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La conmoción de las fotos

Recientemente, la revista Semana publicó la foto de Emmanuel, el hijo de Clara Rojas. Las opiniones a favor y en contra no se hicieron esperar. ¿Se deben o no publicar las fotos de niños en el conflicto? Las imágenes del niño cubano Elián, de la afgana Sharbat Gula y de Kim Phuc en Vietnam le dieron la vuelta al mundo. ¿Qué dicen los expertos?

2010/03/15

Por María Paulina Ortiz

“Estos son los ojos del niño que tiene en vilo al país”. Con estas palabras la revista Semana presentó la foto de la mirada de Emmanuel, el hijo de Clara Rojas nacido en cautiverio. La imagen –aparecida en la portada de la revista en los primeros días de enero– conmovió a muchos, tanto que su propia abuela, doña Clara de Rojas, contó en una entrevista radial cómo había conocido al menos los ojos de su nieto gracias a esa fotografía. “Emmanuel es un niño de todos”, “son los ojos de la esperanza”, fueron las voces de algunos lectores. Otros, sin embargo, rechazaron su publicación: “¿Qué necesidad tienen de mostrarlo? ¿No piensan que se pone en riesgo la integridad y la seguridad del niño?”, preguntaron. Las directivas del Instituto de Bienestar Familiar emitieron un comunicado dos días después de la publicación y en él reiteraron la obligación de cumplir con la ley “respecto a la prohibición de divulgar información de menores que estén dentro de los programas de protección del Instituto, como sus rasgos físicos, totales o parciales, o alguna característica que pueda conducir a su identificación”. Definitivamente, esos ojos no habían pasado desapercibidos.

“Algo se vuelve real –para los que están siguiéndolo como noticia– al ser fotografiado”, escribió la estadounidense Susan Sontag en su ensayo Ante el dolor de los demás. Pocas historias como la de Emmanuel han generado tanta expectación, y hasta curiosidad en los colombianos. “Los medios venían pidiendo su liberación. A eso súmele el trance novelesco de su paradero en Bogotá y no en la selva –dice el semiólogo Armando Silva–. Todo eso creó una expectativa extraordinaria, entre la realidad y la fantasía, que condujo a un deseo colectivo de querer verlo”. No se trataba de una historia más en la larga tragedia de la guerra. Según la psicoanalista María Clara Martínez, la historia de Emmanuel toca la historia de cada persona, su identidad. “Ver una foto del niño la tiñe de realidad –afirma–. Así como necesitamos la foto del cadáver de Pablo Escobar o Rodríguez Gacha, también deseamos tener la imagen de Emmanuel para confirmar que sí es cierto; deseamos darle una figura a una historia abstracta, y personalizarla”.

Imágenes que mueven emociones. Sontag recordaba en el libro citado el lema publicitario de la revista Paris Match: “El peso de las palabras, la conmoción de las fotos”. Unas van a la razón, otras al corazón. “La imagen es poderosa porque conecta de modo directo con las pasiones –explica Silva–. Los humanos aprendemos a reconocer nuestra imagen en el espejo incluso antes de que hablemos. Las imágenes no cesan de regresarnos a esos momentos identitarios, de ahí su poder de proyectar. La foto de Emmanuel nos sirve para imaginar que el secuestro nos puede pasar a nosotros. Su libertad también es la de todos”. Identificación, conexión, sorpresa, repudio, sobresalto. Una imagen permite reaccionar desde una lógica más emocional y se guarda por más tiempo en la memoria. ¿Quién no recuerda aquel rostro de esa joven que fue portada de la revista National Geographic a mediados de 1984? ¿Ese rostro de ojos verdes que quedaban fijados como un imán a la retina del espectador? La imagen fue tomada por el fotógrafo Steve McCurry en un campamento de refugiados de Pakistán y en ese momento la identidad de la muchacha se le pasó por alto. En el 2001 –precisamente gracias a la fuerza particular de la mirada de la joven–, McCurry pudo encontrar a la dueña de ese rostro: su nombre es Sharbat Gula.

