RevistaArcadia.com

Científicos vs. literatos: un debate sobre las opiniones escritas

Alejandro Gaviria, columnista de El Espectador, revivió hace poco en su muy leída columna un interesante debate sobre “las dos culturas”, una conferencia magistral dada por el novelista y científico británico C.P. Snow en 1959, en Cambridge. Básicamente, Snow contraponía el discurso de los científicos sociales al de los intelectuales literarios, y argüía que muchos de estos intelectuales no saben casi nada de ciencia, y no se avergüenzan de no conocer la segunda ley de la termodinámica, mientras que cualquier científico se sentiría incómodo de no saber quién es Shakespeare. Gaviria utiliza la dicotomía propuesta por Snow —que tuvo enorme repercusión en su época— para criticar la falta de rigor de los columnistas literarios, cuando escriben sobre la realidad nacional. Arcadia ha querido profundizar el debate.

2010/06/11

Alejandro Gaviria. Decano de la Facultad de Economía de Los Andes y columnista de El Espectador  

En 1959, hace ya 50 años, el físico y escritor inglés C.P. Snow publicó un polémico libro titulado Las dos culturas. De un lado, están los intelectuales literarios, los letrados y sus elocuentes promotores; del otro, los científicos, los investigadores y algunos escritores con inclinaciones positivistas. Caricaturizando convenientemente la caricatura de Snow, no está demás señalar que muchos intelectuales literarios, como el proverbial emperador, caminan desnudos, descubiertos, mal arropados, que buena parte de sus generalizaciones (y admoniciones) lucen vacías para quien se atreva a abrir los ojos.

Cincuenta años después, algunas de las ideas de Snow siguen siendo relevantes para el ejercicio necesario de la crítica a la crítica. En Colombia y en buena parte de América Latina, los intelectuales literarios son amos y señores de los espacios de discusión y análisis de la realidad social y económica. Pero sus ideas, sobra decirlo, no son un paradigma del rigor o del apego a los hechos o de la objetividad. Su manía inductiva, su tendencia a pasar de los episodios particulares (o de las observaciones psicológicas puntuales) a los juicios generales, es curiosa, casi patética.

Para Daniel Samper Pizano, por ejemplo, el sacrificio de "Pepe", el hipopótamo errante, es un reflejo de la colombianidad, de nuestra tendencia a resolverlo todo a bala, de nuestra inveterada inclinación a la violencia. De lo hecho a lo dicho hay por supuesto mucho trecho, pero no importa: muchos intelectuales no están en el negocio de las opiniones verificables. Para ellos basta un simple ejemplo, un solo episodio, para proponer una teoría general, una visión rotunda de la sociedad. Las élites colombianas, dicen, son egoístas; los políticos, oportunistas; las clases medias, arribistas. Lo mismo, olvidan, ocurre en todos los lugares y ha ocurrido en todos los tiempos. La clase media siempre ha mirado hacia arriba, en la China contemporánea, en la Inglaterra de las novelas de Jane Austen, etc. Pero algunos intelectuales criollos decidieron hace un tiempo que el arribismo es un atributo local, una aberración colombiana.

El mal es de muchos, no es exclusivo por supuesto de los intelectuales colombianos. La novelista mexicana Elena Poniatowska denunció recientemente la supuesta falsedad de sus compatriotas. "Los mexicanos —escribió— llevan varias máscaras y se esconden detrás de ellas. Dicen sí cuando en realidad no van a hacer lo que afirman, como cuando dicen nos vemos el jueves y nunca te ven. Los mexicanos son evasivos, tienen miedo a caer mal o a que no los quieran… Cuando están diciendo que sí saben en el fondo, muy bien, que no lo van a hacer. Te voy a buscar, dicen, y saben que no te van a ir a buscar nunca". ¿No hacen lo mismo, cabe preguntar, los bogotanos o los habitantes de cualquier metrópoli latinoamericana? ¿El miedo al desamor no será más bien una característica de la especie que un capricho de los mexicanos? La crítica social de muchos intelectuales no resiste dos preguntas improvisadas.

Pero los intelectuales literarios no solo yerran en sus diagnósticos; su visión del cambio social es también problemática. Rotunda. Casi desesperada. Muchos de ellos, los mismos que firman toda suerte de cartas abiertas y comunicados, suponen, como escribió hace un tiempo el economista Albert Hirschman, que el cambio social no es incremental, sino abrupto, "un breve interludio entre dos sociedades estáticas: una, injusta y corrupta, que no admite la posibilidad de mejora, y otra, racional y armoniosa, que ya no es necesario mejorar". En fin, cincuenta años después, conviene recordar las ideas C.P. Snow, su crítica sutil a los intelectuales literarios, a los omnipresentes profesionales de la carreta.

