El escritor francés Louis Ferdinand Céline.

Céline versus Céline

El alcalde de París lo dijo: “Céline es un excelente escritor, pero un perfecto cabrón”. ¿Merecía el autor de Viaje al final de la noche el homenaje que la sociedad francesa acaba de negarle?

2010/02/28

Por Hernán A. Melo Velásquez

Louis Ferdinand Céline, cuyo nombre de pila era Louis Destouches, escritor lascivo por don y médico higienista por vocación, condenado en 1950 a la indignidad nacional, falleció de una hemorragia cerebral el 1 de julio de 1961, aislado y haraposo en su casa de Meudon, a unos cuatro kilómetros del suroeste de París. “Recibí un don para la literatura, pero no siento una vocación hacia ella. Mi única vocación es la medicina y no la literatura”, declaraba en 1954.

En la mañana de su muerte, Céline anunció a Lucette Almanzor, su tercera mujer, que había acabado el manuscrito de Rigodon, su última novela. Viaje al final de la noche, su primer libro, publicado en 1932 por su editor Robert Denoël (asesinado en 1945), le llevó inmediatamente a la consagración literaria.

Un amigo de Céline, Lucien Rabatet, asociado al antisemitismo, contó que no estaban presentes más de treinta personas en el cementerio y que el cura de la parroquia de Meudon se había negado a rociarle con agua bendita. “Llovía. Fue un entierro incomparable, aquel que merecía Céline”, manifestó Rabatet. Solo un periodista siguió el cortejo fúnebre. Era judío y se supo que acompañó el féretro de Céline hasta su tumba. Mientras tanto, los diarios parisinos miraban a otro lado y destacaban el suicidio de Hemingway.

Cincuenta años después, tras recibir la recomendación de un comité de personalidades nombrado por él mismo, el ministro de la cultura francés Frédéric Mitterrand, sobrino del ex presidente socialista, incluyó su nombre en la lista de personajes que debían ser homenajeados en las Celebraciones nacionales de 2011. Esta postulación abrió, de inmediato, el sempiterno debate en Francia en torno a la vida y obra de Céline. Transcurrido medio siglo, los franceses siguen en desacuerdo sobre cuál es el lugar en la memoria nacional del “admirable monstruo”, como le llamó el historiador del arte Élie Faure.

Tras filtrarse en la prensa la decisión del ministerio de Cultura, la presión de Serge Klasfeld, presidente de los Hijos de deportados judíos franceses (FFDJF), obligó a Mitterrand a dar marcha atrás en su decisión. “No corresponde a la República conmemorar un hombre como Céline. No podemos hacer abstracción del lado negativo del personaje”, había dicho Klasfeld, asegurando que llamaría al presidente Sarkozy si el nombre de Céline no era vetado. El alcalde de París, Bertrand Delanoë, no vaciló en apoyar la postura de Klasfeld: “Céline es un excelente escritor, pero un perfecto cabrón”.

Un debate similar tuvo lugar en Noruega en 2009 alrededor de la figura del escritor Knut Hamsun (1859-1952) premiado con el Nobel de literatura en 1920 y conocido pro-nazi. El mismo que ofreció su medalla del Nobel a Joseph Goebbels y que a la muerte de Hitler escribió un obituario llamándolo “guerrero por la humanidad”. La sociedad noruega se dividió a la hora de conmemorar los 150 años del nacimiento de Hamsun, adulado en su país antes de la Segunda Guerra. Finalmente, los noruegos se gastaron solo un millón trescientos mil euros en el homenaje a Hamsun, cuando en 2006 destinaron siete millones y medio por el centenario de la desaparición de Henrik Ibsen. ¿Cuánto gastarán los franceses por Céline?

