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No tan cojos

En nuestra pasada edición, el editor Conrado Zuluaga criticaba la pobreza y la carestía de los libros importados en nuestro país. Su punto de vista causó que varios distribuidores y expertos se pronunciaran. Arcadia publica esta réplica para contribuir a la discusión pública sobre los libros.

2015/03/27

Por Emilia Franco* Bogotá

Es comprensible que haya lectores que se aventuren a esbozar juicios de valor sobre un tema que, para bien o para mal, afecta el deleite de sus intereses y gustos literarios. En un país latinoamericano cuyos distribuidores tenemos que capotear infinidad de vientos en contra, desconocidos para él, es importante darle a conocer los aspectos que inciden cuando un distribuidor apuesta por una interesante oferta editorial de varios países iberoamericanos, comenzando por la generosa producción editorial española.

En el número 113 de la revista Arcadia, nuestro amigo Conrado Zuluaga se viene lanza en ristre contra los distribuidores de libros importados, desconociendo, a mi juicio, el complejo engranaje que hay detrás del simple hecho de entrar a una librería bogotana y encontrar o no, en las mesas de novedades, algún título o autor de su interés. Ese sencillo hecho, aunque no lo parezca, ha implicado para el distribuidor infinidad de pasos previos, de riesgos, de costos y de inversiones que hay que defender con firmeza, pues no son producto de la improvisación, el desconocimiento y mucho menos de una actitud gananciosa.

Detrás de la iniciativa de distribución de un sello editorial para Colombia hay mucho más que una elección veloz por impulso de unos cuantos títulos, para aventurarse a presentarlos en la Feria del Libro de Bogotá. A diferencia de ello, hay un concienzudo trabajo previo que va desde la elección de qué sellos importar, por qué títulos comenzar, qué cantidades determinar y cómo y cuándo importarlos. Nada se deja al azar. En la elección de los títulos y de los autores interviene no solo el criterio y el olfato del distribuidor sino el profundo conocimiento que tiene el editor extranjero de su catálogo. Ellos saben la importancia de cada una de sus colecciones y autores, y está interesado en contribuir con su criterio a que la operación en Colombia resulte exitosa desde todo punto de vista. De todas formas, por diversas razones, muchas de ellas ajenas al distribuidor, no siempre llega al país la cantidad apropiada de ejemplares.

Todo –editores, distribuidores, bibliotecarios, libreros y lectores– quisiéramos tener siempre en simultánea las novedades que salen en España. Qué bueno fuera. El asunto es que ese sueño está muy lejos de poderse realizar pues el distribuidor debe programar consolidados, necesariamente marítimos, con una regularidad tal que le permitan distribuir, en alguna proporción y a partir de un mayor volumen de la carga que se va a importar, los altos costos de esta operación, pues las cifras en este aspecto son millonarias. Además, tenemos que partir de la base de que el editor requiere aproximadamente un par de semanas para preparar su carga, que sumadas al trayecto interno hasta llegar al puerto, los trámites de exportación y de aduana en el país de origen, la travesía del buque hasta Cartagena, la nacionalización de la carga, el transporte terrestre hasta Bogotá, la creación de las referencias en el sistema y la dinámica de la presentación, definición y despacho de las novedades a librerías, hacen de este proceso un mecanismo dispendioso y largo, por más eficiencia que haya en todos los procesos. Con esto salta a la vista que por mucho que soñemos, España está al otro lado del Atlántico con todo lo que ello implica. Aun así, en condiciones normales, una novedad, de un sello editorial que tenga representación formal en el país, jamás tarda dos años en llegar.

Ahora bien, hablemos de los costos de los libros importados: en este punto hay que decir que además de los pasos descritos anteriormente que, como digo, tienen un peso importante en el precio final del libro, no hay que perder de vista que nuestra moneda pierde cada vez más puntos. No se puede pasar por alto que entre enero de 2014 y marzo de 2015, el peso colombiano se ha devaluado un 35 % y aunque la incidencia del euro ha sido mucho menor (6,7 %), lo cierto es que nuestras normas cambiarias colombianas nos exigen comprar primero dólares para poder comprar euros y poder pagar al exterior. Muy a nuestro pesar vemos que, en la medida en que la incidencia de la moneda continúe con esa misma tendencia, los precios de los libros importados en Colombia serán cada vez más altos.

Por otra parte, la cadena de valor del libro tiene infinidad de costos, unos ocultos y otros directos, que van desde los ya anotados hasta los márgenes que requiere una librería para operar, los costos de almacenaje, seguros, transportes internos y gastos de la operación de distribución a nivel nacional, además de todo lo que un distribuidor debe gestionar y garantizar para ofrecer una distribución de calidad. Por ello, a pesar de que el editor asigne al distribuidor un descuento que oscila alrededor del 55 %, los libros tendrán comparativamente un precio más alto, cuya variación puede superar el 20 % con respecto al precio del país de origen. Esta es una realidad que es habitual para cualquier país que importe libros.

La distribución es una actividad compleja, costosa, riesgosa y exigente en la que no siempre se gana y donde los márgenes son muy reducidos. Y no por ello bajamos la guardia ni dejamos de luchar por nuestra actividad, que produce tanta satisfacción, goce y servicio entre cientos de lectores. Como distribuidores quisiéramos recibir, en lugar de severas críticas, voces amigas que, además de agradecer la labor que hacemos, estén dispuestas a colaborar, sugerir y aconsejar la importación de sellos editoriales y de autores que según su criterio enriquezcan la oferta colombiana, en lugar de tirar dardos que al final no construyen camino y, por lo demás, constituyen siempre la posición más cómoda.

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