Yolanda Reyes. Escritora y columnista de El Tiempo

No estoy de acuerdo con esa categorización que propone Snow para un fenómeno tan complejo como el de la escritura, porque me parece un rezago de esas dicotomías decimonónicas que alguna vez separaban las llamadas "ciencias exactas" de las "ciencias del espíritu". Si ya desde el siglo pasado hemos aceptado que el ojo del observador afecta lo observado, y elige lo que observa y lo que no, me parece que el mundo —incluso, el mundo de la ciencia— se ha vuelto menos susceptible de ser encasillado en dos categorías excluyentes. Prefiero pensar en que nos ubicamos en algún punto de un continuum. Si los géneros se mezclan y hasta se borran las fronteras de países, ¿por qué aceptar esos límites infranqueables en un oficio como el de escribir columnas de opinión? Si un joven físico en Italia se gana un premio literario con su novela La soledad de los números primos, ¿por qué no puede un escritor aproximarse, desde una perspectiva documentada, al mundo de las matemáticas o al de la crisis económica? Me parece que es la misma crítica de Gaviria la que "propone una visión rotunda" (en blanco y negro) del oficio de escritor. Habría que preguntarle a Gaviria a quiénes se refiere con ese "ellos". Sería como decir que todos los economistas son de la misma escuela, que todos los políticos son ladrones, que todos los colombianos, que todas las mujeres... en fin. Si escribimos y firmamos una columna, quizás es porque aspiramos a que cada letra sea distinta. ¿Qué es eso de los literatos? ¿Un sindicato único de trabajadores? ¿Por ejemplo, qué tienen en común Ospina y Caballero? Yo les veo muchas más diferencias que similitudes. Y en cuanto a lo de que basta un simple episodio para proponer una teoría general, no lo veo así. Pero sí puedo ver que un simple episodio contribuye a ilustrar (a veces) un fenómeno. Un joven de Soacha asesinado en Norte de Santander, con unas botas nuevas del mismo pie y un uniforme militar que le queda tres tallas grandes, no propone una teoría general de la sociedad, pero ayuda a poner el dedo en una llaga de la sociedad. ¿Qué tal que hubiera que esperar a tener una comprobación empírica o un porcentaje X de jóvenes asesinados, para poder hablar de los "falsos positivos"? A veces basta con un simple indicio, con una mínima sospecha, con una sola mujer que se muere tirada en un pasillo de hospital, para sentir la obligación de darle voz. Y eso no es hacer una teoría. O bueno, es hacer una teoría sobre la forma como se ve afectada una persona por lo que se hace o no en la esfera de lo público.

Sin encasillarme en escribir exclusivamente desde el territorio de las emociones, me parece válido albergarlas: dar cuenta no solo de los hechos, sino de cómo los sentimos. Pero ahí caben muchos matices y siempre, en cada columna, hay que volver a barajar para elegir la perspectiva, la voz, el tono. Por ejemplo, si voy a hablar sobre políticas públicas de infancia, quizás me sitúo desde lo que conozco sobre el tema para escribir desde una perspectiva más argumentativa o más "técnica". Pero en muchas ocasiones, una de nuestras tragedias nacionales se puede contar desde lo que le pasó a ese niño particular al que mataron, o desde la perspectiva de esa familia de desplazados que hoy duerme en un parque. Entonces es válido recurrir a la imaginación —imaginación como ejercicio de ser El Otro— para dar voz al drama particular que escapa de las cifras y de los argumentos racionales. A veces, conmover al lector y hacerlo sentir con los otros; a veces zarandearlo, sacarlo de su zona de confort y buscar esa articulación entre la tragedia particular y la tragedia colectiva, requiere ir más allá del terreno de lo fáctico hacia el terreno compartido de las emociones: ahí caben el asombro, la indignación, la empatía, la compasión y, sobre todo, las preguntas. Y como una columna no son Todas las Columnas que sostienen el edificio, soy consciente de que aportaré, si acaso, otro ladrillo a la pared del edificio. Y al saber que soy solo una voz, en el crisol de voces, me preocupo por construir la mía. El que sale ganando es el lector.

