Crédito: León Darió Peláez.

Alejandro Santos: “La objetividad es una falacia”

En tiempos de posverdad, el periodismo comienza a sufrir una de las más cruciales transformaciones de su historia. Ante la avalancha de noticias falsas y las críticas directas en las redes sociales, se hace necesaria una reflexión sobre cuál es su lugar hoy en un mundo cada vez más sobreinformado. Esta entrevista con el director de 'Semana' es la primera entrega de una serie dedicada a hablar con los directores de medios.

2017/02/24

Por Sara Malagón Llano* Bogotá

Mientras Donald Trump les declaraba la guerra a los medios de su país en plena campaña, estos se negaban a aceptar que él fuese a llegar a la presidencia de Estados Unidos. Ahora, con el magnate posesionado como presidente, esa relación de abierta hostilidad se ha recrudecido. Trump los acusa de mentir y falsear datos, inventando los suyos propios. Y los medios intentan contrarrestar el poder de la desinformación y las mentiras en un momento en que han perdido influencia y la capacidad de leer a sus propias sociedades –cosa que se hizo evidente no solo en Estados Unidos, sino también en el Reino Unido con el Brexit y en Colombia con la victoria del No–. Todo esto, mientras atraviesan una crisis del modelo de negocio que no todos sortean con éxito, aunque ya se vean algunas luces en el camino. Hablamos sobre este cuadro complejo con el director de una de las publicaciones de esta casa editorial, Alejandro Santos, quien hizo énfasis en el caso colombiano, ahora que nuestras elecciones presidenciales se acercan.

Usted dirige Semana desde hace unos 15 años. ¿Cuáles diría, desde su experiencia, que han sido los principales cambios en la forma de hacer periodismo en Colombia?

En los últimos 20 años ha cambiado el periodismo mucho más que en los últimos 200, pero yo resaltaría tres grandes cambios. El primero es que, desde el punto de vista tecnológico, pasamos de ver internet como una herramienta con la que la información se democratizó, y los medios triplicaron sus audiencias e influencia, a tener que enfrentarlo también como una amenaza al modelo de negocio. En segundo lugar, la agenda, que por décadas estuvo marcada por la guerra y los actores del conflicto, está ahora virando hacia un país más normal. Con el cubrimiento de la violencia el periodismo se volvió crucial. Ahora la atención está en los temas que tienen los países emergentes: la corrupción, el crimen organizado y la desigualdad, tal como está ocurriendo en Brasil, Perú o Argentina. Y el tercer gran giro, que aún debe darse, es la capacidad de leer a una nueva generación que está pensando distinto y tiene formas diferentes de aproximarse a los grandes temas y a su propia cotidianidad. Si el periodismo quiere mantenerse vigente, debe entender a esa nueva generación.

Usted ha dicho que Semana hace periodismo sobre el poder. ¿Qué entiende usted por eso? ¿Cómo atrapar a esas nuevas generaciones –cuyas mayorías son indiferentes a lo político– y a lectores en general, cansados del establecimiento?

Cuando hablo de poder no me refiero solo al poder político, sino también al económico, al de las ONG, al de los movimientos sociales, a los jugadores extranjeros, a la Iglesia, a los gremios, al poder de los ilegales, etc. Esos engranajes, que a veces son simbióticos y a veces se repelen, determinan cómo la sociedad se mueve dentro de sus propias contradicciones. Explicar desde el periodismo las lógicas de esos movimientos y el contexto en que se dan me parece que es una contribución a la sociedad. Especialmente en los países donde los poderes abusan, como en Colombia, los medios deben ejercer su papel de contrapoder y denunciar esos abusos. Sin embargo, decir que uno está cansado de lo político es como decir que uno está cansado del oxígeno. Uno puede estar “mamado” de la clase dirigente, pero no de lo público, que es lo político, y que nos concierne y nos afecta a todos. Se ha gobernado tan mal, y para la gente que no toca, que las sociedades cada vez creen menos en la democracia, y eso es muy grave. Hay una línea muy fina, pero importantísima, entre valorar la democracia y sus instituciones y rechazar a quienes han gobernado. Los fenómenos populistas que están emergiendo son el fracaso de la última generación de gobernantes.

