El universo en una libreta

La obra de José Antonio Suárez Londoño es un viaje emprendido hace cincuenta y tantos años, cuando su mamá le enseñó a pintar en la casa de infancia. Desde entonces, su vida de archivista y lector ha sido consignada en decenas de libretas que son el diario de un deslumbrante dibujante.

2015/08/21

Por Juan David Correa* Medellín

Me recibe en un apartamento amplio con una bellísima vista sobre Medellín. La puerta de la terraza está abierta y circula el viento que mece las copas de los árboles que alcanzan la altura del noveno piso. Sobre una mesa sencilla, José Antonio Suárez ha dispuesto unas quince libretas de distintos tamaños que resumen, según me dice, su vida. Es un hombre alto, vestido con camisa de cuadros, un pantalón azul y zapatos cómodos. Su rostro es redondeado; su mirada, detrás de unas gafas sin marco, es profunda, como si hubiera visto muchas cosas en la vida; como si estuviera enfocando una y otra vez el mundo para después dibujarlo en pequeñas miniaturas que ha ido consignando en esos diarios que decido no tocar hasta que él me lo indique.

De él sé que le molestan los lugares comunes. Una semana antes lo había llamado para pedirle que nos encontráramos, con la sospecha de que diría que no, pues desde hace mucho tiempo decidió no dar entrevistas extensas. Cuando me contestó, me dijo que podría encontrarse conmigo unos días después, si estaba dispuesto a aceptar dos condiciones: la primera, que no hiciéramos fotos para este reportaje. La segunda, que no lo llamara, por nada del mundo, el Monje del Dibujo, como se han referido a él varios colegas. “No soy ningún monje”, me dijo, como si ese apodo lo persiguiera por su decisión de estar solo, de aburrirse, de dibujar lo que lee, de irse por ahí sin que nadie sepa de él, como un errante archivero que ha creado, desde 1978, en libretas, papeles sueltos, tarjetas y un sinnúmero de soportes, un mundo propio tan sutil y brutal a la vez que ha conseguido la admiración de muchos. 

Dibujos de las libretas de José Antonio Suárez, quien ha consignado, desde 1997 hasta hoy, gracias a la lectura de libros como Los anillos de Saturno de W.G. Sebald, o Me llaman rojo, de Orhan Pamuk. 

José Antonio Suárez Londoño nació en Medellín, en 1955. Su infancia y su juventud transcurrieron en una ciudad muy distinta a la convulsa que les tocó padecer a dos generaciones a partir de los años ochenta, cuando él regresó de estudiar en Suiza. Me dice que su padre era un textilero de Coltejer. Y me señala, sobre el suelo, dos tiras largas con estampados de prueba. Uno de ellos, es de esa época. De comienzos de los años sesenta, cuando su madre le enseñó a dibujar pues había estudiado Arte y Decorado, un oficio que se suponía para “niñas bien cuando salían de bachillerato, mientras se casaban. Mi mamá me enseñaba. Ella me decía ‘la casita’, entonces yo hacía la casita; a veces me cogía la mano y me ayudaba a hacer la casita o el perrito. Ella tenía un libro, que todavía tengo. Era como una historia del arte, un libro gringo que empezaba con las cavernas y acababa en Andy Warhol o Robert Rauschenberg. A mí me encantaba ese libro, era como de unas imágenes de este tamaño –hace una medida con los dedos–, en blanco y negro, pero a mí, no sé… me encantaba eso de ver. Yo me mantenía leyendo ese libro, viendo esas cositas y el Larousse. El Larousse era lo que más me gustaba”.

Estudió en el colegio de los Benedictinos hasta cuarto de bachillerato. “Debí dibujar más cuando chiquito –me dice–. Ahora me arrepiento pues perdí mucho tiempo… Si yo hubiera dibujado más, ahora sería el mejor. Pero no. Yo miraba y miraba. De todos modos, en la casa nunca me presionaron o me consideraron ‘el artista’, no… Ni me decían que tan bonito ni que tan feo, solo me dejaban. Yo no sé si yo era muy bravo o qué, pero no me regañaban, sino que asumían que yo vivía mirando y dibujando. Por ahí tengo cuadernitos de cuando estaba chiquito, mi mamá los guardó. Hacía planas, y yo digo que sigo haciendo planas. No he podido salir de ahí”.

