Martha Gellhorn.

La arrogancia y la desesperación del periodismo de guerra

En tiempos en los que un tweet satisface las necesidades de información de mucha gente, la reportería de guerra parece cosa del pasado. Sin embargo, la guerra sigue ahí y sus dilemas son cada vez más difíciles de dilucidar. La directora del Programa de Reportería y Crítica Cultural de la Universidad de Nueva York, Susie Linfield, escribe al respecto.

2012/07/19

Por Susie Linfield, www.guernicamag.com.

Martha Gellhorn (1908-1998) fue una reconocida corresponsal de guerra que personificó la valentía, el glamour y el compromiso político, especialmente en los años treinta y cuarenta, cuando cubrió la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y los juicios de Nuremberg para revistas de circulación masiva como Collier’s. Gellhorn ya no es un nombre conocido fuera de los círculos del periodismo, pero eso podría cambiar debido a un pequeño renacer de obras escritas por ella y sobre ella. Su novela A Stricken Field (Un campo asolado), que relata la caída de Checoslovaquia y fue publicada en 1940, volvió a aparecer en una edición de la Universidad de Chicago. Love Goes to Press (El amor se va a la prensa), una obra de teatro que escribió junto con su colega Virginia Cowles, se presenta actualmente en el Mint Theater de Manhattan. El canal HBO hace poco transmitió Hemingway & Gellhorn, que representaba lo que la cadena llamó “el apasionado romance y tumultoso matrimonio” de los dos escritores (interpretados, respectivamente, por Clive Owen y Nicole Kidman). Las posibilidades de que la película le hubiera gustado a Gellhorn son mínimas: después de su agresivo divorcio de Hemingway en 1945, él era la persona que menos le agradaba, y ella resentía con amargura ser conocida como su exesposa. “Simplemente no quiero volver a oír su nombre —le escribió a su madre—. El hombre debe ser un gran genio para compensar el hecho de ser un ser humano tan repugnante”.

En una carrera que se prolongó seis décadas, Gellhorn cubrió, entre otras, guerras en China, Finlandia, Israel, Vietnam, El Salvador y Nicaragua. Algunos de sus artículos siguen siendo devastadores. “Detrás del alambre de púas y la cerca eléctrica, los esqueletos se sentaban al sol y buscaban piojos en sus cuerpos”, escribió acerca del campo de concentración de Dachau en mayo de 1945. Sus palabras todavía arden. La furia auténtica de estos artículos con frecuencia impacta a mis estudiantes de periodismo, y es poco probable que alguien aceptara publicarlos (o escribirlos) hoy en día. Pero no había nada en su tono que chocara a los lectores norteamericanos en ese tiempo (ni a aquellos en Inglaterra, Francia, Holanda, Grecia, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia o Rusia).

En un tiempo en el que los riesgos del periodismo de guerra parecen ir en aumento, como lo evidencian las recientes muertes de los corresponsales Anthony Shadid y Marie Colvin en Siria, y de los reporteros gráficos Tim Hetherington y Chris Hondros en Libia (sin mencionar los cientos de periodistas asesinados en Irak desde el 2004, y las docenas de muertos en México en los últimos años), es fascinante retomar la visión de Gellhorn sobre el periodismo. Leer su trabajo y hablar con corresponsales de guerra de la actualidad implica entender una paradoja: la aproximación de Gellhorn al cubrimiento de guerra era totalmente moderna y, en efecto, profética, pero al mismo tiempo se ha vuelto anacrónica.

Gellhorn llegó a España en 1937 con el propósito específico de ayudar a la república. Pero no sabía cómo hacerlo —y mucho menos cómo ser una corresponsal de guerra—. Años después, recordaría: “Para empezar: ¿cómo nacía una historia? ¿No tenía que ocurrir algo gigantesco y decisivo antes de escribir un artículo?”. Un amigo periodista le sugirió que escribiera sobre Madrid. “¿Por qué le interesaría eso a alguien? Pregunté. Era acerca de la vida cotidiana. Él señaló que no se trataba de la vida cotidiana de todos”. Y añadió: “Lo que era nuevo y profético en la guerra en España era la vida de los civiles, que se quedaron en casa y la guerra llegó a ellos”.

