El cantante Bertrant Cantat durante un concierto con Noir Désir el 9 de marzo de 2002 en París.

El último de los miserables

Estrella de rock en Francia, ídolo de multitudes y defensor de los oprimidos. Todo iba bien en la vida de Bertrand Cantat hasta que mató a su novia. ¿Debe volver a cantar?

2010/12/15

Por Lina Vargas

La noticia de que el cantante de rock francés Bertrand Cantat, del grupo Noir Désir, había cumplido su condena con la justicia, apenas si fue reseñada en los medios. Ocurrió el pasado 29 de julio, el Mundial de Fútbol había terminado hacía 18 días y los periódicos franceses aún buscaban culpables para la vergonzosa presentación de la selección nacional. Por eso, casi nadie se interesó por la conclusión del caso Cantat-Trintignant que empezó en el 2003 cuando Bertrand asesinó a golpes a su novia, la actriz Marie Trintignant, en una habitación de un hotel en Lituania. En octubre de este año la prensa anunció que Cantat volvería a los escenarios por primera vez en siete años. La polémica no se hizo esperar.

 

El 3 de octubre, durante el Festival Nuevas Tierras de Bégles, Cantat interpretó tres canciones, entre esas la legendaria Search and Destroy de Iggy Pop. Las 2.000 entradas se vendieron en un pestañeo. Cantat mantenía su voz, profunda y potente, similar a la de Jim Morrison, que desde los años ochenta, cuando formó Noir Désir junto a su compañero de colegio Serge Teyssot-Gay, lo llevó a ser el roquero más importante de Francia. La misma voz con la que cantó éxitos como L’ homme pressé, Un jour en France y Le vent nous portera.

 

En Bégles la gente enloqueció. Tanto, como cuando en el 2008 Noir Désir subió dos canciones a YouTube, Gagnanats et perdants y Les temps de cerises, que en cuatro días registraron 125.000 visitas.

 

A diferencia de los fanáticos, una buena parte de la sociedad francesa no celebró el regreso de Cantat. Desde su presentación en Bégles hasta hoy, los principales periódicos de Francia se han inundado de comentarios que cuestionan el regreso del músico. Al margen de que haya saldado cuentas con la justicia, los franceses se preguntan: ¿Por qué aplaudir a un hombre que mató a su novia? ¿Fueron suficientes los ocho años de prisión? ¿Qué comportamiento se debe esperar de una figura pública?

 

Algunos critican la actitud de los fanáticos: “Este hombre mató. Ha cumplido su condena con la justicia pero no con los familiares de la víctima. 2.000 personas lo aplauden. No estoy seguro de que lo harían si la víctima hubiera sido su propia hija” o “Me parece indecente la escena de 2.000 personas que han ido a ver al asesino de Trintignant”. Otros la condenan: “¿Les parece correcto ocho años por haber matado? Entiendo que la justicia haya fallado pero, la justicia y la moral no son siempre compatibles”. “¿Cuántos años de cárcel por asesinato? Para un anónimo 15, si eres famoso solo cuatro. Marie Trintignant murió por los puños de este hombre, que cuatro años más tarde vuelve a los escenarios y es aplaudido por miles. El tipo no ha pagado nada y lo aplauden. Es la injusticia de la fama”. Y otros la falta de reproche social: “¿En qué mundo vivimos? Un poco de discreción y reserva, Cantat. No pedimos remordimiento, pero sí respeto y dignidad”.

 

Para completar el asunto, hace menos de una semana Serge Teyssot-Gay, guitarrista de Noir Désir y viejo amigo de Cantat, anunció en un comunicado que se retiraba de la banda por “desacuerdos emocionales, humanos y musicales” y añadió que un sentimiento de indecencia rondaba al grupo desde hacía varios años.

 

El crimen

El 27 de julio del 2003 Cantat mató a Marie Trintignant. Aunque mencionó que solo le había dado una bofetada, la autopsia reveló más de 19 golpes sucesivos, moretones en la cabeza y una hemorragia en el cerebro. Trintignant, en coma, fue trasladada a París y allí murió de un edema cerebral el primero de agosto. Era la heredera de una de las dinastías más famosas del cine francés. Su padre, Jean-Louis, actuó junto a Brigitte Bardot en Y Dios creó a la mujer, y su madre, Nadine, es directora. Al momento de la golpiza, los Trintignant y Cantat se encontraban en Lituania en la filmación de una película sobre la escritora Colette, que sería interpretada por Marie y dirigida por Nadine.

 

Hay quienes aseguran que Cantat se sentía excluido de aquel mundo del cine del que también hacía parte Samuel Benchetrit, director y padre de los dos hijos menores de Marie. Al parecer, un mensaje enviado por Benchetrit al celular de Marie habría sido el detonante para la violenta reacción.

 

Hasta entonces, Cantat no era un mal tipo. Al contrario, tenía fama de defensor de causas nobles. Era un roquero con un fuerte compromiso político de izquierda que no escatimaba en críticas a la sociedad francesa, al partido de Le Pen o a su propia casa disquera y que con frecuencia se manifestaba a favor de la liberación palestina o en contra del racismo. El año pasado, sin ir más lejos, lideró la ayuda para los damnificados del terremoto de Chile.