En el colegio no había ningún aliciente para las artes. “Yo era bastante necio en el colegio. Me salí de los Benedictinos, me fui para otro colegio en donde perdí el año, y casi vuelvo a perder otro. Después me fui a otro. Como yo dibujaba, todos los compañeros del colegio pensaban que iba a estudiar Artes o Arquitectura. Pero cuando me gradué me metí a Veterinaria, en la de Antioquia. Cuando me preguntaban por qué iba a estudiar eso, les decía: ‘Porque a mí me gustan mucho los animalitos’. Lo que sí sabía es que no quería estudiar Artes porque veía que el ambiente de los artistas era muy pesado”. 

Ingenuo, creyó que en la universidad iba a aprender a curar delfines y ballenas. Pero pronto se dio cuenta de que iba a tener que lidiar con perros y gatos destripados. Para curar delfines, le dijeron, tiene primero que estudiar Biología, y después Biología Marina. “Entonces pensé –dice– que eso estaba como largo”. Lo único que le gustó, al pasarse finalmente a Biología después de un semestre de Veterinaria, fue Botánica por “los esquemas, las semillas y las flores”. Y como la universidad vivía tiempos de agitación, transcurrió un año en el que solo alcanzó a hacer un semestre por los cierres y “me aburrí mucho”, así que desistió. “Me angustiaba con todos esos exámenes, estudiar no era el fuerte mío. Me tenía que sentar a estudiar y a hacer ejercicios de un mundo de tonterías, que al final dije: ‘No’. Me estaba enloqueciendo y les dije a mis papás que me quería ir a estudiar Pintura a Europa y, como siempre, me contestaron: ‘Ah, bueno. Si quiere irse, eso sí consiga usted la escuela y nosotros se la pagamos’. Empecé a averiguar en Italia y en España y acabé estudiando en Ginebra”, dice.

Unos meses antes, su papá lo había contactado con el director del departamento de publicidad de Coltejer, Humberto Pérez. “Apenas vio mis cosas me preguntó si yo sabía de grabado. No tenía ni idea, pero a él le pareció que lo que hacía podía servir para eso: me mandó al taller del pintor y grabador Aníbal Gil, pero él no daba clases particulares. De ahí me fui recomendado adonde una amiga suya, que sabía la técnica, pero que estaba criando y entre teteros y pañales me enseñó grabado en madera, en metal y litografía”.

Me dice que Humberto Pérez sigue siendo su amigo. Es con quien habla de arte y de sus inquietudes intelectuales, aunque dudo que le guste la palabra. Fue Pérez quien lo animó a convertirse en ilustrador.

A Suiza llegó creyendo que sabía francés, pero se dio cuenta de que los rudimentos que tenía no le alcanzaban. Aunque hijo de diplomático, como dice con cierta ironía, era un inmigrante que no entendía la televisión, los avisos de las calles o el habla cotidiana de los cafés. Obcecado, como ha sido siempre, se sentó a estudiar la conjugación en los libros Bescherelle y aprendió todo. Memorizó los tiempos verbales y al año entró a la Escuela de Bellas Artes de Ginebra. Corrían los últimos años de la década del setenta y el conceptualismo mandaba la parada. Eso lo desilusionó, pues él lo que quería era aprender a dibujar como en el siglo xix. “Yo quería un profesor que me cogiera a palo si no me quedaba bien lo que hacía. Pero no. Cuando entré la cosa era como muy libre, muy de ‘hagan lo que quieran’. Entonces se me apareció un grupo de italianos que se hacían llamar Transvanguardia. Eran unos tipos que estaban jartos de escribir a máquina y hablar paja, que habían empezado a dibujar y a pintar muy mal, pero con una idea del Renacimiento de recuperar el oficio: no sabían pintar, pero pintaban; no sabían dibujar, pero dibujaban. A mí eso me encantó porque era un arte muy bruto, salvaje”.