Hector Abad. Escritor y Columnista de El Espectador

Trato de englobar las preguntas en una reflexión que de algún modo las unifique. Sin duda en Colombia, entre las tres culturas (la religiosa, la humanista y la científica) hemos tenido mucho más de las dos primeras que de la última. Por eso me parece sano que a los "intelectuales literarios" se nos recuerde la existencia de esta última, que ha tenido un desarrollo vertiginoso en el último siglo. Demuestra tanta incultura quien no conoce a Shakespeare como quien ignora las reglas fundamentales de la física; es tan grave no haber leído a Cervantes como no tener nociones de la teoría de la evolución o de la genética. No creo que para ser buen poeta o buen cura haya que saber estadística, pero un buen comentarista político no puede ser un analfabeto numérico. Yo resumiría el propósito de las tres culturas con tres palabras griegas: dogma, doxa y episteme. Los religiosos aquí piensan basados en dogmas: lo que la Iglesia declara que es verdadero. La "doxa" es el reino de la opinión (aquello que no se sabe bien si es verdadero o falso). La "episteme" es el terreno del conocimiento, o incluso de la verdad, o al menos de esa verdad que llamamos comprobación científica. La literatura no está en ninguna de estas categorías: los poetas tienen intuiciones maravillosas de la verdad, pero no llegan a ellas ni por el dogma, ni por la opinión, ni por la verificación de teorías. El arte se sale de esas categorías. Estoy de acuerdo en que los comentaristas deberíamos usar más datos factuales al elaborar nuestras opiniones. Debemos usar censos, estadísticas, datos demográficos, cifras verificables. Pero creo también que incluso los comentaristas científicos, tarde o temprano, y en algunos temas, no pueden sino entrar en el terreno de la doxa, de la opinión, de lo que es más intuitivo que verificable. No creo, como los posmodernos, que todo sea opinión y medias verdades; creo que hay argumentos mejores que otros. Pero en temas como el amor y la política estamos todavía muy lejos de la episteme, es decir, de la Verdad absoluta y el conocimiento científico.

Ruddy Hommes. Economista y columnista de El Tiempo

No le veo nada malo a clasificar a la gente en categorías diferentes de acuerdo con uno u otro criterio, siempre y cuando no sea para utilizar estas categorías para excluir o para establecer diferencias que permitan después discriminar a alguna categoría o subordinar una categoría a otras. En cuanto a la distinción entre los científicos y los intelectuales me parece válida en el sentido de que utilizan metodologías diferentes para entender el mundo y proponen explicaciones para describirlo que son distintas. Pero esa diferencia no puede ser una base para decir a priori que una manera de hacerlo es mejor que la otra.

Cuando se generaliza a partir de una sola observación se corre un grave riesgo de equivocarse. Uno puede constatar que un cisne es negro pero eso no quiere decir que todos los cisnes lo sean. Pero al mismo tiempo, una sola matanza debe ser suficiente para condenar el proceder de un grupo armado legal o ilegal, y un solo "falso positivo" debería conducir a un estado de alerta sobre el proceder de la fuerza pública. La investigación periodística no está basada en el llamado método científico y es efectiva y valiosa cuando se hace bien y se lleva a cabo sin agendas ocultas o para satisfacer intereses o emociones personales.

Sí creo que los "literatos" tienen mucho que decir y que pueden interpretar la realidad y discutirla desde un punto muy diferente al de los científicos. Eso es muy valioso. El decano del Sloan School de MIT me dijo en una visita que hizo a la Universidad de los Andes que él reclutaba artistas e intelectuales (filósofos, escritores, historiadores) porque enriquecían el programa con un punto de vista diferente al de los ingenieros, economistas y abogados. No me gusta la utilización de las categorías para atribuirles virtudes o defectos a los dos grupos y juzgar a partir de ellos su relevancia o la validez de la forma como interpretan el mundo. Creo que lo más valioso es que la gente con distintos puntos de vista, con distintas formas de interpretar la realidad, tengan la oportunidad de conocer y debatir las ideas de sus contrarios. Los lectores también se benefician y, como generalmente conocen qué métodos utiliza el columnista para conocer e interpretar la realidad, o para tratar de influir, van a juzgar sus opiniones de acuerdo con ese conocimiento.

Cuando escribí una columna condenando los asesinatos de jóvenes inocentes por parte de miembros de la fuerza pública lo hice motivado por la indignación, la vergüenza y la compasión que me produjo un artículo sobre las madres de Soacha que había aparecido el domingo anterior en El Espectador. Mi admiración por las intervenciones de personas destacadas para tratar de corregir injusticias proviene de haber leído de niño que Zola había denunciado en un célebre discurso la injusticia que habían cometido los tribunales franceses contra el capitán Dreyfuss, de religión judía, que había sido condenado a prisión perpetua por una supuesta traición a favor de Alemania durante la Primera Guerra. Cuando la gente pregunta "¿y qué hubiera podido hacer yo?" ante lo que en este país es evidente (genocidios, cadáveres flotando por el Magdalena, fosas comunes) hay que responderles que son muchas cosas las que uno puede hacer como individuo que van desde quedarse callado o tener cuidado pasando por opinar, protestar, denunciar, hasta hacer resistencia civil, dependiendo del grado de compromiso que tenga o de la pasión que lo anime.