Los civiles a quienes les llegó la guerra: ¿podría haber una mejor síntesis de la trayectoria de los conflictos armados en el siglo XX? “Esta declaración muestra una auténtica claridad de parte de Gellhorn”, dice Jon Lee Anderson, reportero de New Yorker que ha cubierto guerras en Centroamérica, Irak y Siria. Las estadísticas confirman la perspicacia de Gellhorn: el historiador marxista Eric Hobsbaw, por ejemplo, ha estimado que en la Primera Guerra Mundial los soldados constituían el noventa y cinco por ciento de las muertes; en los conflictos contemporáneos, los civiles desarmados conforman del ochenta al noventa por ciento de las bajas. En muchas de las guerras de hoy, los civiles son blancos premeditados y primordiales.  Piense, por ejemplo, en el Ejército de Resistencia del Señor, el grupo de Uganda que esclaviza niños; en las milicias de la República Democrática del Congo, que llevan a cabo sistemáticamente violaciones en masa y mutilaciones vaginales; en los bombardeos talibanes a colegios y plazas de mercado; en todos los ataques de Al Qaeda contra las mezquitas iraquíes; en las agresiones de Al Shabaab a estudiantes de medicina, profesores y fanáticos del fútbol; en las guerras en Darfur, Colombia, Chechenia, Liberia y Sierra Leona. El teórico político John Keane ha denominado este tipo de conflictos “guerras inciviles” cuyos perpetradores practican “la violencia sin seguir reglas, a excepción de las de la destrucción. Algunos de los conflictos de hoy parecen carecer de una lógica o una estructura aparte de la del asesinato en una escala ilimitada”. Mary Kaldor, de la London School of Economics, ha escrito que estas nuevas guerras remplazan “la política de las ideas” con la “política de la identidad” y no pueden, por lo tanto, ser entendidas en los términos políticos convencionales. Kaldor sostiene que mientras la meta tradicional de las guerras modernas ha sido conseguir el apoyo de las poblaciones nativas y establecer un nuevo Estado, los combatientes de hoy buscan mantener el caos, sembrar “miedo y odio” entre sus compatriotas, perpetuar estados fallidos o implosionados, y expulsar (o asesinar) poblaciones civiles.

Este viraje en el modo de hacer la guerra se ha visto reflejado en un viraje en la forma de cubrirla. Christina Lamb —jefe de redacción del Sunday Times de Londres en Washington y autora de Small Wars Permitting (Si las pequeñas guerras nos dejan)—, pasó más de dos décadas cubriendo guerras y es la gente lo que le interesa, no las batallas. Kim Barker —antiguo jefe de redacción del Chicago Tribune en el sur de Asia y autor de The Taliban Shuffle (La baraja de los talibanes)— está de acuerdo. “La parte más interesante, para mí, no es cómo la gente muere en la guerra, sino cómo vive”. Anderson, autor de Guerrillas y The Fall of Baghdad (La caída de Bagdad), recuerda un detalle revelador, aunque aparentemente intrascendente, de la vida civil en Irak cuando empezó la guerra: “Era la primera noche de Shock and Awe [la doctrina de dominación rápida que usó Estados Unidos en Irak en el 2003] y estaba haciendo calor. Mirando hacia abajo desde mi hotel en Baghdad, vi que la gente —los iraquíes— habían sacado sus muebles de jardín a la calle. Las bombas caían en los palacios de su líder al otro lado del río, ¡y ellos estaban sentados en la calle! Eso revela mucho sobre la forma en que se comportan los seres humanos, y cómo reafirman el orden y la normalidad a como dé lugar. Después de la primera noche de bombardeos, todos fueron a trabajar al día siguiente y fingieron que nada estaba pasando; ni siquiera miraron hacia las ruinas humeantes. Era una sociedad que había sido profundamente aterrorizada por su líder, y estaba aterrada de lo que podría ocurrir”.

