El psiquiatra y médico de guerra Frantz Adam en Verdún, en 1917.
  • Fervor de Buenos Aires, de Jorge Luis Borges, 1923; Amar, verbo intransitivo, de Mario de Andrade, 1927;
  • El cartel oficial de la Semana del Arte Moderno en São Paulo, 1922; y la portada de la revista argentina Caras y caretas, 1918.

La gran desilusión frente a Europa

El historiador francés Olivier Compagnon es uno de los más serios pensadores de las consecuencias de las grandes guerras europeas para el mundo moderno. Este 28 de junio, en la conmemoración de los cien años del conflicto que abrió el siglo XX, Arcadia habló con él sobre los ecos de la gran guerra en América Latina.

2014/07/24

Por Hernán D. Caro* Berlín

Hace cien años, el 28 de julio de 1914, se inflamó en Europa uno de los conflictos militares más sanguinarios, brutales y decisivos de la historia: la Primera Guerra Mundial, que hasta su fin en noviembre de 1918 causó más de diez millones de muertes, y dejó tras de sí un continente destrozado y dividido. La “Gran Guerra” modeló todo el siglo xx. No solo liberó el germen nacionalista y militarista que llevaría a la Segunda Guerra Mundial, sino dio origen al orden geopolítico internacional posterior, marcado por la desaparición de los grandes imperios coloniales europeos, la división ideológica entre los sistemas socialista y capitalista, y el dominio global de Estados Unidos.

Pero las consecuencias radicales de la guerra no se limitan a esto. También en América Latina la Primera Guerra Mundial tuvo consecuencias mucho más determinantes y permanentes de lo que pensamos usualmente. Arcadia habló en París sobre el tema con el historiador francés Olivier Compagnon, profesor del Instituto de Estudios Superiores de América Latina de la Universidad Sorbona, y autor, entre otras obras dedicadas a la historia latinoamericana, del libro L’adieu à l’Europe. L’Amérique latine et la Grande Guerre (2013), que aparecerá en portugués y español a finales de este año.

Cuando explota la Primera Guerra Mundial, en julio de 1914, ¿cómo reaccionan los países latinoamericanos?

Al inicio, no solo Latinoamérica sino todo el continente americano, desde Canadá hasta Argentina, se declara neutral. Para ello hay diversas razones. Primero, se trata de una guerra estrictamente europea, que resulta de los conflictos tradicionales entre Francia y Alemania, del choque de las pretensiones imperialistas de las naciones europeas y de las intrigas entre los países balcánicos y el Imperio austro-húngaro. Por otra parte, durante el siglo xix el aliado económico más importante de países latinoamericanos como Brasil y Argentina era Inglaterra, pero a inicios del siglo xx Alemania había adquirido más importancia. Los países latinoamericanos piensan: no vamos a declarar nuestro apoyo a Francia e Inglaterra y así perder el 20 % de nuestra capacidad de exportación. Y finalmente, sobre todo en los países del sur del continente, los grupos migratorios fueron fundamentales entre 1870 y 1914. Así que países con comunidades alemanas importantes no podían arriesgarse a apoyar a los enemigos de Alemania, ¿pues qué iba a ocurrir con su construcción nacional, aún frágil a inicios del siglo xx?

¿Hay un cambio de postura de América Latina durante la guerra?

Hay una ruptura fundamental en abril de 1917, cuando Estados Unidos entra en la guerra y empieza a ejercer presión diplomática sobre los países latinoamericanos. Finalmente, solo los países de América Central y el Caribe —la zona de principal influencia estadounidense desde finales del siglo xix— entrarán directamente como aliados a la guerra. En América del Sur, solo lo hace Brasil, que estaba muy interesado en acelerar el fin de la guerra, pues sus exportaciones de café habían disminuido durante el conflicto.

¿Y el resto Latinoamérica?

El resto de países, Colombia, Venezuela, México, etcétera, siguieron siendo neutrales. Pero todos rompieron sus relaciones con Alemania. Así que no hubo una entrada en la guerra, pero sí un apoyo implícito a la causa de los Aliados.

Cuando uno piensa en la Primera Guerra Mundial, piensa en un conflicto entre países europeos, y luego en la participación de Estados Unidos, que fue decisiva para finalizarla. Uno jamás piensa en Latinoamérica. Es como si existiera la idea de que la región era una especie de periferia del mundo que no sufrió los efectos de la Primera Guerra. Al mismo tiempo sabemos que había muchas relaciones migratorias, intelectuales y económicas entre Europa y Latinoamérica a inicios de siglo xx. ¿Hubo efectos relevantes de la guerra sobre Latinoamérica?

Claro que los hubo. En primer lugar, hubo un efecto económico. La guerra fue nada menos que el momento de transición entre la hegemonía económica inglesa y la estadounidense. Después de la guerra, los Estados Unidos sustituyeron la presencia financiera británica en el continente. En 1914 había solamente un banco norteamericano en América Latina. ¡Para 1918 había más de cien!

¿Y a nivel político?

En términos generales, fue un motor de la cristalización nacionalista que se observa en todos los países latinoamericanos en los años veinte y treinta. Para muchos políticos fue la prueba de que no puede existir una nación fuerte sin un ejército fuerte. En Brasil, por ejemplo, hubo una campaña para la institucionalización del servicio militar obligatorio. Algo similar ocurrió en Argentina. Y el escritor argentino Leopoldo Lugones escribió en 1930 el libro La patria fuerte, que a partir de la experiencia de la guerra reflexiona sobre la necesidad de un papel central de los militares en la vida política.

