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El premio de la discordia

Hace un mes se abrió una incisiva polémica a raíz del premio otorgado en Lisboa a la Biblioteca España de Medellín. ¿Se sacrifica la funcionalidad en aras del ego del arquitecto? ¿Importa que el proyecto sea una copia? ¿Cuánto pesa la identidad?

2010/03/15

Por Andrés Ramírez Suárez

Durante la pasada Bienal de Arquitectura en Portugal se presentaron 207 proyectos, de los cuales fueron seleccionados 20 finalistas, entre ellos cuatro proyectos colombianos (tres eran edificios públicos construidos en Medellín). El jurado escogió la Biblioteca España construida en el barrio Santo Domingo Savio, una de las comunas más deprimidas de la ciudad. Según el acta del jurado, la biblioteca “es una obra de profunda significación cultural. Como respuesta a un programa de inclusión social cumple cabalmente con su cometido, en cuanto permite desarrollar las posibilidades de encontrar, por parte de la población, las bases de identidad”.

Y con el veredicto se prendió el debate. Guillermo Fischer, arquitecto colombiano con una de las obras más sólidas del país y ganador de la Bienal de Arquitectura de 2006, cree que la Biblioteca España representa las “Ego-tecnias”, término que refiere a una arquitectura “creada para alimentar el ego del arquitecto y no para responder a un bienestar social, que carece de identidad al no compartir un lenguaje formal y un sustento teórico acorde con el entorno donde está construido”.

Fischer también reclama que la Biblioteca España “no fomenta la aparición de arquitecturas propias basadas en nuestro proceso histórico”. Afirma que su particular forma se erige como una escultura al ego del creador. Otros críticos van más allá. En el blog www.esferapublica.org, señalan que la obra es una copia del Centro Multimedia de la Universidad de Hong Kong, un edificio diseñado por el arquitecto inglés David Chipperfield en 2003.

Para el arquitecto Giancarlo Mazzanti, diseñador de la Biblioteca España y uno de los principales referentes de la nueva arquitectura colombiana, estos cuestionamientos son infundados y no se compadecen con el efecto positivo que el proyecto ha traído al sector. “El valor de la arquitectura es su capacidad de producir diferentes situaciones. Creo que las discusiones en la arquitectura no pueden girar en torno al lenguaje o al estilo. Eso nos convertiría en estilistas de la arquitectura. Lo importante son las acciones y efectos que puede causar la arquitectura”.

La discusión ofrece varios ángulos conceptuales. Las aristas más interesantes se relacionan con el valor de la identidad y la originalidad de la arquitectura contemporánea. La discusión abordada desde varias décadas en países del primer mundo por primera vez aterriza en Colombia.

Michel Foucault cuestiona en su libro Las palabras y las cosas el valor de la identidad en los procesos creativos: “¿A partir de qué a priori histórico ha sido posible definir el gran tablero de las identidades claras y distintas que se establece sobre el fondo revuelto, indefinido, sin rostro y como indiferente, de las diferencias?”. Con Foucault surgen otros cuestionamientos en estas sociedades dinámicas y globalizadas: ¿Es importante vincular el concepto de identidad a la arquitectura? ¿Alguna vez ha existido una arquitectura propia colombiana, chilena o mexicana? Si es así, ¿cómo se reconocen?

El discurso sobre una identidad única como un valor de la arquitectura nacional se contrapone a la aparición de múltiples maneras de abordar el proceso creativo. Poner sobre la mesa estas dos visiones hace que la crítica de la arquitectura en el país se sacuda después de décadas de absoluta pasividad. El arquitecto Jorge Pérez, ex decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, definió agudamente este punto: “La presencia de (Rogelio) Salmona y sus obras, curiosamente suscitó un establecimiento oficial de un sector influyente de la crítica nacional que de manera contraria a lo que podría ser el propio ideario de libertad, independencia, sentido crítico y profunda búsqueda intelectual que caracterizó a nuestro maestro, generó una suerte de tendencia con matices de censura a toda arquitectura que se atreviera a recorrer caminos diferentes, más aún si era producida por jóvenes arquitectos desde la provincia. Esto, lamentablemente, generó un unanimismo de efecto paralizante, por lo demás bastante conservador complementado por cierto desenfoque en el análisis y la crítica”.

En una sociedad que cambia sus hábitos de vida a gran velocidad, es natural que surjan múltiples formas de hacer arquitectura. Pareciera entonces que el discurso moderno de la arquitectura colombiana que promovía un único deber ser del oficio no tiene cabida hoy.

El arquitecto contemporáneo debe reconocer la pluralidad y particularidad de pensamientos y culturas para construir sobre esas diferencias. “La arquitectura no puede seguir siendo un objeto para ser contemplado, sino debe ser capaz de producir sensaciones. A mí me preocupa el aislamiento que hay en Colombia frente a lo que pasa en la arquitectura en el mundo. Hay muchos prejuicios y miedos a hacer cosas novedosas”, dice Mazzanti.

Pero las “cosas novedosas” de Mazzanti son calificadas por los críticos como una arquitectura que desconoce la identidad y la problemática del lugar. Para algunos, su trabajo es una caja de resonancia de las tendencias arquitectónicas del primer mundo. Fischer lo llama “arquitecturas de revista”.