Sandro Chia, Horacio de Sosa Cordero, Enzo Cucchi, Francesco Clemente, Nicola De Maria y Mimmo Paladino fueron algunos de esos artistas que buscaban devolverle el color a la pintura, y regresar al figurativismo, tomando como referencia al barroco y el Renacimiento desde la Transvanguardia. “Francesco Clemente me encantaba en esa época, después vi una exposición de él en Nueva York y se me derrumbó. Es de lo más duro que me ha pasado. Pero volviendo a esa época, pensé: ‘Hay gente que está haciendo lo mismo que yo’, pues me la pasaba dibujando, llenando cuadernitos. Bregué a ser pintor, pero no pude. Aunque la gente se ríe, no tengo paciencia para pintar porque pintar es echar una capa de óleo, esperar a que se seque, volver a pintar… y yo no… yo tengo que hacer un dibujito, otro dibujito, otro dibujito y me puedo quedar diez horas haciendo dibujitos, pero no tengo cabeza para pensar en capas. Compré pinturas, pinceles, templé lienzos y no fui capaz: eso huele maluco, eso se empegota. Pero ahora pienso que algún día voy a ser pintor de paisajes, mire como es la vida”. 

Jean-Michel Bouchardy, quien fue su maestro en Suiza, me contesta un correo en el que le pido algún recuerdo de Suárez de esa época. “Era un trabajador apasionado que no levantaba la nariz sino para hacer alguna broma. Siempre se opuso a las técnicas tradicionales, prefiriendo desde entonces las libretas. Su dibujo era ya magistral. La paradoja con él es que es circunspecto pero tiene la facilidad de mostrar y hacer valer una gran obra”.

*

Daytona Beach es un pueblo al norte de la Florida célebre por su autódromo desde los años cincuenta. A partir de los años sesenta, se inauguraron allí las conocidas 500 millas y las 24 horas de Daytona. En el 1900 del International Speedway está ubicada una librería Barnes and Noble que, todos los años, desde 1997, José Antonio Suárez visita para sentarse allí, durante las mañanas y por una temporada, a dibujar un libro elegido.

Daytona no es, en todo caso, un territorio azaroso al cual haya llegado por accidente. En los años sesenta, el abuelo de Suárez convocaba a la familia extensa a hacer viajes en auto por Estados Unidos. La idea era llegar a Miami y andar la carretera. En uno de esos regresos, el abuelo decidió pasar la noche en Daytona y le gustó tanto que siempre volvía al lugar. “Empecé a ir a Daytona Beach en el año 63”.

En 1995, desesperado con la situación del país, Suárez se fue un semestre a vivir allí. Me dice que necesitaba salir de su cabeza, encontrar algo fuera de él que pudiera hacer de manera sistemática. Fue así como empezó a dibujar lo que leía. Comenzó, en 1997, con la lectura de A Year with Swollen Appendices, los diarios del compositor británico Brian Eno, a quien admiraba desde los años setenta cuando descubrió Roxy Music. “Ese año dije: ‘Necesito algo que me diga aquí en el oído qué hacer’”. En el 97, se me ocurrió entonces la idea de leer un libro y sacar imágenes para dibujar. Ahí arranqué con una libretica de esas que venden en Office Depot para apuntar teléfonos, el papel más ordinario del mundo, y un marcador negro delgadito. Ese era el reto: hacer todo el año dibujos en esas libreticas de lo que pensaba después de leer. Con ese marcador en blanco y negro. Nada más”. Ese experimento, a razón de una libreta por cada 365 días, ha producido trabajos en verdad notables y conmovedores.

Aunque en principio se trataba de documentar un libro al año, la lectura comenzó a invadirle la vida. Me habla del descubrimiento de W.G. Sebald, que para él sería definitivo. Con el escritor alemán se deslumbró: sus obras son ficciones-no ficciones, que se convierten en archivos que mezclan la prosa con la fotografía y el ensayo con la anécdota, comenzó a devorar sus libros. Por fin abro la libreta que corresponde a Los anillos de Saturno y a la vez yo me deslumbro de todo lo que produjo ese libro: el viaje interior, la autobiografía, las noticias del día, los recibos del café, los sueños, el vacío interior.

