¿Censura en TED.com?

Los timoratos

Una de las páginas web más populares e innovadoras de Internet decidió retirar dos conferencias de su canal de YouTube. ¿Por qué?

2013/05/17

Por Rodrigo Restrepo Ángel * Bogotá

En un editorial de su blog oficial, el 14 de marzo de este año, los curadores de TED.com anunciaron que retiraban de su canal en YouTube dos conferencias recientemente publicadas: War on Consciousness (Guerra contra la conciencia) del periodista e investigador Graham Hancock, y The Science Delusion (La ilusión de la ciencia) del biólogo Rupert Sheldrake. Solo unos días después de la decisión, los mismos organizadores cancelaron la licencia de TEDx West Hollywood, una conferencia local y autoorganizada, avalada por la marca TED, a apenas dos semanas después de realizarse. ¿La razón? Aparentemente tres de los conferencistas que iban a aparecer en TEDx West Hollywood compartían la misma conducta por la que Hancock y Sheldrake fueron desterrados de la arena de TED: pseudociencia.

En el gremio de las ciencias duras, ser acusado de hacer pseudociencia equivale a cometer un crimen de la mayor gravedad: una especie de “falsedad en documentos”, o peor, una suerte de brujería. Pseudociencia, en palabras de Wikipedia –que parece ser la autoridad máxima en estos asuntos–, significa una teoría que “a pesar de presentarse como científica, no se basa en un método científico válido, le falta plausibilidad o apoyo de evidencias científicas” y se caracteriza por usar “afirmaciones exageradas, vagas, o de imposible confirmación”.

Típico ejemplo de pseudociencia es la astrología. También se cita, como un clásico, el caso de la frenología, una disciplina que fue extremadamente popular durante el siglo XIX, y que postulaba que se podía determinar el carácter y los rasgos de la personalidad –así como las tendencias criminales– de un ser humano de acuerdo con las dimensiones y características de su cráneo y sus facciones. Muchos alegan que el psicoanálisis, entre otras ramas de la psicología, no son más que intentos contemporáneos de pseudociencia.

Cabe resaltar, no obstante, que la misma Wikipedia alerta, con recuadros en rojo, sobre desacuerdos importantes en la exactitud y neutralidad de los puntos de vista al respecto (como lo hace siempre que trata de temas polémicos o en debate). Y los mismos autores del editorial de TED aceptan que la línea entre ciencia y pseudociencia es “la más difícil de trazar… por eso es usualmente arduo hacer un juicio sobre qué es una contribución valiosa a la ciencia, y qué es engañoso o inútil”. Esto es especialmente cierto en algunas áreas de investigación contemporánea. Y aquí es, justamente, donde el tema se pone espinoso, pues los cinco conferencistas en cuestión, aunque provenientes de diversas ramas de la investigación, comparten un área de interés: la posibilidad de que la conciencia se encuentre más allá del cerebro.

Aparte de que, como veremos, este interés en la no-localidad de la mente ostente las características de ser un tabú para la neurociencia actual, todo el asunto no deja de tener el mal sabor de la censura. Primero, porque las acusaciones de pseudociencia por parte de TED fueron en un principio demasiado vagas. Tanto Hancock como Sheldrake se ofrecieron de inmediato a sostener un debate con cualquier miembro del comité científico de TED, pero no hubo respuesta. Lo que nos lleva a la segunda razón: los organizadores de TED –o quien quiera que se encuentre tras las acusaciones– se han escondido en todo momento bajo el anonimato, firmando los editoriales como Tedstaff (personal de TED) o aludiendo al comité. Para un observador desprevenido todas estas acciones resultan, cuando menos, incomprensibles. Pero si observamos con un poco más de cuidado encontraremos temas de fondo que parecen tocar fibras sensibles y aparentes prejuicios del establecimiento científico actual.

TED (Tecnología, entretenimiento y diseño) es una página de Internet que en pocos años generó una plataforma para que investigadores de todos los pelambres expusieran ideas de punta. Ideas que, de otra forma, difícilmente llegarían al gran público. Hija de Sillicon Valley, comenzó como una conferencia anual dedicada a los avances tecnológicos y las últimas propuestas de diseño. Pero pronto se convirtió en un asombroso y muy valioso fenómeno en la Red, solo comparable, quizás, a Wikipedia. Desde junio del 2006 TED decidió publicar sus charlas bajo una licencia de tipo Creative Commons (cualquiera puede compartirla y republicarla). En enero del 2009 las charlas habían sido vistas cincuenta millones de veces. En junio del 2011, la cifra ascendió a quinientos millones. Para noviembre del 2012, las cerca de veinticinco mil charlas superaban los mil millones de vistas. Hoy su nutrido menú va del cáncer y los insectos al océano y el Tercer Mundo, pasando por Google, la religión, la música, el amor y un larguísimo etcétera de tópicos.

