Evento del Festival caleño Petronio Álvarez de música del pacífico.

Fuera Fellini, venga bugalú

Los políticos caleños intuyen que la promoción de la alta cultura no da votos: los festivales populares sí. Un falso dilema, mucha retórica y el conocido desdén por la cultura de la clase política son algunas de las piezas del lúgubre panorama caleño.

2011/05/24

Por Sandro Romero Rey

La noticia que la comunidad cinéfila caleña estaba sospechando, finalmente se hizo realidad. La tercera edición del Festival Internacional de Cine se aplazó indefinidamente. Según el Secretario de Cultura de la ciudad, no hay recursos disponibles para realizarlo. Apenas se supo, una oleada de protestas invadió las redes sociales. Pero el asunto se quedó allí. No habrá Festival de Cine. Lo mismo se decía del Festival Internacional de Danza, del Festival de Jazz, del Festival de Teatro. Estos, por fortuna, se salvaron, gracias al apoyo de la empresa privada, del Ministerio de Cultura y hasta de despampanantes soluciones de emergencia, como el concierto que dará el pianista Chucho Valdés el 14 de junio en Bogotá para apoyar a los jazzistas vallunos. Al parecer, la administración local promete unos eventos que no puede cumplir y tanto artistas como productores se molestan. Columnas como la del escritor Julio César Londoño en el diario El País de Cali hacen su justo reclamo al alcalde: “La Administración Municipal le cercenó al presupuesto de la cultura más de $5.000 millones. Los tomó del impuesto de la estampilla procultura (dineros con destinación específica) y los transfirió a la bolsa del situado fiscal para invertirlos en proyectos de gran rentabilidad electoral, como el estadio, el América, los nuevos jardines de la ciudad, el salsódromo, el festival mundial de salsa y los polémicos guardas cívicos. Si el concepto de cultura es amplio para los sociólogos, para los políticos es infinito”. Artistas como Diego Pombo han recurrido a medidas extremas para sentar su protesta: hace pocos meses, montó una instalación en la puerta del Teatro Salamandra donde exhibía un maniquí ahorcado, acompañado de un mensaje: “Cali, un nuevo mentir”, parodiando el eslogan de la campaña del alcalde local: “Cali, un nuevo latir”. Por supuesto, la ira del mandatario no se hizo esperar.

 

¿Qué es lo que está pasando? Santiago de Cali no solo ha sido “la capital mundial de la salsa”, sino que también se había ganado el título de “capital cultural de Colombia”. Desde 1932, cuando Antonio María Valencia fundara el Conservatorio de Música, la ciudad fue creando, un poco por azar, un poco por destino, sus distintas identidades estéticas. Por un lado, estaban sus artistas, sus pintores, estaba su teatro y su ballet, sus escritores y sus cineastas. Por el otro, estaban sus músicos, bailando entre la clave y el clavecín. Todos han convivido a lo largo de los años. Como los tiempos pasados siempre parecen ser mejores, hoy se pinta a la capital del Valle del Cauca de los años sesenta y setenta como un auténtico hervidero de actividades culturales. Aunque es posible que, desde la distancia, el asunto se vea muy distinto y los festivales de arte organizados por Fanny Mikey, las aventuras provocadoras del nadaísmo, los grandes espectáculos de folklore en el teatro al aire libre Los Cristales, o la gesta audiovisual de “Caliwood” se conviertan ahora en eventos magnificados por la nostalgia.

 

De todas maneras, muchos han sido los protagonistas de la gesta cultural caleña. Pero pareciera que la herencia de los nombres ilustres de la cultura caleña no encuentra cómo articularse con las nuevas ideas políticas que, en materia de cultura, se intentan construir en la ciudad. Con el paso de los años, hay una creciente preocupación por darle prioridad a lo popular, hasta el punto de considerar que si las manifestaciones artísticas no son masivas, los encargados de la llamada gestión les dan la espalda.