A lo largo del año pasado vimos, sin embargo, que los medios han perdido capacidad no solo de captar a la opinión pública, sino de influir en ella. ¿Usted cree que siguen siendo el cuarto poder?

Siguen siéndolo, pero con menos poder. Esto se debe en parte a que no están leyendo realidades dinámicas: corrientes, aparentemente subterráneas, que se convirtieron en un factor importante y que terminaron manifestándose definitivamente con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, la elección de un personaje tan polémico y odioso como Donald Trump y el voto por el No en Colombia cuando se pensaba que todo el mundo iba a abrazar la paz. En Inglaterra, por ejemplo, todo el mundo estaba hablando de los millennials y de su importancia como nuevos consumidores y actores políticos. Y, sin embargo, no fueron ellos sino los mayores de 40 quienes tomaron una decisión determinante para el Reino Unido en las próximas décadas. Nadie leyó eso. Trump, más allá de su figura caricaturesca, era la expresión profunda de una sociedad estadounidense descontenta y llena de frustraciones. Ni The New York Times ni The Wall Street Journal, dos de los mejores medios del mundo, lo vieron venir. Procesos históricos y sociales que no surgieron de repente resultaron manifestándose de manera sorpresiva en esos momentos cruciales. Al periodismo, en efecto, le ha faltado palpar esos cambios, ser mucho más sensible.

Hablando de los millennials –y del reto que es para los medios atraerlos–, no ha habido una generación más educada ni con mayor acceso a la información en la historia. ¿Cómo explica la contradicción de que al mismo tiempo sea tan apática y desinformada?

Cuando el exceso de información está combinado con mala información se produce lo que Ignacio Ramonet llama “censura democrática”, que es cuando el lector no puede diferenciar la información de calidad de la de mala calidad. Hoy tenemos una avalancha de información –buena, mala, regular, manipulada, engañosa– que además fluye rápidamente. Eso conduce, como lo hemos visto, a que las sociedades tomen decisiones a veces cuestionables. Por otra parte, los millennials son una generación práctica, con una gran capacidad adaptativa y en la que predomina una especialización de los talentos e intereses. Aunque esa microsegmentación puede ser un motor para el emprendimiento o la generación de nuevas ideas, también ha contribuido a que se pierda un sentido de lo colectivo y de valores universales que necesitamos para tomar decisiones como sociedad. Estamos en la era del individualismo cuando debemos, como nunca, pensar en lo colectivo.

Hablemos de la palabra del año pasado, que también parece marcar el inicio de este: la posverdad. Ese fenómeno está condicionado por factores como la polarización política y el uso masivo de redes, pero también por la falta de credibilidad en los medios tradicionales. ¿Qué piensa sobre eso último?

¿De qué estamos hablando cuando hablamos de medios tradicionales? ¿Radio, televisión y prensa? ¿O también de sitios web, bloggeros, twitteros o youtubers? Hoy todos lo son, y muchos han perdido credibilidad, a veces merecidamente. Lo que más me preocupa es que la vulnerabilidad económica de los medios haya afectado la calidad de la información. El buen periodismo necesita recursos. Lo que no se puede perder es la consciencia de que el periodismo es la herramienta por medio de la cual los ciudadanos se informan para tomar decisiones trascendentales. Por eso es tan importante que la información sea de calidad. Y para que haya calidad, la gente debería estar dispuesta a pagar por ella. En eso están todos los medios: tratando de combatir la cultura de lo gratuito y buscando monetizar sus contenidos. Esa lucha afecta tanto a los medios tradicionales como a los que nacieron en el mundo digital. Detrás de ambos están las ganas de hacer buen periodismo, que con centavos es muy difícil de hacer.

¿No cree que haya ejemplos valiosos de buen periodismo en redacciones pequeñas, emergentes, que operan con pocos recursos?

