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El profesor y el Presidente

El filósofo más popular de Francia, que enseña en la Universidad de Caen, ha tenido varios rounds virulentos en su pelea contra Sarkozy. Lina Aguirre lo entrevistó para Arcadia y le cuenta a los lectores cómo va la pelea.

2010/03/15

Por Lina María Aguirre

Despacho del entonces Ministro-candidato. Un reloj marca las horas, los minutos y los segundos un día antes de las elecciones. Nicolas Sarkozy recibe en sus dominios a Michel Onfray, un autoproclamado anarquista de izquierda, libertario, hedonista y ateo. Onfray es el filósofo más popular de Francia y ahora se reúne con el político de derecha, el mismo que un día después fue elegido Presidente. El mismo que por estos días veranea en Estados Unidos, alega inútilmente en francés con paparazzi gringos y almuerza con George Bush. Un encuentro auspiciado por la revista Philosophie bajo el título Confidencias entre enemigos.

Los filósofos son buenos para reflexionar cuando ha pasado el furor del momento. ¿Qué recuerda hoy Onfray de esos dos encuentros con Sarkozy? “La agresividad del candidato y el hombre capaz de reunirse con otro hombre y mostrar sus fragilidades”. Cuando se vieron por primera vez, todo fue tensión: “Comienzo tormentoso. Agresión de su parte. Se mueve dentro de su jaula, mirando, sopesándome, juzgando. Un gran animal herido. Dice que ha leído mi blog y me mira de arriba abajo”, dice refiriéndose al blog que escribió durante la campaña en la web del semanario Nouvel Observateur, y en el que aseguró que Sarkozy era como el lobo de Caperucita: un conservador a favor del libre mercado que aparentaba creer en los valores sociales de la República. “Cruza las piernas, las mueve nerviosamente... Primera patada. Saca las garras. Luego un segundo, un tercero, no puede parar, se deja ir, agrediendo, golpeando fuerte, hablándose a sí mismo, un torrente de palabras imposible de controlar o canalizar. Una, dos, tres frases autistas”, así veía Onfray al Presidente. Sarkozy sigue el monólogo bilioso, “usted ha venido a ver al gran demagogo, usted que no es nadie”. “Mi discurso fue destrozado y rechazado. El Presidente era un torrente de palabras ácidas”. Onfray se pregunta cómo alguien que desde que nació ha querido ser presidente, ha aspirado a caminar con los grandes del mundo, ejercer de jefe del ejército y tener un arsenal nuclear a su disposición, puede reaccionar como una bestia herida de muerte ante una persona que ha escrito unas críticas en un blog.

La primera hora sigue “como una puesta en escena de alguien con la mente y el cuerpo entregados en un ritual de muerte alrededor de una víctima”. Hasta que suena el teléfono y Sarkozy atiende en un tono cariñoso, quizás a uno de sus hijos, y vuelve a sentarse más calmado y convencido de poder hablar de filosofía. Para él, el lema socrático de “conócete a ti mismo” es absurdo. “Esto me deja helado. La persona que quiere regir los destinos de la nación cree que el conocimiento personal es una tarea vana”, dice Onfray, y recuerda la ayuda psicológica que han necesitado los anteriores presidentes franceses. Después aparecen los conceptos absolutos: el bien, el mal, Dios, el destino. Sarkozy piensa que la gente nace pedófila, suicida, homosexual o fumadora. Determinismo genético al estilo estadounidense.

Onfray refuta la idea del control total de los genes. El argumento tiene un impacto en Sarkozy. Aparece el hombre frágil, inquieto, dispuesto a hablar con el intelectual. La entrevista se alarga y Onfray le entrega unos cuantos libros de regalo: “Para el Ministro del Interior adepto a las soluciones disciplinarias: Vigilar y castigar, de Michel Foucault; para el católico que confiesa que le gusta ir a misa en familia de tanto en tanto: El Anticristo, de Nietzsche; para el jefe de la horda primitiva: Totem y tabú, de Freud; para el liberal que ha escrito que el antiliberalismo es otro nombre del comunismo (aunque no se acuerde que dijo eso): ¿Qué es la propiedad?, de Proudhon”. Sarkozy abre los paquetes “como un niño destapando regalos de Navidad”, aunque Onfray piensa que tal vez nunca los leerá.

En un segundo encuentro los temas cambiaron: política, religión, gaullismo, Séneca, Shakespeare. Todo en un tono más profundo e íntimo. Los adversarios comienzan con Dios. ¿Cómo demostrar que no existe?, increpa Sarkozy. Onfray replica que quien defiende la existencia tiene que demostrarla primero. Conserva la serenidad mientras el interlocutor, a quien le gustan “las pasiones fuertes, las emociones densas” se inquieta a menudo. Sarkozy se atreve a insinuar unas vacaciones juntos. Una pesadilla para Onfray aunque me dice que hoy tal vez admitiría unos días con su ministra delegada Rama Yade.

Sarkozy sorprende al final definiéndose a sí mismo “como un defensor de la transgresión del pensamiento único”, aunque para poder serlo “tendrá que imponer primero leyes y autoridad”. Onfray sale del Ministerio y siente compasión “por este individuo que solo quiere que le amen y a pesar de todo se hace detestar... Nunca cambiaría un segundo de mi vida por un segundo de la de él”.

¿Por qué es ese individuo hoy presidente?, le pregunto a Onfray. “Simplemente porque hizo la mejor campaña y la candidata supuestamente socialista, la menos buena, consiguió seducir a un máximo de franceses con un discurso amplio: a la extrema derecha (con los problemas de seguridad e identidad); a los centristas (con el pragmatismo opuesto a extremos); a la derecha social y los viejos gaullistas (con un discurso inédito en él sobre los valores de la República). Ségolène Royal cometió todos los errores posibles e imaginables: arrogante, autosuficiente, hizo una campaña personalista, ideológicamente de derecha (medidas disciplinarias y militares de injusticias sociales, elogio a contratiempo de la bandera tricolor y el himno nacional), ignorancia de la mística de la V República y una campaña sostenida en un eje de psicología feminista, de género (“seré una madre que ustedes amen”, dijo), llamada a gobernar con la derecha centrista... Esto explica el éxito de Sarkozy, pero, sobre todo, el fracaso de Royal. Su elección no es tanto un triunfo de la derecha como la debacle de la izquierda”.

Onfray está a punto de comenzar su nuevo curso académico en la Universidad Popular de Caen, fundada por Onfray, en donde se dan clases abiertas sin costo sobre filosofía y otras materias. Esa universidad que el filósofo más popular de Francia prefiere al espacio virtual en donde comenzó a ejercer el derecho a la crítica: “Internet es lo mejor y lo peor. Informa y desinforma. En una de las entradas de su blog alguien escribió: “Otro seudofilósofo hablando de lo que no tiene ni idea”. ¿Quién podría ser el próximo candidato para Confidencias entre enemigos? Le sugiero a Onfray el papa Benedicto XVI. “¡Ah, sí, buena idea! Cuento con ustedes para organizarlo”. Me pregunto qué tal están las relaciones de Arcadia con el Vaticano...

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