Lo cierto es que en Francia, a pesar de la polémica que suscita, el apetito por la obra de Céline sigue intacta. El 6 de abril de 2001, la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) desembolsó la cifra récord de 1’851.000 euros por el manuscrito de Viaje al final de la noche. En 2002, un comprador anónimo obtuvo los originales de Norte por 360 mil euros, y cada carta de Céline que circula en el mercado no vale menos de mil euros. Asimismo, las raras ediciones de sus tres panfletos más polémicos (La escuela de los cadáveres, Bagatela por una masacre y Las hermosas banderas), por ser los más antisemitas, han alcanzado en estos últimos años precios rimbombantes. Todo por cuenta de la decisión de su última esposa de no permitir su reedición, manifestando “que no es aún la hora de reeditar estos textos, que tanto daño hicieron a su autor; tal vez más tarde, cuando llegue un tiempo en que no haya antisemitismo”.

Conviene extraer un fragmento de Bagatela por una masacre para apreciar su tenor: “Los judíos, estériles, vanidosos, devastadores, monstruosamente megalomaniacos, puercos, consolidan ahora, bajo el mismo estandarte, su conquista del mundo, el aplastamiento monstruoso, envilecimiento, aniquilamiento sistemático y total de nuestras emociones más naturales, de todos nuestros artes esenciales, instintivos, música, pintura, poesía, teatro… reemplazar la emoción aria por el tambor de esclavos negros”.

Doctor Céline y Mister Céline

¿Por qué detestan a Louis Ferdinand Céline? Posiblemente porque además de ser un genio del estilo, inventor de una lengua inimitable, fue también un antisemita, racista, lenguaraz, provocador, anarco-fascista, colaborador nazi, sacrílego, mezquino, frecuentador de putas. Su primera mujer, Suzanne Germaine Nebout, a quien conoció en su etapa londinense de 1916, trabajó en un burdel. Él la abandonaría algunos meses más tarde. Céline, médico higienista, detestaba lo políticamente correcto en la literatura.

Los defensores de Céline creen que, por el contrario, debió ser homenajeado por su contribución a la prosa francesa, por su estilo incisivo, por su “genio cómico”, por lo que supo decir de la guerra, por darle una voz a la desesperanza del ser humano. Nadie como él, dicen, se convirtió en espejo de un siglo XX marcado por las guerras más brutales (Céline participó en la Primera Guerra Mundial donde resultó herido y recompensado con la Cruz de Guerra), por el holocausto judío y la emergencia de los sistemas totalitarios.

Además, “la literatura no es necesariamente asociada a nobles sentimientos”, apunta en este debate el actor Fabrice Luchini, famoso en Francia por sus lecturas públicas de Céline, Roland Barthes, las fábulas de La Fontaine y, más recientemente, del filósofo Philippe Muray.

El mismo Muray publicaba en 1981 esta defensa de Céline: “El nombre de Céline pertenece a la literatura, es decir, a la historia de la libertad. Conseguir expulsarlo con el fin de integrarlo enteramente a la historia del antisemitismo, y hacerlo inolvidable bajo este único aspecto, es el particular propósito de nuestra época, tan evidente es que esta época, en lo sucesivo busca ignorar que la Historia era esta suma de errores considerables que llamamos vida, y se mueve ahora dentro de la ilusión de que podemos suprimir el error sin suprimir la vida. Y, al fin de cuentas, no será únicamente Céline quien será aniquilado, sino también toda la literatura, y hasta el recuerdo mismo de la libertad”.

Lo que sabemos es que, desde siempre, la frontera de la libertad literaria ha sido más bien brumosa. Henry Godard, reconocido especialista de Céline y editor de varios de sus libros, evocó hace unos días, en un artículo de prensa, los sonados procesos contra Gustave Flaubert y Charles Baudelaire, recordando de paso que “Céline aportó a la literatura francesa algo radicalmente nuevo”. En efecto, en 1857, Flaubert y Baudelaire fueron acusados por el procurador imperial Ernest Pinard de “ultraje a la moral pública y las buenas maneras” por Madame Bovary y Las flores del mal.

