Alberto Salcedo Ramos, Leila Guerreriro y Alma Guillermoprieto

Noticias de ayer

El boom de los libros de periodismo no cesa. ¿Qué pasa cuando las noticias se vuelven libros y los periodistas autores?

2014/02/28

Por Alejandro Gómez Dugand* Bogotá

El escritorio de Juan Sebastián Sabogal, subdirector de noficción de Santillana, vive repleto de manuscritos de periodistas jóvenes que sueñan con publicar un libro: “Acá tenemos más cosas inéditas que publicadas”, dice. Algo parecido ocurre en Planeta: “Hemos publicado muchos primeros libros de periodismo en los últimos años”, asegura Sergio Vilela, su director editorial. Y es cierto: desde hace algún tiempo las estanterías de las librerías se han empezado a llenar de libros escritos por periodistas. No de novelas, como en la época en la que los reporteros de América Latina –García Márquez, por ejemplo– eran en realidad escritores tratando de pagar las cuentas. Hablamos de personas como Leila Guerriero, Alma Guillermoprieto y Alberto Salcedo Ramos.

Muchos de ellos se dedican de manera exclusiva al periodismo, y en varias ocasiones han dicho que no les interesaría escribir ficción. A ellos se les denomina con una palabra tan latinoamericana como pocas: “cronistas”. Y como cronistas, han recorrido el continente dando charlas, escribiendo en revistas de acá y de allá y firmando libros.

Además de revistas como Gatopardo, SoHo y El Malpensante, estos cronistas han encontrado una forma efectiva de llegar al público: los libros. No libros escritos por encargo sobre el narcotraficante de moda o sobre el último delantero que metió un gol en las eliminatorias al mundial. Sus libros no hablan necesariamente de los temas que están en las agendas de los grandes medios. Escriben historias sobre personas, personas comunes en situaciones extraordinarias o personas extraordinarias cuando tienen que ir a comprar el pan. Estos autores y sus libros se han ganado un espacio en ferias y festivales y se han asegurado un público fiel. En cada lanzamiento o conferencia, los lectores llegan donde estos cronistas con una copia de sus libros en mano para conseguir una firma: “Con cariño, Martín Caparrós”, “De tu amigo, Juan Villoro”.

Parece paradójico que estos libros existan. La expectativa de vida de una historia periodística es corta. Suele nacer en un consejo de redacción en el que reporteros y editores tratan de cumplir la labor más básica de este oficio: informar. Dar noticias que ayudarán a sus lectores a tomar decisiones que van desde qué ruta tomar para ir al trabajo hasta saber por quién votar como presidente. Esas noticias están atadas al tiempo, y una noticia de hoy, por definición, está muerta al día siguiente. A un centro de recolección de basuras de la capital colombiana, como La Alquería en el barrio Kennedy, llegan casi diez toneladas de papel periódico al mes, y el trabajo de editores, diseñadores, fotógrafos y reporteros es reciclado y convertido en servilletas y papel higiénico de bajo costo. Se supone que debe ser así. Por más malagradecido que parezca, en eso trabajan la gran mayoría de periodistas del mundo: en proyectos que mueren pronto. Es por eso que la publicación de libros con historias periodísticas es tan extraña.

 

Las historias sin urgencia

El asunto en Colombia tiene precedentes claros. En 1976, Germán Castro Caycedo publicó Colombia amarga, una recopilación de las crónicas que había escrito durante diez años para El Tiempo luego de recorrer el país como reportero. “Creo que ese libro llenaba un vacío en la narrativa de noficción”, afirmó Caycedo en 2011. No era la primera vez que se publicaba un libro de esta naturaleza en Colombia. Maryluz Vallejo, una de las personas que más ha estudiado el periodismo nacional, menciona casos bastante importantes: “Hay un libro de Alejandro Vallejo sobre el asesinato del estudiante Gonzalo Bravo Pérez que dio inicio a la celebración del día del estudiante. Eso pasó el 8 de junio de 1929, y así mismo se llama el libro”. El ocho de junio de Vallejo fue publicado el mismo año de los hechos que narra, casi cuarenta años antes de que Truman Capote publicara A sangre fría y de que se empezara a hablar de periodismo narrativo.