Hay buenos ejemplos, pero lo ideal no es que un medio sobreviva, por ejemplo, con donaciones que hoy están y mañana no. Eso al final no es bueno, y además no es justo. Necesitamos que los medios hagan investigaciones relevantes sin que la lucha por la supervivencia determine o se imponga sobre su trabajo. Por eso creo que el día en que los lectores estén dispuestos a pagar por la buena información habrá un resurgimiento en cualquier plataforma que haga buen periodismo. Hoy vivimos en una paradoja: a Semana, por ejemplo, la leen diez veces más que cuando no había internet, móviles ni redes sociales. Y sin embargo, la publicidad ha caído porque ha encontrado nuevas maneras de llegarle a la gente. En ese torbellino los medios deben apuntarles a las personas dispuestas a pagar por el buen contenido. En unos cuantos años Colombia vivirá una transición en ese sentido, como ya lo están haciendo exitosamente The Wall Street Journal y The New York Times en Estados Unidos.

Al principio de esta entrevista usted decía que el periodismo ha sido crucial en el cubrimiento de la guerra. Semana, entre otros medios, se ganó su prestigio con ello. ¿Usted cree que ese prestigio y la imagen de medio independiente se conservan hoy?

Hacer buen periodismo depende de saber sintonizarse con su momento histórico, y hay momentos menos dramáticos que otros en los que se puede jugar un papel ya no solo en la denuncia, sino en la reflexión y el análisis. Si bien en Colombia la violencia no se va a acabar con el proceso de paz, ya no tenemos a los grandes malos del pasado como Escobar o Tirofijo. El periodismo debe empezar a reinventar su aproximación a esa realidad y creo que hoy el análisis y la reflexión son cruciales. Se vienen los desafíos de una sociedad en transición, y de un país que está creciendo y volviéndose relevante. El periodismo debe estar ahora a la vanguardia de esa evolución. Debo decir que a los medios, incluido Semana, nos ha faltado interpretar mejor esos cambios y las contradicciones propias de nuestra sociedad que los macrotemas políticos y de la violencia no han dejado ver. Sin embargo, hace parte de nuestro proceso aprender a captar y a analizar con mayor pericia esas transformaciones. El desafío hoy es que los periodistas analicen problemáticas contemporáneas, y que se relatan con menor frecuencia, en medio de aquellas que subsisten: la crisis de la Justicia, la corrupción, la brecha entre el campo y la ciudad, el crimen organizado. La sociedad parece estar cambiando más rápido que el periodismo y por eso nos cogen sorpresas como las de No en el plebiscito. El periodismo colombiano debe saber entrar en las agendas del siglo XXI.

¿Qué opina de que los lectores digan que los medios están parcializados?

La palabra “parcializados” es antipática y la objetividad es una falacia. Ningún medio es objetivo. Todos tienen su propia mirada, buscan tener una personalidad y defender unos valores mediante buena información, rigor, fuerza narrativa, originalidad, etc. En Estados Unidos, en los años noventa, pasó algo interesante. CNN era un medio bastante equilibrado y llegó FOX a tirar una línea de derecha, muy militante, y lo duplicó en rating.

Pero con poca credibilidad…

¿Para quién? A mí no me gusta su visión, pero pregúnteles a quienes votaron por Trump o a la clase media estadounidense qué opina de FOX. Esa visión de derecha los interpreta. Creo que lo importante es que todo medio tenga una voz propia y honesta, y que haya muchas voces para que la gente escoja. Y, claro, que haga buen periodismo, independientemente de que sea desde una perspectiva liberal, conservadora o de centro. Se debe defender el periodismo en el que se cree, a pesar del matoneo en las redes sociales, que se han convertido en un espacio para eso, mucho menos democrático de lo que se creería y a veces instrumentalizado por intereses políticos y económicos. Eso quedó demostrado con la influencia de Putin en las elecciones de Estados Unidos, lo vemos en Colombia todos los días y en el hecho de que varias empresas utilicen agendas engañosas no solo para vender productos, sino para aplacar la denuncia de ciertos temas.

Una columna publicada hace poco en Portafolio afirmaba que “ninguno de los grandes medios ha tomado el liderazgo para combatir la desinformación”. El autor propone que se hagan alianzas para hacerles frente a las “noticias falsas”, sobre todo con miras a las elecciones del próximo año. ¿Qué opina de esa propuesta?

Quienes defendemos la información veraz debemos en efecto pensar en cómo combatir esta oleada de falsa información. Tenemos que buscar fórmulas, de manera individual o colectiva, para descontaminar y elevar el debate público. Sin duda, el caso de Estados Unidos nos debe servir como lección para lo que se viene en 2018.

*Periodista de Semana.

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