Imagen de la casa de García Márquez en Aracataca.

La casa que era un pueblo

Alberto Abello Vives, gestor del proyecto de recuperación de la casa de García Márquez en Aracataca, le responde con dureza a Fabián Sanabria, decano de Humanidades de la Universidad Nacional, quien en estas páginas de Arcadia también dio sus duros argumentos para no recibir la casa museo restaurada.

2010/04/21

Por Alberto Abello Vives

En su casa de la calle del Curato frente al cordón de murallas de Cartagena de Indias, Gabriel García Márquez, sentado a la mesa del comedor, tomó lápiz y papel y modificó el diseño del plano de la vieja casa de sus abuelos que sería reconstruida para albergar un museo. Pero ¿qué casa construir si la original había sido destruida y en el lote se erguía otra edificación? Fue tajante: la que detalló en Vivir para contarla. Y uno por uno fue confirmando sus espacios: la oficina del abuelo, la sala de visitas, el “cuarto de hospital”, el taller de platería, el comedor, la sala de recibo, el corredor de las begonias, el cuarto de los abuelos, el cuarto donde durmió en sus primeros años, el cuarto de Sara Emilia, el cuarto “de atrás” o de los trastos, la cocina y su despensa, el cuarto de los guajiros, el patio, la caballeriza. Dio punto final al orden y la disposición de cada uno de ellos en la casa. Seguidamente reiteró: “Es que más que un hogar, la casa era un pueblo”. Y firmó el pequeño plano otorgando su aprobación.

A partir de allí se inició la redacción del guión narrativo para los visitantes al museo. Vivir para contarla se releyó una y otra vez, así como toda su obra literaria, investigaciones y libros sobre la vida y la obra del ilustre cataqueño, al tiempo que se repasaron la historia nacional y los sucesos mundiales ocurridos en las primeras décadas del siglo XX. La decisión fue entonces entretejer en la narración los acontecimientos familiares, la masacre de la zona bananera de Santa Marta y la Provincia de Padilla y los elementos de la obra garciamarqueana que ilustran los vasos comunicantes entre realidad y ficción. Tras varias versiones, una de ellas revisada por el biógrafo Gerald Martin, se le entregó el guión a García Márquez, en Cartagena, por los días del IV Congreso de la Lengua Española en Cartagena. Antes de regresar a México, agradeció por escrito a los autores y firmó sobre el mismo documento. Margarita Márquez, la asistente del autor, nos dio la buena noticia.

Durante la construcción de la nueva edificación, miembros de la familia hicieron pequeños ajustes al diseño arquitectónico y terminadas las obras, bajo la supervisión de la dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura, el Museo Nacional se encargó del diseño y de la adquisición de objetos de la museografía que ilustran la narración aprobada: el enorme y antiguo diccionario de la lengua, “el libro fundamental en su destino como escritor”, que el abuelo le entregó un día para que el niño Gabito leyera; los muebles de las salas, el comedor y las alcobas; los pescaditos de oro; un racimo de guineo maduro, colgado en el comedor, como el que engulló Mr. Herbert en la casa de los Buendía, preludio de las plantaciones; los viejos baúles y las maletas de los viajeros; el molino de la cocina; la vajilla y hasta los santos y vírgenes de la tía Sara Emilia.

Tres años después del visto bueno garciamarqueano al proyecto, el 25 de marzo de 2010, a las 12 del mediodía, se inauguró el museo. Su sueño de reabrir, de par en par, las puertas de la vieja casa de los abuelos al mundo se había cumplido: Aracataca cuenta ya con la nueva Casa Museo Gabriel García Márquez. Sin embargo, no había sido posible acordar que la Universidad Nacional de Colombia se encargara de la operación de este centro cultural, como garantes de la seriedad y la calidad académica requeridas para su funcionamiento. El Ministerio de Cultura y el Museo Nacional de Colombia formalizaron esa tarde la entrega del inmueble a la renovada Universidad del Magdalena, que con entusiasmo asumió su administración y se comprometió con el cuidado de la casa y con que el lugar siguiese siendo para los habitantes de Aracataca un sitio de encuentro y goce como antes de la reconstrucción. Allí seguirá Rafael Darío Jiménez, encargado hace años de atender y guiar a los visitantes y de guardar viva la memoria de la familia Márquez Iguarán. Juntos deberán garantizar que el museo cumpla una labor pedagógica en beneficio, sobre todo, de los niños de la zona bananera y que Aracataca se convierta en un fundamental punto de referencia para los estudios y debates académicos que sobrevivirán al autor.

La casa, con seguridad, generará controversias, porque los millones de lectores de García Márquez tienen cada uno en su mente una idea de la casa de los abuelos: tal como, gracias a las libertades literarias del maestro, la cifra de los muertos de la matanza de las bananeras en Cien años de soledad se ha convertido en parte de la “Historia” de Colombia, la casa de los Buendía ha generado en cada uno de los lectores su propia edificación imaginaria, con sus personajes familiares incluidos. Esa ha sido una de las razones por las cuales los arquitectos, ante la destrucción de la casa original y la existencia de pocas pistas para reconstruirla, alentados por la decisión del propio autor, decidieron optar por la versión de Vivir para contarla.