Pero fue solo hasta cuando Germán Castro Caycedo publicó Colombia amarga que el periodismo nacional se instaló en los anaqueles de las librerías: “Yo creí que no valía la pena –dijo Castro Caycedo–; si vende cien libros es mucho, pensé”. Colombia amarga vendió 100.000 ejemplares y ya supera su 40 edición. El libro, además de un éxito editorial, fue pionero de muchos que saldrían en las dos décadas siguientes. Alberto Donadío, periodista y fundador de la Unidad Investigativa de El Tiempo, fue uno de los protagonistas de esa primera oleada. Ante la pregunta de por qué decidió empezar a publicar por fuera de los diarios, Donadío responde sin titubear: “Por la censura que había en El Tiempo. Mi intención nunca fue escribir libros, yo quería publicar los reportajes de la Unidad Investigativa pero eso ya no se estaba pudiendo hacer”. Los libros de esa época fueron, en su gran mayoría, una válvula de escape a una gran prensa que callaba asuntos importantes: “Uno termina refugiado en los libros –afirma Donadío–, exiliado del periodismo”. Lo cierto es que ese exilio se convirtió en una salida para esa generación de reporteros: desde entonces Castro Caycedo empezó a publicar a un impresionante ritmo de un libro al año, periodistas como Juan José Hoyos y Arturo Alape se animaron a escribir historias de largo aliento y libros como Los jinetes de la cocaína de Fabio Castillo y Noticia de un secuestro de García Márquez se vendieron hasta en los semáforos. Desde hace unos diez años otro tipo de libros han llegado a acompañar a esos reportajes que se tuvieron que disfrazar de libros para poder ser publicados. Libros que perfectamente pueden no tener ni un solo capítulo noticioso, y que en cambio pueden dedicar páginas enteras a la vida de un tendero chino en Buenos Aires, a los viejos romances de un compositor vallenato o a un perfil de Evita Perón. Alberto Donadío nota una ruptura: “El trabajo de gente como Leila Guerriero o Alberto Salcedo está en otro estrato. Ellos son bussines class y lo mío es tarifa promo”.

Con la llegada del tsunami de las redes sociales, que aseguran la inmediatez que ni la radio pudo asegurar en sus momentos de gloria, sería ingenuo pensar que el periodismo aún tiene el monopolio de la información que lo mantuvo vivo tanto tiempo. Hoy por hoy, ir a cualquier evento o conferencia donde el tema de conversación sea el periodismo es una experiencia parecida a leer a Nostradamus. Se habla una y otra vez del final definitivo del oficio, se asegura una y otra vez que los grandes medios desaparecerán, que hoy cualquiera que tenga un computador puede ser reportero, que el periodismo tal y como lo conocíamos ya no existe. Lo cierto es que cada día los periódicos parecen estar más flacos, las revistas desaparecen a diario y los equipos de periodistas son cada día más pequeños. La crisis se nota en los contenidos: “Un periódico como El Tiempo parece más una cartelera de noticias oficiales –asegura Donadío–; están haciendo un periodismo muerto, inerte”; y eso ha provocado que los lectores le pierdan confianza a los periodistas.

Es en medio de este Apocalipsis en el que (re)aparecieron los cronistas. Para Felipe Restrepo, hoy editor cultural de Semana y antes editor de Gatopardo, lo que hacen estos nuevos autores “es otro tipo de periodismo que sí trata de contar la realidad pero usa herramientas narrativas de la literatura y que busca estar a su mismo nivel”. Una de las cabezas visibles de este movimiento, y sin duda una lectura obligada de quienes les interese el periodismo narrativo, es Leila Guerriero. Según ella, “el periodismo que recogen esos libros no es un periodismo de noticias ni tiene fecha de vencimiento pronta. A mí me parece que un buen texto periodístico, cuando está bien hecho, trasciende. Si uno puede leer una buena novela de 1980 o de 1820, también puede hacerlo con un texto de periodismo”. Y sin embargo, Guerriero siempre es clara en algo: “Yo nunca me he llamado a mí misma cronista. Yo soy periodista”. Y lo es. Lo es porque el contenido de sus textos es una versión de la realidad, porque antes de pensar en figuras literarias ella, como los otros periodistas narrativos, gastan meses o años obsesionados por conseguir información. Lo es porque sus textos, aunque se escapen de las agendas urgentes, siguen siendo parte del macrorelato que compone una realidad social. La historia de Kid Pambelé, escrita por Salcedo Ramos, no es una biografía adornada sino una radiografía de una nación. Jaime Abello, director de la Fundación Nuevo Periodismo, pone el dedo en un asunto importante: “El concepto de información periodística se ha diversificado. Uno no pude limitarse a una noción de noticia a la manera de los diarios con esa característica de ser efímera y pasajera. Hoy en día lo que vemos es una multiplicidad de manifestaciones, de formatos, de soportes y de modelos de cómo se reproduce y se distribuye la información”.

