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¿Qué pasó aquí?

José Obdulio Gaviria, Ricardo Ávila, Roberto Pombo y Fidel Cano.

Las columnas de opinión

El retiro de la columna de José Obdulio Gaviria de El Tiempo genera preguntas complejas: ¿cuáles son los límites de quienes colman los espacios de opinión? Arcadia reconstruye los hechos y consulta a editores internacionales al respecto.

Por: Camilo Jiménez Santofimio* Bogotá.
Publicado el: 2012-10-30

El 18 de septiembre llegó el último correo de José Obdulio Gaviria a la redacción de El Tiempo. “Entre las dos y las tres de la tarde”, recuerda un redactor en medio de la enorme sala de redacción del periódico. El e-mail que ese martes acababa de llegar contenía un texto: la última columna de opinión que el exasesor presidencial e ideólogo del uribismo publicaría en el diario más grande de Colombia. A pocos metros, Ricardo Ávila está sentado ante un escritorio cubierto de papeles. Ávila es subdirector de opinión de El Tiempo. También él recuerda ese día. “Como todo medio, presumimos de la buena fe de nuestros columnistas”, dice. “Cuando recibimos el texto no teníamos elementos para saber que la conversación que citaba era falsa”.

Pero lo era. Y así comenzó la caída de uno de los columnistas más leídos y más polémicos del país, uno que durante años había entablado guerras verbales contra sus enemigos, que había defendido el gobierno de Álvaro Uribe y que había acusado a otros de dirigir campañas en su contra. Ahora es él quien lidera campañas: contra el presidente, contra la guerrilla, contra el secuestro, contra el terrorismo. ¿Pero debe un columnista liderar campañas políticas? ¿Es ese el deber de un periodista de opinión? En todo el mundo, si quiere llamarse periodista un comentarista tiene obli-?gaciones: debe atenerse a los hechos y trabajar con rigor. De ahí el escándalo que no solo decretó (por ahora) el fin de Gaviria como columnista, sino que también ha desatado una tormenta sobre una de las instituciones más poderosas de Colombia: la columna de opinión.

El miércoles 19 de septiembre, el texto de Gaviria apareció en las páginas editoriales de El Tiempo. Se titulaba “Hay que creerles” y contenía una verdadera bomba mediática, una chiva que su autor había supuestamente obtenido de un desmovilizado de la guerrilla. Gaviria sostenía que el Alto Comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, había negociado con las Farc en La Habana la liberación de un secuestrado. Los guerrilleros negaron y señalaron al ejército y a la extrema derecha. Cuando el presidente Juan Manuel Santos se enteró, dijo que “había que creerles”. Pero fuentes de inteligencia atribuían el plagio a las Farc –continúa Gaviria–, y Jaramillo amenazó con levantarse de la mesa de diálogos, pero tras un debate, los insurgentes dejaron libre al secuestrado.

La noticia llegaba dos semanas después de que el gobierno y las Farc presentaran su iniciativa de paz. De ser verdad, significaba que uno de los cerebros de las negociaciones estaba dispuesto a echar el proceso por la borda a causa del secuestro de un solo individuo. No solo eso. El tono informal de la conversación reproducida por Gaviria podía socavar la seriedad del gobierno. Que las partes en Cuba coordinaran la liberación de un secuestrado en Colombia revivía fantasmas del Caguán, donde la zona de distensión había sido utilizada, entre otras cosas, para negociar secuestros. La denuncia, en fin, habría podido causar una crisis para la paz.

Sucedió lo contrario. Cuando ese miércoles el diario ya circulaba, un teléfono sonó en la oficina de Roberto Pombo, el director de El Tiempo. Un familiar del secuestrado le reclamaba haber publicado tal “bellaquería”. Esa mañana, también Sergio Jaramillo hizo su reclamo: lo que decía Gaviria era falso. “Ante la reacción fue evidente que el autor no decía la verdad”, relata Ricardo Ávila. Entre tanto, Gaviria había hablado con periodistas de La W y había admitido que el mismo familiar del secuestrado le había dado una versión, que él había omitido. Dijo que una parte de la denuncia era “literatura política” y que él era parte de “una campaña contra el secuestro” y que “no va a haber nadie que nos convenza que nos tenemos que quedar callados”.