Así que se trata ante todo de un nacionalismo de carácter militarista.

Por desgracia sí. Para muchos políticos e intelectuales latinoamericanos, la Primera Guerra Mundial simboliza la agonía de lo liberal. En Europa, la Primera Guerra lleva al nacimiento de movimientos fascistas y nacionalistas de los años veinte y treinta —siendo los casos más obvios Mussolini en Italia y Hitler en Alemania, que a su vez tendrán un papel central durante la Segunda Guerra Mundial—. Para el caso de Latinoamérica, no digo que todos los movimientos militaristas y las dictaduras posteriores en el continente surgieran de la Gran Guerra. Pero esta sí simbolizó la agonía del liberalismo oligárquico de cuño europeo, que América Latina había considerado como el sistema político ideal y que también muere en las trincheras. Después de la guerra, Latinoamérica, como Europa, tuvo que inventar otras modalidades políticas. Existía por supuesto la tentación comunista tras la Revolución bolchevique en 1917. El comunismo es visto por muchos como una posibilidad de construir un nuevo mundo sobre las ruinas europeas. Pero en una parte dominante de América Latina es mucho más fuerte el giro hacia una política autoritaria y nacionalista.

Entonces las consecuencias sobre Latinoamérica fueron considerables, pero también bastante oscuras: la guerra produjo básicamente el cambio de un dominio económico a otro y el reforzamiento del militarismo.

Eso es cierto. Pero también hubo consecuencias intelectuales duraderas y muy significativas. La Primera Guerra motivó el descubrimiento de la propia identidad latinoamericana. Durante el siglo xix las influencias intelectuales europeas en Latinoamérica son muy claras. Hay una influencia fundamental del positivismo francés. Todos los intelectuales liberales viven de los filósofos de las Luces y del positivismo. También, en especial en Argentina, hay una influencia alemana, que se refleja en el ámbito académico. Los primeros departamentos de sociología en América Latina fueron construidos sobre el pensamiento de los alemanes Max Weber o Georg Simmel. Así que en 1914 tenemos entre los intelectuales latinoamericanos una división entre una mayoría francófila y una minoría germanófila. Pero a partir de 1916, tras las batallas más sangrientas de la guerra, en Verdún y Somme, se produce un cambio en la percepción de la guerra. Esta ya no aparece como el combate entre Francia y Alemania, entre civilización y barbarie, sino una prueba evidente de la muerte de Europa. Durante todo el siglo xix lo latinoamericanos habían construido su modernidad sobre la base de los modelos europeos. Europa era percibida como el centro de la civilización, y París era su modelo final. El argentino Domingo Faustino Sarmiento lo había escrito claramente en 1845 en su Facundo: para ser modernos tenemos que ser europeos. En la Primera Guerra se observa que el centro de la civilización es capaz de sacrificar a diez millones de sus hijos en las fronteras. Eso produce un trauma intelectual también en Latinoamérica.

¿Cómo se manifestó ese trauma?

Un buen ejemplo temprano es el argentino José Ingenieros, que escribe en septiembre de 1914 en la famosa revista porteña Caras y Caretas un artículo que se llama “El suicido de los bárbaros”. Los bárbaros son los europeos. Después de 1916, la idea de la muerte de Europa alimenta todas las representaciones de la guerra. Los latinoamericanos analizan la guerra como la analizaron algunos europeos, como Oswald Spengler en su obra La decadencia de Occidente, de 1918 —una obra que por lo demás fue un gran éxito en todos los países latinoamericanos—. A partir de cierto instante, la guerra es básicamente el momento de la gran desilusión frente a Europa.

Pero usted mencionaba además el descubrimiento de la identidad latinoamericana.

La guerra aparece como una matriz fundamental de lo que la historiografía llama el “Nacionalismo cultural”. El ejemplo brasileño es extraordinario. La Primera Guerra es el momento del nacimiento del nacionalismo cultural brasileño, en torno a la famosa Semana del Arte Moderno de São Paulo en febrero de 1922. Una personalidad dominante de esta Semana fue el poeta Mario de Andrade, muy conocido en los años veinte y treinta, y quien que creía que la verdadera identidad cultural de Brasil no era europea, sino la mezcla de influencias europeas, con la influencia africana y la indígena. En Argentina tenemos otro caso notable: Jorge Luis Borges. Durante la guerra, Borges vivió con su familia en Suiza. Cuando regresó a Buenos Aires después de la guerra sentía que había perdido una parte de su vida, y que ahora tenía que escribir sobre Buenos Aires. La desilusión de Europa tuvo una consecuencia evidente: si no podemos construir nuestra modernidad sobre la base europea, tenemos que redescubrir nuestros propios valores. Que eso haya sucedido satisfactoriamente es otra cosa.

Su libro El adiós a Europa termina con la propuesta de re-pensar la historia latinoamericana a la luz de la Primera Guerra Mundial.

En todos los trabajos académicos sobre Latinoamérica hay dos acontecimientos que articulan el siglo xx: la crisis económica, social y política mundial de 1929, y la Revolución cubana de 1959. Como si los primeros 30 años del siglo xx en Latinoamérica hubiesen sido simplemente la continuación del siglo xix. Eso es falso. La Gran Guerra fue el origen de la hegemonía global estadounidense. También afianzó el nacionalismo y el militarismo, que en toda Latinoamérica han tenido consecuencias graves. Y también animó en América Latina la pregunta, muy actual, sobre la propia identidad. La rehabilitación histórica de la Primera Guerra nos permite ver que ella modeló esencialmente el siglo xx, y que sus efectos sobreviven hasta hoy, también en América Latina.

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