Pero hay otra razón para la concentración en los civiles. Gellhorn llamaba a España la Causa. Este compromiso fue la fuente de sus más profundas reflexiones y sus más grandes fracasos: no reportó las atrocidades y ejecuciones cometidas por los republicanos. De hecho, Gellhorn tomó partido en prácticamente cada guerra que cubrió; como su biógrafa Caroline Moorehead escribió, Gellhorn estaba “más comprometida que cualquier periodista de su generación en promover la causa de los pueblos oprimidos en todo el mundo”. Era fervientemente proisraelí, y su oposición a las políticas de Estados Unidos en Vietnam, Nicaragua, El Salvador y Panamá era igual de vehemente. Robert Capa le dijo alguna vez: “En una guerra hay que odiar o amar a alguien, se debe tener una posición o de lo contrario no es posible soportar lo que ocurre”.

Para muchos periodistas contemporáneos, sin embargo, los asuntos políticos que impulsaban a Gellhorn son mucho más difíciles de reconocer. Esto no quiere decir que la neutralidad sea la regla hoy en día. John F. Burns, quien ha pasado casi cuatro décadas cubriendo conflictos para The New York Times, se remonta a Bosnia. “Había un agresor principal —los serbios— y una víctima principal —los musulmanes bosnios—, y cualquier intento de igualar lo que no era igual habría sido completamente equivocado. Una vez se presentan los hechos hay una obligación: llegar a ciertas conclusiones a partir de esos hechos. Yo no soy un mecanógrafo”.

Elizabeth Rubin, quien ha reporteado desde Sierra Leona, Chechenia, Sudán, Irak y Afganistán, dice: “No se trata de aliarse con los miembros de la resistencia en contra de los imperialistas. El paisaje de la guerra es mucho más complejo hoy en día”. En efecto, ahora hay millones de personas sufriendo en conflictos brutales en los que las causas, incluso las impuras, son tan imposibles de encontrar como la paz; estos conflictos parecen autoexterminaciones y con frecuencia se extienden durante varias décadas. El punto cero de este tipo de conflictos es, sin duda, el África oriental y subsahariana, hogar de algunos de las más tenazmente salvajes —y a menudo olvidadas— guerras del mundo.

Jeffrey Gettleman, colega de Burns, se encuentra en Nairobi y este año ganó un premio Pulitzer por su cubrimiento en el África oriental y subsahariana. En muchas de las áreas de las guerras, dice, “no se ven batallas ideológicas. Es violencia indiscriminada y depredadora. Ponen un fusil dentro de los genitales de una mujer y presionan el gatillo: ¿cuál es el valor estratégico de esto? Muchos de esos grupos no tienen ningún interés en divulgar ideas o en ganar apoyo”. Raymond Bonner, quien trabajó para The New Yorker y The New York Times durante treinta años y es el autor de Weakness and Deceit: U.S. Policy and El Salvador (Debilidad y engaño: política de Estados Unidos y El Salvador), anota: “La de El Salvador fue una guerra simple. Una guerra absurda. Había dos partes: el Gobierno y los rebeldes. La de Somalia es mucho, mucho más complicada. No hay partes, solo facciones”. Anderson describe a los combatientes posmodernos de hoy como “matones utópicos”, y es nostálgico y realista a la vez cuando se refiere al abismo que separa el tiempo de Gellhorn del nuestro. “Gellhorn tomaba partido de una manera en que yo no puedo hacerlo. Si yo hubiera cubierto el conflicto en España en 1930, ¡también habría tomado partido!”, dice. La clave para cubrir este tipo de conflictos es no imponer un molde de izquierda o de derecha en oponentes que no se adhieren a ninguna de las ideas políticas que tradicionalmente se asocian con estos términos, ni transformar mágicamente a adolescentes drogados con armas AK-47 en personas nobles que luchan por la libertad. Por el contrario, dice Gettleman, los periodistas deben “ponerse en los zapatos de los que sufren”.

