El nuevo museo "Casa de la memoria" buscará preservar la memoria de los años duros de la violencia en Medellín.

La Casa de la Memoria

Medellín construirá un museo para preservar la memoria de los años duros de la violencia, que —dicen— ya pasaron.

2010/11/18

Por José Alejandro Castaño

En una zona que ha sido también una de las más violentas de la ciudad, en un parque conmemorativo del bicentenario, contigua a una modernísima fuente que exhibe mensajes escritos con gotas de agua, ahí mismo, se construye en Medellín la Casa de la Memoria, una de tantas apuestas urbanísticas que lidera la Alcaldía. Se trata de un museo que se pretende de aprendizaje y encuentro de la sociedad, así reza en los volantes que entregan en la calle, “de cara al presente y al futuro, contra el olvido y por la no repetición”. Suena bien.

 

En una ciudad sitiada por esa percepción siempre dañina de que es mejor olvidar que recordar, un esfuerzo por la memoria es necesario y urgente. El museo, cuya construcción demandará recursos por 17 mil millones de pesos, tendrá una muestra permanente sobre el drama de las víctimas de nuestras violencias e incluirá, entre otras cosas, fotografías, grabaciones de audio y video, y objetos personales de cientos de personas embestidas por esa barahúnda criminal que, en el caso de Medellín y su área metropolitana, ha llegado a ser la más desbordada del país, de la región, del mundo.

 

Expresado así, como un recuento de la historia, de lo ya ocurrido, el esfuerzo por hacer memoria puede prestarse para un equívoco fundamental: que semejante dolor, en efecto, es cosa del pasado. No es una idea cualquiera. Diversos sectores sociales de Medellín insisten en ella desde hace años: que en la ciudad sí pasó algo horrible, por allá en la época de Pablo Escobar, pero que esta capital, tan pujante y mayoritariamente de gente buena, decidió superarse para alcanzar el porvenir. Ningunas otras expresiones sufren una reprimenda tan severa en Medellín como aquellas que se atreven a cuestionar su celebrado desarrollo por culpa de la sangre derramada en las calles. Mejor que nadie se atreva sugerir lo obvio: que las violencias nuestras son expresión de una mentalidad, sino criminal, cuando menos tolerante con ciertas prácticas de abuso, astucia y arribismo social. Que si bien las cifras de asesinatos están lejos de los 6.700 registrados en 1991, la mayoría de los actuales, 2.198 el año pasado, siguen siendo culpa de mafias narcotraficantes. Que tras la figura mítica de Pablo Escobar, Medellín ha sabido proveerse de capos posteriores que también han ejercido como jefes de combos intocables, de bandas poderosísimas. Que, en fin, la capital de Antioquia sigue infectada de la misma enfermedad social, una que por supuesto no es exclusiva suya.

 

Una “Casa de la Memoria” tendría que decirnos eso, incomodarnos de esa manera. En su larga lista de piezas de exhibición, además de honrar el grito de quienes cayeron silenciados, también deberá mostrarnos el rostro de sus verdugos e intentar escudriñar en sus parábolas de poder y de muerte. Tendrá que revelarnos a la ciudad que les dio vida, a la mentalidad social que ayudó a crearlos, que llegó a justificarlos, que casi, pese a la certeza de sus crímenes abominables, los convirtió en mitos, en modelos de éxito.

 

Para tumbas y epitafios ya están los cementerios, donde todo es resignación y silencio. Si lo que se pretende es que la memoria sea una brújula contra el olvido de lo pasado y un catalejo contra las ardides de lo futuro, la verdad, las verdades tendrán que contarse sin trampas, sin imposiciones ni mordazas. Una versión a medias de los hechos es justamente lo que nos tiene perdidos en esta redondez cíclica, hedionda, repitiendo todo cada tanto, pasando por los mismos dolores, las mismas frustraciones, las mismas muertes. ¿Seremos capaces de una casa de la memoria semejante? Sin la necesaria cuota de reflexión, de verdad admitida, los objetos adentro de los estantes serán apenas chécheres y los rostros de tantos hombres, mujeres, viejos, niños, sus voces, no nos dirán nada.

 

Ahora mismo, la Corporación Región y el Museo de Antioquia, operadores del proyecto, acaban de iniciar una consulta ciudadana para, dicen en la Alcaldía, “establecer un diálogo público en el que se conozcan los diferentes puntos de vista y se pongan en discusión los significados, sentidos y contenidos del material que contendrá el museo”. Ahí está la oportunidad, y también la trampa. Yo, por lo pronto, convocado a este ejercicio, me permito sugerir que allí, además, no falte la pistola que Escobar le entregó cínico a la justicia para justificar su porte ilegal, el único delito que admitió cuando se entregó en La Catedral en 1992; los escapularios, imágenes y toda suerte de alusiones a María Auxiliadora, santa patrona de mafiosos y matones cuyo dinero tanto sirvió, y sirve, para sostener obras sociales en parroquias de la ciudad; los editoriales y columnas de opinión que vieron con buenos ojos el armamento de campesinos en zonas rurales como un recurso necesario para librarnos del mal; los pasacalles agradeciendo a Don Berna en los barrios altos de Medellín; los discursos, editoriales y vallas publicitarias en las que se defiende la astucia paisa como un valor que nos define a los nacidos aquí. ¿Y cómo contar las demostraciones de afecto y gratitud de tantas buenas personas de Medellín cuando comenzó el genocidio paramilitar? No se trata de señalarlas individualmente, desde luego, sino de advertir lo que pasó, lo que volvió a pasar: que en esta bendita ciudad nuestra, dependiendo de quiénes sean los muertos y quiénes los verdugos, hemos justificado echar bala, cortar manos. Todo eso deberá ser tarea de una casa de la memoria: enrostranos la verdad dolorosa, inevitable si queremos, al fin, aprender, ya no caminar más en círculo.

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