“Está claro que las imágenes movilizan la emoción, pero en ocasiones también son poderosamente argumentativas”, afirma el experto en medios Germán Rey. Suma de ambas cosas es otra fotografía que recorrió el mundo, causó polémica y le significó el Premio Pulitzer a su autor, el fotorreportero Kevin Carter: la imagen de una niña desnutrida, ya esquelética, y a su lado un buitre que la mira, al parecer a la espera de la inminente muerte de la pequeña. La foto fue tomada en una aldea de Sudán y, aunque le generó reconocimiento periodístico, no pareció darle especial satisfacción a su autor. “Es la foto más importante de mi carrera, pero no me siento orgulloso de ella. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña. No quiero volver a ver esa foto. La odio”, afirmó Carter, que se suicidó cuatro meses después de realizar esa imagen, dominado –dijeron– por la culpa.

Otra mirada infantil que quedó registrada en la memoria de los colombianos fue la de Omaira Sánchez, la niña de 13 años que murió en el desastre de Armero, en 1985. Atrapada en el lodo provocado por la avalancha del Nevado del Ruiz y ante la impotencia de todos, la niña sonreía y se despedía ante las cámaras del mundo. Muchos criticaron después el cubrimiento en directo de su tragedia y de su muerte. El debate ante la publicación de imágenes se hace más fuerte cuando sus protagonistas son menores de edad. Está el ejemplo de Elián González, el niño cubano que emigró con su mamá hacia Estados Unidos en el 2000. El bote en el que viajaban se accidentó. Elián logró llegar a costas norteamericanas, pero su mamá murió en la travesía. Empezó una pelea por su custodia (pedida por su padre, que se había quedado en la isla, y por sus familiares en Estados Unidos). La historia se convirtió en portada de todos los medios. La cara de terror de Elián, entonces de 7 años, quedó impresa en una foto cuando agentes federales de Miami, armados hasta los dientes, llegaron por él para enviarlo de vuelta a Cuba.

“A pesar de que una foto agregue emotividad, debe primar la necesidad de proteger a los niños y cuidar que su identidad no quede al descubierto”, opina Marisol Manrique, directora ejecutiva de Medios para la Paz. Aunque desde esta organización han invitado al periodismo a personalizar las víctimas del conflicto, a hablar de historias de vida y no solo de cifras, Manrique no estuvo de acuerdo en hacer pública la mirada de Emmanuel. “¿Qué adiciona mostrar los ojos del niño cuando ya toda la población está sensibilizada frente a su historia? –se pregunta–. Aún sin publicar la foto, Emmanuel ya estaba personalizado. El país conoce los detalles de su caso y pesa más la necesidad de protegerlo”.

Para Germán Rey, en este caso no se puso en peligro al niño, pues solo se reveló una parte del rostro. “Y hay algo que pesa más en esa imagen –dice–. Su mirada es ilustrativa de lo que significa la violencia de los actores armados ilegales; lo nefasto del secuestro, que recae precisamente en ese ser desvalido”.

¿Por qué una mirada tiene tanto poder? ¿En qué radica su peso? “La mirada es lo más expresivo de una persona –agrega la psiconalista María Clara Martínez–. Es la forma de establecer contacto y vínculo; de ver dentro del otro. Esa mirada inocente de Emmanuel se vuelve un espejo donde miramos nuestros propios ojos”. En la tradición literaria y visual, la mirada ha tenido siempre un peso muy importante. Porque habla, sobre todo, de un estado interior. Y logra desentrañarlo. “En la imagen de Emmanuel –opina Germán Rey–, lo que estaba en juego no era simplemente si se trataba de sus ojos, sino lo vivido por este niño y lo que pueden estar viviendo muchos otros niños en el país. Eso era lo más significativo”.

La suya es una historia que ya es de todos. “Está bien que le veamos el rostro, así lo conocemos y protegemos juntos”, escribió otro lector. “Emmanuel es el drama existencial y profundamente humano de los colombianos. No es una simple crónica de guerra”, dice el semiólogo Silva, y se pregunta cómo hacer para que tenga derecho al anonimato y a la privacidad, si ya está marcado por un suceso extraordinario y público. Es posible vaticinar que la foto de sus ojos no será la única publicada y buscada por los medios. Ver, ver, ver. Decía Susan Sontag que “recordar es, cada vez más, no tanto recordar una historia sino ser capaz de evocar una imagen. El problema no es que la gente recuerde por medio de fotografías, sino que solo recuerde las fotografías”. ¿Y los protagonistas que las inspiraron? No hay que olvidar que detrás de la foto de Emmanuel, está Emmanuel.

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