Exponía el procurador imperial que Madame Bovary era una “novela inmoral desde el punto de vista filosófico” y una simple “historia de adulterios de una mujer provincial”. Concluía además que “hay límites que la literatura, incluso la ligera, no debe traspasar”. Solo las amistades de Flaubert, en particular con la alta sociedad del Segundo Imperio, le salvaron de una condena.

Baudelaire, perseguido por el mismo tribunal y por las mismas razones, no tuvo la misma suerte y fue hallado culpable en un proceso que duró pocas horas. Le privaron de sus derechos cívicos, fue condenado a pagar 300 francos y suprimieron algunos poemas del libro. “La creación artística, cuando es auténtica, constituye ella misma un orden que no se confunde con los otros órdenes de valores, sobre todo con el orden moral”, objetaba André Malraux, autor de La condición humana.

De un Céline a otro

Por estos días, los detractores de Céline citan al conde de Lautréamont para cargar en su contra: “Toda el agua del mar no bastaría para lavar una mancha de sangre intelectual”. Para ellos Céline es ante todo el autor de páginas de un “insoportable antisemitismo” y de una “extrema violencia verbal”. En una columna del diario Le Monde, el periodista Patrick Kéchichian explicaba por qué también se opuso al homenaje a Céline:

“Puesto que bajo el infame individuo se escondía un gran escritor, mejor que festejemos a éste último y nos olvidemos del primero. Pues bien, esto es lo que buscan aquellos que hablan de censura.

El artista está por encima (o a un lado) del imperativo moral. Su arte le da vuelo. Y, celebrándolo, damos el triunfo a este arte, en un cielo libre de cualquier mala intención. Pero no, decididamente, esta operación resulta imposible. Hay que oponernos, ya que hay una unidad en la persona del hombre y del escritor. Rechazar esta separación es una manera de respetar al escritor, de contemplar su palabra como integralmente responsable y su obra como un conjunto coherente”.

En una entrevista radial el Ministro de la Cultura explicaba oficialmente la evicción de Céline de los homenajes nacionales, subrayando previamente el aporte de Céline en la historia de la literatura: “En cambio, por el hecho de haber puesto su pluma al servicio de una ideología repugnante, como la del antisemitismo (…) Louis-Ferdinand Céline no debe inscribirse en una celebración de los valores de la Nación y la República”.

Sin embargo, acaso debería tenerse en cuenta en esta controversia que constituir juicios morales que despachen al autor y su obra al purgatorio de la memoria nacional implicaría, en honor a un justo equilibrio, dejar por fuera a muchos escritores destacados pero que simpatizaron, por ejemplo, con el fascismo. Es el caso de Henry de Montherlant (1895-1972) y de Pierre Drieu La Rochelle en Francia; en Italia, a Gabriele D’Annunzio (1863-1938), Luigi Pirandello (1867-1936) y Curzio Malaparte (1898-1957), entre otros. Y en otra orilla ideológica, Mario Benedetti fue mal mirado por su apoyo al castrismo y su rechazo de la homosexualidad.

En últimas, tal vez deberíamos seguir el consejo de Wyatt Mason, traductora de Arthur Rimbaud, quien escribió a propósito de Céline en la New York Review of Books: “Para entender a Céline, debemos estar listos y autorizar la lectura de todo lo que escribió”.

Pero incluso leyendo toda su obra, el verdadero Céline, ese enrevesado ser humano que solo pudo conocer su viuda Lucette Almanzor, que cuenta hoy con 98 años, continuará siendo una incógnita para sus partidarios y adversarios: en Céline secreto (editorial Veintisiete Letras), Lucette explicaba que “era un ser desesperado, de un pesimismo total, pero que al mismo tiempo nos daba una fuerza increíble. Había en él una intensidad en la tristeza de la que todo el mundo huía. (…) Era un sentimental, un fetichista que guardaba todo, incluso la vieja cacerola de su madre. Tardé 25 años en conocerle. Era más fácil entenderlo que explicarlo, porque en general decía lo contrario de lo que pensaba”.

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