 

 

Ganancias intangibles

A pesar de lo paradójico que parece, este nuevo periodismo no podría funcionar mejor que en un libro. En palabras de Leila Guerriero: “La crónica, por definición, es lo contrario de la noticia. Una persona que hace crónica o periodismo narrativo llega tres meses más tarde al lugar de los hechos y se queda tres meses más investigando. No hay posibilidad de compatibilizar una cosa con la otra”. Sergio Vilela, que además de editor es también periodista, gastó cuatro años de investigación para publicar su libro El último secreto de Machupichu: “Los libros son una meta que uno mismo se impone. Yo viajé 20 veces a Machupichu y a Cuzco, revisé los archivos de varios países para conseguir información… eso es algo que ningún medio te puede pagar”. Vilela pudo, en el transcurso de su investigación, publicar en algunos medios pedazos de su historia, pero fue solo hasta que la pudo convertir en un libro cuando sus esfuerzos se vieron cristalizados. Antes de ser grandes escritores, los buenos cronistas son reporteros minuciosos. Y el tiempo y dinero que significa encarar este tipo de historias parece tener una correlación más justa con la publicación de un libro que con una nota urgente.

No solo los autores han tomado prestadas herramientas de la literatura; también hay un cambio de actitud en los lectores que se acerca más al proceso de leer ficción que al de leer periodismo. Hoy es posible leer por preferencias de autor, sin importar cuál sea el tema. No parece algo tan importante, es así como la gente ha leído literatura desde siempre.

 

¿La guerra de los géneros?

Alberto Donadío, hijo de la gran prensa, criado como periodista en salas de redacción y representante de ese periodismo de antes, cree que “es muy saludable que ese tipo de periodismo como el de los nuevos cronistas exista, y además se convierte en un dedo acusador de la gran prensa escrita, a la que no le interesa que la gente lea grandes autores y grandes crónicas y reportajes. Y el problema es que el periodismo de calidad no vende más que el periodismo mediocre, y además es más costoso. Al final, un periódico se va a seguir vendiendo, con o sin grandes textos”.

La crónica latinoamericana, en palabras de Martín Caparrós, se convirtió en una manera de pararse al margen, de contar historias de registros más bajos y de abrirle el micrófono a personajes que habían sido excluidos durante siglos de las historias de los medios tradicionales. Esto marca una diferencia clave con sus antecesores. Lo noticioso ya no es una prioridad. Esto, por supuesto, ha generado muchas reacciones, y muchos acusan a los nuevos cronistas de “no decir nada importante”.

No todas son buenas noticias. La crónica es el punk del periodismo: nació rebelde, revolucionaria y contestataria. Fue –y lo es aún en cabeza de los maestros del género– un movimiento tremendamente político y su traslado a los libros podría ser una respuesta al rechazo de los grandes medios de tocar algunos temas espinosos. Pero hoy, cuando ha aparecido una nueva generación de cronistas, la crónica, como el punk, se ha vuelto un tema mainstream, la diva encopetada de todos los eventos, conferencias y feria.

El mismo Caparrós escribió en el 2008 un texto, publicado en la revista peruana Etiqueta Negra, llamado “Contra los cronistas”. Un texto que parecía una respuesta rabiosa a un discurso que él mismo había dado un año y medio antes en el marco del Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Cartagena. “Durante muchos años me dije cronista porque nadie sabía bien qué era, y los que sabían lo desdeñaban con encono –aseguró–. Ahora parece que resulta un pedestal, y me preocupa. Porque no reivindicaba ese lugar marginal por capricho o esnobismo: era una decisión y una política”.