Las libretas de José Antonio Suárez no solo han producido un interés genuino por parte de curadores como Yara Fonseca, que se encerró en su casa una semana para examinar cuáles serían las piezas que compondrían su exposición en la Casa Encendida, de Madrid, en febrero pasado, cuando Colombia fue invitado de honor a arco, o el MoMA, de Nueva York, a quien le vendió con dolor algunas de ellas, sino que ha producido encuentros memorables. “Yo había coleccionado cosas de Patti Smith durante mucho tiempo, desde el año 75. En un viaje a Barcelona, cuando estudiaba en Suiza, compré Babel. Seguí comprando los libros porque eran muy bonitos, tenían fotos y eso me encantaba. De hecho, a Sebald lo compré porque se me pareció a Patti Smith. Entonces como a los dos o tres años de estar en el proyecto de los libros pensé: ‘Voy a leer a Patti Smith este año’, pues tenía como cinco libros de ella. En esa época el MoMA me compró unos dibujos. En una reunión me preguntaron qué estaba leyendo. Les dije que a Patti Smith. Ellos me contestaron que ella era muy del museo, como de la familia. De hecho, dijo alguno, mañana va a dar un concierto acá. Es un homenaje a Rimbaud. Yo no supe qué decir. Pero al final de la reunión, una curadora que no había dicho una palabra, me dijo:

—José Antonio, le tengo que hacer una pregunta. ¿A usted le gusta Patti Smith?

—Vivo enamorado de ella desde el año 75 –contesté.

—Yo la conozco y sé que a ella le encantaría ver lo que usted está haciendo sobre sus libros.

—¿Cóóómo?

—Puedo arreglar que ustedes dos se conozcan.

—Pero usted tiene que correr con el riesgo de la ambulancia, el oxígeno y los calmantes que me tienen que poner, porque yo me muero: si veo a Patti Smith, me muero, caigo ahí redondito.

—Yo me encargo de todo eso.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad, es que mi marido es su abogado. Por eso la conozco y somos amigas. Estoy segura de que le gustaría ver lo que usted está haciendo.

—Listo –le dije–. Usted arregle las cosas que yo vuelvo en la primavera.

En enero me llamó esta señora.

—Ya hablé con Patti y está muy interesada en ver lo que usted está haciendo.

Acordaron entonces que la llamaría en primavera.

“A las 10:30 estaba en la puerta de la casa de Patti Smith con la curadora del MoMA. Yo estaba congelado, era un bloque de hielo de los nervios. Entonces tocamos la puerta. Nos abrió Andi Ostrowe, su asistente: ‘¿Usted debe ser José Antonio?’, me dijo. ‘Suban que Patti está arriba’. Entré a una salita y estaba ella ahí. De repente me entró una calma rara. Me señaló un sofá y me pidió que me sentara. Medio mandona. Tal como me la imaginaba. ‘Tenemos media hora, muéstreme pues, qué fue lo que usted hizo’, me dijo. Entonces empezó a ver. Abrió el primer cuaderno, vio el primer dibujo y salió corriendo hacia un archivador, sacó una cosita y me la mostró. ‘Ese dibujo me hace pensar en esto’. Y volvió. Y vio otro dibujo y salió corriendo y vino con otra cosa y me la mostró. Se volvió un juego. La media hora se volvieron dos horas, ella quería ver todo, saber todo. Al final me dijo que tenía que irse pero que quería seguir viendo mis dibujos con calma. ‘Le voy a mandar un texto, un día de estos’. 

La realizada a partir de los poemas de la cantantey poeta Patti Smith.

El resultado del trabajo que hizo con Patti, la poeta, la madrina del punk, apareció en un sobre de manila en uno de sus siguientes encuentros. Era un poema largo, de cien versos que José Antonio dibujó y que publicó en una edición limitada la galería Casas Riegner, de Bogotá. Un trabajo que pocos han visto y que él me muestra, orgulloso. El poema se llama “Hecatomb” y está dedicado a Roberto Bolaño. You spoke of a spriritual hecatomb/The sacrifice of one hundred oxen/Offered to the Oracle/The God of truth/Poetry and music, se lee al comienzo del poema.