Salomón Kalmanovitz. Economista y columnista de El Espectador

Comparto algunas de las apreciaciones de Gaviria en torno a los comentaristas literarios que tienden a generalizar sobre hechos aislados, sin el rigor que presta la ciencia social, pero no me molestan si sus columnas me divierten. Confieso que disfruto de la hiel que destila el poeta Alvarado Tenorio, aunque no me lo tomo en serio y siempre dudo de sus afirmaciones rotundas, pero me hace estallar la carcajada. Sus comentarios me revelan una faceta que el escritor con entrenamiento en las ciencias sociales puede pasar por alto por estar encasillado con supuestos demasiado simples que permiten una formalización en apariencia rigurosa; además, los economistas no escribimos muy bien que digamos.

Aunque algunos de los comentaristas literarios son muy buenos en su arte, me molesta que traten de manipular a sus lectores. Frente a Caballero, por ejemplo, leo el primer párrafo, busco alguno intermedio para ver si tiene algo nuevo que decir y leo el último párrafo para ver si aparece su genialidad. Pero el esquema es el mismo siempre: el auto-odio de clase y un antiimperialismo hispánico y vetusto. Hay otros columnistas con entrenamiento en las ciencias sociales que son perfectamente predecibles y que no desarrollan argumentos rigurosos para hacer afirmaciones, a veces temerarias. Generalmente están alineados ideológicamente y se conciben dentro de una pugna social a la cual deben sumar sus energías con vigor.

Cuando, por ejemplo, Alfredo Molano fue denunciado ante la justicia por calumnia, clamó y denunció que lo estaban persiguiendo, asumiendo que la justicia siempre favorece a la clase dominante, sin tener en cuenta que hay cierto progreso social en el país cuando se recurre a los jueces para dirimir pacíficamente un conflicto. Por lo general, los columnistas ideologizados tergiversan los hechos para denunciar a sus enemigos y favorecer a sus aliados. A pesar de que hay unos que son muy buenos escritores, se han vuelto perezosos, no investigan sus temas sino que comentan las noticias desde su perspectiva, generalmente crítica desde la izquierda y apologética en la derecha. Hay algunos que son mamertamente correctos y tratan de hacer digerible para el promedio de lectores los mensajes ideológicos del Polo. Frente a estos que escriben textos aparentemente literarios pero cruzados por lugares comunes, no puedo pasar del segundo párrafo. Aún hay un economista que lleva 20 años diciendo que el modelo está equivocado y que solo él tiene la razón. Se trata de una arrogancia intelectual escalofriante que no se da cuenta de que se repite interminablemente y que solo a los dogmáticos les reafirma la confianza que no debían tener. Este tipo rompe la regla de oro de que uno no puede ser el juez de sus actos.

Ha veces he procurado que el tema del presidente no me absorba todo el tiempo y lo alterno con otros temas, también cercanos a mi experiencia. Hay varios columnistas que se han dejado arrastrar por la pugna uribista y son monotemáticos. En este sentido, creo que los columnistas debemos tratar de enfriar el debate, que es la única forma de hacerlo más racional, en momentos en que se presiona para que se vuelva realidad el lema "Colombia es pasión". Pero confieso que a veces me he dejado arrastrar por la pugnacidad que provoca constantemente el presidente. De todos modos, el columnista debe ser también provocador para hacer que el público se pellizque y piense de manera distinta.

Alfredo Molano. Escritor y columnista de El Espectador

Las categorías me parecen algo dogmáticas. Los científicos e investigadores están del lado de la verdad, que es un sustantivo; los literatos, en el mejor de los casos, escriben de lo bello, que es un adjetivo. Lo bello es bonito, pero es carreta y podría ser suprimido de la prensa sin que nada sucediera. Los literatos son adjetivos. Pero pensar que toda columna de opinión debe ser científica apunta a una peligrosa desvalorización de la verdad periodística a favor de la verdad judicial.

Pienso que un solo caso de los llamados "falsos positivos" sería suficiente para indagar sobre la ética militar del ejército colombiano, e incluso proponer una interpretación. Un episodio como el bombardeo en Ecuador es suficiente para opinar sobre nuestro conflicto y sobre los efectos en las relaciones diplomáticas entre los dos países. No comparto el concepto de verdad como suma de casos, es decir, como evidencia estadística.