Al día siguiente, El Tiempo publicó una nota informativa sobre la polémica y una carta en que Jaramillo acusaba a Gaviria de una “absoluta invención” y de querer “distorsionar con información falsa el esfuerzo del Gobierno”. Exigía una “inmediata rectificación”. En la misma edición del diario –cuyo director más tarde se mostró “indignado” ante los medios para distanciarse de su autor– apareció un editorial que decía que el exasesor de Álvaro Uribe “cruzó en su columna de este miércoles una línea que no debería traspasar ningún periodista”.

Buscando la verdad

Hasta hoy, José Obdulio Gaviria no se piensa retractar. En conversación con Arcadia dijo: “Está totalmente demostrado que fueron las Farc. Es más, fue la Teófilo Forero. Y tampoco me retracto en lo esencial, que es mi oposición a este proceso [de paz] absurdo”. Sobre su salida de El Tiempo sostuvo que “mi columna ya estaba condenada por denunciar [anteriormente] el secuestro de un antichavista, por denunciar a Santos y a la Ministra de Relaciones Exteriores y sus profundos vínculos con el chavismo”. ¿Cómo lo prueba? A esto, Gaviria no da respuesta.

La versión de la familia permanece hasta hoy distinta. También los registros militares cobijan otra historia. Según una fuente del grupo antisecuestro Gaula, consultada por Arcadia, el secuestro se dio en agosto cerca de Agua de Dios. Se trataba del yerno de un industrial antioqueño, amigo personal de Uribe. A diferencia de lo dicho por Gaviria, inteligencia le confirmó a Juan Manuel Santos que no se trataba de las Farc sino de criminales comunes que no sabían a quién habían raptado. Si bien el presidente sacó al director del Gaula de sus vacaciones para que se apersonara del caso, mantuvo a Sergio Jaramillo a raya. La historia terminó bien: las autoridades ubicaron la red en Anapoima y al secuestrado en Viotá, y la familia, que se opuso a un rescate, negoció la liberación tres semanas después del secuestro.

Un mes ha pasado desde la columna de José Obdulio Gaviria. Y mientras que para él las cosas han cambiado, para los medios de comunicación el temblor solo duró siete días. Durante la polémica, Gaviria no contestó a su teléfono –estaba supuestamente de viaje– y solo una semana después habló con un redactor de El Tiempo que le pidió que no enviara más columnas. El jefe intelectual del uribismo ha perdido su puesto y su credibilidad como periodista. Se le acusó de querer torpedear el proceso de paz, de conspirar para vengarse de un empresario que antes apoyaba a Uribe y ahora le da espaldarazos a Juan Manuel Santos (señalación que Gaviria rechaza como “parte de un linchamiento muy elaborado” del que supuestamente es víctima). El Tiempo, entre tanto, ha rellenado su espacio. En la redacción, todo ha vuelto a la normalidad.

La opinión en el mundo

Pero este no debería ser el final de esta historia. Pues la misma frase con que el diario abrió su editorial para distanciarse de Gaviria sigue siendo válida para el periodismo de opinión. ¿Ha sido él el único en cruzar aquella línea que no debería traspasar ningún periodista? ¿Cuáles son los límites de quienes colman los espacios de opinión? ¿Debe ser un columnista un periodista profesional? En resumen, ¿cómo se maneja el periodismo de opinión en Colombia?

Para comprender la particularidad del caso colombiano, vale la pena mirar hacia afuera. La prensa estadounidense y europea tiene una visión menos liberal de la opinión periodística. Si bien diarios como The New York Times, El País, Le Monde y The Guardian tienen páginas editoriales ampliamente leídas, ni sus editores ni sus autores consideran un acto de censura que se verifique o se edite el contenido de una columna, siempre y cuando sea justificado. Aquí, el principio fundamental es el viejo adagio periodístico que reza: “Cada quien está autorizado a tener su propia opinión, pero no sus propios hechos”.

Peter Canby, jefe de verificadores de la revista The New Yorker, le dijo a Arcadia: “Para nosotros la opinión periodística es argumentación con base en hechos y por esa razón siempre la verificamos”. Cuando un comentario llega a sus manos, Canby y su equipo toman el teléfono, hablan con fuentes, confirman la veracidad informativa y la calidad argumentativa. “Hablamos con el autor no solo cuando hay problemas de información, sino cuando sentimos que falta depurar la argumentación”, dice Canby. Algo parecido piensa Detlef Esslinger, editor de opinión del diario Süddeutsche Zeitung, el más grande de Alemania: “No se trata de imponer una opinión, lo que nos interesa y lo que revisamos y editamos son el contenido informativo y el nivel de análisis. Si son buenos, el lector decidirá si comparte la opinión del autor”.