Lo importante, en realidad, era la preservación del lugar donde se sembró la semilla de la obra garciamarqueana. Más que una particular arquitectura, al autor le interesó lo que allí y en sus alrededores transcurría: la vida familiar, el encuentro de los viajeros, las visitas de los personajes para refrescar la historia reciente, la cultura popular y sus distintas manifestaciones. El recorrido por el museo, de acuerdo con el más interesado en que se hiciera, ofrece una narración en la que se entrecruzan la vida familiar y la obra literaria con el contexto social, histórico y territorial que tan profunda incidencia tuvieron en su vida y en su obra.

El primero en expresar públicamente su opinión negativa sobre la reconstrucción de la casa fue Fabián Sanabria, antropólogo, sociólogo, gran experto en apariciones contemporáneas de la Virgen en América Latina, pero primíparo en la crítica arquitectónica, decano de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia, encargado oficial del rector Moisés Wasserman para recibir en comodato las nuevas instalaciones de Aracataca. En su artículo Un desastre en Aracataca, publicado en Arcadia, condenó al “templo bautista” –como la llama–, que se construyó “en lugar de la vieja casa de los abuelos de Gabo”.

Su erudición sobre la flora caribe le produjo el primer yerro cuando dictaminó que “lo único que aún no habían arrancado era el frondoso castaño”. La más ligera conversación con la gente del pueblo que, según él, tenía “ganas de apedrear o quemar la casa”, le hubiese bastado para informarse de la desaparición del castaño hace varias décadas. Cualquier niño de Aracataca sabe que el frondoso árbol que allí perdura, visitado por las ardillas, es un gigantesco pivijay que el Ministerio de Cultura y el Museo Nacional se encargaron de cuidar e intervenir para que sus raíces no terminaran tumbando el Museo, como ya amenazaban a la ruinosa construcción anterior al proyecto.

No se oculta en su texto la molestia que le produjo al ilustre intelectual andino tener que viajar, con gobernador y otros funcionarios públicos a bordo, montado en una de esas ostentosas camionetas 4x4, comunes en todo el país desde los tiempos iniciales del narcotráfico y no solo en el Caribe, a un polvoriento y caluroso pueblo olvidado a finiquitar lo que con indisimulada prevención llamó “el bendito comodato”.

Como conocedor de la obra de García Márquez, el profesor esperaba degustar en el museo “olores o sabores condimentados, de esos que en otro tiempo sazonaban el caldo de las añoranzas”, o “imaginar los ecos de antaño, aquellos cuchicheos de las abuelas [sic] cuando bordaban en bastidores para contarse cientos de chismes en la fresca de la tarde”. Pero a la hora de escribir ficción, habría que recordarle lo que el propio escritor, con toda su autoridad de autor ha dicho: “Hay una noción fundamental que creo haber aprendido solo en nuestra casa de Aracataca: la noción de las desigualdades sociales”.

El profesor llegó meses antes de la instalación de la museografía cuando la casa estaba recién terminada. A lo mejor un colega de Letras de su facultad hubiese podido advertirle, antes de viajar, sobre la cronología de la casa original, su destrucción bajo el fuego, la construcción de una nueva cuando ya la familia no la habitaba y su ruina, asunto publicado en distintos lugares de la extensa bibliografía sobre Gabo. Alguien hubiese podido comentarle acerca del mal estado en que se encontraba todo y del asombro de los visitantes porque Colombia no hubiera levantado allí el merecido homenaje a su único premio Nobel de Literatura. Sin siquiera indagar con los involucrados en el proyecto, viajó a Aracataca a encontrarse con su propia idea de la casa y por supuesto, a estrellarse contra las paredes de madera. La temperatura del pueblo lo impacientó y nunca pudo saber, pese a su experiencia en vírgenes, sobre las vírgenes que estarían en el cuarto de la tía de los García Márquez.

Lo demás ya se sabe. Con estupenda beligerancia intelectual el decano convenció a todos en la Universidad Nacional acerca de la inconveniencia de asumir el reto sugerido por el Ministerio de Cultura. De seguro, la mayoría de estudiantes y directivos no estarán de acuerdo con las impresiones del delegado, pero con esta decisión institucional se le negó a Aracataca la posibilidad de contar con la sabiduría e imaginación de Sanabria y con la colaboración de los académicos de la “Nacho” en los esfuerzos futuros para garantizar la permanencia de la casa en el tiempo y lograr, como en todo museo, los ajustes que fuesen necesarios, las exposiciones temporales y los encuentros académicos, en los que son expertos en la Facultad de Ciencias Humanas, y que el país espera se celebren allí. Van a hacer falta para ayudar a pensar en la readecuación del auditorio construido muchos años atrás, para que en una segunda etapa del Museo se convierta en el espacio donde se exhiba la producción audiovisual sobre la vida y la obra de Gabriel García Márquez. Por fortuna allí estará una universidad regional que, pese a contar con mayores dificultades, no dudó en aceptar la invitación y asumir el reto.

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