Gellhorn también hablaba por los que sufrían. Fascistas en España, norteamericanos en Vietnam, contras en Nicaragua, escuadrones de la muerte en El Salvador: ninguno de ellos realmente le interesaba. Para los periodistas contemporáneos ese paradigma también ha cambiado. Algunos de las mejores entregas de Burns desde el sur de África, por ejemplo, desbordan empatía por los dilemas de los surafricanos. “El estereotipo es el enemigo del buen periodismo”, explica. “Hubo afrikaaners que sí mataron a Steve Biko. Pero otros eran fundamentalmente decentes. Es nuestro trabajo contar la historia”. Barker hace una distinción entre los perpetradores y aquellos que los apoyaron —una distinción que, creo, era totalmente extraña para Gellhorn—. “¿Quién va a ser protalibán?”, preguntaba Barker de manera retórica. “No es posible estar del lado de personas que voluntariamente hacen matanzas a civiles. Pero sí es posible entender la perspectiva de las personas que apoyan a los talibanes por la corrupción o porque ‘los norteamericanos mataron a mi hermano’”. Rubin explica: “Uno termina compadeciéndose por los civiles que quedaron atrapados en el medio. Eso no quiere decir que uno esté del lado de una idea. Uno está del lado de las personas cuyas vidas están siendo destrozadas”. La lucha por comprender lo incomprensible no afectaba a Gellhorn, pero sí persigue a los periodistas de nuestro tiempo. “Hay una cualidad indescifrable en algunos de estos conflictos —admite Anderson—. ¿Cómo entiende uno el Shabaab? Sería bastante difícil para un occidental sentir cualquier tipo de compasión debido a lo que hacen. O Al Qaeda: la suya es casi una violencia medieval. Tenemos que superar la repulsión primero. Pero creo que es importante tratar de entenderlos”.

En 1959, Gellhorn escribió un mordaz y descorazonado ensayo en el que repasaba el trabajo periodístico que ella y otros habían publicado en los años treinta, cuando les advirtieron a las democracias occidentales acerca de la amenaza fascista. Gellhorn alegaba que esta “Federación de Casandras” había tenido “una actuación perfectamente inútil”: “La luz guía del periodismo no era más fuerte que una luciérnaga… Por todo el bien que hicieron nuestros artículos, podría pensarse que fueron escritos en tinta invisible, impresos en las hojas de los árboles, y echados al viento”.

Es esta sensación de angustia la que comparten muchos de los periodistas de hoy. “Yo no espero tener otro efecto que el de cambiar percepciones y conciencias, y eso es algo muy pequeño comparado con cambiar el comportamiento del público y del Gobierno”, dice el periodista de The New Yorker George Packer, que ha trabajado desde Irak, Costa de Marfil y Sierra Leona. “La desesperación de Gellhorn ahora es la norma. Tal vez en 1959 era una revelación demoledora; en el 2012 es lo que los reporteros usualmente esperan”. Rubin también entiende la profunda decepción de Gellhorn, pero advierte que puede ser una forma de arrogancia. “¿Quién dijo que uno podía escribir un artículo y cambiar el mundo? Hay una arrogancia y una desesperación entre las cuales trabajamos. Pensamos que habrá alguien a quien le importará, que intervendrá —¿pero quién es ese alguien? —. Pienso que lo que vemos en los levantamientos árabes es que no hay un ‘quién’, ninguna autoridad moral llega a salvar a los oprimidos. La gente es el ‘quién’”.

Es un sentimiento al que creo que Gellhorn le hace eco —en el sentido más democrático—. Y puede, tal vez, formar un puente sobre el abismo entre las certezas morales y políticas de su tiempo y las ansiosas confusiones del nuestro.

 

Traducción: Natalia Roldán

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