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Juegos de disidencia

El 90% de los escritores y periodistas actualmente encarcelados han sido detenidos desde que se anunció en 2001 que Beijing sería la ciudad anfitriona de los Juegos Olímpicos. ¿Qué está pasando?

2010/03/15

Por Catalina Holguín Jaramillo

“Desde Tiananmen simplemente he hecho lo que el amor de una madre y la conciencia de una intelectual me impulsaron a hacer. Todos los ciudadanos que viven en esta tierra no solo deben estar libres del miedo, de la adversidad y de la miseria, sino que también deben tener la libertad de escoger la clase de sociedad, del sistema político y del estilo de vida individual que sea compatible con la dignidad humana. Estos fueron los sueños de aquellos que dieron sus vidas en la Plaza de Tiananmen. Estas son las metas por las que nosotros, los vivos, luchamos.” Ding Zilin (Red China Blues, Jan Wong).

Jiang Jielian fue el primero en caer la noche del 3 de junio de 1989. Su madre, Ding Zilin es una de tantos activistas chinos que hoy en día arriesgan su libertad para defender los derechos humanos en China. Horas después de que muriera Jielian, el ejército chino asesinó, bajo órdenes del entonces líder del gobierno Deng Xiaoping, a cerca de 3.000 personas. El gobierno aún prohíbe conmemoraciones de la masacre. Por eso mismo una de las tantas acciones de protesta contra el gobierno chino consiste en circular de país en país (simulando el relevo de la antorcha olímpica) un poema sobre Tiananmen escrito por Shi Tao. Su autor, periodista, poeta y miembro de PEN (organización internacional que defiende el derecho de libertad de expresión de los escritores), fue acusado de “revelar secretos de Estado”. Desde 2004 está pagando una condena de diez años. Aunque las cifras varían dependiendo de las fuentes, cerca de 38 escritores, 29 periodistas y 50 cibernautas se encuentran en prisión actualmente.

El gobierno chino ve los Juegos Olímpicos como una oportunidad ideal para mostrarle al mundo que China es un país económicamente poderoso. Fred Armetrout, presidente del Centro pen Inglés de Hong Kong, me explica que la cultura china es historicista. Ellos ven en los Juegos Olímpicos la culminación histórica de un largo proceso de modernización y progreso. Hablando con una profesora de literatura de una universidad de China (quien me pidió no mencionar su nombre a pesar de que no dijo nada que me sonara subversivo), comprendí lo importantes que son los Juegos para la gente del común. Hace un par de meses la profesora visitó a su mamá en Beijing. Lo primero que hicieron: montarse en un carro y ver las obras olímpicas. Alrededor del cubo de agua y el estadio-nido había otras miles de familias en sus carros admirando las obras. Los Olímpicos son una muestra de prosperidad económica y, como me da a entender la profesora china, prosperidad económica en la China de hoy en día significa felicidad.

En una ecuación que iguala los Olímpicos con la nación misma, quien reniegue de los juegos es un apátrida. Tal es el caso de Hu Jia, reportero, blogger y activista condenado a tres años de prisión el pasado 3 de abril por “incitar la subversión del Estado”. Su crimen: un documento titulado “La China verdadera y los olímpicos” (ver página siguiente). Para asegurar su candidatura olímpica, el gobierno Chino le prometió al Comité Olímpico Internacional que daría muestras concretas de avances en derechos humanos y “libertad completa” en la cobertura de eventos. No obstante, como afirma Hu Jia, el gobierno inició una campaña sistemática para silenciar a los disidentes. El 90% de los escritores y periodistas actualmente encarcelados han sido detenidos desde que se anunció en 2001 que Beijing sería la ciudad anfitriona.