No era de extrañar que TED se convirtiera en la central de una jugosa red de franquicias. Hace cuatro años empezó el experimento de otorgar licencias libres a personas, organizaciones o comunidades que quisieran organizar sus propios eventos al estilo TED. A estas experiencias las llamó TEDx, en donde la “x” significa autoorganizadas. Las directrices son pocas, pero garantizan que el evento se vea como una típica conferencia TED y, sobre todo, que sea emitido en su popularísimo canal de YouTube. Desde entonces se han realizado más de cinco mil conferencias TEDx en setenta y cinco países, de Holanda a Angola y de Nueva Zelanda a Colombia. Según el blog de TED, cada día tiene lugar un promedio de ocho conferencias en diferentes esquinas del mundo.

El secreto de TED consiste en que, aparte de ofrecer una suculenta carta de originales ideas de vanguardia, maneja un formato muy atractivo para la Web. Los conferencistas cuentan con un máximo de dieciocho minutos para su performance, durante los cuales deben dejar bien claras sus ideas, contar alguna historia interesante, hacer reír al público al menos una vez y, al final, ganarse un robusto aplauso. Todo en el ambiente de un agradable set y con la ayuda de una pantalla plana para proyectar imágenes, cifras y algún video corto.

Si bien TED continúa siendo una propuesta privada y no pretende volverse –al menos explícitamente– una autoridad científica, sí constituye un referente importante en el gremio académico. Hace apenas un par de semanas, por ejemplo, tuvo lugar la conferencia TEDx Cern, en la sede del gigantesco colisionador de hadrones de Suiza –donde se investiga la “Partícula de Dios”–, y cuna de Internet. Entre sus conferencias destacaron la del célebre filósofo de la mente John Searle, la de Sergio Bertolucci, director de investigaciones del Cern y la del astrofísico y Premio Nobel George Smoot (vale decir que se ha convertido casi en un acto protocolario el que los ganadores del Premio Nobel hagan una aparición en el set virtual de TED). Más de veinticicinco universidades, laboratorios y organizaciones científicas en todo el mundo retransmitieron la conferencia de TEDx Cern. Quizás sin quererlo, TED se ha convertido en una institución demasiado seria para soportar ideas demasiado provocadoras.

Al menos esa es la idea que queda luego de leer el último de la serie de editoriales de los organizadores de TED sobre las charlas de Hancock y Sheldrake. Existe el peligro, dice el comunicado, de que “la marca TEDx y la plataforma sean desviados [la palabra en inglés es hijacked, que también significa “secuestrados”] por aquellos con ideas peligrosas o alternativas [la palabra aquí es fringe, que también significa “radicales, marginales o irrelevantes”].

Eso puede resultar cierto respecto de la charla de Hancock. Recordemos que su solo título ya evoca la guerra (War on Consciousness). La conferencia es, en efecto, provocadora y su tono es fuerte y apasionado. Además toca directamente el tabú de las drogas. Sin embargo, no llega a ser un manifiesto radical y está lejos de lo que se entendería como “fringe”. Lo único que quizá pueda resultar peligroso es que Hancock habla en primera persona de su experiencia personal con la ayahuasca, también conocida como yagé. Hancock confiesa frente al público que la ayahuasca fue lo único que logró apartarlo de un hábito crónico al cannabis, también conocido como marihuana (y recordemos que aún hay muchos para quienes estas expresiones, yagé y marihuana, son tabú). Habla además de que la ayahuasca puede conectar a la mente humana con “entidades inteligentes que se comunican con nosotros telepáticamente”. Vale la pena hacer la salvedad de que el mismo Hancock, de manera seria y sobria, pone en cuestión la existencia “real” de dichas entidades. Sin embargo, los asesores científicos de TED expresaron “graves preocupaciones” sobre este tipo de afirmaciones. Al final, el conmovido Hancock expone sus razones: defender el derecho de todo individuo adulto, en una sociedad democrática, para tomar ayahuasca, y para hacer con su propia mente las experiencias que bien tenga en gana.

Hancock, sin embargo, es un autor controvertido. Periodista y por algunos años corresponsal de The Economist en el Este de África, su best-seller Las huellas de los dioses –traducido a veintisiete idiomas y con más de tres millones de copias vendidas– es una imaginativa especulación sobre el significado de las principales ruinas arqueológicas del mundo, en conexión con la supuesta existencia de la civilización de la Atlántida. Por obvias razones, su trabajo nunca ha sido tenido en cuenta dentro de la comunidad académica, y cabe suponer que a Hancock, con tamaño best-seller entre el bolsillo, tampoco le importa mucho entrar en el gremio. Su charla, además, no busca en ningún momento adquirir estatus científico. De ahí que la acusación de que sea “pseudocientífica” parezca irrelevante.

