundo: un simple cigarrillo de marihuana da cárcel.

En el mismo especial se publicó un poema de un desertor que llegó a tener el título de poeta oficial del partido. Jang Jin Sung, que se fugó en el 2004, fue por un tiempo uno de los ungidos por el régimen hasta que gracias a su puesto dentro del Comité Central de Escritores Norcoreanos entró en contacto con obras de Corea del Sur, a las que tuvo acceso con el fin de redactar informes. Muy pronto Jang empezó a hacer circular algunas de estas obras prohibidas entre sus conocidos y por ese motivo tuvo que huir hacia China. Durante la pasada feria del libro de Londres lanzó sus memorias, Crossing the Border.

En una entrevista al periódico The Guardian, un antiguo poeta de la corte cuenta que vio en dos ocasiones a Kim Jong-II.

La primera le regaló un reloj Rolex y le extendió su gracia divina. El que tiene el sumo privilegio de departir con el líder no puede ser enviado a un campo de trabajo sin antes consultarle al propio gobernante. La segunda vez se sentó junto a él durante una representación. Jang cuenta que lo vio llorar durante toda la función. “Sentí que sus lágrimas representaban su deseo de convertirse en un ser humano, en una persona común y corriente”.

El reino de los Kim, incluido el nieto, caricaturizado decenas de veces en las últimas semanas como un cerdito sobre un misil nuclear, continúa siendo una cantera extraña e inagotable para la creación artística mezclada con la política. Aunque si se quiere, ellos mismos, los Kim, son los verdaderos artistas. Una clase de artistas aterradores cuya obra más grande es una macabra instalación de ciento veinte mil kilómetros cuadrados, habitada por veinticinco millones de personas, que se titula la República Popular Democrática de Corea.

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