Más allá de cualquier diferencia cultural, un problema que el caso de José Obdulio Gaviria destapa es la falta de profesionalismo en los espacios de opinión en Colombia. Como le dijo a Arcadia un veterano editor, “el problema de los opinadores es que, a diferencia de los periodistas, ellos no tienen el ‘chip’ de la verdad”. Tiene razón: no todos los columnistas son periodistas. Y no todos escriben opinión en sus columnas. En Colombia abunda la diversidad. Bajo “opinión” se encuentran investigaciones como las de Daniel Coronell, humor como el de Daniel Samper Ospina, chismes como los de Poncho Rentería, recetas como las de Harry Sasson. La lista es larga. Esta situación pone a las redacciones ante el desafío de exigir profesionalismo y métodos de verificación, y ante la pregunta de si una columna debe ser un espacio exclusivo para la opinión veraz y argumentada.

Tras conversar con directores y editores, Arcadia concluye que la situación de la opinión en la prensa es crítica en parte porque no existen los medios financieros para contratar equipos de verificadores y vigilar así las páginas editoriales. En algunos casos, sin embargo, también predominan la falta de voluntad y el temor a perder audiencia. “El columnista ha dejado de ser un transportador de argumentos y se ha convertido en una vedette: los egos se han vuelto demasiado grandes”, le dijo a Arcadia un famoso exeditor de opinión que pidió no ser identificado. Fidel Cano, director de El Espectador, el diario colombiano que más espacio ofrece a los columnistas, dice: “Yo no soy amigo de intervenir la opinión, pues ahí está el conflicto de la libertad de prensa: si comienzo a editar, ¿dónde pongo la raya?”. Cano, que salvo excepciones escribe todos los editoriales de su periódico, conoce bien los problemas de la opinión. En el 2011, él mismo despidió al entonces columnista estrella del uribismo Ernesto Yamhure después de que se conociera que textos suyos pasaban por manos del jefe paramilitar Carlos Castaño. “Hay que saber a quién se invita”, dice Cano. “Pero esto es difícil porque en principio se le tiene confianza al columnista”.

Algo similar piensa el subdirector de El Tiempo Ricardo Ávila. “Los columnistas tienen derechos y deberes. Su opinión se respeta así no coincida con la del periódico, pero también la verdad merece respeto”, dice. En el caso de José Obdulio Gaviria ya había precedentes. Su historial era conocido antes de su llegada a El Tiempo. En el 2007, cuando escribía para El Colombiano, había agraviado a unos sindicalistas. Cuatro años después debió retractarse. ¿Por qué lo acogió la dirección de El Tiempo? ¿Por qué no procedió expeditamente como lo hizo en el 2009 cuando con una escueta “Nota de la Redacción” despidió a la columnista Claudia López después de que esta atacara al periódico y lo acusara, con o sin razón, de fabricar noticias?

A comienzos de ese mismo 2009, cuando el gobierno de Uribe polarizaba al país, Roberto Pombo asumió la dirección de El Tiempo. El diario se alistaba para vivir un “cambio conceptual” y abrirle sus páginas a voces de derecha e izquierda. En una declaración de principios, Pombo anunció que “la controversia entre interlocutores de diferentes tendencias es la mejor manera de aproximarse a la verdad”. Poco después, en un conversatorio, Ricardo Ávila enfatizó que un columnista “también tiene deberes, como es saber exponer sus argumentos, absteniéndose de hacer acusaciones temerarias”. Casi cuatro años han pasado. La línea moderna ha quedado consignada en el papel, pero no se ha aplicado cabalmente. El Tiempo ya dio por cerrado el caso de José Obdulio Gaviria. No hay planes de revisar el archivo de sus columnas como lo hizo el New York Times en el 2003 cuando descubrió que un reportero había cometido fraude.

“El margen que tiene un columnista en Colombia es más amplio que el de un reportero –interrumpe Ávila–, por eso aquí hay una diferencia, pues en el caso del Times se trataba de un reportero, no de un columnista”. Ahí parece estar la explicación: a los columnistas se les cree hasta que se caen solos. O hasta que dejan de ser útiles. No solo en El Tiempo y El Espectador, sino en toda Colombia.

* Corresponsal de medios internacionales y cronista de Semana.