Pero el caso es diferente con Sheldrake. Bioquímico con maestría en Ciencias Naturales de Cambridge y doctorado por Oxford –además de fellow en Filosofía e Historia de la Ciencia de Harvard–, su charla y sus investigaciones sí que pretenden ser reconocidas como ciencia. Su conferencia en TEDx expone brevemente el tema de su último libro: The Science Delusion: Freeing the Spirit of Enquiry (La ilusión de la ciencia: liberando el espíritu de la investigación). “La ilusión de la ciencia es la creencia de que la ciencia entiende ya la naturaleza de la realidad, por principio, dejando solo los detalles para ser completados”, empieza Sheldrake su conferencia. “Pero existe un conflicto en el corazón de la ciencia: entre la ciencia entendida como un método de investigación basado en la razón, la evidencia, la hipótesis… y la ciencia como un sistema de creencias o como visión del mundo. Desafortunadamente el aspecto de la ciencia como visión del mundo ha llegado a inhibir y constreñir la libre investigación, que es la misma sangre de empresa científica”.

En The Science Delusion –título que hace referencia al archipopular The God Delusion de Richard Dawkins– Sheldrake examina lo que para él son los diez dogmas fundamentales del paradigma científico contemporáneo: la naturaleza es mecánica, la materia es inconsciente, las leyes de la naturaleza son fijas, la mente es el cerebro, etc. Concluye que ninguno se sostiene ante un escrutinio riguroso y sostiene que, en la medida en que estos dogmas sean cuestionados, nuevas formas de investigación y nuevas posibilidades surgirán para la ciencia.

Sheldrake, todo hay que decirlo, ha generado siempre amores y odios. En 1981 su primer libro causó una enorme controversia, amplificada por la acusación de John Maddox, editor de Nature, de que su argumento era un ejercicio en pseudociencia. De inmediato New Scientist criticó el ataque de Nature y dijo que Maddox había convertido a Sheldrake en persona non grata en la comunidad científica. Lo cual no es del todo cierto, pues Sheldrake siguió publicando libros e investigaciones en revistas especializadas, e incluso fue director de un importante proyecto financiado por el Trinity College de Cambridge hasta el 2010.

Muchos, sin duda, despreciarán su hipótesis de que existen “campos morfogenéticos”, algo así como “zonas” no materiales y no localizables que guardan información para el desarrollo de organismos vivos y fenómenos mentales. Vista por un científico ortodoxo, esta hipótesis es una herejía profunda, pues equivale a decir que el universo no es esencialmente material, sino también mental, o consciente –violando el “dogma” de que la materia es inconsciente–. Y esto, para las mentes de muchos, implica introducir a Dios en el mundo. Desde luego, una tesis tal resulta inaceptable en tiempos de “ateísmo militante”, como se titula la conferencia que en el 2008 dio Richard Dawkins en TED.com.

Sheldrake, en fin, puede generar debate, controversia y hasta desprecio (es uno de los pocos científicos que aún investiga los fenómenos parapsicológicos, dato que irritará aún más a los científicos “duros”). Pero la acusación de que haga pseudociencia es, por lo menos, cuestionable. Las hipótesis de Sheldrake han inspirado investigaciones en varios campos, como puede verse en Wikipedia. Son además hipótesis verificables, reproducibles y falseables –es decir que están vacunadas, al menos en principio, contra la pseudociencia–. De hecho, podrían arrojar luz sobre dos temas agudos de la ciencia actual –dos baches en el paradigma que, por más que se insista, no logran descifrarse: uno, la escasísima probabilidad de que organismos vivos hayan entrado espontáneamente en la existencia solo por la acción de las leyes de la física y la química (el famoso problema del “caldo primigenio”). Y dos, la también escasa probabilidad de que únicamente por el mecanismo de la mutación genética exista la diversidad de vida que hoy vemos en la superficie de la Tierra.

Dios aparte, el problema de la consciencia es uno de los más apasionantes y fecundos de la ciencia y de la filosofía contemporánea. Y como tal, lo primero que se esperaría de un espacio como TED es una mente abierta a ideas innovadoras y originales. Resulta irónico que la conferencia de TEDx Whitechapel, en la que hablaron tanto Hancock como Sheldrake, se titulara “Desafiando los paradigmas existentes”. Pero la triste ironía, la ironía de fondo, es que la decisión de TED parece contradecir su propia misión: “Difundir ideas que valgan la pena”.

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