Los Olímpicos también son, según Armentrout, la ocasión ideal para miles de ong y grupos de apoyo con una lista de agravios por resolver con el gobierno chino. Aprovechando que China quiere presentarse ante la comunidad internacional como una nación civilizada, todos estos grupos quieren mostrar precisamente lo contrario. Los tibetanos por su parte han generado la mayor cantidad de titulares. Imágenes de monjes apaleados y rumores de cientos de muertos negados por entidades oficiales chinas le han dado la vuelta al mundo y han encendido la controversia de los derechos humanos y el libre reportaje de sus abusos en China. CNN Asia, por ejemplo, no pierde la oportunidad de recordarles a los televidentes que cada vez que el canal reporta la situación en el Tíbet la señal es bloqueada en la China continental. Lo grave de las protestas mediáticas, explica Armentrout, es que el gobierno chino se va a estancar en sus posiciones y no va a ceder a la presión de protestas que ensucien el nombre de la nación. Yong Mei, miembro del Centro pen Independiente Chino, se muestra aún menos optimista y me confiesa que las protestas generadas a nivel mundial por el Tíbet empeorarán la situación de los tibetanos. Por si esto fuera poco, las protestas que han seguido la antorcha olímpica y la amenaza de un boicot han desatado una fiebre nacionalista en China atizada por los medios de comunicación del estado.

La carta “Doce sugerencias para manejar la situación en Tíbet”, publicada a mediados de marzo y firmada por decenas de intelectuales chinos, entre ellos el prominente autor Wang Li Xiong (página siguiente), es un ejemplo interesante de las nuevas formas de protesta y comunicación que internet está abriendo en China. En la carta los firmantes piden a su gobierno que abra una investigación independiente sobre los hechos ocurridos en Tíbet, que afloje las restricciones sobre los medios internacionales para ganar la confianza de la comunidad internacional y que permita la libertad de expresión y de culto. La petición, me explica Yong, fue firmada por varios miembros del Centro pen Independiente Chino. Este centro no tiene oficinas ni existe físicamente en ningún país pues sus miembros son escritores chinos exiliados dispersos por el mundo o que aún residen en China. Según Yong, este centro no podría existir sin internet, y es en chats privados y a través de correos electrónicos que sus miembros se comunican. Es más, me dice Yong riendo, los temas delicados se discuten por Skype pues el gobierno no puede monitorear estas conversaciones. “La vigilancia es muy real”, afirma Yong, tras mostrarme un e-mail en el que al parecer agentes chinos se hacen pasar por operadores de Gmail. El e-mail, escrito en un inglés patético lleno de errores gramaticales y de ortografía, le solicita que revele la clave de su cuenta de correos.

Se estima que un 10% de la población total de China, cerca de 137 millones, tienen acceso a internet. Las suscripciones al servicio están aumentando. Según comentan Armetrout y la profesora de literatura, el gobierno chino está cambiando. Hace unos años jamás se hubiera permitido que información sobre el Tíbet saliera a la luz pública. Yong, menos optimista, dice que si el gobierno ha cambiado es porque la revolución tecnológica y el acceso a la información dificulta el control sobre los ciudadanos. Aunque el gobierno chino ejerce bastante control sobre internet (la versión china de Google, por ejemplo, fue diseñada especialmente para bloquear automáticamente temas sensibles), es probable que el camino a la democracia dependa de estas nuevas formas de comunicación. Hace treinta años, Wei Jingsheng fue apresado por señalar la importancia de la democracia en la Pared de la Democracia –un invento de Deng Xiaoping para que la gente de Beijing expresara sus agravios que fue prontamente eliminado cuando Wei criticó a Deng–. Dos décadas en prisión no aguaron el espíritu de Wei, quien sigue reclamando democracia para su país.

“El activismo es un acto de fe”, me dice Armentrout, quien lleva practicándolo religiosamente desde la Guerra de Vietnam. Ante un monstruo como China, es fácil desestimar el impacto que tienen campañas tan aparentemente tontas lideradas por el pen en las que invitan a la gente a escribirle cartas al gobierno chino para pedir por la liberación de escritores. Me cuenta entonces Armentrout de un escritor que un día se levantó y encontró en su celda una bolsa llena de cartas. Su carcelero, asombrado del número de sobres le preguntó si era famoso y por qué conocía a tanta gente de tantos países. Eran las cartas enviadas por activistas a través de pen. Meses después, el escritor recuperó su libertad.

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