Hoy se habla demasiado de la crónica. “Vaya a saber cómo fue, qué nos pasó –escribe Caparrós–, pero ahora parece que el mundo está lleno de unos señores y señoras que se llaman cronistas”. El mundo está lleno de ellos. En los salones de clases de periodismo una preocupante mayoría de aspirantes a reporteros dice que lo suyo es el periodismo narrativo y ve con cierto desdén a la noticia, al reportaje y a los géneros más informativos. Jorge Cardona, editor general de El Espectador, tiene una costumbre cuando llegan periodistas jóvenes a su sala de redacción y es enviarles por correo electrónico la respuesta que el general Rafael Uribe Uribe le envío a un grupo de estudiantes que querían fundar una revista literaria en 1907. El texto se llama ¡No más versos! y tiene frases que para quienes trabajan en este oficio se convierten en dardos dolorosos pero certeros: “Lo único propio del hombre son los hechos, y (…) para abrirles campo es menester dar primero muerte a las palabras que solo sean palabras”. La intención de Cardona, entre jocosa y recriminatoria, es recordarles a los reporteros que el periodismo, sea en la crónica o en la noticia, “no son un poco de adjetivos y elucubraciones poéticas alrededor de un texto sino que tiene una técnica, un trabajo muy minucioso y un proceso supremamente fino y profesional”. Esto es algo que sin duda los cronistas latinoamericanos entienden muy bien, pero que algunos periodistas jóvenes parecen haber olvidado. El boom ya no lo es tanto, y el nuevo periodismo, diría Caparrós, está un poco viejo. Todo producto de una sobrevaloración de un oficio que se debe hacer sin mayores pretensiones. Un oficio más de artesanos que de artistas.

La crónica está de moda, y la moda es peligrosa. “Hoy el periodismo narrativo –asegura Leila Guerriero– parece que se lo ha puesto en un lugar aspiracional”. Uno de los muchos peligros de que esto ocurra, asegura, es que se pierda una distribución “muy saludable y hasta el momento espontánea” de reporteros: “Sería tremendo abrir un diario y encontrarte con que el diario entero son tres notas de 45.000 caracteres cada una. Siempre van a necesitarse los corresponsales de guerra, los que te cuenten quAlma Guillermoprietoe pasó en la cancha el domingo”.

Hablamos otra vez como Nostradamus. Guerriero asegura que todos son conjeturas apresuradas y que, en todo caso, “no todo el mundo tiene uña para guitarrero”. No todos los que quieren ser cronistas podrán lograrlo ni todos los que quieren cubrir la agenda nacional podrán cumplir sus sueños. “Uno admira un poco lo que se siente absolutamente incapaz de hacer –dice Guerriero sobre los reporteros de noticias–; si me decís que tengo que escribir una cosa en dos horas, no me sale una sola idea”.

La idea de que pueda haber una guerra de géneros en el periodismo, y que el fortalecimiento de la crónica pone en riesgo la noticia, parece no tener asidero en el mundo real. “Nosotros vivimos en Colombia, donde la que manda es la noticia. A nosotros lo que nos pasa es que no damos abasto. Yo puedo cambiar el periódico cuatro o cinco veces al día. Eso no quiere decir que la crónica no tenga un espacio. Al final estamos hablando de dos formas de un mismo periodismo”, dice Cardona.

Dos formas de un mismo periodismo y una sola crisis que arropa a cronistas y reporteros. La razón por la que pueden existir libros de crónicas, y por la que son tan necesarios, es porque un reportero está haciendo bien su trabajo. Al final todas las formas del periodismo enriquecen el ecosistema de información que, para los más románticos, es garantía de una democracia justa.

El problema, asegura Jaime Abello, es que los periódicos cada día se venden menos: “Las dinámicas tecnológicas tienen unos impactos sociales y comerciales muy importantes. Hoy ni el periodismo, ni el público ni la publicidad dependen de los medios”. Hoy el público puede informarse en las redes sociales y los publicistas pueden valerse de un buen video en YouTube para vender. Y sin público, y anunciantes… Nostradamus no lo pudo haber pensado mejor.


 

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