¿Cuántos falsos positivos serían necesarios para calificar el hecho de crimen de lesa humanidad? Cuando Daniel Samper opina que la ejecución del hipopótamo muestra una tendencia muy colombiana a resolver todo a bala, quiere decir que "matar un hipopótamo" como Matar un ruiseñor, habla de una cultura y de un hecho que no sucedería ni en la victoriana Inglaterra de Jane Austen. Las altas tasas de homicidio en Colombia y la orden de matar al hipopótamo guardan relación. Existe una identidad doctrinaria entre la serie estadística de asesinatos a seres humanos y el caso del animal.

A veces leo los análisis académicos, pero no mucho. Mi distanciamiento de la academia es cada vez mayor y comenzó hace muchos años, desde cuando opté por preferir las historias que me contaba la gente a las interpretaciones conceptuales de la realidad.

No desprecio la fuente académica, pero no me cambia la opinión sobre un determinado suceso. Las cosas no comienzan a ser cuando se conceptualizan. Valdría la pena que con las lecturas de Snow volviéramos a Hegel. La filosofía (para mí la academia) es como el búho que levanta su vuelo al anochecer: mira las cosas cuando ya han pasado.

Creo que los intelectuales literarios enriquecen más el debate que los científicos. La polémica —la crítica a la crítica, como diría Gaviria—, contribuye más al debate público que los sesudos dictámenes de los científicos, y el debate público es esencial para la formación de la opinión y, por tanto, de la democracia.

Pero también es cierto que los científicos tienen más ascendiente sobre la élite del poder. "Los científicos" fue el nombre con el que se conocieron los empresarios aristocráticos del Porfiriato.

Cristian Valencia. Escritor y columnista de El Tiempo

Por supuesto que no estoy de acuerdo con las categorías de Snow. Porque en muchas ocasiones los llamados científicos sociales se han dejado influenciar por la literatura para emprender investigaciones que las ciencias sociales no se habían propuesto. Tampoco me caben en la cabeza el tipo de literatos o "letrados" que Gaviria menciona: unos seres que se alimentan únicamente de literatura y que se atreven a lanzar juicios generales sobre un país sin que haya mediado otro tipo de lecturas y vivencias.

Es imposible hablar del desplazamiento en Colombia, por ejemplo, sin conocer los informes técnicos del gobierno, de ACNUR y del CODHES; informes hechos por científicos sociales: antropólogos, economistas, agrónomos, sociólogos y abogados. Pero es imposible también hablar del desplazamiento en un periódico, en tan poco espacio, valiéndose de cifras heladas que nada comunican. Así que uno trata de ponerle caras reales y dramas reales que ejemplifiquen tanta estadística y tanto concepto, para poder llevar un mensaje significativo a esa enorme masa que llamamos lectores.

Creo necesario decir que una columna de opinión es solamente eso: una opinión entre un mar de opiniones para que unos lectores se formen la suya propia. Ningún columnista está lanzando la verdad revelada para que sea convertida en ley lo antes posible, o para que sean arrastrados quienes se atreven a contradecirlo. Nada de eso. Se trata de lanzar al mundillo de las ideas un punto de vista para que sea considerado. Al igual que los científicos sociales lanzan las suyas. Pero arriesgarse a decir que los científicos sociales son objetivos y los literatos no, es arriesgarse también a ser mirado con candidez. ¿Cómo rayos se puede hablar de objetividad en las ciencias sociales? En las naturales, vaya y venga, pero ¿en las sociales? Lo social es un terreno demasiado inaprensible, tiene demasiadas variables; tantas que se le escapará alguna al más preparado de los científicos sociales, con tan mala suerte que la ignorada será justo la que definirá la tendencia.

Me resulta un poco incómodo que Gaviria hable de positivismo. Y quiero pensar que se trata de un arrebato de inocencia, y no de una propuesta para hacer periodismo zalamero. Quiero pensar que es ingenua la siguiente frase: "Cabría mencionar, por ejemplo, la mejora sistemática de los índices de desarrollo humano, la expansión de los servicios públicos, el crecimiento de la seguridad social, la generalización de los mecanismos de solidaridad, el aumento del gasto social, etc.". Porque si yo estuviera en Bagadó, en La Chorrera, en Quibdó, en el Alto de Ventanas, o en San Juan de Arama, pensaría que quien escribió eso con seguridad es un extranjero.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.