Jonathan Franzen

Franzen contra internet

Una lluvia de críticas cayó sobre Jonathan Franzen tras la publicación de su ensayo en contra de la web. ¿Por qué nos deben interesar sus reparos frente a internet?

2014/02/28

Por Santiago Wills* Bogotá

Dos semanas antes de la publicación de su más reciente libro, The Kraus Project, Jonathan Franzen escribió un largo ensayo para The Guardian llamado “What’s Wrong with the Modern World?”. En el texto, Franzen reprodujo apartes de las notas al pie de página que acompañan su traducción de dos ensayos de Karl Kraus, un escritor y periodista vienés de finales de siglo xix que era conocido entre sus contemporáneos como el “Gran odiador”. Sirviéndose de argumentos del austriaco en contra de los medios de comunicación, Franzen utilizó su ensayo para arremeter contra la futilidad de internet, las diversas redes sociales, los ebooks (comparó a Jeff Bezos, CEO de Amazon y ahora dueño del Washington Post, con uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis), los medios de comunicación, y el estado general de la cultura norteamericana.

Un par de horas más tarde, la web contraatacó. Portales como Gawker, The Daily Beast, Slate, Vulture, Salon, New Republic, New York Times, entre otros, publicaron una serie de respuestas que, en su mayoría, Santiago Wills*Bogotácriticaban directamente al autor. “[Franzen] profesa creer en la igualdad, cuando en realidad es un elitista de la peor clase”, escribió el escritor irlandés David Gaughran; “El hecho es que Franzen se encuentra en una categoría por sí solo, es una voz huraña declamando ex cathedra edictos que solo se pueden aplicar a sí mismo”, alegó la escritora estadounidense Jennifer Weiner; “Disfrute su torre de marfil”, le respondió Salman Rushdie.

El odio es generalizado y los discursos en contra de uno de los escritores norteamericano más celebrados de su generación son numerosos y variados: Franzen no es más que un esnob, argumentan otros autores, un escritor petulante que se mantiene alejado de la cultura digital debido a presunciones anticuadas. Franzen se rehúsa a participar de la conversación democrática que ofrece la web simplemente porque se siente superior a sus lectores. Es un escritor de bestsellers elitista –esa cada vez más rara especie– que se cree mejor que los autores cuya única opción es recurrir a blogs y a Twitter para promocionar sus escritos. Es un heredero del ludismo, concluyen, una persona que aún no ha entendido las maravillosas bondades que ofrece la tecnología de nuestro siglo.

Franzen se ha mantenido en silencio. Es una lección ya aprendida luego de numerosos desencuentros con los medios de comunicación. Su pobre relación con ellos empezó a deteriorarse en 2001, cuando Oprah Winfrey, la reconocida presentadora y empresaria estadounidense, seleccionó la novela Las correcciones de Franzen para su Club de Libros. Oprah invitó al autor a su programa y Franzen aceptó –ser parte del club implica un inmediato y considerable aumento en ventas– mas no sin antes confesar a la prensa que se sentía incómodo con la elección de la presentadora. “El problema en este caso son algunas de las selecciones de Oprah –dijo Franzen en una entrevista–. Ha elegido algunos buenos libros, pero también ha escogido muchos libros unidimensionales y cursis, tanto así que [su elección de Las correcciones] me da escalofríos, a pesar de que pienso que ella es una persona muy inteligente y que está luchando por una buena causa”.

Pocos días después, Oprah rescindió la invitación a Franzen, y optó por elegir un nuevo libro para su club de lectura. Desde ese momento, los medios televisivos y digitales empezaron a caracterizar al autor de Las correcciones como el típico esnob que observa el munafpdo por encima de un libro, ese mismo que solo lee el New Yorker, Harper’s, y de vez en cuando el New York Times. En pocas palabras, un intelectual de la Costa Este que cree que la mayoría de estadounidenses son ignorantes sin remedio.

Semejante imagen se vio reforzada por el ensayo en The Guardian. Franzen es un hipócrita y un prepotente, afirman sus detractores, una celebridad literaria de 53 años quien denigra a las multitudes que han descubierto en internet un medio para comunicarse, innovar y discutir todo aquello sobre lo que antaño solo unos pocos podían discutir. Según la mayoría de medios de comunicación, no es más que un cascarrabias, un privilegiado que se rehúsa a aceptar la tecnología y el progreso.

A partir de esa imagen, hoy en día los medios concluyen que sus críticas carecen de validez. Su ensayo en The Guardian no es más que una diatriba irrelevante, afirman, y The Kraus Project, su más reciente libro, un intento fallido de resucitar a Karl Kraus, el “Gran odiador”, otro insufrible escritor elitista a quien seguramente Franzen se parece.

Tal análisis, por supuesto, es equivocado. Además de que consiste en ataques ad hominem que dejan de lado el contenido del libro y del ensayo, ignora lo dicho por Franzen en el resto de su obra. Esta última revela que más allá de las críticas un tanto trilladas en contra de las redes sociales y de la actual pobreza de la cultura, se esconde una preocupación fundamental por la suerte del individuo, y específicamente de los escritores, en la era digital. La ansiedad de Franzen frente a internet no se limita a la pérdida de tiempo y de profundidad que su ubicuidad, a todas luces, parece conllevar. Más bien, se remonta a una obsesión por la individualidad y la identidad personal frente a un mundo cada vez más homogéneo.

Actualmente, Franzen representa una corriente que se contrapone a quienes aceptan sin más las supuestas bondades sociales, artísticas y culturales que nos ha brindado la era digital. Al igual que Kraus, Franzen cree que el progreso tecnológico, si es que se puede llamar progreso, no debe equipararse con progreso intelectual y espiritual (una máxima que parece estar implícita no solo detrás de todo argumento a favor de las redes sociales e internet, sino también detrás de todo comercial de Apple y sus competidores).