 

Tres meses después de que Trintignant muriera, el periodista Ed Vulliamy publicó en el Guardian el artículo When Love Dies. “La muerte de Marie domina hoy el país. Más que eso, lo ha dividido en dos. Por un lado, una ola de apoyo a Cantat en internet proclama que hay dos víctimas en la tragedia. Las ventas de los discos de Noir Désir están por las nubes y la figura de Cantat, antes atractiva, ahora está revestida de un misticismo trágico”. Por otro lado, organizaciones feministas “han salido a las calles para presionar por sus demandas”.

 

Las estaciones de metro de París se llenaron de afiches con el rostro de Marie Trintignant y el bulevar de St. Germain de flores en su honor. En distintos blogs franceses se podía leer: “La idea de que su ídolo de rock fuera un abusador y un asesino es incomprensible para sus seguidores” o “La muerte de Trintignant provoca dolor e ira. Su final violento pone de relieve la violencia doméstica y un gran número de personas se ha manifestado contra el abuso conyugal”.

 

Pero también era común ver grafitis que pedían la liberación de Cantat: ¡Viva Noir Désir! “Bertrand no es culpable de ningún crimen”. “¡Ten un hijo con nosotras, Bertrand!”.

 

El 29 de marzo del 2004 Cantat fue juzgado y condenado en Lituania a ocho años de prisión por “golpes con resultado de homicidio involuntario” y “no asistencia a persona en peligro”. Poco tiempo después, las autoridades lituanas accedieron a extraditar al músico a Francia donde fue recluido en la cárcel de Muret. Allí pasó tres años hasta que en el 2007 fue puesto en libertad condicional por buena conducta, aunque se le prohibió hablar en público de Trintignant o utilizar su nombre en alguna canción. En julio de este año Cantat acabó su condena.

 

Ética y moral

¿Bertrand Cantat debe volver a los escenarios? Según Fabián Sanabria, sociólogo y decano de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional, si la persona pagó de acuerdo con un régimen de justicia, no hay ningún impedimento para que retorne a la vida pública. “Cuando se trata de una figura pública que tiene mucha audiencia, es obvio que va a volver a escena. Puede haber matado, pero va a volver y la gente irá a verlo”.

 

Algo similar opina el antropólogo Germán Ferro, para quien la reflexión de fondo está en la relación de las personas con sus ídolos. “Un ídolo no es políticamente correcto. Es, por el contrario, alguien que ha hecho algo por fuera de lo normal, que está por encima del rango medio y que logra establecer una conexión que no se basa en la moral, la ética o la estética, sino en la experiencia que transmite. Yo no aplaudo a Gómez Jattin por cómo era, lo aplaudo por la emoción y sinceridad de sus poemas”. Un ídolo, entonces, tendría esa doble acepción de la palabra miserable: perverso y desdichado.

 

En Colombia aún está fresco en la memoria el caso de Diomedes Díaz —nuestro Cantat nacional—. La noche del 14 de mayo de 1997, Doris Adriana Niño, quien sostenía una relación sentimental con Diomedes, murió en el apartamento del cantante en Bogotá a causa de un paro respiratorio por una sobredosis de cocaína. El cuerpo de Niño fue encontrado un día después en una zona rural de Boyacá. El “Cacique de La Junta” terminó cumpliendo solo tres años y siete meses de condena, pues en agosto del 2000, mientras tenía la casa por cárcel, escapó.

 

Las reacciones también estuvieron divididas. Hubo un cierto reclamo pero no hay que olvidar que Díaz es uno de los cantantes populares más aclamados del país, y eso pesa. “El columnista D’Artagnan, quien normalmente escribía cuestiones políticas, exigió en su columna de El Tiempo que Diomedes fuera apresado de una buena vez para que respondiera por el delito que se le imputaba. Pero quienes pensaban como él conformaban una parte reducida de la sociedad. La mayoría de la gente percibía la muerte de Doris Adriana Niño como un simple gaje de la parranda, una jugarreta del destino por la cual no se justificaba interrumpir la celebración que los tenía a todos tan contentos”, se lee en la crónica La eterna parranda de Diomedes del periodista y escritor Alberto Salcedo Ramos.

 

La abogada María Ximena Castilla señala que las circunstancias del caso distaron de ser las más éticas y que, por tanto, sí habría lugar para el reproche social. “Pero en Colombia no hubo reproche porque lo convirtieron en un ídolo y porque aquí el principio de igualdad se viola constantemente”.

 

El debate, apunta Fabián Sanabria, es entre moral y ética. Mientras la moral se refiere a las costumbres, la ética plantea el problema de la concepción de la justicia en una sociedad. En términos liberales, si un artista comete un crimen y cumple una pena puede volver a cantar. Eso es ético. Luego está la moralidad. “En este momento la sociedad francesa es mucho más conservadora. Por eso quiere que el asunto sea ejemplar. En Colombia tenemos una doble y triple moral. Aquí pedimos mano dura, pero eso se mezcla con la creencia de que si lo hizo, que no lo vean. Si lo pillaron, que pague por estúpido”.

 

Si algo tienen en común Diomedes y Cantat es su carisma. “El tipo es auténtico —comenta Salcedo sobre Díaz—. No tiene un proceso de edición entre el cerebro y la boca. Dice las cosas a su manera y con desparpajo”. Finalmente, ambos son ídolos. Por eso para Ángela Uribe, filósofa y profesora de la Universidad Nacional, la verdadera sanción moral —si es que debe haber una— es no comprar los discos del artista. La poca difusión que tuvo el Grammy Latino que Diomedes ganó en noviembre por su disco Listo pa la foto en la categoría de Mejor Álbum de Vallenato, podría suponer que ese castigo se está dando.

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