 

El dilema entre alta cultura y cultura popular sigue siendo el mismo de siempre, con la diferencia de que hoy Cali es mil veces más grande que hace cincuenta años. El gran dilema por el que pasa la cultura de la capital del Valle sigue girando en torno a si poner a bailar lo masivo con lo erudito, las bellas artes con la salsa, lo que le gusta a las grandes masas con lo que supuestamente le interesa solo a unos pocos. Los defensores de la alta cultura se aferran a la célebre frase de Borges: “Para mí la democracia es un abuso de la estadística. Y además no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no”.

 

Por supuesto, los políticos, o mejor, los encargados de eso que hoy se ha dado por llamar las políticas culturales se aferran al concepto de mayoría para demostrar que los parámetros de la estética en nuestros días son otros. Umberto Valverde, el escritor de libros sobre el mundo de la cultura popular caleña, asegura que todo en Cali es cultura popular. Y que ese es el gran triunfo de la ciudad. Aunque no está de acuerdo con la manera como la Alcaldía y la Secretaría de Cultura han manejado el tema de la salsa. “Ese no es un invento de esta administración”, asegura. Para él, la identidad caleña está atravesada por su adopción incondicional a la música de las Antillas, materializada en muchos grupos y bailarines locales que ya han gestado una tradición. Pero otros no están de acuerdo. Para los que temen que Cali se convierta en un búnker salsero, les parece terrible que se estén inventando una ciudad como si fuera del Caribe, sin serlo. Amparados por el hecho de que el 58% de la población caleña es afro, la apuesta de la presente administración es la de subrayar los negros ancestros de la ciudad. Y así, existe el inmenso Festival Petronio Álvarez, el Festival Mercedes Montaño (que reivindican los ritmos del Pacífico), el Festival de Salsa y la Feria de Cali. Para el escritor Pepe Zuleta, “el problema de la cultura en Cali es que se volvió tan solo de dos o tres grandes eventos, porque está politizada. Y no hay garantía de que haya plata para lo que no sea evidentemente masivo”.

 

Blanco y negro

 

El asunto se centra entonces, de nuevo, en las minorías. A finales del 2010 saltaron en los medios declaraciones de distintas fuentes, donde se sospechaba que instituciones como la Orquesta Filarmónica de Cali (antes Orquesta Filarmónica del Valle, a la que el exgobernador Abadía le redujo dramáticamente los recursos, en un drama digno de la Prova d’Orchestra de Fellini), el naciente Festival de Cine, el Zoológico o festivales de títeres o de música góspel no iban a estar incluidos en las cuentas del año que corre actualmente. El Secretario de Cultura y Turismo, Carlos Alberto Rojas, fue enfático al asegurar que estas organizaciones no iban a perder sus recursos, pero que su deber era el de poner los presupuestos en orden y optimizar los dineros con los que cuenta la Secretaría. Para ello, la administración se apoya en un polémico Plan Decenal, en el que se incluyen todas las actividades financiables por el gobierno local. Los recursos anuales, según Rojas, van creciendo en la medida en que va avanzando el año. Y a todo el mundo que haya presentado sus proyectos de manera racional le tocará su parte. A primera vista, el asunto podría convertirse en una película de suspenso para quienes están organizando sus eventos. Según se ventiló en algunas publicaciones, el Festival Internacional de Cine, en el 2010, solo obtuvo los dineros prometidos quince días antes de comenzar y se llegó a pensar, fatalmente, que no se podría contar ni con los invitados internacionales, ni con las películas. Por fortuna, el evento se desarrolló con éxito, aunque algunos críticos consideran, una vez más, que el festival no debería existir porque no mueve el mismo número de gente que, digamos, el Petronio Álvarez. ¡Y eso que cine ha habido en Cali desde antes de que se inventara la salsa! Pero, ¿quién puede competir con la música popular? ¡Que viva la música! gritaba Andrés Caicedo en su novela emblemática. Y la salsa termina devorándose todo en Cali, a pesar de los que quieren brindarle otras alternativas culturales a la ciudad.