Las raíces del problema de Franzen con la tecnología anteceden la preponderancia de la web. En “Perchance to Dream”, un ensayo publicado en Harper’s en 1996, Franzen sienta las bases de lo que conformará el trasfondo de sus críticas en The Kraus Project. En un texto en gran parte autobiográfico, Franzen analiza el estado de la novela estadounidense contemporánea, al tiempo que expresa su angustia por formar parte de ese grupo “socialmente aislado” que está conformado por lectores serios, cuyo principal diálogo en sus vidas tiene lugar con los autores de los libros que leen.

Teniendo en cuenta esa clase de lector, su público ideal, Franzen postula una dicotomía para el escritor contemporáneo: la novela como una obligación social, como una respuesta consciente ante la situación cultural y económica del tiempo en que vive su autor; y la novela como un acto estético, como el libre desarrollo de personajes e historias que de alguna u otra manera son importantes para el escritor. Hacia el final del ensayo, como es de esperarse, concluye que tal dicotomía es inexistente (Las correcciones será el fruto de esa conclusión), y cita como confirmación una carta que recibió del escritor Don DeLillo, a quien, “desesperado”, le había escrito para preguntarle acerca del tema: “Escribir es una forma de libertad personal. Nos libera de la identidad de masas que observamos que está creciendo a nuestro alrededor. Al final, los escritores escribirán no para convertirse en héroes rebeldes de una cultura subterránea, sino principalmente para salvarse a sí mismos, para sobrevivir como individuos”.

DeLillo cierra con la siguiente posdata: “Si la lectura seria se reduce a virtualmente nada, esto probablemente quiere decir que aquello sobre lo que hablamos cuando usamos la palabra ‘identidad’ ha llegado a su fin”.

La clave de la preocupación de Franzen yace en esa última frase de DeLillo y en una sentencia relacionada de Karl Kraus: “¡Créanme, ustedes, personas que aman el color, en las culturas en las que todo zopenco tiene individualidad, la individualidad se convierte en materia de zopencos!”. Para Franzen, la misma crítica aplica en nuestro tiempo para quienes han adoptado sin reservas la cultura digital, para quienes dan una importancia indebida a las redes sociales y a la web sin tener en cuenta lo que semejante apoyo significa para el destino del individuo y, por extensión, de la literatura: “Confieso sentir una versión similar de decepción [a la que sintió Kraus] cuando Salman Rushdie, un novelista, quien creo que debería haber sabido mejor, sucumbe ante Twitter. O cuando una revista políticamente comprometida que respeto, n+1, acusa a las revistas impresas de ser terminantemente ‘masculinas’, celebra a internet como ‘femenino’, y de alguna manera olvida mencionar como este contribuye a la acelerada pauperización de los escritores freelance. O cuando buenos profesores de izquierda que en algún momento resistieron la alienación –que criticaron el capitalismo por su incesante asalto a toda tradición y comunidad que estuviera en su camino– empiezan a llamar “revolucionario” a un internet movido por corporaciones, y felizmente adoptan computadores Apple y no paran de hablar sobre sus virtudes”.

Sus quejas aluden a lo que sería una nueva clase de pseudointelectualidad. Franzen se opone a una clase intelectual que se empecina en solo recalcar las ventajas de la era digital, dejando de lado todo aquello que se ha perdido en las últimas décadas. Se resiste, en últimas, a aceptar que el hecho de tener un espacio abierto a todos es equivalente a tener un espacio intelectual y espiritualmente más rico al que existía en un espacio moderado por críticos y gatekeepers. “Muchos buenos escritores se han mostrado preocupados, sobre todo en privado, por el hecho de no poder interesarse por Facebook o Twitter”, escribe Franzen en The Kraus Project. “Creo que lo que esto significa es que tienen personalidad”.

La igualdad en la web no es más que un espejismo. Mil millones de biografías en Facebook no implican mil millones de biografías. Revoluciones políticas y sociales triunfaron siglos antes de que Twitter se convirtiera en el espacio predilecto para discutir la moda. Los blogs no son la salvación de todos esos grandes escritores que han sido ignorados por las casas editoriales. La democratización no es más que un eufemismo para disfrazar la creciente homogeneidad que acompaña la preeminencia de los medios de comunicación masivos. Es, en definitiva, la encarnación de la creciente identidad de masas acerca de la cual DeLillo advertía en su carta.

Ahora bien, si la escritura es la lucha contra esa masificación, los escritores, más que nadie, deberían ser los primeros en evitar “sucumbir” a esos medios. De ahí las quejas contra Salman Rushdie y contra aquellos que buscan calificar a internet como el jardín perfecto para la floración de la individualidad y la lucha contra la discriminación. Para Franzen y otros escritores que él considera serios, la realidad es todo lo contrario. “Todo en la cultura objeta en contra de la novela”, afirma Don DeLillo en una entrevista con el Paris Review. “Por esto es que necesitamos al escritor en la oposición, al novelista que escribe contra el poder, que escribe contra las corporaciones o el Estado o el aparato completo de asimilación”.

Los novelistas deberían denunciar esto, no pregonar o participar de una democratización aparente, sobre todo teniendo en cuenta que la web es una distracción más que compite con los productos de su labor. (Las mal llamadas “tuit novelas” son un adefesio creado por mal llamados lectores). A final de cuentas, el escritor debe estar en la oposición, como afirma DeLillo, incluso si esto le vale el título de esnob.


 

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