*

En 1984, José Antonio Suárez regresó de Suiza a una ciudad que estaba cercada por el narcotráfico y la violencia. Aunque había expuesto con Alberto Sierra, en la galería La Oficina, y su nombre era en algo conocido, no tenía claro qué le iba a deparar el destino como dibujante. Al circuito del arte nacional entró en el año 85, gracias a Carolina Ponce de León, quien estaba abriendo caminos para el arte contemporáneo en Colombia, desde el Banco de la República. En una visita de ella a la ciudad, alguien le habló de su trabajo, y de inmediato lo incluyó en la exposición Nuevos nombres, que no se realizó ese año por la toma del Palacio de Justicia.

Durante seis años había dibujado el mundo, su mundo, en libretas: de todo, como me dice: desde el paseo en bicicleta hasta lo que oía en la radio. Se convirtió en profesor de Ilustración de la Universidad Bolivariana. Y fue por encargo que se convirtió en ilustrador. Comenzó a hacerse conocido, primero en el diario El Colombiano, luego haciendo artes para la editorial y la revista de la Universidad de Antioquia, y finalmente para El Magazín de El Espectador, al que llegó por la relación del escritor Samuel Vásquez con el editor, el poeta Juan Manuel Roca. También de esa época es un proyecto del que le duele hablar, porque se perdió todo el trabajo y terminó en manos que él prefiere desconocer. La idea fue una campaña que la aerolínea Aces le encomendó a Humberto Pérez para que fuera a dibujar todos los destinos de Colombia. Como él no podía, le cedió el trabajo. Hizo 52 destinos. Viajó por todas partes. De Condoto a San Andrés. Y todo se perdió cuando Aces quebró.

José Antonio Suárez sale poco. Los miércoles frecuentaba el taller de grabado La Estampa, donde ha hecho la mayoría de su obra gráfica. Y los viernes pasa todo el día por fuera de la casa pues va a Taller 7, un espacio creado por ilustradores jóvenes, como Paola Gaviria –Powerpaola–, en donde hace retratos junto a dibujantes y espontáneos, con la condición de que no lo llamen maestro. El espacio existe hace once años. Paola me contesta vía mail cuando le pregunto por José Antonio y ese espacio: “Julián Urrego y yo le contamos que hacíamos parte de un colectivo llamado Taller 7, una casa muy antigua muy cerca del departamento y de la escuela de Artes. Nos preguntó si podíamos arreglar un día y un horario para dibujar ahí y así fue como comenzó a ir al Taller a dibujar cada viernes. Lleva once años yendo allá con otra gente a la que le dan ganas de hacer retrato, empieza a las 8:00 de la mañana con pan de queso y tinto, nos dibujamos unos a otros, vamos a almorzar en algún corrientazo de la zona, ya todos nos hemos vuelto expertos en almuerzos ejecutivos y seguimos dibujando en la tarde. No sé si a él le guste que la gente se entere de esto. Mientras dibujábamos casi siempre era en silencio. Aunque no vivo en Medellín, cuando voy, me uno a la tradición de ir a dibujar allá, conversar con él y reírnos de su humor ácido y sus anécdotas maravillosas”. 

Fuera de eso, tiene pocos amigos. Oye mucha radio. Le gusta Múnera Eastman, el locutor de fútbol que parece un pastor furibundo cuando juegan Nacional o Medellín. Cuando termino de ver otra de sus libretas, me muestra su biblioteca. Veo libros de los beatniks, algunos de arte. El espacio está casi vacío. Una vitrina contiene decenas de juguetes o chucherías, “todas dibujables”, como me dice. Entramos a su taller. En un escritorio amplio hay recortes de revistas, dibujos empezados, lápices y marcadores. Al lado, en una especie de guardarropas del cuarto, ha dispuesto sus libretas junto a los libros que ha leído para dibujarlos. Me señala un cerro en la distancia y me dice que algún día se irá al campo a cumplir el sueño de convertirse en un pintor de verdad.

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