Giancarlo Mazzanti responde: “El barrio Santo Domingo Savio fue epicentro de la guerra del cartel de Medellín. Cuando se le preguntaba a algún habitante de Santo Domingo Savio jamás decían dónde vivían. Les daba pena que los asociaran con la violencia y la miseria del sector. Por eso, la apuesta de este proyecto era construir un ícono que devolviera el orgullo y el sentido de pertenencia de los habitantes con su hogar”.

Más allá de estas dos posiciones, existe un factor esencial del debate que no ha merecido ninguna atención. Es paradójico que se reclame la construcción de una arquitectura propia que represente nuestra identidad como país, sin cuestionar la manera como los habitantes del sector de Santo Domingo Savio incorporaron la biblioteca a sus vidas.

Cualquier debate y crítica de arquitectura debería partir de las respuestas sociales y antropológicas que todo edificio causa en un lugar. ¿Han mejorado los índices de seguridad en la zona?, ¿ha aumentado el número de visitantes al barrio?, ¿hay una identificación y apropiación de la comunidad con la Biblioteca? ¿Han sido grafiteadas las paredes del edificio o desvalijado los baños?

Los edificios los terminan de construir las personas que en ellos habitan. Ellos incorporan nuevas circulaciones, estancias y maneras de vivir cada espacio. Sin embargo, aún persiste en Colombia la idea de aquel arquitecto genial con el poder de determinar desde la tribuna la manera como las personas habitan su propio hogar.

Foucault dice que “la emulación es una especie de gemelidad natural de las cosas; nace de un pliegue del ser cuyos dos lados, de inmediato, se enfrentan. El escritor Paracelso compara este desdoblamiento fundamental del mundo con la imagen de dos gemelos “que se asemejan de modo perfecto, sin que sea posible a persona alguna decir cuál ha dado al otro su similitud”.

Para el crítico Germán Téllez, la emulación es un ejercicio extendido en la historia de la arquitectura universal. “¿No es la catedral de Reims una copia fiel de la de París y ésta de la de Chartres? ¿El templo dórico de Agrigento no es una copia del de Selinonte? ¿Por qué ese temor a copiar y esa dictadura de la originalidad, del ego inflado y jactancioso? ¿De veras los arquitectos seremos semidioses?”.

Estas preguntas que ahora se hace la arquitectura colombiana se las formuló el arte hace cien años. La aparición de las vanguardias como el dadá, el cubismo y el surrealismo replantearon el concepto de genialidad en el campo creativo, y la originalidad e identidad como finalidad. El arte dejó de ser un bien exclusivo de un gran maestro y las élites que lo adulaban para convertirse en un oficio abordado desde diferentes posturas teóricas. De allí que Dalí recreara a la Mona Lisa de Da Vinci con bigotes, Picasso deconstruyera la perspectiva de Las Meninas de Velásquez y Warhol sentenciara el fin del arte elitista para reemplazarlo por un bien popular y masivo.

Mazzanti cree que su trabajo se sintoniza con estas posturas que buscan la construcción de múltiples discursos. “Hay que entender cuáles son los fenómenos que construyen las sociedades contemporáneas. A mí me interesa que la arquitectura sea universal, pero que responda a factores particulares como geografía, clima, población. No creo que la arquitectura esté determinada por un lenguaje formal particular sino por la capacidad de construir cierto tipo de valores en el contexto”.

El arquitecto Enrique Botero dice que es evidente que la forma exterior de la Biblioteca España es copia del proyecto de Chipperfield. Además, abre el debate hacia otro concurso público que Giancarlo Mazzanti y Felipe Mesa ganaron recientemente en Medellín. “Encuentro convincente el argumento visual de que este edificio es copiado del Centro Multimedia de Hong Kong. En la misma línea pregunto si el nuevo premio para el Centro Deportivo de los Suramericanos de Medellín es copiado o no del proyecto de la Ciudad de la Innovación de Navarra, España. Considero que bastaría con que los autores, como en cualquier cita de pie de página en un libro hayan reconocido que su proyecto proviene, esta influenciado, recrea, tuvo en cuenta, amplía, o cualquier término que dé cuenta de su evidente vinculación con el ancestro español”.

¿Existe entonces la copia en la arquitectura? Históricamente este ha sido un oficio que recoge diferentes elementos de una cultura y los incorpora dentro de un contexto particular para avanzar hacia un nuevo escalón de la evolución. Eso no exime de la obligación ética que tienen los arquitectos de hacer explícito dentro de su discurso teórico todos aquellos valores retomados de otras obras. Solo eso se puede decir, porque si se insiste en el concepto de la copia entonces habría que sentenciar que las pirámides de Chichén Itzá (600 d.C) son una copia de las pirámides de Egipto (2.700 a.C). Ya se dijo antes, las discusiones sobre la forma en la arquitectura son interminables. El genio y la originalidad se manifiestan en este mundo en otros ámbitos como la naturaleza: el cielo, el mar o las montañas sí son obras irrepetibles.

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