 

Todos caben

 

Sin embargo, pareciera que en la capital del Valle hay lugar y actividad para todo el mundo. El crítico de arte Miguel González, curador del Museo La Tertulia, desconfía de todos los alientos populistas de sus gobernantes. Él sabe, por consiguiente, inventarse su propia vida artística, más allá de la rumba y del guaguancó. El museo en el que trabaja, sin embargo, da la impresión de estar perdiendo el brillo de otros tiempos. Quizás el símbolo de lo que pasa en La Tertulia está representado en la escultura de Edgar Negret que engalanaba su entrada, hoy convertida en una rosada y descolorida sombra de lo que representó antaño. ¿Un símbolo de la muerte de las bellas artes? Nadie lo sabe. Pero algunos aseguran que en el nuevo milenio las reglas del arte son muy distintas a las del vanguardista final del siglo XX. Hoy, está en el ojo del huracán el viejo edificio del Hotel Aristi, en el centro de la ciudad, donde funciona un proyecto que pretende organizar las llamadas Industrias culturales de la región. María Elisa Holguín, su Coordinadora de Sostenibilidad, explicó los proyectos que están considerando y cree que la ciudad está viviendo un momento altamente positivo. Según ella, gracias al Plan Decenal, van a renacer muchas artes en Cali. Pero las actividades tienen que aprender a ser rentables. Y este asunto no les suena a los que llevan años luchando por consolidar sus nichos artísticos en la ciudad. Para Orlando Cajamarca, del Teatro Esquina Latina, en la ciudad no hay una política cultural real, sino que todo va dependiendo del gobernante de turno. Para él, la rentabilidad de las industrias culturales no se le puede aplicar ni a las artes representativas, ni a las orquestas sinfónicas: “El hecho artístico no se puede convertir en un producto. El valor de una obra no se puede medir por la cantidad de público que lleve a una sala. Es una lógica perversa”.

 

Por eso, quizás, nacen “catacumbas” para las artes, la estética y el pensamiento. Al menos eso es lo que piensa el director de cine Oscar Campo: “A veces pienso que yo no vivo en Cali sino en la Universidad del Valle. Allí, me parece, se refugió el arte de la ciudad. Pero el arte no se ha integrado con Cali. Los nuevos cineastas caleños salen de las universidades. Y, desde allí, la cultura trata de regresar a la ciudad. Me da la impresión de que nuestros productos artísticos se miran como si fueran una cosa mágica. Y, en realidad, la Universidad ha sido muy importante en su renacimiento. Aquí tengo la sensación de que todo lo encuentro: las nuevas corrientes filosóficas, las tendencias actuales del teatro, el cine del nuevo milenio, las músicas del mundo”. Por su parte, la ministra de Cultura, Mariana Garcés, caleña, responsable de buena parte del acontecer artístico de la ciudad, opina con vehemencia sobre el tema: “Desde la perspectiva del Ministerio creemos que Cali tiene mucho potencial: es la ciudad del país que más artistas produce, con hitos que le han logrado reconocimiento a nivel nacional e internacional en muchas áreas, pero desarticulada desde los gestores y desde los artistas, donde no interactúan entre sí, sino más bien que cada uno desde su marco de acción quiere dar la lucha por lo suyo”.

 

En todas partes, la discusión se centra sobre lo mismo, en este mundo cada vez más superpoblado. ¿El arte para todos o todos para el arte? ¿Los gobiernos solo deben apoyar lo que quiere la mayoría o la no tan inmensa minoría también tiene un lugar en las sociedades en desarrollo?

El debate que tanto entusiasmaba a los artistas de los años setenta está abierto. Ojalá que el Festival de Jazz y El Barco Ebrio, el Teatro La Máscara y Lugar a Dudas, el rock de Superlitio y la salsa de Yuri Buenaventura, los dos festivales de danza y el Festival Internacional de Cine, el Teatro Municipal y el Teatro Aristi, la Avenida Sexta y el Distrito de Aguablanca, las viejotecas y la Orquesta Filarmónica de Cali, todos, aprendan a convivir y a desarrollarse en un mundo que todavía no termina de inventarse.

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