Pedro Soler, activista y gestor cultural del software libre.

En código abierto

Tecnología y también filosofía, el 'software' libre se ha convertido en un instrumento fundamental de creación colectiva y a la vez herramienta política y social. Nunca antes en la historia tantos ciudadanos están conectados: el trabajo colaborativo debe ser el futuro.

2014/08/21

Por Luis Fernando Medina*

Una mirada desprevenida a nuestro alrededor, nos revela que vivimos en una sociedad donde, como dice el teórico Lev Manovich, “el software ha tomado el control”. Transacciones bancarias, relaciones sociales, reservas aéreas, entre otras, cada vez más actividades de la vida cotidiana son mediadas por líneas de programación que se ejecutan hasta en un dispositivo que cabe en un bolsillo, y que tiene más poder de cálculo que los computadores que nos llevaron a la luna. Lo curioso es que, aunque percibamos muchos de esos programas como propiedad privada, en los albores de la era de la computación los programas de software eran compartidos por las pocas personas con acceso a un computador. Solo con la explosión de los computadores personales y del software como negocio a mediados de los 70 se empezó a cuestionar esta práctica, como se evidencia en la famosa “Carta a los aficionados”, de un joven Bill Gates, en 1976, en la que llama la atención sobre el software como una creación intelectual dotada de valor económico y simbólico.

 Ante la creciente mercantilización del software, Richard Stallman, uno de los últimos hackers clásicos del afamado MIT, fundó el movimiento del software libre. Cuenta el folclor digital que ante la falla de una impresora y la imposibilidad de modificar el código para repararla por cuestiones de licencia, Stallman se encontró en un di-lema que resolvió fundando la Free Software Foundation. De esta manera, dedicó su vida a pro-mover el software libre, que a diferencia del comercial (o software propietario) permite “libertades” como copiar, inspeccionar el código, modificarlo y distribuir las mejoras, desencadenando toda una revolución social aún en curso.

 Así tenemos varios elementos que conforman el espectro del discurso político del software libre: desde la soberanía tecnológica de los grandes monopolios informáticos hasta la expresión democrática en redes como internet, que comparte en sus orígenes abiertos y libres. A esto se suma el nuevo orden global, donde la cultura de la vigilancia, la violación de la privacidad y los excesos de las leyes de derecho de autor –concebidas en una época predigital– han causado la respuesta en red de toda una nueva generación de activistas y de artistas que han incorporado en sus discursos, muchas de las prácticas, modelos de organización y terminologías del software libre.

 Justamente esta metáfora del software libre, que sintetiza los valores de compartir y modificar en la era digital, ha trascendido a otras esferas, incluyendo por supuesto la del arte. Como dice Pedro Soler, conocido activista y gestor cultural de las lógicas de lo libre, “la metáfora de software libre o el ejemplo de su funciona-miento es un virus que ha infectado a todos los campos de la cultura desde el arte hasta la política y la economía. No solo da un ejemplo concreto y exitoso de la creación colectiva con réditos económicos pero, al mismo tiempo, su manera de funcionar resuena con las prácticas más ancestrales planetarias donde compartir, modificar y colaborar han sido básicos para la cultura”. Desde la perspectiva del arte, la idea, por supuesto, suena familiar. Las vanguardias del siglo xx, siempre enfrentándose al arte burgués, rescataban o proponían prácticas que, para usar una palabra pertinente al contexto, procuraban hackear o subvertir la idea moderna del artista creador individual inserto dentro de una lógica de mercado.

  Además de ser una filosofía de creación, el software libre es también una herramienta concreta para la expresión creativa, igual que un pincel o un tubo de pintura. Además, la inmaterialidad del código de computación se emparenta directamente con el arte conceptual, donde la idea prevalece sobre los objetos. Como afirma Soler, “es especialmente útil para los artistas por su accesibilidad (costo cero y de libre descarga desde los repositorios), la capacidad de modificarlo, adaptando el código de acuerdo con sus necesidades, las comunidades de apoyo que otorgan un máximo de autonomía y para la preservación y difusión de la obra, asegurando su perennidad y accesibilidad”. El software libre representa una ventaja adicional no posible en los programas comerciales. Su capacidad de ser modificado le brinda un atractivo rasgo de maleabilidad que da un alto grado de adaptación a aquellos que estén capacitados en los pormenores de la programación, el lenguaje del siglo XXI.

 Para completar este retrato, pixelado y distribuido como el carácter de las contribuciones que conforman un programa de software libre, no podemos dejar de un lado el activismo asocia-do a esta tecnología (¿o filosotecnologíasfía?). Como también menciona Soler, el software libre toma parte “no solo en la forma de creación de la cultura sino también en las formas de organizar-se en grupo para cumplir tareas que requieren muchas manos, como el ayni (Bolivia), la minga (Ecuador), el tequio o la guelaquetza (México) la andecha (Asturias, España) o la talkoot (Finlandia)”. No es de extrañarse, entonces, que el laboratorio se haya convertido en un epicentro de intercambio y de autoaprendizaje donde las lógicas del “hágalo usted mismo” y del “hágalo con otros” se mezclan con el arte, el aprendizaje conjunto y una visión abierta de la tecnología donde el activista, el ingeniero y el artista dialogan, discuten y crean.

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